Es común ver que los autos en la avenida Juarez, en el Centro de la Ciudad de México, son desplazados por olas de gente que toman la calle para manifestarse. Regularmente lo hacen en el día, en horas en que el grueso de la población labora y es más fácil que su protesta pueda ser vista y escuchada. Pero el domingo 30 agosto, más de 30 mil personas ocuparon esta arteria del Distrito Federal desde las cinco de la mañana, no para protestar o marchar exigiendo todo lo que el gobierno mexicano ha quedado ha deber desde hace décadas. Esta vez la gente salió a apoderarse de la ciudad, a mirarla de otra forma. Salieron a correr el edición 33 del Maratón de la Ciudad de México.

Entre los prados de la Alameda Central, apenas iluminados por algunas farolas, daban pequeños saltos, estiraban las piernas, jalaban un poco los brazos. Había grupos de corredores uniformados para distinguirse en la ruta y apoyarse entre ellos en los momentos más críticos de esos 42 kilómetros: que un calambre, una torcedura, el cansancio.

Hay muchos motivos para correr un maratón: por reto personal, por pagar una apuesta, porque se quiere mejorar el récord personal o porque se celebra la vida. Como Liz, un chica que en 2008 tuvo un gran año en el deporte, hasta pisó un podio. Sin embargo, en 2010 le detectaron un tumor e hidrocefalia. Tenían que operarla, pero el pronóstico no era nada alentador: existía la posibilidad que no volviera a caminar. Tras salir del quirófano la chica recordaba todo, su cerebro no sufrió daño y sus piernas podían moverse. Comenzó a entrenar desde cero. Primero trotar, luego carreras cortas. En 2013, contra todo pronóstico, por fin pudo correr de nuevo un maratón.

Pero el maratón no sólo es de los corredores, también es de las esposas, las hermanas, los hijos, los amigos que acompañan al atleta. Son los que también sacrifican los domingos de levantarse tarde o extrañan al camarada durante la charla con vino del viernes que siempre se extiende al sábado con cerveza y mezcal. Respetan su entrenamiento porque simplemente les causa admiración su fuerza de voluntad. Y ese día ellos hacen su propio maratón. Consiguen agua, coca cola, dulces, naranja, plátano, todo lo que pueda darle un poco de energía al maratonista. Se traen la matraca y las trompetas que utilizan cuando ven el futbol para armar la porra de su amigo corredor. Llegan temprano, a las seis de al mañana al kilómetro 40, porque es el sitio donde el grito de apoyo hará que el cuerpo ya mermado, que se mueve más por inercia, reactivé un poco de adrenalina, la suficiente para concluir la prueba, esa que parece una analogía de la vida.

Bienvenidos a Crónicas de Asfalto radio. Ellos son los locos que corren un maratón.

Foto portada: Talía Islas.

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