Quien quiera saber cuánto pesa un muerto que venga y le pregunte a Lupe Pintor. Lo sugiere él mismo mientras se sienta a horcajadas en un banco de madera. Pintor se alisa el bigote frondoso con los dedos. Luce tranquilo, recio. Nunca ha cargado ataúdes en los cortejos fúnebres —aclara—, pero ha lidiado durante años con una tragedia ocasionada por sus puños.

¿Que cuánto pesa un muerto? Mucho, responde. Sobre todo si hay sentimientos de culpa. En 1980, cuando realizó aquella pelea que terminó en desgracia, se sentía muy mal consigo mismo. Le pesaba el finado, le pesaba la familia que se quedaba enlutada. Cargó esa cruz durante muchos años. Después aprendió a verse con indulgencia, y entonces ya no se sintió aplastado. En todo caso, el muerto todavía le duele. A estas alturas se sabe condenado a convivir por el resto de su vida con el morbo de la gente. Aunque hoy es capaz de sobrellevarlo, aún se desconcierta ante algunas preguntas recurrentes.

—En especial hay una que me da mucho coraje.
—¿Cuál?
—Bueno, no es una pregunta, exactamente. Es cuando me dicen “el boxeador ese al que usted mató”.
—El fantasma de esa pelea contra Johnny Owen
—Yo sé que siempre me van a preguntar por eso.

Entonces frunce el ceño, aprieta las mandíbulas. Pintor vive en Cuajimalpa, una de las 16 delegaciones que conforman Ciudad de México. En este sector popular nació y se crió. Y aquí morirá, según ha dicho en varias entrevistas.

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Hay muchas maneras de preguntar sin ofender, dice ahora.

—Es absurdo que me pregunten cómo maté a Owen. En el ring no hay asesinatos.
—¿En serio alguien usó la palabra asesinato?
—No. Pero si me dicen que yo maté es como si me dijeran asesino. Un boxeador no mata a otro: ahí lo que hay es un accidente.
—Me imagino la cantidad de veces que le habrán planteado el tema de ese modo.
—Muchas. Pregúntele a Vir.

“Vir” es Virginia Martínez, su compañera, quien hoy se encuentra de compras en el mercado. Ella le dio tres de sus 23 hijos. Con las tres esposas anteriores tuvo doce, y por fuera de sus matrimonios, ocho. Cuando se le pregunta cuántas fueron las mujeres de sus deslices extramatrimoniales, responde “una que otra”. Y sonríe.

Pero en este momento Lupe Pintor no luce sonriente sino tenso. Su rostro abotagado dista mucho del perfil magro que exhibía en sus tiempos de campeón gallo. Entonces pesaba apenas 118 libras. Ahora, a los 60 años, pesa 140. Si volviera al ring hoy tendría que combatir como welter junior, y así estaría en desventaja con su estatura de 1,65.

Pintor insiste en que, de todos modos, ha aprendido a lidiar con los imprudentes.

—Me encabrono pero no puedo ponerme a pelear con ellos.
—Estoy de acuerdo con usted en que la muerte en el ring es un accidente.
—Los que no saben nada de boxeo deberían hablar de otra cosa.
—Pero no creo que quieran llamarle asesino.
—Igual me molesta.
—Entiendo.
—Así como murió Johnny hubiera podido morir yo.

En el ring el peligro es para todos. Quienes han pasado por ese trance tienen que convivir con él durante el resto de su vida. Emile Griffith, Ultiminio Ramos, Ray Mancini, Alberto Dávila… la lista es larga. Todos ellos han oído la pregunta sobre el boxeador al cual “mataron”.

—Vir me ayudó a entender eso. Aunque no me guste me mantengo tranquilo.
—…

El semblante de Pintor se ha tornado apacible. Ahora se lleva las manos a la cabeza, esboza un gesto a medio camino entre la sonrisa y la mueca. La melena azabache por la cual lo apodaban “el Indio de Cuajimalpa” ha desparecido. En su lugar queda una calva lustrosa con dos mechones grisáceos a los costados. Cualquiera se sorprendería al descubrir que tiene la piel tan achocolatada. Por televisión parecía trigueño.

El boxeo le dejó muchas cicatrices: sobre las cejas, sobre la frente, en el dorso de las manos. Cuando se le pide hablar del tema no solo muestra los surcos sino que además suelta una broma: “Y también me dejó la nariz como sillín de bicicleta. Yo no la tenía así”.

