Estaba en mi pequeñísima habitación cápsula, en Asakusa, cuando escuché los primeros estruendos que anunciaban el comienzo del Sumidagawa Hanabi Takai, una ancestral fiesta de verano que se celebra a lo largo del río Sumida, el cual atraviesa Tokyo. Desde 1733 hasta la fecha, cada último sábado de julio las flores de fuego (pues “hanabi” se compone de dos palabras: “hana” que significa flor y “hi”, fuego) llenan el firmamento nipón. Estaba feliz y emocionada. Al fin podría presenciar de primera mano aquella festividad que tantas veces vi replicada en los animes, pero ya había empezado y temí perderme de la esperada fiesta estando a tan sólo unas cuadras de ahí.

Me vestí apresuradamente y bajé a paso veloz. Sin perder el ritmo, caminé rumbo a la Tokyo Skytree, esa altísima estructura que es radiodifusora, restaurante y mirador. Lo hice más bien por inercia sociológica: hacia allá caminaba la gente, así que hacía allá debía ser. El oficio no me falló. Conforme me acercaba al río Sumida, había más y más gente caminando por el arrollo vehicular. Las calles estaban cerradas a los vehículos y el cuerpo policiaco hacia las veces de “arreador” de personas. Vi a un policía tan amable y tan risueño haciendo su trabajo que me enterneció. Pensé en tomarle una foto pero se me hacía tarde y a lo lejos retumbaban algunos fuegos artificiales más.

10407752_10153490526527090_348550031116728032_n Apreté el paso. Tenía hambre y sed y eso tampoco sería distracción para perderme de algo tan esperado. De pronto vi a un montón de gente sentada en la calle, así sin más, sentada en pequeños grupos alrededor de manteles en los que ponían bocadillos y bebidas. Era una locura, al menos a mí así me lo pareció: un gran día de campo en plena calle, rodeado de desconocidos en yukatas (prendas parecidas a los kimonos pero de algodón y con la cosa que se pone alrededor de la cintura mucho más sencilla). Ya tendría tiempo para tomarles fotos, primero lo primero y eso era encontrar lugar, cosa con la que, al parecer, ellos ya no tenían problema.

Como la calle estaba bloqueada por el “día de campo” masivo seguí caminando por la acera hasta llegar a ese incómodo momento en el que la gente me apachurraba por todos lados, eso sí, muy ordenada y educadamente. Como pude, saqué mi casta azteca y me colé hasta donde, según yo, podría ver más o menos bien.

11796352_10153490526307090_7349450235486173585_n La cantidad de policías “arreadores” también había aumentado. Incluso había un vehículo oficial en el que un par de agentes daban instrucciones por el altavoz. Fue entonces cuando noté que el vehículo oficial tenía dibujado algo así como un roedor de caricatura, “debe ser una broma o una confusión”, pensé. No, no lo era. Se trataba nada más y nada menos que del mismísimo Pipo-kun, mascota del Departamento de Policía Metropolitana de Tokyo. Quise acercarme para tomarle una foto, pero entre la gente y los policías frustraron el intento.

Entonces el cielo retumbó de nuevo. Volví la mirada. Allá lejos, tímidamente, se asomó un cohetón. Llevaba varios shocks en poco tiempo pero al verlo el corazón se me rompió. “¿Qué es eso? ¿En serio esos son los famosos fuegos artificiales del río Sumida? He visto fiestas patronales de capillas con pirotecnia mejor que esa”, pensé. Pero no me moví. Tenía que haber más, mucho más.

