—¿Es usted burra o no estudió? —me preguntó el anciano que había ido a levantarme de la banqueta.

Era la tercera vez que preguntaban eso, desde que se me ocurrió pedir trabajo como jornalera. Mi motivación era simple: después de ser voluntaria en granjas japonesas, quería saber cómo era la vida en el campo mexicano. Intrigada, le pedí a mi hermana que me ayudara a buscar trabajo, aprovechando que ella conocía a algunos productores. A los dos días ya me tenía respuesta:

—Listo, güerejita. Te esperan en Coatepec Harinas.

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Hice mi maleta y me fui a aquél municipio en el sur del Estado de México, que aunque aparenta estar cerca de Toluca, en realidad está mucho más próximo a Ixtapan de la Sal. El primer día de labores, salí de la terminal de Toluca a las 5:15 de la mañana. Vi cómo aquel autobús en el sólo habia dos personas se llenaba en el camino. Intenté dormir pero era difícil con tantas paradas, eso me permitió ver cómo amanecía: la luna llena se perfilaba en el horizonte y el cielo se teñía de rosa mexicano, casi rojo. Las nubes, como bolas de algodón, reflejaban los colores con intensidad.

Hacia las 7:30 el chofer me avisó que habíamos llegado a la parada. Me bajé y caminé rumbo al invernadero. Llegué poco antes de las ocho. Me senté en la banqueta y dejé que pasara el tiempo. Se me acercó un borrachito:

—¿Qué onda? —me preguntó tambaleándose.

—Estoy esperando al dueño —respondí y expliqué a grandes rasgos mi situación.

—Yo le digo cuando venga —me ofreció.

El borrachín se fue y, minutos después, se acercó un viejito barrigón de sombrero.

—¿Qué hace aquí en el frío? Le va a hacer daño —dijo con aire paternal.

Otra vez expliqué mi situación.

—Vengase al sol, güera.

Me pare con mochila al hombro y lo seguí obediente. Me senté en las escaleras de la tienda de enfrente y el sol empezó a calentar mis pies entumidos. Fue entonces cuando me preguntó si era burra o si no había estudiado; al parecer, sólo así se explica que alguien quiera trabajar como jornalero en este país.

Jornaleros

Salió una mujer. Otra vez el interrogatorio, otra vez a contar la triste historia. Ya casi daban las 9 de la mañana cuando llegó el dueño del invernadero con dos mujeres. Me acerqué y saludé de lejos. Él casi ni me miró. Abrió el portón y las dos trabajadoras y yo pasamos. Él le dio instrucciones a la mujer mayor y se fue. Empezamos la pizca.

Trabajé de manera mecánica, sin tener mucha certeza de estar haciendo las cosas bien, a pesar de que el dueño ya me había mostrado cómo hacer el desyeme: el jitomate se toma con cuidado en una mano y con la yema del dedo se empuja la patita que lo une al racimo, luego se deposita con cuidado en la cubeta. Eso lo aprendí a hacer rápido pero ¿qué jitomates debía tomar? ¿Cómo saber cuando están maduros o ya se pasaron? La mujer a cargo me pidió cortar todos los rojos, naranjas y pintos, aunque sólo tuvieran un poco de tímido color, porque “estaba caro y el patrón quiere cosechar mucho”.

Las primeras tres horas pasaron sin contratiempos. A las 12, la mujer dijo que era hora de almorzar. Dejé todo, improvisé un lugar para sentarme y empecé a comer. Estaba en eso cuando un hombre de sombrero y bigote entró preguntando por el dueño. Me encogí de hombros. Él fue a ver a las otras mujeres y volvió a salir. Luego llegó el dueño. Se pusieron a platicar enfrente de mí. Yo hice como que no existía.

El dueño me llamó y me enseñó a quitar los brotes.

—¿Es para que no le quité nutrientes a los demás? —pregunté.

Él afirmó con la cabeza y el hombre de bigote dijo:

—Mírela, sí sabe.

El dueño me presentó al hombre de bigote como su socio y le preguntó si podía trabajar en su rancho y quedarme a dormir en uno de los cuartos de la casa principal. El hombre de bigote dijo que sí. Se despidieron y yo terminé de almorzar. El segundo turno fue pesado. Ya estaba cansada y el cuerpo me empezó a reclamar. Ese día hicimos entre las tres poco más de cincuenta cajas en un invernadero de 3 mil metros cuadrados. A mí me pareció muchísimo.

