Ángel llevaba seis horas cargando una antigua máquina de escribir LC Smith. La había comprado por seis mil pesos esa mañana en la calle de Allende, en el pequeño local de los hermanos Montero. Salió del lugar con poco más de 13 kilos al hombro y el firme propósito de encontrar la maleta perfecta para ella —la máquina—. Después de recorrer infructuosamente todos los lugares que se le ocurrieron en el Centro Histórico de la Ciudad de México, terminó en el local de unos chinos, cercano al Eje 1 Norte Rayón, donde probó, con ayuda del encargado, varias maletas para “Alice” —como la llamó—, la “chica” ruda y pesada que le había acompañado en sus andanzas.

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Ángel nunca hubiera comprado una máquina de escribir de no ser porque su novia tenía un extravagante gusto por ellas. Un par de meses antes le había platicado que recordaba con nostalgia la enorme Olympia de la casa de su madre, con la cual había pasado más de una noche en vela, haciendo trabajos escolares. Quizá lo que más extrañaba de la máquina era a su padre, tecleando como prestidigitador, haciendo magia con tan sólo sus dos índices y aquél armatoste, pericia que había perfeccionado tras siete lustros como secretario del Ministerio Público y que se cobró varios teclados de computadora cuando el viejo y anciano padre tuvo que pasar de máquina de escribir al ordenador.

Dispuesto como estaba a complacer a su novia, se empeñó en darle el mejor regalo de cumpleaños de su vida. Y lo logró. Ella, anonadada, no pudo contener el llanto cuando vio aquella LC Smith, de principios del Siglo XX, envuelta en una tela roja y perfectamente guardada en la maleta cuya búsqueda le causó al galante novio sendos moretones en los hombros, y considerando que el hombre ya estaba entrado en los treinta, el desgaste le cobró factura toda una semana.

La misión estaba concluida. El esfuerzo había valido la pena. Aún así, Ángel siguió frecuentando el local de los hermanos Montero con el propósito de buscar la tapa de la bella “Alice”. Nunca la encontró. En su lugar, Alejandro, el mayor de los hermanos y encargado principal del negocio, le ofreció una Olympia verde en caja transportadora de madera. Ángel no sabe usar máquinas de escribir. Alguna ocasión trató hacer una tarea con la de su prima y fue un caos. Si se equivocaba, la tenía que regresar, poner un papelito, teclear, volver a empezar, subir y bajar espacios, y todo se complicaba aún más si ponía mal la hoja. Perdió demasiado tiempo tratando de domar la máquina, así que desistió y pasó de escribir a mano a la computadora.

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Sin embargo, ahí estaba la máquina de escribir que le ofrecían. “¿Cuánto?”, preguntó. Y tras un par de regateos, pagó dos mil 500 pesos por ella, eso sí, en cómodas mensualidades. ¿Por qué alguien que no sabe usar máquinas, que además no la necesita, compra una? Porque después de comprar, cargar, sufrir y regalar a “Alice”, vio un destello en la mirada de su novia que le dijo que era un objeto especial, era un cachito de historia. Así, se la llevó y buscó en internet todo lo que había referente al aparato que había adquirido. Supo que era de mediados del siglo XX. Había sido hecha en aquella época turbulenta, en una Alemania fragmentada por la guerra, justo cuando el Muro de Berlín amenazaba con erigirse. Pensó en todo lo que la máquina tuvo que pasar en aquellos años, en su aventura para cruzar el Atlántico y llegar hasta la pequeña tienda de los hermanos Montero y de ahí a sus manos. La travesía épica inspiró al dueño y la llamó “Ulises”. Ángel sonrió feliz, ahora él también tenía un objeto especial, un fragmento de historia. Su flamante Olympia SM3 DeLuxe conjunta belleza con eficiencia y precisión. Está hecha para trabajo pesado y, contrario a su poca habilidad para el manejo de las máquinas, ésta requiere especial cuidado, sobre todo para el uso del tabulador y cargar la cinta; a pesar de los tropezones, le dio gusto saber que era el modelo favorito del escritor estadunidense Don DeLillo.

El extraño gusto adquirido no paró ahí. De vez en cuando, se da sus vueltas en el negocio de los Montero buscando una cursiva portátil, esperando tener suerte.

