—Hola, soy Layo. Me borraron la información que me mandaste y ya no sé a dónde ir para ver lo de Canadá —me dijo, con un hilo de voz desesperado.

—No te preocupes, ahorita te vuelvo a mandar todo —respondí en tono amistoso, tratando de tranquilizarlo.

Conocí a Layo en un rancho productor de jitomate en el sur del Estado de México. Busqué trabajo como jornalera y allá me recibieron. Así supe que, en promedio, pagan 150 pesos el día; que las actividades empiezan a las ocho de la mañana y terminan a las cinco de la tarde; que la planta del jitomate te deja las manos de un intenso verde Hulk; que la mayoría de los que ahí trabajan tiene, como mucho, educación básica; que viven en rancherías cercanas, condenados a reproducir un ciclo de explotación y pobreza que parece no tener salida o fin.

LEE: La vida de los jornaleros mexicanos… en México (Parte 1)

En tan sólo dos días, mi rumi, Layo, ya se había convertido en un amable confidente; Carlitos, el sobrino del capataz, me había robado el corazón con su ternura; y Victorina, la jornalera de mayor edad, me había iniciado en las mañas para sobrevivir en el invernadero. De ellos tres, el único candidato para ingresar al Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales México-Canadá (PTAT), de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, era Layo, así que, desde que lo conocí, le insistí para que se apuntara y se fuera.

Supe del programa por Valentín, mi sensei apícola y guía de peregrinaciones, quien me había metido la extraña idea de intentarlo:

—Con la experiencia que tienes de Japón, yo creo que ya puedes meter tus papeles —me dijo mientras caminábamos rumbo a Chalma—. Con que te vayas unos tres meses, te alcanza para capitalizarte. Allá ganas por hora y en dólares. Ellos te dan dónde vivir. Nada más tienes que administrarte en la comida para que no te lo gastes todo en pendejadas.

LEE: Una granja orgánica de Japón: la felicidad de una vida sencilla

La propuesta de Valentín sonaba demasiado buena para no intentarlo. Así, después de mi primer día como jornalera, me regresé a Toluca y fui a la oficina del Servicio Nacional de Empleo para solicitar informes. Perdí las esperanzas pronto porque no cumplía con los requisitos: no vivía en zona rural, no estoy casada y estudié un poco más allá del primero de preparatoria. Tal vez ese sueño no era para mí, pero estaba decidida a animar a todo aquél que pudiera aprovecharlo.

Con esa idea en mente, regresé a Coatepec Harinas. La meta: aguantar como jornalera por cinco días. Después del segundo, Layo tenía serías dudas sobre mí. Yo también.

jornaleros recogen hierba

Miércoles

Al diez para las ocho me instalé junto a la pileta en la que los trabajadores se arremolinaban al final del turno para tratar, inútilmente, de arrancar el verde intenso de sus manos. Vi que la mayoría bajó de uno de los camiones de redilas y caminaron rumbo al invernadero. Caminé detrás de ellos. Victorina no había llegado. En su lugar, se presentó una señora mayor que no había ido a trabajar el día anterior.

Esa mañana debíamos quitar anillos, unos pequeños aparatos de plástico que sirven para detener las plantas de jitomate. Las matas eran muy altas y encontrar los anillos no era tan fácil, en algunas ocasiones estaban tan abajo que debías trabajar de cuclillas; en otras, ni siquiera podía alcanzarlos de lo lejos que estaban. Los trabajadores decidieron que las mujeres quitaríamos los anillos de abajo y los hombres, los de arriba. Eso facilitaba el tema parcialmente pues si bien ya no debía preocuparme por los anillos superiores, tenía que mantener la velocidad de los hombres para evitar que la mata me cayera en la cara.

En los primeros dos surcos les pude seguir el paso pero los dedos me empezaron a doler y había anillos que estaban casi incrustados en las ramas y se negaban a salir. Uno de los chicos vio que estaba batallando y me dijo que cuando eso pasara, mejor tirara del hilo y así se rompía del otro lado. Agradecí y comprobé que tenía razón, claro que eso implicaba hacer fuerza con los brazos, lastimarse las manos y tardar un poco más.