Y vuelve a sonreír.

Las marcas más grandes siempre quedan por dentro. En este punto Pintor luce melancólico.

—Lo de Owen fue lo más triste.
—Pero no lo único triste. Sé que en la infancia huyó de su casa y tuvo que vivir como indigente.
—Eso también fue terrible.
—¿Qué edad tenía?
—8 años.
—¿No le dio miedo enfrentarse a la calle?
—Era más cañón quedarme en la casa con ese padre agresivo. Me pegaba por cualquier bobada.
—¿Qué hacía en las calles?
—Pedía para sobrevivir. Nunca hice nada indebido.
—Tengo entendido que en la calle empezó a tirar trompadas para hacerse respetar.
—Así fue.
—También he leído que tener un nombre femenino determinó su destino, pues lo llevó a pelear más de una vez.
—Yo me iba a llamar José Guadalupe, pero a última hora como que se arrepintieron y me dejaron Guadalupe nada más.
—¿Le gusta su nombre?
—Es el de la virgencita.
—¿Y sí le trajo problemas?
—Se me burlaban en la cara los otros escuincles. El que lo hacía una vez no lo hacía dos. Yo no daba chance de que se amañaran.
—Tremendo usted.
—Nada más me hacía respetar. Aprendí a pelear para que no se burlaran de mi nombre.
—Me parece exagerado suponer que el nombre lo empujó hacia el ring. Si se llamara Pedro…
—También hubiera sido boxeador, así es.

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Entonces aclara que su historia no es la típica del chico pobre que se vuelve boxeador para conjurar el hambre. A él le gustó pelear desde siempre. En la infancia se soñaba dentro de un ring, cargado en hombros y con los puños en alto.

Luego cuenta que duró poco tiempo en la calle, pues un vecino de Cuajimalpa lo descubrió por casualidad en el centro del D.F., y en seguida reveló su paradero. Entonces tuvo que devolverse para la casa. Eso sí: a partir de ese momento el padre empezó a tratarlo con respeto.

—Yo he sido un luchador.
—Eso se sabe.
—Pero me siguen preguntando cómo maté a Johnny Owen.
—Hay tantas preguntas sobre ese tema. ¿Le molestan?
—No, no. Ya le dije que todo depende de cómo me pregunten.
—¿Cuánto le pesa esa muerte en este momento?
—Sería preocupante que no me pesara. Pero tengo las manos limpias.

***

Virginia Martínez besa las manos de su marido, luego las muestra.

—No parecen de un boxeador, ¿cierto?
—En absoluto. Si estuviera viendo solo las manos diría que son de un oficinista.
—Son delicadas. Se lo digo yo, que llevo años tocándolas.
—Y pequeñas.

Virginia pone su mano extendida encima de la mano también abierta de su marido. Las empareja, las compara, las mide.

—¿Sí ve? Son casi del mismo tamaño.
—Conozco secretarias de manos más grandes.

Lupe Pintor sonríe, dice que nunca le gustaron sus manos.

—Las tenía regordetas hasta cuando era flaco. Mire este dedo tan feo.

Muestra el meñique torcido de la mano izquierda. Entonces dice que en sus tiempos de boxeador era propenso a las lesiones. Si no se partió 13 dedos —exagera— fue porque Diosito solo le dio diez. En este punto extiende las manos abiertas a la altura del rostro. No hubo un solo dedo que no se fracturara, dice.

—¿Se fracturó los diez?
—Los diez.

Pintor empieza a razonar sobre su oficio. El puño quiebra lo que golpea y también se quiebra contra lo que es golpeado. Él solía terminar sus combates con las manos inflamadas. Debía sumergirlas en cubos de hielo o acudir adonde un fisioterapeuta. En varias ocasiones fue sometido a cirugías ortopédicas para reparar algún cartílago roto. De ahí las cicatrices que enseñó hace un momento.