Los hermanos Montero

Hace 30 años, Alejandro Montero empezó a trabajar como ayudante de mecánico de reparación de máquinas de escribir. Con la experiencia, se convirtió en técnico en una empresa de concesionarios de Olivetti. En aquél entonces y como parte de su trabajo, le daba servicio a la PGR —Procuraduría General de la República—, a la Secretaría que entonces se llamaba de la Reforma Agraria, al Sistema de Transporte Colectivo Metro, además de algunas empresas particulares.

Pero las cosas eran muy distintas en aquéllas décadas, a finales del siglo pasado. Las máquinas de escribir eran protagonistas en las oficinas y había muchas opciones: Olivetti, Olympia, IBM, Logica, Digita Víctor… Y la demanda, tanto de compra como de mantenimiento, era mucha.

—Eran esos tiempos cuando las máquinas de escribir eran “fierro, fierro” —dice Alejandro, haciendo hincapié en el material y señalando el montón de repuestos que se encuentran atrás de él.

En los noventa empezó el declive y hace poco más de 10 años decidió hacerse independiente, crear la asociación con sus hermanos y montar “Servicio Universal Montero”, local que se encuentra en Allende número 22, en el Centro Histórico de la ciudad, donde, junto con Roberto, de 46 años y 25 en el oficio, y Salvador, de 44 años y 12 de experiencia, atienden con esmero a los clientes.

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Pero hoy en día, con la cantidad de opciones que hay, ¿quién se puede interesar por una máquina de escribir?

—Para vender sí nos llegan escritores o nos llegan personas que sus papás o sus mamás quieren una máquina de escribir y buscan máquinas de los 30 o 40 que todavía existen y se conservan. Y la máquina portátil se le vende a los médicos residentes y a los estudiantes que van en la secundaria o en la preparatoria. ¿Por qué? Porque les están exigiendo trabajos en máquina de escribir, por la ortografía.

Además, hay coleccionistas y alguno que otro amante de lo vintage que gusta de comprar máquinas de escribir para ponerla en vitrinas. Pero para los hermanos Montero, que viven y trabajan con máquinas, no entiende por qué alguien querría una máquina sólo de adorno. Las máquinas de escribir crean mundo fantásticos, permiten encontrarse, como nunca, con la hoja en blanco, y a partir de ahí llenar líneas con letras que, cual hormigas, caminan acompasadas para formar cosas impresionantes. Las máquinas son sonido, son ese constante golpeteo armónico que está en sintonía con la respiración de quien escribe, formando una melodía singular. Son también ejercicio para los dedos, cada día más perezosos, más delicados. Hay máquinas que requieren dedos fuertes como rocas y precisos como balas disparadas por un francotirador. Una de sus maravillas es que si el café se le vuelca encima no hay drama mayor, sólo se escurre, se limpia y se puede continuar, interrumpiendo el trabajo sólo por el cigarrillo ocasional, por la búsqueda de aquél papel con aquella referencia importante o para releer lo escrito unas hojas antes. Y a pesar de todo eso, hay gente que sólo las quiere para verlas.

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—Ayer vino una persona de Tabasco que quería una así, pero él dice que sí la va a usar porque le gusta escribir en máquina. También ayer vino un chavo que quería hacer su tesis en máquina de escribir. Ora sí que aquí vamos a encontrar de todo y hay gente para todo y la mayoría de las personas que compran esto son las que le dan un valor a las cosas anteriores. Hay gente que le da a la máquina de escribir un valor muy especial. Hay gente que no, dicen “ah, máquina de escribir, están locos”.

Roberto, que está de pie junto a Alejandro y que mira vigilante el trabajo de Salvador, quien limpia una máquina, no puede evitar la intervención:

—Las miran como de la prehistoria —complementa—. De hecho, la juventud de ahora ya ni conoce la máquina de escribir. Puro chavito que ni sabe que existen . Ahorita ya no. Por lo regular los que usan más de lo antiguo son los que hacen novelas. Los escritores. Por eso le vendemos a ellos. Porque les vayan a robar la novela —afirma, asintiendo con la cabeza y poniendo la mano izquierda sobre el hombro del hermano menor.

