Un jardín urbano, flores por ambos lados del camino, poderosas rosas rojas, las ofertas abundan y los colores naturales son parte del ambiente. Es el mercado de Jamaica en la Ciudad de México. La puerta principal nos conduce a la zona de frutas y verduras; dulces tradicionales y puestos de garnachas populares, huaraches y gorditas dominan el mercado en cantidad y calidad. Es válido realizar compras con un antojito en la mano; para eso los esquites tradicionales, con mayonesa y queso.

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Pasando un pequeño estacionamiento encontramos la nave de las flores. Arreglos de rosas y girasoles, corazones de vidrio con rosas de castilla en el interior, tulipanes en macetas, hasta la popular rosa de la Bella y la Bestia, llamada rosa inmortal, con duración de cinco a ocho años. “¡Cuidado con el diablito! ¡Golpe avisa!”, gritan por todas partes hombres que llevan en el singular vehículo docenas de flores para los comerciantes.

Uno de los principales vendedores del mercado es el señor Eduardo Romero, quien además es productor. “Estaba cursando el tercer año de primaria y ya andábamos por aquí, tengo más de 40 años dedicándome a esto; es lo que me enseñaron mis papas”, comenta mientras los jóvenes trabajadores limpian las rosas.

“Dar la rosa el 14 de febrero ya es una costumbre, está muy identificada, existen infinidad de colores, pero la que más abunda es la roja”, me cuenta este hombre que se dedica a generar la ilusión del amor.

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Desde las seis de la mañana las ventas empiezan. Productores llegan de diferentes estados del país para vender las codiciadas flores. El señor Eduardo en Morelos dedica su tiempo a la producción, generando dos tipos de rosas: de campo eiInvernadero.

“Estando en el campo, uno empieza a trabajar para sacar la carga adelante desde muy temprano. Nosotros como productores estamos un rato aquí y otro en el campo”.

Si bien el 14 de febrero es un gran pretexto para vender sus flores, pasada esa fecha llega lo que ellos llaman temporada baja. “En temporada de calor sin tanto hacerle solitas las matas brotan, te dan mucha flor, pero no hay mercado para flor, las tiramos en ocasiones, dejamos de cortar. Si ahorita la rosas están a 300 pesos seis docenas, en tiempo de calor la damos en 20 pesos las mismas seis docenas. Ya no salen los gastos, es algo que define la situación y que tenemos que hacer. Antes las flores así como llegaban del campo se vendían, antes eran claveles, gladiolas y rosas, ahora son infinidad de flores”.

Ante esta situación los productores han tenido que diversificar el negocio, y lo que antes era desperdicio hoy lo aprovechan. “Sabemos que muchas personas le dan uso a los pétalos, vimos que era una opción, desgranamos las rosas y se vende (…) Antes no trabajábamos con el pétalo, se desperdiciaba mucho, no se limpiaba las flores. Todo se da por la competencia; nosotros somos pequeños productores, las empresas ya producen las rosas, eso ya es algo grande”, me platica el comerciante mientras observo las bolsas que guardan los rojos pétalos.

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Pese a las dificultades, este hombre ama su oficio. No se trata solo de vender folres para ocasiones especiales, sino de un modo de vida con virtudes y consecuencias.

“Es un trabajo propio, no tenemos patrones, nosotros lo cuidamos, y entre más te esmeres más vas a tener. Y mi mayor satisfacción es que hasta ahorita me ha mantenido a mí y mi familia”, dice Eduardo Romero con orgullo y felicidad reflejado en los ojos.

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