Todo el mundo recuerda su arrojo como boxeador pero pocos mencionan las veces que combatió ante rivales que lo superaban tanto en peso como en alcance. Algunos le sacaban hasta una cabeza de estatura. Para borrar de un tajo la desventaja física con la que subía al ring debía arriesgar demasiado. ¿De qué otro modo podía vencer el cerco de unos brazos muy largos si no era arrimándose temerariamente a ellos? Pintor no era de estrategias sino de impulsos. Cuando recibía un puñetazo desacataba las instrucciones de su entrenador y se precipitaba contra el oponente sin medir las consecuencias. Como además carecía de una técnica defensiva exquisita, era incapaz de protegerse moviendo el tronco o dando pasos laterales. Simplemente se exponía al castigo con la esperanza de encontrar en ese ataque suicida su oportunidad. Ganara o perdiera, Pintor siempre se estaba inmolando. Eso sí: muchos lo rebasaban en fuerza o en velocidad pero nadie en determinación.

—Yo llegué más lejos de donde debía gracias a mi valor.

Virginia vuelve a agarrarle las manos. Las muestra otra vez.

—Mire bien y ponga cuidado: esta parte de acá —se refiere a los nudillos— solo tuvo trabajo cuando Lupe fue boxeador.
—Era mi chamba, Vir.
—Cierra bien los puños, mi amor.

Virginia roza con su mano abierta los nudillos de su marido.

—Ustedes, los fanáticos del box, solo han visto a Lupe usando esta parte de las manos.
—Yo cada tanto vuelvo a verlo en YouTube.
—Lo que usted ve es esta parte.
—Así es.
—Fuera del ring estos nudillos no le han pegado a nadie.
—Sí, mi amor. Cuando era niño les partí la madre a muchos en las calles.
—Todos los niños pelean.

La mujer enseña ahora las palmas de las manos de su marido.

—En cambio esta parte es pura suavidad. Si quiere, tóquelas.
—Espere…
—Esta nunca se ve por televisión y es la parte que me tocó a mí.
—Muy suaves.
—Lupe atendía a los boxeadores con esta parte, y a las demás personas, con esta.
—Entiendo lo que quiere decirme.
—Él le pegó a Johnny Owen porque estaban en un ring. Si hubieran estado en un bar le hubiera puesto esta parte de la mano sobre el hombro.
—Seguro ahora seríamos cuates, mi amor. Tú sabes que soy amigo de varios que pelearon conmigo.

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Foto: portada libro La edad de oro del boxeo

Virginia es menuda. Su piel blanca contrasta con el color cobrizo del marido. Tiene un lunar en el mentón y lleva el pelo teñido de rubio.

Ella no recuerda qué hacía el 19 de septiembre de 1980, mientras Pintor y Owen se enfrentaban en Los Ángeles. Quizá adelantaba alguna tarea o quizá jugaba con sus vecinas. En todo caso no vio la pelea. En aquel momento era una colegiala de 13 años que usaba trenzas y falda escocesa. Ya conocía a Lupe en persona pero jamás había cruzado palabras con él.

Lupe se aparecía de vez en cuando porque era allegado al padre y a los hermanos de ella. Traía regalos, hacía bromas. A ella le encantaba contemplar esta versión juguetona del señor que en la televisión solo dejaba ver su aspecto feroz. Se sentía testigo de algo especial reservado a unos cuantos privilegiados. Los hombres de la casa alababan el desprendimiento de Lupe y decían que tenía un gran sentido de la amistad.

Virginia también oía el chismorreo permanente de los adultos sobre las excentricidades del campeón. Lo más mencionado en tales casos era su asombroso repertorio de zapatos extravagantes: tenía botas de piel de avestruz, zapatos de piel de víbora, botines de piel de cocodrilo.

Y ni hablar de su colección de automóviles lujosos. Cuando se anunciaba que el campeón vendría, Virginia jugaba consigo misma a adivinar en qué vehículo llegaría.

—Yo solita armaba un diálogo mental. Me asomaba por la ventana y decía: “Hoy viene en el Audi”. “No, no, hoy viene en el Mercedes-Benz”. Nunca adivinaba, pues él llegaba siempre en un auto que nunca le había visto.
—¿A qué edad empezó a asomarse para verlo llegar?
—Como a los 10 años.
—Caramba, qué precoz fue usted.

Virginia ríe, se tapa los ojos con la mano.

Lupe se da bofetadas teatrales en la mejilla derecha.