Antes del almuerzo me di por vencida, todos me rebasaron sin problema y tuve que trabajar con las matas ya caídas, removiendo polvo y pequeños bichos blancos que parecen pelusa. La alergia de la que habló Rosa, una trabajadora, el lunes por la tarde me dio tan fuerte que casi me impedía trabajar. No era la única, los demás también estaban estornudado y moqueando mucho, particularmente los hombres, que combatían las molestias con humor escatológico:

—¡Échalos a pelear! —gritaba un joven delgado de gorra y tímida barba.

Alguien, tres surcos más allá, carraspeaba y escupía las flemas. Más de una ocasión, vi de reojo cómo se limpiaban la nariz con las mangas. El moco escurriendo era tan desesperante que me hubiera gustado hacer lo mismo; en su lugar, paré labores y caminé de regreso a la habitación en la que me quedaba para buscar mi mascarilla contra polvo.
Volví al invernadero cuando faltaba cerca de media hora para el almuerzo. La mascarilla evitaba que estornudara y moqueara tanto pero, a cambio, debía soportar el calor sofocante. Parece que no hay forma de ganarle al invernadero.

Al fin, alguien dio el grito de parar para ir a almorzar. La señora que había faltado el día anterior se me acercó en el camino de regreso a la casa principal y empezamos a platicar. Así supe que se llama Josefina y que tiene 45 años, aunque se ve mayor que Victorina; que estudió la primaria y que después trabajó en servicio doméstico en una “casa de ricos” en Ixtapan de la Sal. Se había enfermado el día anterior, razón por la cual no había ido.

Ya Victorina me había hablado de ella el día anterior, se quejó porque suele ir “muy despacio”:

—¡Y a todos nos pagan igual! —remató airada.

Me llamó la atención el conflicto entre jornaleras. Quería conocer las dos versiones pero en ese momento dejé que Josefina se fuera a almorzar y yo hice lo propio.
Esta vez estuve de regreso diez minutos antes de las 12 para no retrasarme en la llegada al invernadero.

Seguí quitando anillos. Fue hasta entonces que vi con detenimiento a un joven delgado, de tez bronceada por el sol, con rasgos casi infantiles. “Debe ser mayor que Carlitos, que tiene 15 años”, pensé. Estaba trabajando en el surco de enfrente así que aproveché la cercanía y le pregunté su nombre y su edad.

—Me llamo Rodrigo, tengo 13 años.

Disimulé mi sorpresa, se veía mayor. Según me comentó, estaba estudiando la secundaria pero se salió y empezó a trabajar en el invernadero. Era nuevo, recién tenía tres meses ahí y sólo le pagaban 110 pesos al día, 40 pesos menos que al resto de los jornaleros. Fue todo lo que me contó, él avanzaba demasiado rápido y me dejó atrás.

Perdí a todos de vista. Sólo escuchaba sus estornudos y gritos. Una voz insistía a los lejos:

—¡Apúrate, “caralampio”! ¡Rápido, Reyes “cara de perro”!

¿Quién era el tal Reyes al que le gritaban tanto? ¿Quién era la persona que gritaba? Haciendo caso de la recomendación de Victorina, a las 3 decidí ir al baño. En efecto, la salida me sirvió para reponer fuerzas y ánimo, a pesar de que me dolían la espalda y los dedos. Al regresar, vi que varios de los hombres habían dejado de quitar anillos y ahora estaban arrancando mata, lo hacían con las manos desnudas, jalaban duro y las zafaban de la tierra, aventándolas a un lado. A pesar de ser un trabajo tan pesado, quienes lo hacían eran unos jovencitos delgados y sonrientes.

—¿Quién es Reyes? —le pregunté a Marcos, el capataz, que me señaló a la persona que estaba enfrente de mí, fumando.

Reyes

Reyes

Nuestras miradas se cruzaron. Reyes también era un niño pero, a diferencia de Carlitos o Rodrigo, tenía un aire retador que le hacía esbozar una sonrisa chueca y burlona, que sostenía con el cigarrillo.

