Pedro tenía seis años cuando su madre enfermó de leucemia. En tan sólo tres meses, la mujer radiante que lo llevaba todos los domingos a misa se marchitó y murió. Seis años son pocos, pero suficientes para darse cuenta de lo que pasaba, para enojarse con Dios por arrebatarle su tesoro y con su madre por abandonarlo. El coraje era tanto que se negó rotundamente a ir a su entierro. Lo más que consiguieron de él fue que levantara la cruz de cal.

Dejó de ir al templo y cada vez que pasaba por uno profería maldiciones:

—¡Chingas a tu puta madre, culero! Te la llevaste y me dejaste solo. ¡Eres un hijo de tu puta madre!

Por un tiempo dejó de ir a la escuela, hasta que lo obligaron a volver. También lo obligaron a ir al psicólogo y a tomar unas pastillas que, le dijeron, lo harían sentir mejor. Pero no fue así.

La-£nica-iglesia

Su vida cambió por completo. Se le fue la infancia junto con su madre. Como no lo podían dejar solo en casa, empezó a ir con su hermano, 22 años mayor, al taller mecánico en el que trabajaba. Creció entre radiadores, llaves de cruz, carburadores… pero no podía estar ahí sin hacer nada así que le empezaron a dejar los pendientes que nadie más quería: cambio de aceite, afinaciones, frenos. Cada día, Pedro terminaba cansadísimo, quemado y lleno de hollín. A los nueve años ya sabía cambiar llantas, hacer afinaciones, alinear frenos, cambiar bujías.

Tal vez hubiera podido aprender a sobrellevarlo de no ser por las constantes llamadas de atención de su hermano quien todo el tiempo repetía:

—¡Límpiate las manos!

Sin llegar siquiera a los diez años, estaba haciendo los frenos de un Spirit gris. Quitó la llanta, la puso en el suelo, recargó la mano en el cofre del vehículo para pararse y, sin notarlo, dejó la mancha de su mano en el sitio que le había servido de apoyo. Siguió con su encomienda hasta terminarla, entonces llegó el cliente a recoger el coche. Su hermano vio la pequeña mano marcada en el cofre. Con toda la calma de la que fue capaz, tomó su franela y empezó a limpiar la mancha. Cuando terminó, miró a su hermano con rabia contenida. Pedro sabía exactamente qué significaba eso.

Al llegar a casa, la reprimenda no se hizo esperar:

—¡Cuántos putos carros en mi vida he hecho yo y ninguno ha quedado sucio! ¡Eso no es calidad! ¡Eso no es un buen servicio! ¡No mames, eres un pendejo! No sabes trabajar. ¿De qué te sirve estar conmigo aprendiendo si nunca haces nada de lo que te digo? No mames. Es la última puta vez que me haces eso. No sabes la vergüenza que me dio entregar un trabajo sucio.

El niño sólo pudo responder entre lágrimas:

—No mames, no me di cuenta.

La réplica fue automática:

—¡Tienes que poner atención!

Y cada vez que Pedro musitaba algo, su hermano le respondía con más insultos a gritos. Todo terminó con un “¡Ya duérmete!” enérgico, acompañado por un zape.

El niño se arrastró a la cama. Ahí, al amparo de las sábanas, germinó un sueño. El sueño que dirigiría su vida por sendas inesperadas.

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Al otro día, se levantó temprano, como siempre, fue con su hermano al trabajo y se esmeró en cada encargo asignado, con lavada de manos respectiva. Hacia las seis de la tarde, cuando agonizaba la jornada laboral, le dijo a su hermano:

—Cuando yo sea grande, voy a trabajar en un lugar donde no esté en el rayo del sol, donde no tenga las manos sucias, donde pueda vestir como se me hinche la gana.

El hermano soltó una estruendosa y larga carcajada. Cuando al fin pudo hablar, dijo con ánimo retador:

—Quiero verlo.

