“Pinto flores para que nunca muera”.
Frida Kahlo.

 

Frida y Diego vivieron en esta casa

El lunes por la mañana acudí puntual a mi cita en la calle de Londres 247 en Coyoacán, la emblemática Casa Azul de Frida Kahlo, una construcción grande que se encuentra justo en la esquina con Allende. En esta ocasión no visitaría la obra que la ha hecho tan famosa —cuadros como “Las dos Fridas” o “Los Piquetitos”—; era su ropa la que me tenía ahí y en verdad que lo que nos encontramos hace honor al título de la exposición: “Las apariencias engañan”.

Al entrar a la Casa Azul uno se transporta y viaja unos cuantos años en el tiempo; se siente como si estuviéramos viviendo en los años 40 o 50: los jardines adornados con motivos mexicanos (vasijas y artesanías en tono ladrillo) y en el centro una pirámide en color rojo, amarillo y azul que nos hace recordar la mexicanidad de Frida. Se dice que la casa no ha sido cambiada y para lograr que luzca así la gente del museo revisa constantemente el archivo fotográfico para que nunca pierda el toque.

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Seguimos caminando, cruzamos el jardín principal y de inmediato una puerta nos condujo al segundo patio, donde se construyó una sala para las exposiciones temporales. Al fin, la hora había llegado. Debo confesar que conocer la moda y el estilo de Frida siempre ha sido algo que me llama la atención y era momento de saber el por qué eligió ser así.

—¿Cómo se encontraron todos estos vestidos?

—Esto fue descubierto en 2002, en el baño. Diego Rivera, al morir, le pidió a Dolores Olmedo, su íntima amiga, que no abriera su baño puesto que en ese lugar tenía manuscritos y demás cosas sobre el Partido Comunista, y como no terminó bien con ellos, pues se decidió cerrar el baño de Diego, el de Frida y una bodega —cuenta Hilda Trujillo, directora del museo.

Al saber esto mi curiosidad aumenta ¿Cómo es que se conservaron tan bien por tantos años? La razón es muy sencilla: la luz del sol no entraba de lleno en el baño, lo que hizo que se conservaran en perfecto estado.

Cuando los baños fueron abierto se encontraron poco más de 300 piezas entre vestidos, tocados, zapatos, joyas y, por supuesto, los corsets.

Es el momento. La sala de exposiciones temporales abre sus puertas para que la pueda conocer. Al dar el primer paso el clima cambia, ahora hace un poco de frío y el lugar es oscuro. Nos recibe una pared, réplica del baño de la pintora, que nos muestra entre metales las piezas que Frida utilizaba en su día a día, y no me refiero precisamente a la ropa, sino a la que en ese momento era su piel, su soporte: sus odiados corsets.

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Frida comenzó a usar estos aparatos a raíz del accidente que sufrió en un tranvía cuando regresaba a casa después de un día escolar. En el choque varias personas resultaron lastimados, ella en especial ya que una varilla perforó su abdomen y rompió su espalda.

Fueron muchos años de recuperación y sufrimiento. Y eso es lo que vemos en las paredes de este baño: algunas muletas desgastadas por el tiempo, cintas de cuero gruesas que sujetaban su dorso y un corset decorado con la insignia comunista en rojo acompañado de mariposas, tortugas y pequeñas flores.

Ahí mismo nos encontramos con la prótesis de su pierna derecha, que utilizó los últimos años de su vida, vestida con una bota roja, y pese a que era algo que la entristecía, el arte y la creatividad la hizo adornar aquel zapato con una randa que tiene bordado en hilo de seda un dragón o otros motivos chinos para que nadie se fijara en que le faltaba una extremidad.

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A Frida no le gustaba que la gente viera su cuerpo roto

La segunda sala es la que tiene los vestidos. El primero de ellos es una especie de blusón con sedas chinas en color verde oscuro y aplicaciones en negro, el cual usó en una de sus visitas a París. El segundo es un conjunto compuesto por una blusa amarilla con holanes y una diminuta falda en color café. Aquí hago una pausa para decirles que pese a que la pintora siempre estuvo vestida con huipiles y enaguas que la hacían verse “voluminosa”, su verdadera talla era doble cero. Frida era una mujer muy delgada.

Se dice que Frida adquirió su forma de vestir bajo el influjo de Diego, quien le pidió que se vistiera con trajes que utilizaban las mujeres en Oaxaca al vivir en Estados Unidos. Pero esto no fue así. Kahlo comenzó a utilizar los trajes regionales mexicanos influenciada por la familia de su madre, la cual era de origen oaxaqueño. Algunos de los vestidos eran hechos con sedas chinas y mantillas españolas, las cuales compraba en sus viajes y posteriormente eran confeccionadas con toques mexicanos.

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Al girar mi cabeza, en la pared me encuentro una serie de fotografías que están cortadas en tres pedazos: cabeza, torso y piernas. Al dividirlas Frida se dedicaba a diseñar lo que más le gustaba lucir, que definitivamente era la parte superior de su cuerpo.

Si observamos con detenimiento alguna imagen de la pintora, podemos ver que toda la atención está centrada del pecho hacia la cabeza y lo hacía experimentando con tocados enormes, moños llenos de listones, collares llamativos (incluso se llegaba a poner cuatro al mismo tiempo) y remarcando todo con unos labios en color cereza. A ella le gusta llamar la atención así, porque de esta forma nadie notaría su discapacidad.

En una de las salas incluso vemos estos accesorios, los cuales eran de piedras grandes, y otros más bañados en oro. Los collares los utilizaba sin importarle si combinaban o no con el atuendo, el chiste era llamar la atención de la parte superior para que nadie notara lo inferior.

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Las apariencias engañan

Hasta el momento llevamos dos cosas con las que Frida nos engañó por años: el tamaño de su cuerpo y el gusto por los tocados. Pero ¿por qué decidió tener esa imagen si durante la década de los 40 Diego y Frida asistían a muchas fiestas con la aristocracia mexicana en las que el código de vestimenta exigía plumas y abrigos de mink?

—La respuesta es sencilla. Ella era una mujer que no estaba con los cánones de la sociedad, era una artista y como parte de la comunidad intelectual se negaban a seguir lo que se dictaba. Su fuerte simpatía por el comunismo la alejaba del glamour —dice la directora del museo con mucha seguridad.

En la tercer sala los accesorios se hacen presentes: un barniz de uñas rojo ya casi por terminarse, un labial del mismo tono en una funda dorada y unos lentes completan el look.

Esta exposición en gran medida fue impulsada por la revista Vogue, la cual en 1937 puso a Frida en sus páginas. Es aquí donde se preguntarán: Si ella era comunista ¿cómo es que accedió a participar en una revista de moda? La respuesta, según los historiadores, es que su cercana y estrecha relación de amistad con la editora en jefe de la publicación la hizo acceder.

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Para terminar el recorrido nos encontramos con dos diseños de alta costura de la casa Dior, la cual enmarca lo mucho que a Frida le gustaba innovar y nos recuerda que, pese a su negativa de seguir la moda “tradicional”, Kahlo logró imponer su estilo. Lo vemos a diario en playeras y en los peinados, en selfies de famosas y como parte de las tradiciones mexicanas.

Con esa bocanada de moda salgo de la sala, impresionada porque la gran mayoría de sus vestidos fueron hechos por ella misma (su mamá era costurera y le enseñó). Así dejo el lugar pero no sin antes tomar mi respectiva foto para recordar lo maravillosa que es la Casa Azul.

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