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Conseguir máquinas antiguas no es tarea fácil. Los hermanos van a los tianguis en la búsqueda de reliquias por las que, una vez arregladas, los clientes llegan a pagar algunos miles de pesos. Entre más antigua y rara es la máquina, mejor se cotiza y les dura poco en el local, pues los coleccionistas y conocedores que van a visitarlos se las llevan al instante.

Aunque no todo es de colección. La mayor parte de las máquinas que consiguen o que les van a vender, las compran en 250 pesos y las revenden hasta en 700. Claro que también depende del cliente, pues así como van coleccionistas y “escritores”, van personas de escasos recursos quienes lo único que pueden adquirir es una máquina de escribir, pues las computadoras están fuera de su alcance, y optan por las versiones más económicas.

Una vez que los Montero compran una máquina de escribir, ya sea de las que encuentran en los tianguis o de las que les van a vender, la desarman por completo —justo como en ese momento lo hacía Salvador—, se lava con jabón, amoniaco y desengrasante. Después se deja escurrir o se “sopletea”, es decir, se le echa aire para que se seque, ya que de lo contrario se puede oxidar, y al final le ponen algo que ellos llaman “vaselina líquida” para que quede aceitada.

—Lubricada —corrige Roberto, que sigue atento a las actividades de los dos hermanos.

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Su oficio es practicado por pocos pues, si bien, la calle tiene una docena de locales en los que venden máquinas de escribir, cajas fuertes, relojes checadores y demás enseres de oficina, los que arreglan máquinas son sólo un puñado: cuatro personas del rumbo, según los cálculos de Alejandro.

El término correcto para designarlos es: técnico en máquinas de escribir, aunque antes, hace un par de décadas, también les llamaban “mecánicos”. Había mecánicos de automóviles y mecánicos de máquinas de escribir.

—Es que antes todo era mecánico —dice Roberto, con tono nostálgico, mientras aparta la mirada que tenía fija en la exhaustiva limpieza a las teclas que hacía Salvador.

Los hermanos Montero saben que la situación de su oficio se complicará. Cada vez hay menos oferta y demanda de máquinas de escribir, aunque esperan que se demore la pronosticada desaparición. Después de todo, tienen muchas refacciones y uno que otro cliente grande, como el IMSS o el ISSSTE, a quienes todavía les venden máquinas. Además de coleccionistas, “escritores” o estudiantes.

—Pienso que ahorita los estudiantes quieren bajar todo por internet y, desgraciadamente y en cierta manera, ellos no aprenden. Si usted, por ejemplo, a un chamaco de secundaria le pregunta las tablas o léeme o hazme un escrito, pues no lo van a hacer, ¿por qué? Porque sus papás ya le compraron una computadora de 20 mil, 30 mil pesos y ahí quieren hacer todo el trabajo. Entonces si, por ejemplo, la maestra dice “quiero un escrito”. Lo bajan de internet y lo pegan. No leen, no nada. Por eso creo que a pesar de que desde hace cinco años están diciendo que ya la máquina va a desaparecer, gracias a Dios la máquina sigue y sigue. Además, hay personas que realmente saben lo que es una máquina de escribir y siempre la van a andar buscando, porque no lo ven como un objeto por su utilidad. No. Hay personas que todavía le tienen cierta estimación a la máquina de escribir, no un valor económico, sino un valor sentimental.

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* * *

—¿Dónde andabas?

La voz de mujer molesta cimbra la habitación.

—Vengo de estar con los Montero, fui a ver si ya les llegó una máquina de escribir cursiva —responde Ángel, mientras tira las llaves en la mesa del comedor, se quita el abrigo y acaricia un gato.

—Tú y tu máquina de escribir cursiva, ¿nunca te vas a dar por vencido? —refunfuña la mujer, que se para del sillón para abrazar al recién llegado.

—Dime que cuando la tengas no vas a sonreír como tonta y dejo de buscarla —responde Ángel, que se acerca a la mujer y la rodea de la cintura.

—Sabes que no puedo —sonríe como niña mimada y le da un beso.

La pareja ya tiene tres máquinas de escribir.

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