Según un reciente documento dirigido a los presidentes de los Consejos de la Administración provinciales y del municipio especial Isla de la Juventud, y firmado por la titular del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, el problema de los llamados deambulantes en Cuba —mendigos, homeless, teporochos en México— es más complejo de lo que se tenía noticias. De hecho, poco ha trascendido hasta hoy en la prensa cubana sobre este tema, apenas un manojo de reportajes o notas que no reflejan la real magnitud de este asunto.

Las citadas indicaciones dan cuenta de, al menos, unas 1108 personas con este tipo de situación, de acuerdo al censo de 2012, que dedicó un día para contabilizarlas en todo el país. De esa cifra, 958 son hombres y 150 mujeres; 641 tienen entre 16 y 59 años, y 467, 60 años o más.

Esto no viene sino a confirmar lo que las calles de las principales ciudades de la Isla han estado gritando hace un par de décadas, tal vez tres. A pesar de la cobertura de salud y seguridad social que promueve el sistema social cubano, se requieren políticas más específicas y efectivas hacia grupos y personas que demandan mayor amparo.

En realidad, el término “deambulante” resulta un eufemismo que no siempre abarca la multiplicidad de conductas vistas. “Deambulante” describe su andar errático y errante, el dormir en un banco o en un portal. Pero se les podría nombrar también “sin techo”, porque la mayoría de los casos no lo tienen y punto. O mendigos, porque, en muchas ocasiones, también piden dinero. O pordioseros, que habla más de quien enjuicia que del enjuiciado, pero que retrata su condición de insalubridad, y hasta su demencia.

No bastaría con mirarles fijamente a los ojos para adivinar la tragedia de sus vidas, ni siquiera por sus ropas sucias y raídas, pestilentes, o el pomo de aguardiente malo que algunos cargan consigo.

Funcionarios del gobierno en Ciego de Ávila, provincia al centro de Cuba, explican que existe en todo el país la Comisión de Prevención, encargada de rectorar las acciones de profilaxis y atención a los deambulantes. Pero si quedaban dudas de su poca eficacia, el citado documento concluye que “es deficiente el trabajo integrado de los órganos, organismos e instituciones, tanto en el comunitario preventivo como en la atención a las personas con esta conducta”.

Deambulantes: un asunto mayorDe esta comisión, inicialmente eran miembros, además de los Consejos de la Administración municipales, las organizaciones de masas, las Direcciones de Salud, Trabajo y Seguridad Social, la Policía, la Fiscalía, entre otros. Llegó a tener una expresión a nivel de Consejo Popular, en la que sus miembros se reunían una vez a la semana, y coordinaban dinámicas familiares, porque, aunque lo parezca, los deambulantes no son hijos de la nada. En todo caso son los hijos, los hermanos, los padres que nadie quiso.

¿Sinvergüenzas? ¿Enfermos?

No falta quien, desde la acera de la sombra, con toda la autoridad que supuestamente les da el no tener en su familia un caso como los descritos, asegura que se trata de sinvergüenzas que no quieren trabajar y se hacen los locos para vivir de los demás.

Sin embargo, los estudios en el terreno de la licenciada Ángela Ajate García, jefa de Asistencia Social de la Dirección Municipal de Salud en Ciego de Ávila, muestran otra cosa.

Según la especialista, en su mayoría, se trata de personas con enfermedades mentales, adictos al alcohol o los psicofármacos, en un buen porcentaje, adultos mayores. En sus años de trabajadora social de la Salud ha tenido múltiples experiencias, incluso, la de montarse en un ómnibus con 73 deambulantes y llegar hasta el Oriente cubano, incluidos tres fugados del Hospital Psiquiátrico de Camagüey.

Ajate García explica que cuando el deambulante es mayor de 60 años se puede tramitar su ingreso en hogares de ancianos, siempre que no tenga un padecimiento psiquiátrico de base. En los casos en que procede se les da prioridad, de acuerdo con lo estatuido en la Resolución Conjunta No. 1 del Ministerio de Salud y el Comité Estatal de Trabajo y Seguridad Social, la cual regula las prioridades para la concesión de la asistencia social.