—Mírele la cara a este muñecón. La traía loquita.
—Mentiroso.
—Bueno, pero un momento: su curiosidad sí iba más allá de los carros y los zapatos excéntricos.
—Eso fue algo que supe después.
—Supongo que en ese momento no hubo ni siquiera un coqueteo…
—Claro que no. ¡Cómo se le ocurre!
—Él era un hombre y usted, una niña.
—Lupe no me lleva tantos años, fíjese, porque él nació en 1955 y yo, en 1967.
—Cuando usted lo espiaba tras la ventana tenía 10 años y él, 22.
—Pero es que en ese momento no pasó nada.

Entonces Lupe mete la cuchara en tono burlón: le dice a Virginia que el periodista ya la tiene descubierta. Por toda respuesta, ella le atiza otro puño juguetón en el brazo. A continuación cuenta que el muy descarado olvidó asistir a la primera cita. Habían convenido encontrarse en una heladería a las 10:00 de la mañana. Puro horario de chava de colegio, aclara, sonriente. A Virginia le daba menos susto escaparse de la escuela que de la casa. Al fin y al cabo estaba dando un paso temerario al correr hacia los brazos de un hombre mayor que tenía fama de mujeriego. Un hombre que, además, era amigo de los padres de ella. Virginia acudió puntual a la cita pero Lupe no apareció. Horas después, cuando ella le preguntó por teléfono qué había sucedido, él le confesó sin inmutarse que se había quedado dormido.

Ahora ella lo golpea por enésima vez en el hombro.

—Ya, mi amor, me vas a noquear.
—¿Cuándo fue esa primera cita?
—Tuvo que haber sido en 1983.
—¿Por qué?
—Porque fue cuando yo tenía 16 años.
—Empezamos cuando tenías 15, Vir.
—16.

Virginia se queda pensativa durante varios segundos. Junta las manos y mira hacia arriba, como hacen ciertos devotos en la misa.

—Usted, que es un periodista afiebrado por el box, ¿ha vuelto a ver las peleas de Salvador Sánchez?
—Por supuesto.
—¿Sabe en qué año murió él?
—En 1982.
—¿Sí ves, mi amor? Mis 15 fueron en 1982.
—¿Por qué cita la muerte de Sánchez?
—Porque cuando Sánchez se mató en el accidente, Lupe y yo todavía no habíamos platicado.
—¿No?
—No. Cuando él iba a mi casa yo lo veía sin que él me viera.
—¡Pero un día te vi, mi amorcito, tú lo sabes!
—Sí, sí, y eso me dio mucha vergüenza.
—Yo estaba en la sala con los papás de ella cuando de pronto veo a la chavita mirándome.
—¿Qué hizo usted?
—Miré a Eulalia, la madre de ella, y le dije: “Mamá (yo siempre le digo mamá), qué onda con esta chavita”. Ella me contestó: “Pos, hijo, ¿qué, no te acuerdas? Es la Vicky”. “Pero, ¿dónde la tenías escondida que no la vi crecer? ¡Qué bonita se ha puesto la escuincla!”.
—Ahí fue cuando empezamos a platicar, mi amor.
—Yo sé.
—En ese momento ya tenía 16 años.

Tras una pausa Virginia vuelve al sepelio de Salvador Sánchez. Ese día vio a Lupe por televisión evocando entre sollozos a su colega, quien había muerto en accidente de tránsito cuando apenas contaba 23 años.

—Tenía una gabardina larga que le llegaba hasta aquí.

Y se toca un tobillo.

Lupe, que estaba alisándose el bigote con los dedos, sonríe de manera maliciosa. Sus ojos pequeños relampaguean.

—¡Y todavía dice que no vivía pendiente de este muñecón!

Esta vez Virginia ignora la broma de su marido. Vuelve a juntar las manos, calla.

Cuando rompe el silencio es para decir que Lupe era el más golpeado de cuantos entregaban declaraciones en el cortejo fúnebre. Ella creyó descubrir en ese aire de pena un corazón amoroso, y recordó que su padre y sus hermanos lo describían como el mejor amigo de sus amigos.

Lupe se queda serio, ensimismado. Fiel a su costumbre, se alisa el bigote. De pronto dice que Chava —así llamaba a Salvador Sánchez— era su amigo del alma. Se emborrachaban juntos cuando no tenían combates a la vista, participaban en carreras clandestinas de automóviles.