La redención

Tras un incidente como dealer adolescente, al terminar la secundaria, fue cerillo, cargador, ayudante de plomero, de jardinero, de albañil, de mecánico, de herrero, de aluminiero y reparador de bicicletas. Cada vez que iba por la calle y veía a alguien trabajando, les preguntaba si querían ayuda. Así fue como conoció al herrero que se metía como 25 o 30 grapas de coca al día, a un jardinero que tomaba clonazepam con la misma frecuencia con la que la mayoría de las personas toman los sagrados alimentos, a un aluminiero que se drogaba con mona, a un herrero adicto a la piedra.

Desde los 13 años, Pedro ha estado rodeado de personas adictas a alguna sustancia y él mismo lo es. Los únicos cercanos que no consumen alguna droga son sus hermanos.

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Justamente fue su hermano mayor el que le exigió que contribuyera con los gastos de la casa desde que salió de la secundaria. Pero no lo hizo sin antes darle una herramienta: su primera computadora. Una 3 86, bien equipada para la época.

—Oye, ¿no te gusta esta madre? —le decía su hermano—, ¿no te gustaría hacer tareas, investigaciones y venderlas?

—Órale —respondió Pedro, sin mayor entusiasmo.

—Va, te voy a comprar una impresora.

Así se ganó los primeros pesos con la computadora, haciendo los trabajos escolares de otros. En poco tiempo, la máquina ganó su atención y se dedicó a buscar una escuela en la que pudiera estudiar para dominar a la dama de su vida.

Al fin encontró una, sólo hacía falta convencer a su hermano para que le ayudara pagando su escuela. Fue a decirle. El hombre mayor estaba en la zotehuela lavando su ropa. Pedro se acercó temeroso, pero decidido.

—Tengo todos mis papeles en línea y folletos de las escuelas que he ido a visitar.

Pedro extendió el material promocional, gesto rechazado por el hermano, que seguía lavando sin apartar la vista de la prenda que restregaba. Sin desanimarse, continuó

—Tírame un paro, culero. Méteme a la escuela.

Como respuesta obtuvo un seco:

—No. Chinga tu madre— sin siquiera voltearlo a ver.

—Güey —insistió Pedro—, por mi madre, por mi madre que está en el cielo, tírame este paro y no te vuelvo a pedir nada en mi puta vida.

La mención de su madre y la seriedad en la sentencia intrigó a su hermano. Dejó la prenda y lo volteó a ver:

—¿De huevos?

—¡De huevos!

Atisbando la posibilidad de apoyo por parte de su hermano, agregó:

—Mira, si tú ves que en tres meses estoy valiendo verga, ya para qué me hago güey. Me salgo y me voy al taller contigo o me voy a una fábrica de obrero.

El hermano vio a Pedro tan decido que no lo podía creer. Repitió:

—¿De huevos?

—¡De huevos! —y Pedro sonrió—.

—Chingón —dijo el hermano secándose las manos—. ¿Cuándo empieza el ciclo y cuánto necesitas?

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Pedro entró a una escuela técnica para estudiar computación, a cambio, debía trabajar en el taller por la mañana. Su rutina era simple, pero cansada: reparar vehículos desde la siete de la mañana hasta la una de la tarde. A la una, regresaba a la casa de su hermano, le ayudaba a su cuñada a preparar la comida, comía, pasaba a dejar la porción de su hermano en el taller. A las tres entraba a la escuela.

Se esmeró como nunca antes lo había hecho. Se sentaba hasta enfrente, preguntaba, participaba, pero no era suficiente para él. Cuando terminó el primer semestre, empezó a relacionarse con los encargados de soporte técnico, todos ellos consumidores frecuentes de alcohol y mariguana. Como tenían muchas cosas en común, aprovechó la cercanía y preguntó si podía quedarse en el laboratorio hasta que cerraba la escuela. Ellos respondieron que sí. Por eso a partir del segundo semestre, empezó a salir de la escuela a las nueve de la noche.