Pasadas las cuatro de la tarde, apareció el dueño, me dejó en la parada del autobús y me pagó los 150 pesos que había ganado ese día como jornalera. Estaba muy cansada en el camino de regreso a Toluca. El chofer apestaba a loción barata y me sentí mal. A pesar del frío, tuve que abrir la ventana para respirar aire fresco y no vomitar.

Llegué a la terminal sintiéndome sucia y exhausta pero satisfecha. Había sido un buen día de trabajo. Lo malo fue que lo que me pagaron por la jornada era justo lo que había gastado en transporte. Sonreí, me encogí de hombros y caminé de regreso a la casa de mi hermana, por lo menos me quedaba la experiencia y el gusto de trabajar en el campo.

Cubeta-jitomate

Lunes

Otra vez tomé el autobús de las 5:15 rumbo a Coatepec Harinas y llegué pasadas las siete de la mañana. Otra vez caminé al invernadero para encontrar que estaba cerrado. Otra vez me interrogaron los vecinos y otra vez el dueño llegó casi a las nueve. La diferencia fue que en lugar de llegar con dos trabajadoras, llegó con tres; como consecuencia, terminamos de cosechar pasado el medio día. A esa hora, regresó el dueño con un peón que empezó a cargar las cajas de jitomate en una camioneta. Cuando terminamos de pizcar, el dueño nos invitó a comer en la cocina comunitaria instalada en la casa de al lado: caldo de pollo, espagueti rojo, tortas de carne con frijoles, tortillas hechas a mano y agua por diez pesos. Ahí, él me dijo que me iría al rancho con el cargador.

Después de almorzar, el peón terminó de cargar y nos fuimos. Empezamos a platicar, así supe que le dicen Layo, que tiene 34 años, es casado y tiene tres hijos. Estudió hasta tercero de primaria, razón por la cual casi no sabe leer ni escribir; de cuentas, sólo hace sumas. Pasamos a una tienda de suministros para agricultura, después seguimos el camino hasta las afueras del pueblo. Ahí paró en una tienda a comprar refrescos. Cuando reanudamos el camino, me señaló un montón de naves y me dijo que ahí era.

El rancho es un conjunto de 13 invernaderos con un espacio aproximado de 9 mil metros cada uno y una pequeña casa verde, en la que viven Marcos, el capataz, su esposa, su hijo y su sobrino. En la parte superior, hay un área amplia dispuesta como comedor para los trabajadores y atrás hay un par de habitaciones más: una, que parece cuarto de servicio, y otra, que está acondicionada como cocina.

Bajamos de la camioneta y Layo le pidió a un jovencito delgado, blanco y con sonrisa inocente, a quien llamó Carlitos, que le ayudara con los refrescos. Yo tomé su lugar, cargué los refrescos y lo seguí hasta una de las naves en las que había un extenso plantío de jitomate. Ahí estaban 10 trabajadores, entre hombres y mujeres, sentados en las cajas de plástico que se usan para cargar jitomate, y un señorito de tejana y pulcro bigote. Layo me presentó con él; resultó ser el patrón, hijo del hombre de bigote a quien había conocido la semana anterior. Le expliqué mi situación y, con risa nerviosa, dijo que le preguntara a Marcos si me aceptaba, señalando a un joven frondoso de gorra. Marcos también río nervioso y no respondió.

Al ver que se “aventaban la bolita”, pregunté dónde podía dejar mis cosas. El patrón me respondió que Layo me enseñaría. Layo, contrariado, me llevó hasta su habitación. Su “cama” era un montón de cajas de plástico y una colchoneta, cubierta con algunas cobijas. Del otro lado, sólo había más cajas de plástico. Dejé mis mochilas sobre las cajas y me alisté para sumarme al turno vespertino.

Layo

Layo

Regresé al invernadero donde me habían presentado al patrón. Marcos me dijo cuáles jitomates sí tomar y cuáles no. Como era la última cosecha de ese invernadero, teníamos que tomar prácticamente todos, aunque estuvieran verdes todavía, salvo los pequeños y los podridos.