Fue la segunda vez que perdió un amigo en forma trágica. En la infancia ya había pasado por una pena similar.

—Me quedé sin Enrique. En Cuajimalpa le llamábamos “el Ruso”. Era mi mejor amigo, el que me defendía en la escuela cuando me atacaban chavos más grandes.
—¿También murió en un accidente?
—Peor que eso: lo asesinaron cuando era apenas un niño, y nunca se supo quién ni por qué.

Pintor dice que quisiera ser recordado como lo acaba de definir su esposa: el mejor amigo de sus amigos. Quienes lo conocen saben que él ha cultivado una relación afectuosa con varios de sus rivales. Entonces cita al puertorriqueño Wilfredo Gómez. Primero se contramataron en una de las peleas más sangrientas de la historia del boxeo, y luego se convirtieron en hermanos.

—Yo quiero mucho a ese pinche gordo. Por primera vez, su voz se quiebra. Virginia le acaricia la calva.
—Usted sabe que Willy y yo nos rompimos la madre.
—Fue una pelea brutal.
—Ambos salimos del ring para la clínica.
—Fue como si los dos hubieran perdido.
—Perdí yo, pero quien vea una foto de la pelea pensaría que el perdedor fue Willy. Quedó con la cara totalmente desfigurada.
—Estaba irreconocible.
—Yo terminé roto por todas partes. Cuando pasó el calor del combate me dolían hasta los botones de la camisa.
—Terrible.
—Pero eso quedó en el ring. ¿Sabe cómo nos saludamos Willy y yo cuando nos encontramos? Nos saludamos de beso como dos mujeres.
—En esta casa amamos a Willy.
—Yo aprendí a quererlo cuando ya estábamos retirados. En el ring me caía mal porque era un hijo de puta.
—Tú lo has dicho, mi amor: en el ring.
—Un hijo de puta completo.
—¿Por qué lo dice?
—Era capaz de pegarle a un rival que ya tenía una rodilla en la lona. A mí esa parte de él nunca me gustó pero ahora se la entiendo: estaba defendiendo su chamba.
—Fuera del ring, Willy es como tú, mi amor, un caballero.
—Un tipo padrísimo, con un corazón humilde y lleno de bondad. ¡Cómo quiero a ese pinche gordo!
—Volvió a casarse hace poco, y nosotros fuimos a la ceremonia en San Juan.
—A todo dar.
—Nosotros nos alojamos en la casa de ellos y luego ellos vinieron a la nuestra.

Ahora vuelven a tomarse de las manos. Entrelazan los dedos, juntan las mejillas. Virginia menciona otra vez a Johnny Owen. Cuando sucedió la tragedia —insiste— ella apenas tenía 13 años. Fue una época en que vio poco a Lupe, pues, según los rumores, permanecía encerrado lidiando con la depresión.

Tiempo después lo vio reaparecer con sus botas de piel de avestruz y sus carros deslumbrantes. Le encantó que hiciera bromas, que tomara tequila como en el pasado, que contara detalles de sus viajes. Para colmo de dichas, él descubrió que ella lo espiaba, y eso trajo como consecuencia el comienzo del romance. Entonces Virginia conoció el reverso de la escenografía. Como en el antiguo mito del circo, el payaso, más allá del maquillaje, estaba lastimado. Lupe daba en público la impresión de ser un hombre al que las cosas le iban bien, pero en la intimidad se echaba a la pena. Algo no funcionaba en su vida.

Virginia detectó el problema muy pronto: seguía sin superar la muerte de Johnny Owen. Aunque repitiera sin tartamudear el argumento que mandan los cánones —“fue un accidente de trabajo”—, en el fondo se culpaba. A ratos expresaba el deseo de devolver el tiempo para negarse a hacer esa pelea. A ratos lamentaba haber lanzado aquel ataque feroz en el round doce, justo cuando notó que para retener el título estaba obligado a noquear. Debió permitir que Johnny ganara por decisión, tal y como lo iba logrando hasta ese momento. ¿Qué tanto daba perder esa pinche corona frente al valor de una vida humana.

Foto: usuario Flickr Araza123

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Después hubiera podido encerrarse en el gimnasio, entrenar como si fuera todavía un muchacho hambriento y recuperar sus credenciales de campeón.