—¿Cuántos años tienes? —pregunté, tratando de ocultar el tono de reproche por verlo fumar a tan corta edad y a la mitad de la jornada de trabajo.

—Quince —respondió tras una prolongada bocanada de humo.

—¿Y quién es la persona que se la pasa gritándole que se apure? —dije, volteando la vista a Marcos, quien me señaló al par de jóvenes que estaban arrancando matas a unos metros: Fernando y Miguel.

La sorpresa no fue sólo por la juventud o las sonrisas, fue por la belleza de esos seres que, sin saberlo, lucían facciones armoniosas que se complementaban a la perfección con sus cuerpos esbeltos y vigorosos. Estaban tan lejos de las estampas de explotación y pobreza que inundan los medios, que no tuve ánimos de saber más.

—Eres muy joven para fumar —le dije a Reyes, mientras regresaba a mi surco.

Francisca me ayudó a soportar el cansancio de la tarde. La joven tímida me había saludado un día antes y ahora trabajaba con diligencia quitando anillos arriba y abajo, porque los hombres que arrancaban matas nos estaban pisando los talones. Con voz pausada y queda, me contó que tiene 19 años y es soltera. Sólo terminó la primaria, porque en su casa son muy pobres y no tuvieron dinero para seguirla mandando a la escuela. Tiene 8 hermanos, aunque sólo quedan tres en casa. Su mamá teje zapatos de bebé y su papá ya no quiere trabajar porque dice que ya trabajó mucho y que ahora les toca a ellos mantenerlo. Sus padres son muy estrictos con ella, no la dejan salir a los bailes ni a ningún lado. Como la cuidan mucho, no tiene novio, aunque tampoco le vi muchas ganas de salir con alguien:

—Yo no quiero novio, ni hijos. Tener hijos es mucho problema porque hay que mantenerlos y no hay quien los vea cuando una sale a trabajar —dijo muy seria, con un aire de amargura en su afirmación. Tal vez su experiencia de vida hablaba por ella.

Francisca

Francisca

A las cinco gritaron que nos detuviéramos. No habíamos terminado de quitar anillos, pero me sentí aliviada; mis manos, además de verdes, estaban engarrotadas, y al dolor de espalda se le sumaba el de rodillas y mucha hambre. Caminé hasta la casa principal y vi cómo los trabajadores se subían al camión de redilas, que los llevaría de regreso a su comunidad.

Después de comer, le pedí a Carlitos que me ayudara a calentar el agua para bañarme.

—¿Cómo? ¿Otra vez se va a bañar, güera?

—¿Cómo “otra vez”, Carlitos? ¡Me bañé ayer!

Él respondió con una sonrisa. Así supe que en ese lugar bañarse era un lujo.

Jueves

Empezó mi penúltimo día y estaba emocionada. Layo se seguía burlando de mí cuando veía el decrépito estado en el que terminaba las jornadas. Me iría al día siguiente y todavía me faltaban muchas personas por conocer. Al cuarto para las ocho ya estaba rondando en el estacionamiento para ver cómo llegaban los trabajadores que transportaban en el camión de redilas. Al bajar, se colocaban alrededor, sentados o parados, con caras serias y miradas perdidas, listos para empezar un nuevo día de trabajo. Al diez para las ocho empezaron a tomar las cubetas que estaban regadas por ahí y caminaron con rumbo a otro de los invernaderos.

Ese día había ido más gente. Conté 17: ocho mujeres y nueve hombres. A algunos ya los ubicaba de vista. Los demás, eran todo un misterio. A las ocho cada jornalero estaba instalado en su surco y empezaba a pizcar. La instrucción fue cortar puro rojo y naranja. Era la primera vez que yo trabajaba en ese invernadero. Tenía la mata muy alta y para alcanzar los jitomates debía saltar, muchas veces sin alcanzarlos:

—Cámbiate para el otro lado, están menos altas —me dijo Marcos, que notó mi problema.

