En medio de una comilona que incluía mojarra frita y una helada cerveza, conocí a Motita, un singular payasito que trabajaba los fines de semana en ese restaurante, contando chistes, divirtiendo a los niños, bromeando con los papas y haciendo figuras con globos. Vaya, se estaba ganando la vida. Motita me contó que él y varios payasos iban a hacer una peregrinación a la Basílica de Guadalupe, como cada año, para dar gracias .

La cita fue un lunes a las 10 de la mañana en la Glorieta de Peralvillo, donde se unen al Paseo de la Reforma y la calzada de Guadalupe. Hacia donde volteaba veía payasitos de todos colores y sabores, por decirlo así. Había payasos cavernícolas, niños, rancheros, góticos, clásicos, hipsters, super héroes, un fraile, charros; unos jóvenes y otros a los que por más maquillaje que usaran, las arrugas se imponían. No faltaban las payasitas, y —hay que decirlo— qué payasitas. Sí, muy guapas.

Una hora después se dio inició a la peregrinación hacia la Basílica. No fue una marcha solemne. Todos los payasos iban en un sano desmadre con sus estandartes e imágenes de la Virgen de Guadalupe y acompañados de una banda de guerra, que se tornaba colorida cuando un payasito músico se integraba con su trompeta. Al frente, uno de estos personaje, pero vestido de comando, iba con un rifle de agua y caminaba por debajo de la banqueta mojando los parabrisas de los coches; otros hacían malabares, saludaban a los niños y la gente a su paso. Cuando a un auto le tocaba la luz roja del semáforo, unos corrían a presentar actos como si fueran artistas de crucero.

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Los niños de la guardería infantil número seis del IMSS ya los estaban esperando y los payasitos sin pensarlo se pusieron a hacerles juegos. Dos cuadras antes de llegar a su destino, los más de 500 payasos provenientes de la Ciudad de México, Puebla, Querétaro, Tlaxcala y el Estado de México, quemaron un par de “toritos” y comenzaron a hacer malabares en monociclos.

En cuanto llegaron a las puertas del templo dejaron de caminar. Esperaban que alguna autoridad eclesiástica los recibiera. Y mientras aguardaban, el tiempo se les iba en hacer bromas a la gente que pasaba. Y tanto buen humos tuvo su recompensa, pues un comerciante repartió manzanas a todos los payasos y a la gente que los acompañaba en su caminata.

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Unos 10 minutos después salió un sacerdote a recibirlos. Sólo así los payasos se volvieron serios y entraron a celebrar su rito.

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