Virginia ignora de dónde sacó, a su corta edad, la lucidez para darle a su marido consejos tan útiles. Lo primero que hizo fue conseguir la estadística oficial de boxeadores muertos a consecuencia de los golpes recibidos en combate.

—¿Cómo hizo, si en aquella época no había internet?
—Hablé con don José Sulaimán…
—¿El presidente del Consejo Mundial de Boxeo?
—Sí, con él. Don José quería mucho a Lupe.
—¿Y él le consiguió esa estadística?
—Le ordenó a un subalterno que me ayudara.
—¿Usted recuerda qué dato le dieron?
—No, señor.
—Yo hace poco leí que desde el surgimiento del boxeo van, aproximadamente, 680 muertos.
—Imagínese: un montón.

Con las cifras en su poder, Virginia encaró a Lupe. Tantos muertos —le dijo— evidencian lo peligroso que es el boxeo, así que más bien debería sentirse bendecido por conservar la vida. Él sobrevivió para contar la historia porque fue protegido por los ángeles. Además tendría que considerarse afortunado, pues disfruta de una reputación como deportista ejemplar y como hombre generoso. Las personas que lo conocen hablan maravillas de su buen corazón. En el medio se sabe que él es capaz de dar palmaditas cariñosas con las mismas manos con las que pegaba golpes demoledores. Al final, Virginia apeló a un recurso efectista: le dijo que si Johnny resucitara un instante, seguro le daría un abrazo.

—Mírate esta parte de las manos, mi amor. Ahí es donde se ve tu alma.
—Sí, las manos…
—Yo le he prometido a Lupe que si se muere primero que yo voy a conservar sus manos en formol. Sus manos son las de un hombre bueno.

Entonces sigue hablando de la estrategia que utilizó para levantar a su marido del piso. Después de decirle que si Johnny Owen viviera seguramente sería su amigo, lo convenció de abandonar su caparazón para reencontrarse con la gente que lo quería.

—Sin ti no lo hubiera logrado, Vir.
—Pero usted todavía dice que el muerto le pesa…
—Es más como un dolor.

Entonces vuelve a pasarse los dedos por el bigote. Virginia le acaricia la cabeza.

—Así es, mi amor. Johnny no nos pesa, nos duele.
—Eso me decías, Vir.
—Él no es una carga sino una motivación. Si Johnny viviera…
—Seríamos amigos.

***

En el edificio de apartamentos donde viven Lupe Pintor y Virginia Martínez hay seis automóviles estacionados. Cuando van a salir juntos casi siempre es Virginia quien decide cuál usarán. Esta semana han salido en el Corolla, en el Cambridge y en el Ford Fiesta. Ahora, mientras se suben a la camioneta Mazda CX-9 que utilizarán para ir a un restaurante, Lupe señala un Volvo color gris ratón.

—Ese es el de dominguear.

Es sábado. Día soleado en Ciudad de México.

Lupe dice que su afición por los autos comenzó en la adolescencia. Cuando fantaseaba con la idea de ser un campeón se veía rodeado de carros lujosos. Él no cree que lo suyo sea un fetiche derivado de su infancia pobre. Simplemente ama los autos, y punto. Entonces encoge los hombros como con fastidio, y se queda callado.

Foto: Notimex

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Cuando abre la boca de nuevo es para decir que sus sueños se cumplieron gracias a la virgencita de Guadalupe. A estas alturas ha tenido tantos vehículos que ya perdió la cuenta. Lo que sí sabe con precisión es cuántos accidentes lleva: tres.

—En dos ocasiones me volqué y en la otra me choqué de frente contra una camioneta.
—Llevas cuatro accidentes, mi amor.
—Tres, Vir.
—Cuatro.
—…
—Llevas cuatro.
—Ah, cuatro si incluimos el de la motocicleta.
—El más terrible de todos. De repente Lupe comienza a hablar de los vehículos en miniatura que atesora en la sala: Lamborghini, Ferrari, Rolls-Royce, Porsche. Es una colección que ha armado durante años con las piezas adquiridas en sus viajes. Muchos visitantes suponen erróneamente que los pequeños coches están allí como un simple adorno, pero en realidad él suele sacarlos de la vitrina para deslizarlos por las barandas: necesita verlos rodar.

Pintor es un chofer de espanto: se filtra con suma imprudencia entre los vehículos, acelera más de lo debido.

