Mónica fue a comer al mercado. Se sentó en una mesa que compartió con más personas. La mujer que estaba a su lado le preguntó “¿de dónde eres?”. Ella respondió que era de México. “Pero no pareces”, replicó la mujer.

Mónica es blanca, tiene ojos claros, larga cabellera rubio oscuro y nariz grande. Eso no la hace menos mexicana. Mónica no es religiosa, compra el queso en el mercado y come en cualquier restaurante. Eso no la hace menos judía.

—El judaísmo no nada más es una religión. Hay judíos que no somos religiosos, pero nos sentimos identificados con el pueblo judío, con la historia, con su filosofía, con otras cosas, por eso a veces es muy difícil de entender. Hay judíos socialistas que no son nada religiosos, pero que tienen una conciencia judía muy desarrollada —dice mirando atenta y sus ojos hazel atraviesan el cristal de los lentes, irradiando una seguridad desenfadada, mientras sonríe y extiende un paquete de alegrías que ofrece a los interlocutores.

Mónica Unikel nació en México, en 1963. Sus papás también son mexicanos. La singular estampa viene de los abuelos. Los papás de su mamá, de origen polaco, llegaron al país desde lo que hoy se conoce como Lituania; los de su papá eran rusos y migraron desde Ucrania. De cuna judía, fue al Colegio Israelita en la primaria, y la mitad de la secundaria y toda la preparatoria la hizo en el Colegio Hebreo Tarbut. Después se fue a un kibutz —comuna agrícola israelí— en Israel durante nueve meses. Al regresar entró a la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ahí estudió Etnología, pero se hartó a los dos años y se salió. Luego, en la Ibero, estudió sociología.

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Entró a esa carrera porque quería dedicarse a los estudios judaicos, razón por la cual cada trabajo final lo dirigía a algo de judaísmo, ya que no había materia alguna que abordara el tema. Cuando tomó “Seminarios de investigación”, coordinado por la Dra. Alicia Gojman de Backal, buscó proyectos externos y encontró uno que se llamaba “Historia oral de los judíos en México”. Preguntó en la escuela si podía hacer ahí su proyecto y respondieron que sí. Ese lugar le abrió los ojos a un mundo que desconocía. Hizo diez entrevistas a inmigrantes —que ahora ya están muertos—. Ahí tomó conciencia de la importancia de las historias que le narraron y que se están perdiendo porque se van con la muerte de sus portavoces.

Tiempo después viajó a Londres. Ahí, como en cada lugar que visita, buscó los lugares de su gente. Durante el tour al antiguo barrio judío la idea le llegó presta y segura: “esto lo voy a hacer en México, porque no hay y lo puedo hacer en mis horarios”. A diferencia de tantas ideas geniales que fenecen sin siquiera haber sido intentadas, ésta cristalizó. Pensó que lo iba a hacer diez veces, que después prepararía a alguien y que se iba a retirar aburridísima. Veinte años después, no sólo no se retiró, sino que ha perdido la cuenta de la cantidad de visitas guiadas que ha dado en el barrio judío de México y el proyecto ha cobrado dimensiones que jamás atisbó.

Los primeros judíos en México

Contrario a lo que se podría pensar, los judíos no llegaron a México por una extraña necedad andariega. Estaban arraigados en sus lugares de origen, pero ser minoría en un decadente y nacionalista imperio otomano era difícil. Obligados a perder sus especificidades culturales y a hacer servicio militar que les costaba la vida o los alejaba de casa por años, sólo les quedó la opción de migrar. Ellos fueron los primeros judíos que llegaron a México, a principios del siglo XX. Vinieron judíos de Siria, que hablaban árabe tanto de Alepo como de Damasco; y de Grecia, Turquía y países balcánicos que hablaban ladino. No todos querían venir a México, para muchos fue por casualidad: iban a Estados Unidos, a Argentina, a otros lados. Muchas veces el barco paraba ─por ejemplo─ en Cuba por unos días y algunos decidieron quedarse.

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Un poco después, se sumaron a la migración los judíos ashkenazím, que son los que venían de Polonia, Rusia, Lituania, Ucrania, países de Europa central y oriental, y cuya lengua es el yiddish. Entre unos y otros había muchísimas diferencias: para empezar la lengua y la manera de identificarse como judíos. Generalmente los sirios eran mucho más religiosos. Algunos de los ashkenazím también lo eran pero había muchos que no, incluso algunos eran socialistas o comunistas. Había una gran diversidad cultural.

Al principio, cuando llegaron a la ciudad, estuvieron todos juntos. Como eran muy pocos —todavía en la época de Porfirio Díaz y en la época de la Revolución—, se juntaron en un templo masónico —habrá que recordar que ser masón no implica tener alguna religión en particular, lo único que conlleva es que se tenga la creencia en un Dios, el que se quiera—. Había judíos que eran parte de esta doctrina —por llamarla de alguna forma— y la organización de los masones, que estaba en la calle de Donceles, en el número 14 —donde hoy dice “Senado de la República”—, les prestaba su salón para hacer los rezos principales del año nuevo judío —el Rosh Hashaná— o de Yom Kippur, que es diez días después.