Me sumé a las tareas de cosecha. Como no llevaba audífonos, escuchaba a los trabajadores platicar. Había una mujer particularmente escandalosa: Rosa. Gritaba mucho, hablaba de bailes y cerveza; pidió a varios que le presentaran un hombre para que fuera su esclavo. A algunos les pedía “su música”:

—Ay, tú música no me gusta. Mejor tú, préstame tu música.

Y así se la llevaba. Rosa estornudaba mucho y tras cada estornudo repetía:

—Es la alergia, no sé si soy alérgica al jitomate o al trabajo.

Noté que era cierto, en ocasiones, mientras se trabaja en el invernadero, dan “ataques de estornudos”, no había reparado en ello hasta que Rosa lo recalcó. Y sin embargo, nadie usaba equipo para protegerse boca o manos, excepto yo, yo sí traía guantes, lección aprendida en Japón.

Carlitos fue al invernadero y Rosa le pidió que fuera por una cerveza. Él se negó. Al final, fue ella la que me llamó para que no empezara un surco nuevo:

—Mejor ayúdeme aquí, ya faltan cuatro minutos.

A los cuatro minutos dieron las cinco de la tarde y se pararon labores. Fue la primera vez que atestigüe la puntualidad laboral en el rancho.

Dejamos las cosas y salimos caminando en silencio, excepto Rosa, que seguía pidiendo una cerveza.

Rosa

Rosa

Llegué a la habitación, me senté en una de las cajas y comí la ensalada que llevaba para el almuerzo. Layo me ofreció café. Quería bañarme pero no podía porque no había agua, ni una gota. Tuve que limpiarme con toallas húmedas y un poco de agua que me quedaba para beber. Por primera vez, extrañé la ducha caliente.

Al llegar la noche, encerrados en la habitación, Layo y yo nos pusimos a platicar:

—¡Pero qué hace usted aquí, güera! Se nota que es de ciudad, que está acostumbrada a lo bueno.

—No a lo bueno, Layo —repliqué—, nada más a la regaderas —dije, mientras trataba de quitarme el polvo del cabello, cepillándolo.

—¿A poco no estudió? —insistió Layo.

—Sí, sí estudié, te sorprendería qué tanto —respondí, sacudiendo el pantalón sucio.

—¿Y no le incomoda dormir conmigo? Si quiere, mejor me voy a la camioneta, o le dejo mi cama, o las cobijas. ¿Cómo se va a dormir usted ahí en el piso y con un desconocido?

Layo estaba nervioso, jugaba incesantemente con las manos y miraba el piso, con la cabeza gacha. Su tono de voz era casi un quejido de mortificación.

—No te preocupes, Layo —dije con voz tierna y tranquila—, estoy acostumbrada a dormir en el piso o donde sea, y rodeada de desconocidos, soy socióloga y viajo en esas condiciones. Además no eres un desconocido, eres Layo y sé que eres buena persona. Estoy bien —rematé, asintiendo con la cabeza y buscándole los ojos que se negaba a despegar del piso.

Layo sacó una navaja que tenía en su mochila y me la acercó:

—Tenga, por si quiere, para que se sienta más segura.

Reí estrepitosamente, el gesto me había dado gracia y ternura. Su incomodidad ante las circunstancias me dejaba claro que no sería capaz de aprovecharse.

—Si quiere, deje la luz prendida para que no le de miedo —dijo, como último recurso.

Volví a reír, esta vez de forma menos escandalosa, y sólo me limité a mirarlo y negar con la cabeza.

—No puedo dormir con la luz prendida —dije, mientras me paraba a apagar el interruptor.

—Buenas noches, güera.

—Buenas noches, Layo.

Esa noche dormí en el piso o, mejor dicho, lo intenté. Estaba frío y duro; yo, cansada y sucia, pésima combinación.

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Martes

Desperté adolorida. Me habían dicho que las actividades empezaban a las ocho así que me apuré para estar lista a tiempo. Me acerqué a la entrada, donde estaban las camionetas, minutos antes de las ocho. Carlitos me dijo que los trabajadores ya iban rumbo al invernadero. Fue cuando supe que cuando dicen que “las actividades empiezan a las ocho” quiere decir que a esa hora los peones ya están trabajando.

Regresé al invernadero del día anterior. Teníamos que terminar de cosechar. Cuando llegué, ya todos habían tomado un surco. Quise empezar a trabajar en uno pero alguien me advirtió que ese era de Marcos. Entendí otra cosa: la gente se tomaba muy en serio la selección de surcos y quien lo empezaba, debía terminarlo. Me fui a otro que no estaba tomado y empecé a trabajar.