—Maneja muy rápido, ¿no?
—Normal.
—Va a 140 kilómetros por hora.
—…
—120, ahora que disminuyó.
—En estas calles atascadas uno no puede ir encima de 60 kilómetros.
—En este momento va a 100.
—…
—¿Ya le habían dicho que conduce muy rápido?
—No se fíe del tablero, que está dañado.
—¿Cómo fue ese accidente en motocicleta?
—Un tipo se comió el semáforo en rojo y casi me mata. Estuve un año alejado del boxeo.
—¿Recuerda la fecha?
—1983. Ese hubiera sido mi mejor año.
—¿Por qué lo dice?
—Había una bolsa buenísima para la revancha contra Wilfredo Gómez.
—¿Cree que le hubiera ganado?
—Sí. Yo se lo he dicho a él.
—¿Y qué responde Wilfredo?
—Nada más se ríe y me abraza.
—Virginia acaba de decir que fue el más terrible de sus accidentes.
—Me reventé todo. Tuvieron que atarme las mandíbulas con alambre.
—Terrible.
—Encima del labio hay una cicatriz fea. Por eso ando con este bigote greñudo.
—Si no tuviera esa cicatriz, ¿se afeitaría?
—Claro. Lupe Pintor sonríe.
—Es que el accidente también me dejó chimuelo.
—¿Chimuelo?
—Me arrancó varios dientes de arriba.
—Ha podido ser peor…
—Tengo prótesis.

La camioneta se introduce por el espacio entre dos vehículos. Como la avenida está descongestionada, Pintor acelera. Sobrepasa a todo el mundo, zigzaguea. Muy pronto el velocímetro vuelve a 140. ¿Alguien le había dicho que conduce a velocidad excesiva? Pintor ignora por segunda vez la pregunta. Tras varios segundos señala, por fin, que sus amigos lo acusan de parecer más un exautomovilista que un exboxeador.

Entonces sonríe. Luego, mientras frena ante un semáforo en rojo, insiste en que el tablero de la velocidad está estropeado.

—Usted dijo hace dos días que había participado con Salvador Sánchez en carreras clandestinas de automóviles.
—Varias veces. Virginia saca del bolso un espejito y empieza a maquillarse. Pintor arranca de nuevo, pero esta vez despacio.—A Chava sí que le gustaba la velocidad.
—A él y a usted.
—Muchas veces corrimos juntos.
—¿Usted imaginó que él moriría, precisamente, dentro de un carro?
—Nunca pienso en eso.
—Pero tiene lógica temer algo así cuando uno ve a alguien conduciendo tan rápido.
—Lo de Chava fue distinto.
—¿Por qué?
—Chava no murió por estar dentro de un auto sino por andar manejando borracho. A él nunca le pasó nada malo cuando participábamos en las carreras.
—¿Usted quiere decir que si uno está sobrio puede manejar a cualquier velocidad?
—No. Hay límites.
—Ya.
—Chava estaba en una fiesta. Dicen que se caía de la borrachera.
—¿Usted nunca ha manejado borracho?
—Ni loco haría eso.
—…
—He sido muy sano. Usted no me lo ha preguntado, pero le voy a decir algo: no he probado ninguna droga. Una vez, cuando era campeón mundial, me pusieron por delante una bandeja con cocaína.
—La lista de boxeadores destruidos por la droga es larguísima.
—Quien entra no sale.
—Así es.
—A mí me costó mucho llegar adonde llegué como para salir a botar mi lana en el vicio.

Virginia se aplica lápiz labial. A través del espejo retrovisor parece ausente de la conversación. Frota los labios, luego los posa sobre un pañuelo facial.

Pintor sostiene que la renta le alcanzaría para quedarse sentado, pero en seguida aclara que, por su salud mental, prefiere mantenerse activo. Por eso trabaja como instructor particular de boxeo, y además tiene un contrato temporal con el sistema de transporte público del D.F. Esa vida desahogada —añade— sería impensable si hubiera despilfarrado en droga el dinero que ganó en el ring.

Virginia guarda el espejo en el bolso. Toma la palabra.

—Yo le respondo la pregunta de hace un ratito.
—¿Cuál?
—A Lupe sí le han pedido que saque el pie del acelerador.
—¿Usted se lo ha pedido?
—Yo, no.