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En 1912 —en plena efervescencia revolucionaria—, todos los judíos que vivían en México se juntaron para crear la primer organización judía, que se llamó “Sociedad de Beneficencia Alianza Monte Sinaí”.

El rezo judío se puede organizar muy fácil porque se inventó para un pueblo en movimiento. Consiste en que haya, mínimo, diez varones mayores de edad y los libros sagrados. Se puede hacer en una casa, en el patio, en el parque… eso es, en esencia, la sinagoga. En ese entonces, se prestaban vecindades del barrio judío y ahí se organizaban los rezos, hasta que en 1918 compraron una casa en Justo Sierra 83, lugar que albergó la primera sinagoga de México y que se llamó “Monte Sinaí”, como la asociación que se formó años antes.

En 1922 los ashkenazím se separaron. Fueron los primeros en hacerlo por las evidentes diferencias en la lengua y en el rezo, incluso en el tono y en el ritual. Al día de hoy, el primer templo, que se encuentra casi al lado de la sinagoga Justo Sierra, sigue en funciones y al frente se encuentra la comunidad Monte Sinaí, que reúne a los judíos de Damasco, Siria.

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Sinagoga Histórica Justo Sierra, judaísmo a puertas abiertas

Mónica hace el recuento histórico de la migración judía con soltura, mira atenta a sus interlocutores, mueve las manos al compás de la charla, sonríe, ofrece café. A pesar de que tiene 20 años dando visitas guiadas, no suena acartonada, ni hay guión memorizado. Es como una vieja amiga contando sus andanzas de juventud.

—No hay judíos que vivan en esta zona, pero sí hay muchos que todavía mantienen talleres o tiendas de ropa, confecciones o, como decimos, “el onceavo mandamiento, que es ‘confeccionarás’”, —dice riendo un poco—.En 1938, compraron dos casas en Justo Sierra 71 y 73, destruyeron lo que había aquí y construyeron un centro comunitario. Porque esto era más que una sinagoga: aquí había oficinas, salón de fiestas, era el lugar de reunión y la casa de estos inmigrantes, y se inaugura en 1941, que es en plena Segunda Guerra Mundial. Una vez inaugurada, se convierte en el centro de la vida comunitaria en yiddish desde entonces hasta 1965, que es cuando se inaugura la sinagoga en la calle de Acapulco en la Condesa-Roma. Los inmigrantes se estaban moviendo del Centro. Los que hablaban árabe se fueron a la Roma y ahí fundaron nuevas sinagogas; y los que hablaban yiddish se fueron a la Condesa, a la Hipódromo, Álamos. Entonces esta sinagoga se empieza a quedar abandonada. Todavía en los años setenta y principios de los ochenta había algunos judíos que vivían en la zona, pero poco a poco esto ya empezó a quedarse en el deterioro total.

Conforme Mónica narra uno se va imaginando el movimiento, los judíos que dejan el Centro para irse a otras colonias, el paso de la sinagoga en su esplendor, llena de gente y de vida, a un lugar cerrado, polvoso, sin rezos, incluso lúgubre y oscura. Un lugar hermoso con belleza muda. Sólo ella, con sus visitas guiadas, abriendo de vez en cuando el lugar que sólo entonces podía orearse, bajo la mirada curiosa de los visitantes.

Y es que se necesita ser curioso para buscar la sinagoga o para entrar. Los transeúntes pueden pasar junto a ella todos los días y caminar de largo, sin imaginar siquiera lo que esconden esos muros. Esto se debe a la fachada, el camuflaje perfecto en la zona, pues a pesar de haber sido construida el siglo pasado, tiene un estilo neocolonial típico. Nada en ella la delata como sinagoga excepto por las Estrellas de David que custodian la entrada, visibles sólo a los ojos de los iniciados o conocedores. Esta discreción arquitectónica salvaguardó el bajo perfil de los judíos que la frecuentaban.

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Pero una vez pasando el umbral y atravesando el patio, se encuentra la fachada real, resguardada por la mezuzá —pergamino con versículos de la Torá que se encuentran dentro de una caja—. La planta baja es el salón de eventos, con capacidad máxima para 150 personas y en donde, pulcramente, se encuentran expuestas fotografías de las fiestas que otrora se llevaron a cabo ahí. Al subir las escaleras se encuentra al espectáculo real, una estancia de abrumadora belleza que conmueve a sus visitantes. Como elemento principal, el altar llama la atención o, mejor dicho, el delicado parojet, que es la cortina que cubre el lugar donde deberían estar los libros sagrados. Pero una vez que se fijan los ojos en el techo, es difícil apartar la mirada. Los colores azul, ocre, verde y amarillo forman figuras geométricas exquisitas con los que se plasman las tablas de los 10 mandamientos, la Torá, la Estrella de David, la menorá —candelabro de siete brazos— y el talit —chal de rezo—. Todo resguardado al fondo por un mural del Jardín del Edén.