Marcos (de playera blanca y gorra café)

Marcos (de playera blanca y gorra café)

Todos los trabajadores a mi alrededor avanzaban con una velocidad impresionante. Por más que trataba de ir a su paso, era imposible. Ese día no fue Rosa, lo supe porque nadie estaba gritando. También noté que habían faltado un par de personas más que había visto el día anterior. Le pregunté a Marcos por los ausentes. Me respondió que era una de las ventajas de ese trabajo: iban cuando querían. O, quizá, cuando podían o necesitaban.

Después de intentar inútilmente seguirles el paso, me di por vencida y empecé a cosechar el jitomate a mi ritmo. Una mujer mayor, delgada, de mirada triste, lo notó y se acercó a mí. Me dijo cómo hacía ella para ir más rápido:

—Mira, agarras el racimo así —dijo tomando todo entre sus manos, como si fuera a orar— y lo arrancas. Se vienen todos y vas más rápido.

Estaba confundida, Marcos y el dueño del invernadero me habían dicho que debía ser uno por uno, con la técnica del desyeme y escogiendo. Lo que ella hacía era lo contrario pero supongo que la experiencia mata todo. La mujer se llamaba Victorina, tenía 48 años, aunque las arrugas en sus ojos eran tan profundas que le agregaban solemnidad. Empezamos a “ir juntas”, ella bajó el ritmo y yo lo aumenté, así pudimos emparejarnos lo suficiente como para platicar de surco a surco. Supe que tenía 7 hijos, 2 de ellas trabajando ahí mismo, y que había estudiado sólo hasta segundo de primaria.

—Con trabajos sé escribir mi firma —dijo, y recordé con tristeza que Layo estaba casi en la misma situación.

Me contó su vida a cachitos: tenía 14 años de “dejada”; su hijo más pequeño tiene 10 años y va en cuarto de primaria; le gusta bailar y va a los bailes del pueblo cuando son gratis; a los ocho años empezó a tejer pero le dolía la espalda y no ganaba mucho; lavó y planchó ajeno; trabajó en la guayaba, donde ganaba más pero era más pesado, allá le daban entre 180 y 250 pesos al día, en el jitomate sólo 150; tiene cinco años trabajando en ese lugar; le dan mil pesos de aguinaldo.

—He sufrido mucho —repetía entre detalle y detalle; pero lo decía sin dolor, más bien con orgullo, ése de quien sabe que ha tenido una vida dura y, a pesar de todo, sale adelante y todavía tiene fuerzas para sonreír.

Gracias a la plática de Victorina, el día se pasó rápido. Cuando menos sentí, ya eran las once, hora del almuerzo. Caminamos de regreso a la casa verde y yo no supe qué hacer. Todos se arremolinaron en la pileta para lavarse las manos y después desaparecían. Fui a la habitación de Layo, donde estaba mi comida, almorcé sola y en silencio. Poco antes de las 12, salí y me encaminé rumbo al invernadero. Otra vez fui de las últimas en llegar.

El segundo turno fue terrible. El calor en el invernadero se concentró hasta un punto insoportable. Sudaba a chorros y, a pesar de llevar toalla, era difícil maniobrar para limpiarme el sudor sin llenarme de tierra. Los trabajadores no mostraban señas de cansancio. Seguían a un ritmo superior al mío y todavía tenían fuerzas para hacerse bromas o platicar entre ellos.

A partir de las dos de la tarde, el sufrimiento fue en aumento, al calor se le sumaba el cansancio. A esas alturas ya había hecho poco más de una docena de botes, cada bote pesa unos 15 kilos, una rutina de ejercicio envidiable. Llegar a las tres de la tarde me pareció casi un milagro. Entonces Victorina me reveló un secreto para aguantar: ir al baño entre 2 y 3. Tal vez no se ganaba mucho, pero te daba suficiente espacio para descansar y recuperar el aliento.

De izquierda a derecha. Layo, Victorina y Brenda

De izquierda a derecha. Layo, Victorina y Brenda

A las cuarro lo único que me daba ánimo era ver que casi terminábamos el invernadero, antes de la hora de salida, con toda seguridad. Victorina incluso me había ayudado a terminar un par de surcos, aprovechando la distracción de Marcos, el capataz. Pero en el invernadero siempre hay algo qué hacer.