En tercer semestre, so pretexto de hacer el servicio social en el laboratorio de la escuela, empezó a entrar a las diez de la mañana. Eso le salvaba de varias horas en el taller. La computadora se convirtió en su motivo de existir. Incluso impartió clases a adultos mayores. También iba a la escuela los sábados, pero empezaba a temer por su futuro. ¿Conseguiría trabajo en eso? ¿Tendría que regresar al taller a ensuciarse las manos?

Esas eran sus preocupaciones cuando se encontró por primera vez con la mujer que, años más tarde, se convirtió en la mamá de sus hijos. Estudiaban en la misma escuela. Ella conoció a un hombre que laboraba en una empresa de desarrollo de software y entró a trabajar con él. Pedro le pidió que le consiguiera trabajo ahí, pero la novia se negó:

—Nel, me vas a tumbar la chamba.

Su negativa no tuvo efecto el día que, estando con Pedro, pasó su jefe al lado y la saludó. Fue el momento que Pedro aprovechó para presentarse y pedir una entrevista de trabajo. El hombre aceptó. Tras la entrevista concertada, consiguió el empleo. Le pagaban 50 pesos semanales, en aquél 2003 eran suficientes para los pasajes y los cigarros.

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En cuarto semestre, Pedro ya se sentía autosuficiente, tanto en su casa como en la escuela, pero sentía que el tiempo frente a la computadora no era suficiente, así que un día se quedó a trabajar en la oficina toda la noche.

A su jefe le pareció un gesto interesante y le permitió quedarse ahí tantas veces como quisiera. Le dejó una recámara con un petate y dos cobijas y le dijo:

—Si quieres aprender, ahí está la computadora y ahí está el trabajo que hay que hacer. Yo no tengo problemas si te vas o te quedas.

Desterró al taller de su vida. Pasaba todo el día en la escuela y la noche en la oficina.

La primera vez que Pedro faltó a su casa, su hermano lo buscó y le habló por teléfono.

—¿Qué estabas haciendo? —dijo, temiendo lo peor.

—Me quedé en la oficina trabajando, y yo creo que hoy tampoco llego, ni mañana porque hay mucho trabajo.

La seriedad de Pedro convenció a su hermano, así que sólo preguntó:

—¿Y dónde es tu trabajo?

Pedro dio todas las indicaciones pertinentes. A partir de ese momento empezó a vivir de lleno en la oficina. Se bañaba con agua fría y a veces ni siquiera comía. Para él eso era el paraíso: estar sentado frente a una computadora y no sucio bajo un automóvil.

A los dos meses de vivir en la oficina, su jefe lo mandó llamar:

—Me gusta cómo trabajas, me gusta tu empeño, me gusta lo que estás haciendo y tienes potencial. Te voy a subir el sueldo.

Pedro no cabía de felicidad. El jefe le anunció al resto de sus compañeros, todos ingenieros titulados y algunos incluso certificados, que el nuevo joven se quedaría de planta con ellos y ganaría dos mil pesos.

Rondaba el año 2004, dos mil pesos no era mucho, pero para Pedro era un dineral. Su plan de ser el gran hombre empezó a tomar otra forma y ésta sí le gustaba. En su cabeza, se volvió a ver con dinero, casas, camionetas y mujeres, pero estaba vez, sin peligro, sin golpes y sin violaciones, como le sucedió cuando fue dealer.

Empezó a pagarse la escuela. Su hermano todavía le daba dinero, pero él ya no lo necesitaba.

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Sin embargo, con la nueva oportunidad llegaron los retos. Todos sus compañeros eran profesionistas con experiencia y los programas le sobrepasaban por mucho. Sabía que si quería estar a la par debía duplicar esfuerzos y eso hizo. A las siete de la mañana ya estaba en el laboratorio de cómputo, después corría a clases sólo para regresar al laboratorio y trabajar toda la noche.

