Conocí a Margarito igual que la mayoría de los habitantes de la Ciudad de México: en el metro. Eran los inicios de la década del 2000 y se abría paso entre cientos o miles de piernas, con su guitarra, su traje color uva, su corbata de bolo y su sombrero Sinaloa, de vaquero. Ayer me enteré que murió y siento que un pedazo de la ciudad se fue con él.

Margarito Esparza Nevares, su nombre completo, era de esos personajes citadinos que no necesitan reflector porque su talento está en ser ellos mismos, así como doña Lourdes Ruiz, la reina de los albures, en Tepito; como María del Mar Terrón y su pregón para anunciar que “se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda”; o Elías Zavaleta y su cantaleta para que le compren sus “ricos y deliciosos tamales oaxaqueños”.

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Recuerdo la primera vez que lo vi. Como a todos, me llamó la atención que no midiera siquiera un metro de estatura, su rostro arrugado que lo hacía parecer un niño viejito, la piel blanca que le colgaba del cuello, sus manos regordetas manchadas, sus dedos largos, su bigotito a lo Hitler y, sobre todo, que nunca dejara de tocar sus corridos o rancheras. Cuando la gente le ofrecía una moneda el movía el cuerpo para que el bolsillo de su saco queda expuesto y ahí cayeran los pesos. Para dar las gracias sólo movía la cabeza de arriba abajo. Su voz aguda parecía afectada por gas helio y era inevitable que uno recordara a Las Ardillitas de Lalo Guerrero o a Alvin y las Ardillas. Eso sí, jamás interrumpía su canción y no daba un discurso para apelar a la lástima de la gente.

Era un tipo de carácter fuerte y un tanto iracundo. No dejaba que nadie lo tocara, empujaba levemente a la gente con su guitarra para abrirse paso, parecía que siempre estaba enojado y pocas veces hablaba con los pasajeros. Y explotaba, de verdad, cuando alguien le decía chaparrito o el cantante enanito. En una ocasión un vagonero le grito que no había crecido por no comer verduras. Margarito volteo, lanzó su brazo hacia atrás repetidas veces y de su voz de helio salió un “Chingue usté a su madre, pendejo”. Pero las escena no era para nada tensa; todo lo contrario, era inevitable reír.

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Una vez platiqué con él. Me favoreció que yo también tocaba en el metro y eso rompió el hielo. Me contó que a los 19 años abandonó Sinaloa, donde nació, y llegó a la Ciudad de México en 1936; que estaba casado desde hacía 25 años y que tenía hijos —no me atreví a preguntar si también eran de talla pequeña; después me enteré que no—; que había trabajado con Tin-Tan en más de 40 películas, que conoció en los Estudios Churubusco a Joaquín Pardavé y a Libertad Lamarque —dos de las grandes figuras de la época de oro del cine mexicano— y que había hecho una película en Estados Unidos con “Kir Duglas”.

Yo no le creí, le cuestioné que nunca lo había visto en las películas de Tin-Tan y que no se veía que estuviera rayando los 80 años. Se enojó y me dijo que era un chamaco pendejo y que para qué le preguntaba cosas si no le iba a creer. Parecía un abuelo haciendo rabietas, pero se me hizo un mitómano fascinante. A los pocos días vi por televisión la película La Odalisca número 13 protagonizada por los cómicos Viruta, Capulina y Tin-Tan. A la mitad de la cinta vi que aparecía un pequeño personaje, Alí Baby, que cuando el sultán Alí Caído le preguntó qué odalisca prefería, el respondió que a “la número treci”. Ahí estaba Margarito. No había duda. Su rostro cuadrado y su voz de helio eran los mismos.

Al poco tiempo dejé de tocar en el metro porque los líderes de vendedores y vagoneros querían cobrarme una cuota. Yo no quise pagar y me fui. Pero me enteré que Margarito siguió trabajando sin que nadie lo molestara. De alguna forma respetaban al chaparrito, o se hacía respetar, es lo mas seguro.

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Unos meses después lo vi en televisión haciendo algunos sketches cómicos con Andrés Bustamante, durante el programa de análisis deportivo de José Ramón Fernández en el Mundial de futbol Corea-Japón en 2002. Unos cinco años más tarde ya aparecía en producciones de Guillermo del Bosque para Televisa. La mayoría de los segmentos en los que participaba consistían en hacerlo enojar y para eso sólo había que cargarlo. A Margarito en realidad le molestaba que lo trataran como muñeco. Era curioso que con Andrés Bustamante también lo hubieran cargado varias veces, pero ahí parecía que disfrutaba la actuación.

Con los años regresé al metro para transportarme. Tal vez era la hora en que yo viajaba o las líneas que tomaba que por mucho tiempo no vi a Margarito. Aunque una vez, en 2006, vi su foto en un periódico, a las afueras de una estación del metro. Leí que quería ser Jefe de Gobierno del ya desaparecido Distrito Federal y aseguraba que haría un mejor trabajo que Marcelo Ebrard o Alejandro Encinas, quien finalmente sustituyó ese año a Andrés Manuel López Obrador que se lanzó por primera vez a buscar la presidencia.

Hace unos cuatro años volví a encontrarme con Margarito. Me sorprendió verlo tocar en los vagones. Imaginaba que en Televisa le pagaban bien por las humillaciones que recibía, pero al parecer no era así. Le intenté hablar pero antes llegó un sujeto para tomarse una foto con él. Me dio el celular y saqué el retrato. Me retiré cuando empezaron a discutir porque el tipo no quería pagarle a Margarito los 50 pesos que cobraba por foto.

El domingo murió Margarito. Leí que sucedió en Puebla, pero fue curioso que por la noche lloviera en la Ciudad de México. Parecía que lloraba a uno de sus hijos caídos.

Este texto fue publicado originalmente en Vice México

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