Para ver a los Reyes Magos en las inmediaciones del edificio de la delegación Cuauhtémoc, en la colonia Buenavista de la Ciudad de México, primero hay que pasar por el remolino del que salen aullidos y risas, las cápsulas que suben y bajan al ritmo del reggeatón, así como otros juegos mecánicos. Luego esquivar el olor de las alitas de pollo adobadas, el salto de los niños que persiguen una volátil nube de algodón de azúcar rosa, a los vendedores que ofrecen la corona con luces para estar a tono con el atuendo de la época y a los globleros que inflan con helio esas bolsas de caucho que llevarán las cartas donde los niños piden juguetes, tablets, videojuegos y celulares a los Reyes, con la promesa de portarse bien o sacar buenas calificaciones en la escuela.

Por fin se ven la filas enormes para tomarse una foto con Melchor, Gaspar y Baltazar en esos escenarios coloridos donde los acompañan personajes de películas infantiles. Y aunque las familias los siguen buscando, los Reyes Magos han perdido protagonismo.

Atrás quedaron los días cuando decenas de actores rodeaban la Alameda Central o el Monumento a la Revolución. Uno tenía para escoger a los qué más se parecieran, según la interpretación de cada quien, a los magos que visitaron a Jesús bebé y le llevaron unos regalitos mientras estaba en el pesebre. Hoy apenas 26 escenarios están a la espalda de los luminosos juegos mecánicos y los puestos de comida.

Ellos, los que un día fueron los reyes de la época navideña, han sido relegados a una atracción más de feria patronal.

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