Sin embargo, para los menores de esta edad, no hay soluciones concretas. “A veces uno los ve y parecen viejitos, por su deterioro y las condiciones en las que sobreviven, pero no llegan a los 60”, asegura Ajate García.

En lo que va de año se han ingresado en hogares de ancianos, casas de abuelo o en el Hospital Psiquiátrico Provincial Nguyen Van Troi de Ciego de Ávila, alrededor de 10 deambulantes.

El programa de atención al adulto mayor, al menos en la ciudad capital de esta central provincia, está limitado, por las condiciones constructivas de varias de las instituciones asistenciales que acogen a los abuelos, lo que genera un panorama poco halagüeño, de cara a la situación real del municipio cabecera, donde se calcula que, ahora, deambulen unas 40 personas.

Caminos de la legalidad

No existe en Cuba ninguna ley que prohíba a los ciudadanos el deambular en las calles, ni pedir dinero, ni siquiera asediar a los turistas, manifestación que también se ve con alguna frecuencia. Y tampoco, aunque ante estas historias pese, una que obligue a las familias a hacerse cargo de sus miembros. No se cuenta, ni siquiera, con una norma jurídica que regule e integre el tratamiento a los deambulantes.

Deambulantes: un asunto mayor Según explicaron especialistas de la Fiscalía Provincial en Ciego de Ávila, el Código Penal cubano, en su artículo 275, se refiere a la obligación de los padres con respecto a sus hijos, hasta que estos alcancen la mayoría de edad (18 años). Asimismo, se establece el cuidado y tutela de ancianos y personas desvalidas o incapacitadas, pero, y aquí es donde está el detalle, siempre que medie sentencia del Tribunal otorgándole la custodia. Hermanos, nietos, cónyuges no están obligados por ley a responsabilizarse.

La Constitución de la República de Cuba, en su artículo tres, del capítulo IV referido a la Familia, establece que “los padres tienen el deber de dar alimentos a sus hijos y asistirlos en la defensa de sus legítimos intereses”, pero a los hijos solo les deja “la obligación de respetar y ayudar” a sus progenitores, aunque no especifica en qué consiste esa ayuda.

Las fuentes consultadas en este sentido aseguraron que cualquier ciudadano o institución puede promover una demanda cuando esté frente a un caso de abandono o desatención y aplicar los preceptos de la ley. Sin embargo, hoy, no se da curso a ninguna.

Dadas las actuales circunstancias, y otras que se podrían manifestar, varios especialistas de la legalidad en Cuba consideran que nuestros instrumentos deben modificarse para dar cabida a los nuevos escenarios.

Experiencias en algunas provincias cubanas dan cuenta de centros especializados en la clasificación y atención de los deambulantes. En La Habana funciona desde el año 2002. También se tienen noticias de uno en Bayamo y otro en Holguín, y hace solo unos meses se inauguró uno en Las Tunas.

Por indicación del Ministerio de Salud Pública, los hospitales psiquiátricos no pueden asumir este rol, y los hogares de ancianos, los centros psicopedagógicos o las casas de abuelos no están preparados para recibir deambulantes sin que medie un diagnóstico.

Con una población envejecida y empobrecida –cerca del 25 por ciento de la población cubana vive en condiciones de pobreza, según varios informes—el tema de los deambulantes no es solo un asunto menor sobre la dignidad de unas pocas personas o la apariencia de ciertas ciudades: es el resumen de una necesidad de establecer políticas más claras y eficientes para que la sociedad proteja con equidad a los más desvalidos.

* Texto ganador del Premio Nacional de Periodismo 26 de Julio, edición 2015, en Cuba.
Título original: Deambulantes: un asunto mayor.
Publicado en Progreso Semanal.

Comments

comments