Sumidagawa Hanabi Tokio 1 Lo hubo. Lo que les faltaba de factor “wow” les sobraba de tiempo. Fue un espectáculo que duró más de dos horas. Supongo que fui muy dura, tenía las expectativas demasiado altas, no tenía buen lugar o presentaba un connato de síndrome del jamaicón (bautizado así por aquél futbolista mexicano de mediados del siglo pasado, quien al salir del país se puso tan triste que ya no rindió en la cancha). El caso es que ahí aplastada en medio de la multitud nipona yo sólo podía pensar en que los fuegos artificiales de las fiestas patrias de mi México lindo y querido estaban mucho mejor. Esos hasta me habían hecho llorar de la emoción la primera vez que los vi. Aquí… estaban bien. Tenían colores interesantes, como uno que estallaba en dorado y después se convertía en lluvia violeta, o los que se dividían en pequeños grupos de colores brillantes —rosa, verde, amarillo— y luego se esparcían, como confeti. Sí, estaban bonitos, pero no me habían conmovido.

Supuse que el problema era el lugar así que decidí caminar a otro lado. Diciendo “sumimasen” (una disculpa en japonés) al por mayor, me abrí paso de nuevo y fui rumbo a la zona del templo Senso-ji, si no me gustaban los fuegos artificiales, al menos ahí sí que me gustaba el panorama y, además, había muchos puestos de comida y bebida, ambas actividades sumamente atractivas para mí en esos momentos.

11800524_10153490527872090_1548908390144461963_n De nuevo seguí a la multitud que me llevó por senderos desconocidos. Así pude apreciar los fuegos artificiales desde varios puntos de vista y, sobre todo, la gran fiesta que se organiza en torno a ellos. Las calles estaban tomadas, las familias y grupos de amigos organizaban sus, a esa hora, “noches de campo”, las parejas caminaban tomadas de la mano o miraban uno al lado del otro los fuegos artificiales. Eso sí me conmovió. Estar ahí y ser testigo de aquella escena que había visto en animes una y otra vez.

Llegué al templo Senso-ji por un lado que no conocía. En tan sólo unas horas era otro. La noche le daba un nuevo resplandor. La gente animaba todo el lugar, los prados estaban tomados, también las escalinatas y los templos. La gente hacía filas para agradecer a los kami (entidades adoradas por el shintoismo) y para comprar bocadillos, sorbetes o bebidas en los puestos instalados. Las filas eran tan grandes que me quitaron todas ganas de comer o beber algo ahí. Contrario a los japoneses que, al parecer, gustan de formarse para todo, como buena mexicana eso me desesperó así que compré unas alitas “hot” (así me las vendieron), que de “hot” no tenían nada, y una bebida horrenda aleatoria de una máquina expendedora (en Japón hay muchísimas máquinas de esas en todos lados, el problema es que como no conozco las marcas y mi escaso japonés no me alcanza para saber de qué son, termino eligiendo al azar o por precio, eso ha hecho que mi lengua pase por momentos realmente desagradables).

11760193_10153490528072090_526204653093530069_n Fui con mi botín a un rincón de la zona de templos y comí-cené viendo a la gente pasar. Otra vez vino a mi mente la comparación: para alitas “hot” las de la señora que se pone afuera de la casa en la Guerrero. Pero estaba en Japón y no era momento para lamentarse. Lo malo de la selección gastronómica se compensaba con la maravilla del paisaje.

Terminé con las alitas y regresé con el señor que me las vendió para darle la basura. No quería cargar los restos por todos lados y si hay algo que me puede desquiciar un poco de este país es el tema de la basura.

11752168_10153490527732090_8834752713686882536_n Con el estómago lleno y las flores de fuego alumbrando el firmamento, el corazón se puso contento así que me animé a pedir algunas fotos a transeúntes con mi muy básico japonés y bastante desagradable inglés. Todo salió bien, las personas sonrieron y posaron para la cámara a pesar de las diferencias de lenguaje, aunque si algo he aprendido en estos días es que la gente es tan amable y tan hospitalaria que hablar diferentes idiomas no es impedimento para comunicarse.

Di un rodeo para regresar a la calle Asakusa 3, en la que estaba mi hotel. Los fuegos artificiales seguían retumbando y alumbrando el cielo del río Sumida, la gente seguía feliz en la fiesta, yo sólo quería descansar, había sido un día muy largo y de muchas emociones. De haberlo sabido, hubiera dejado la locura del hotel cápsula para mejor ocasión.

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