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Para que este lugar estuviera abierto al público, tuvo que llegar el proyecto de recuperación del Centro Histórico y la pregunta de Alejandra Moreno Toscano, quien encabeza la Autoridad del Centro Histórico, “¿por qué no la restauramos?”. El trabajo no era poco y la comunidad no contaba con los recursos para hacerlo.

Mónica tenía las llaves, después de todo la sinagoga Justo Sierra era un punto muy importante de sus visitas guiadas, entonces le preguntaron “¿Qué opinas?”. Su respuesta fue contundente:

Sinagoga-10—Creo que hay que restaurarla. Primero que nada porque es nuestra responsabilidad, porque si no se va a caer en pedazos y es la primera sinagoga ashkenazím y es importante. En segundo lugar, si no hay dinero, que se consigan donadores particulares que quieran aportar para esta causa y que la comunidad no se vea afectada. Y si los judíos ya no viven en esta zona y ya no van a venir aquí a rezar, pues vamos a abrirla al público, vamos a reciclarla como un espacio de conocimiento. Para los judíos es un lugar donde pueden acercarse a sus raíces; para los no judíos, pueden conocer acerca de los judíos, que es algo que siempre está muy cerrado y la gente se hace muchas ideas en la cabeza, muchas de las cuales son absolutamente falsas. Pero si no abres al conocimiento, te llenas tus huecos con todos los prejuicios, estereotipos y demás. Creo que esto puede ayudar a que la gente a lo mejor cambie su percepción, cuando es negativa, para conocer un pueblo que además es parte de México desde hace muchos años.

Mónica transpira convicción cuando habla del tema y continúa:

—Creo que ésta es nuestra aportación a ese conocimiento. Es muy pequeña, pero creo que todo es bueno: abre puertas, abre puentes, abre diálogos. Que la gente vea que somos iguales, que somos un pueblo como todos los demás, donde hay gente buena y mala, donde hay gente rica y pobre, donde hay gente que sabe mucho y gente muy ignorante, como en todos los pueblos. Ésa es la misión del proyecto.

Con ese objetivo, empezó la restauración de la sinagoga, la cual concluyó en 2009. Desde entonces abre sus puertas a todo aquél que quiera conocer un poco sobre el judaísmo y visitar el hermoso templo. Ésta es la única sinagoga abierta en México. Con el esfuerzo de todo el equipo de colaboradores, se ha logrado incluir en la lista de Museos de México y en algunas guías turísticas.
Como en aquellos primeros años de su creación, se han apropiado del lugar para convertirlo en un espacio de convivencia y socialización, sólo que ésta vez no es exclusivo de los judíos, sino que lo comparten con los demás.

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El lugar está abierto todos los días y aunque sea por curiosidad o fortuna, llega algún visitante que se anima a cruzar el umbral, resguardado por las Estrellas de David que están talladas en el portón de madera. El primer y el tercer domingo de cada mes hay visitas guiadas, en las cuales no es extraño encontrar algún grupo de cristianos genuinamente interesado en el lugar, su historia, origen, cultura y ritos.

El segundo domingo de cada mes se ofrecen visitas a lo que fue el barrio judío, que se encuentra en las calles de Guatemala, Loreto, Justo Sierra, Academia y Jesús María. Al frente de los recorridos ya no está sólo Mónica, se han sumado cuatro jóvenes talentosísimos ─una de ellas trataba de hacer el café durante la conversación, pero los ruidos que salían del fondo de la estancia advertían los problemas técnicos que estaba teniendo en ese momento—. Una de ellas es actriz y está colaborando con una parte actuada en las visitas. En una vecindad del barrio, de repente, se aparece una “inmigrante” y la gente no entiende qué está pasando. Hay gente que piensa que es una inmigrante de verdad, pero cuando dice que llegó a México hace diez años, en 1920… las cosas empiezan a cobrar sentido.

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Además, hay conciertos, conferencias, obras de teatro, ocasionalmente visitas al cementerio Monte Sinaí —que este año cumple 100— o a la colonia Roma, se proyectan películas; incluso se llevan a cabo actos sociales de la comunidad judía, cuando la cantidad de invitados lo permite, como aquella vez que tuvieron las bodas de oro de una pareja que se casó justo en el mismo lugar.

La atención en la Sinagoga Histórica Justo Sierra refleja una auténtica vocación de servicio. Cuando se busca a Mónica para cualquier consulta sobre el tema, responde amable. Rebosa seguridad y puede hablar al respecto por mucho tiempo. Pero más allá de las atenciones, de las palabras, de las referencias, sólo basta cruzar la firme puerta de madera, subir las escaleras y entrar a la sinagoga para entender la maravilla del lugar. Ahí las palabras sobran. La belleza conmovedora atraviesa prejuicios, ideas y rencores por el deicidio. No hace falta ser judío, no hace falta saber del tema para admirar calladamente aquél fragmento que se trajeron de Lituania —es réplica de una sinagoga de aquél lugar, la cual ya no existe— y entender que más allá de las creencias, las emociones son universales.

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