Y se ríe.

—Un día llegó en motocicleta a mi casa.
—Ajá.
—La motocicleta del accidente.
—Ajá.
—Mi hermana le pidió un paseo, y se fueron. Cuando regresaron, ella estaba pálida. Me dijo que no sabía quién era peor, si él por manejar como loco o yo por no decirle nada.

Vuelve a reírse. Pintor acelera otra vez.

—¿Usted no teme morir en un accidente?
—Nunca pienso en eso.
—…
—Me parece que ahora lo comprendo todo.
—¿Qué comprende, señor periodista?

El chofer apresurado y el boxeador fiero están forrados con la misma piel. Ambos transparentan una personalidad vindicativa. Necesitan desquitarse de algo que en su momento los martirizó, como un puñetazo o una carencia. El primero hunde el acelerador sin preocuparse por las consecuencias, el otro se acerca a la zona de peligro aunque tenga el rostro ensangrentado y las manos rotas. Los dos asumen riesgos para encontrar más grandioso el arribo a su destino. Al final de la pelea el campeón levanta su corona, al final del viaje el chofer desciende orondo de su auto lujoso.

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Pintor oye, impasible, la exposición. Disminuye la marcha, se alisa el bigote con los dedos.

Desafiar las carreteras y ponerles el pecho a los golpes son dos caras de la misma moneda. Virginia asiente con la cabeza. Marido y mujer siguen, expectantes, el curso del argumento.

Barry McGuigan, que nació en el Reino Unido, como Johnny Owen, le contó a la escritora Joyce Carol Oates que se convirtió en boxeador cuando descubrió que no podía ser poeta ni narrar historias. Quien elige lanzar golpes acepta recibirlos, y en ese intercambio feroz la muerte es una posibilidad aunque todos prefieran ignorarla.

Los boxeadores ascienden hacia la cima por una escalera edificada con los huesos de sus rivales. Se muere y se mata, decía el legendario Archie Moore. Justo por lo aterradora que resulta una actividad tan próxima a la tragedia, Joyce Carol Oates confiesa que prefiere ver los combates en diferido, “cuando ya están definidos como historia”. Pero los boxeadores no tienen semejante opción. Para verse a sí mismos en diferido, deben treparse antes en el ring. Pegar, recibir.

Se muere y se mata.

Pintor frena ante un nuevo semáforo. Subraya la frase mientras se alisa el bigote por enésima vez.

—Se muere y se mata.

A la posibilidad de morir se le contrapone la no menos terrible de matar.

—¿Estás oyendo, Vir? Así es la chamba de nosotros.
—Tú eres un bendecido, mi amor, tú has tenido ángeles protectores.
—Y cuates, Vir.

Uno de esos cuates —dice Virginia a continuación— es Dick Owen, el padre de Johnny. Lo conocieron en 2002, 22 años después de la tragedia.

A comienzos de ese año habían recibido la llamada telefónica de un delegado del Consejo Mundial de Boxeo, que se identificó como portador de una propuesta importante: la familia Owen se aprestaba a homenajear a Johnny, y quería que Lupe estuviera presente.

Lupe y Virginia viajaron entonces a Merthyr Tydfil, el pequeño pueblo de Gales donde vivían los Owen. Participaron en varias misas, asistieron a diversas cenas, concedieron múltiples entrevistas sobre la espiritualidad y la misericordia. A la hora de develar el monumento de Johnny, Lupe y Dick posaron juntos ante los fotógrafos. Un año después se vieron en Los Ángeles, y más tarde, en Ciudad de México. En cada encuentro Dick le aconsejaba a Lupe desterrar el sentimiento de culpa. Todos en su familia sabían que tanto Lupe como Johnny habían sido simples marionetas de la fatalidad.

Esa es la razón —concluye Virginia— por la que su marido no siente miedo. Entonces Lupe se estaciona frente al restaurante. Luce tranquilo, recio. Mientras se alisa el bigote con los dedos, dice que hay dos ángeles cuidándolo desde el cielo. Uno es Enrique, su amigo de infancia.

—¿Y el otro?
—El otro es Johnny, que en paz descanse.
—Que en paz descanse, mi amor.

**Esta crónica está incluida en el libro  “Los ángeles de Lupe Pintor”. Aparece en Crónicas de Asfalto con autorización del autor.

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