Cuando terminamos de cosechar, empezamos a “quitar anillos”. Algunas de las chicas me lo dijeron, yo no tenía idea de qué hablaban. Fui con Marcos y él, una vez más, me explicó pacientemente lo que tenía que hacer: las matas de los jitomates crecen muy alto, para que no se venzan por el peso, se les coloca una especie de hilo que sirve de guía y las ayuda a mantenerse de pie. Ese hilo llega hasta el techo, de donde se detienen. Para que el hilo y la mata estén juntos, se ponen unos anillos de plástico arriba y abajo. Esos anillos se deben de quitar para facilitar el arrancado de mata. Para quitar el anillo, debes presionar el borde que lo cierra. No es un trabajo complicado, pero sí laborioso. Como los guantes estorban para ese trabajo, si no se está acostumbrado al trabajo físico, los dedos pueden pasarla muy mal.
Justo cuando estaba entendiendo cómo quitar los anillos, dieron las cinco. Agradecí mentalmente. Estaba muerta y sucísima. En la salida, una jovencita tímida caminó a mi lado.

—¿Cómo se llama? —me preguntó en voz baja y viéndome de reojo. Le respondí y le pregunté el suyo.

—Francisca —dijo murmurando y se despidió con una sonrisa.

Llegué a la pileta deseando que ese día sí hubiera agua. Mi deseo se cumplió. El pequeño detalle técnico era que para bañarse se debía recurrir al sistema de “jicarazo”. Carlitos me asesoró en el proceso. Tomó una cubeta y la llenó con agua hasta la mitad, luego tomó un calentador eléctrico que conectó y sumergió con cuidado.

—Ahorita está su agua, güera —dijo el jovencito de sonrisa inocente.

Aproveché el momento para platicar con él. Lo había visto poco en el invernadero y, según me había dicho Layo, era el encargado de las borregas. Carlitos era el sobrino de Marcos y vivía ahí. No supe por qué el diminutivo, pero es claro que el niño lo inspira. A pesar de tener 15 años, su carita fina, corta estatura y cuerpo esbelto le hacen lucir menor. A diferencia de Layo o Victorina, Carlitos había estudiado hasta la secundaria.

—Me gustaría estudiar veterinaria pero está difícil. Empecé a tomar unos cursos porque como soy el que cuida a las borregas, me toca inyectarlas y verlas cuando se enferman, y soy el que las ayuda a parir, pero ya no pude continuar porque tengo que trabajar —dijo con un tono de tristeza, agachando la cabeza.

Carlitos

Carlitos

El agua del baño estuvo lista y se interrumpió la conversación. Disfruté el baño como pocos.

Cuando regresé a la habitación, Layo ya estaba ahí. Me recibió con una sonrisa ligeramente burlona:

—¿Qué pasó, güerita? ¿A poco se va a quedar? ¿A poco sí aguantó? Yo pensé que ya se iba a ir.

Los comentarios de Layo me hicieron mucha gracia. Tal vez era el eco de las voces de todos los trabajadores; tal vez, incluso, era el eco de mi voz. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué necesidad de maldormir y malcomer para ganar tan poco? ¿Por qué una mujer de ciudad decide probar suerte como jornalera? Lo miré fijamente:

—¿Qué pasó, Layo? ¿A poco pensaste que no iba a poder? Ya te dije que estoy acostumbrada al trabajo pesado.

Mentí. Él lo supo. Entendí que sí, tal vez me quedaba un poco por orgullo, para creerme el cuento que acababa de contar, pero también me quedaba por Layo, por Carlitos, por Victorina, por todas esas personas que trabajaban ahí y que quería conocer, quería saber cómo es esa vida y qué los mantiene ahí.

—Mejor ayúdame a ver qué hago para no pasarla tan mal como ayer —le pedí a Layo.

Repasamos las opciones que incluyeron, de nuevo, la de que me dejara su cama y él se mudara a la camioneta. Al final, decidí que lo mejor era dormir sobre las cajas; si bien, no eran planas y los bordes podían molestar un poco, seguro lo harían menos que el piso frío. No me equivoqué. Entre el cansancio, el baño y la cama improvisada, esa noche sí pude dormir.

Texto publicado originalmente el 3 de marzo de 2016

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