Por fin terminó la escuela. La ceremonia de clausura fue un miércoles. Pedro pidió el día en el trabajo, porque le iban a hacer una comida en su casa.

—Ve, haz lo que tengas que hacer y nos vemos aquí el lunes. Tómate los días, no te los voy a descontar. No hay problema —fue la respuesta de su jefe.

Cuando regresó al trabajo, lo recibieron con globos y serpentinas. Su equipo de trabajo lo abrazó y lo felicitó. Su jefe le dirigió unas palabras:

—Nunca había conocido a alguien que en seis meses aprendiera a programar como un ingeniero. Ellos están titulados. Te voy a subir el sueldo otra vez. Vas a ganar cuatro mil pesos al mes.

Pedro ya había cumplido 18 años y estaba justo en el rumbo para convertirse en el hombre solvente económicamente que quería ser.

Poco más de un año después, la empresa quebró, pero el jefe les ayudó a conseguir trabajo. En la nueva empresa Pedro tuvo un sueldo de cinco mil pesos. Tiempo después, un amigo lo buscó y le ofreció otro trabajo, el cual aceptó. Ahí empezó a ganar siete mil pesos. La buena racha se interrumpió por un desencuentro con el dueño de la empresa que derivó en su despido.

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Pero no estuvo mucho tiempo fuera del mercado laboral. Al poco tiempo, otro conocido le consiguió una entrevista de trabajo en Polanco. Debía ir con saco y corbata, así que le pidió a su hermano que le prestara el traje de su boda —el único que tenía— para ir a la entrevista. Como no le quedaba debido a su prominente barriga lo tuvo que cerrar con una liga.

Con el traje mañosamente ajustado se presentó a la entrevista, las buenas referencias, sobre todo de su primer trabajo, le valieron la contratación. Llegó la pregunta clave:

—¿Cuánto quieres ganar?

El respondió sin titubear.

—Diez mil pesos.

—Hecho.

En tan sólo tres años pasó de ganar 200 pesos mensuales a 10 mil, pero eso no era todo. Después de mostrarle el área de trabajo, un sastre se presentó con él para tomarle las medidas para los trajes del uniforme. Pedro se dejó medir mansamente, hecho un nudo emocional. Estaba pasando de ser mecánico, dealer y asistente en diversos oficios a un programador drogadicto trajeado de Polanco.

Foto: Duisenberg

Foto: Duisenberg

Después de 15 días con el mismo traje sostenido por una liga, el pantalón ya expedía un tufo a excremento y suciedad, pero no importaba porque entonces recibió su primera quincena en sobre cerrado y seis trajes con camisas y corbatas de marcas reconocidas.

Ese día, triunfal, por primera vez en su vida, tomó un taxi para un trayecto largo. Pagó 200 pesos de Polanco a su casa, en Naucalpan. Todavía se dio el lujo de dar 50 pesos de propina. Se sentía poderoso.

Abrió el zaguán de lámina de una casa en obra negra. Con lágrimas en los ojos, se metió a la recámara de su hermano, quien estaba ahí en ese momento, junto con su esposa y su hijo. Dejó los trajes de marca en la cama, le pegó en el pecho a su hermano con su sobre de nómina, dejándolo en sus manos y dijo:

—¡Ríete ahora, culero! Lo logré, ¡lo logré, puto! Voy a trabajar en el lugar que quiero, vestido como quiero, sin las manos sucias, sin estar bajo el puto rayo del sol. Así se calla a un puto pendejo como tú. Me la pelas.

El hermano se levantó , se acercó a él, lo abrazó fuertemente y lloraron juntos. Lloraron por sus peleas, por sus logros, por todo lo que tuvieron que pasar para estar así, por su madre muerta. Lloraron hasta secar sus entrañas y sus rencores. Y siguieron con su vida.

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