La mañana pasó rápido, a las diez terminamos de cosechar un invernadero de nueve mil metros cuadrados. Antes de pasar al siguiente, conté las cajas que se formaban en fila al centro del lugar: 145, nada mal. En promedio, cada trabajador había hecho 9 cajas en dos horas. ¿Cuánto cuesta la caja de jitomate? ¿Cuánto ganan ellos al día? El costo de la caja cambia constantemente. En aquella época, el jitomate estaba caro y la caja rondaba los 400 pesos. Pero tomemos un costo muy bajo, supongamos que la caja cuesta 150 pesos, eso es justo lo que ellos ganan por día. Eso quiere decir que a las dos horas de labores los jornaleros ya habían cosechado nueve veces su pago del día, pero parece que son del tipo de detalles que a nadie importa.

La hora restante para el almuerzo también pasó veloz. Después de almorzar, vi a Josefina sentada en una piedra. Me acerqué a ella y le pregunté qué hacía tan solita.

—Pues ya ves que las otras “echan habladas” de mí —dijo, con cara de niña regañada.

Al volver del descanso y en el siguiente invernadero tuve el mismo problema con los jitomates altos. Un joven me vio brincando y dijo:

—Cuando estén muy altos, jala la mata, así se vienen solitos y no tienes que estar saltando. También puedes subirte al surco, eso te ayuda a ganar altura.

Jornaleros esperan

Le agradecí el consejo que seguí de inmediato con buenos resultados. Su nombre era Alejandro y se me escurría en la memoria y la vista porque, a diferencia de los demás jóvenes de su edad, era de hablar poco. Llevaba su esbelta presencia casi con sigilo, como si evitara molestar a los presentes. Era el mayor de ellos, con 22 años y soltero; entró a trabajar al campo una vez que terminó la secundaria. Ya había trabajado en la guayaba y la rosa, además del jitomate. Ahí sólo llevaba un año. Con el mismo sigilo que llegó, se fue. No lo volví a ver ese día.

Cuando Alejandro se fue, no me quedé sola. En su lugar llegó un hombre de lentes y gorra que trabajaba con presteza, a pesar de tener una mano enyesada.

—¿Qué te pasó? —le pregunté consternada.

—Me pelié y me caí —respondió jocoso, como si me contara una travesura.

—¿Y qué fue primero, la pelea o la caída? —insistí.

—Pues ni sé porque fueron juntos —dijo entre risas.

—¿Cómo te llamas? —quise saber.

—Uy, tengo un nombre re feo —dijo, bajando considerablemente el ritmo de la cosecha, para ir a la par conmigo.

—¿Peor que el de Layo? —repliqué sonriendo.

—¡Peor! Me llamo Vianey —confesó al fin.

—No es un nombre feo, sólo es raro —contesté amable.

Vianey empezó a “acompañarme” en el surco, así supe que tenía 35 años y era soltero, aunque se había juntado cinco veces y tuvo tres hijos, todo eso había ocurrido en Estado Unidos. Acá no tenía mujer. Eso me dijo.

—¿Y por qué te regresaste?

—¡Ah! —exclamó—. Es que estuve en la cárcel.

Lo miré con la cabeza inclinada:

—¿Por?

El silencio cayó entre nuestros surcos. Tomó su cubeta, ya repleta de jitomates. Como pudo, la colocó sobre su hombro derecho y respondió:

—Ahorita te digo.

Vi cómo se alejaba caminando entre las matas, hasta perderlo. Tal vez por eso él me parecía tan peculiar, no era de los muchachitos bromistas, tampoco de los señores serios. Era distinto. Por un momento pensé que evitaría el tema y se iría pronto, pero al volver hizo exactamente lo contrario. Paró un poco su cosecha, como para darme tiempo de alcanzarlo, y respondió:

—Porque maté a un cabrón.

Y lo dijo con frescura, como quien comenta que esa mañana se comió un sándwich de huevo, sin el menor rastro de remordimiento o preocupación. La historia de Vianey fue más o menos así: a los once años se fue a los Estados Unidos, vendió mota, piedra —como también se conoce al crack— y coca. Después, mató a un sujeto. No entró en detalles, sólo me dijo que primero le habían dado siete meses y después once años. Lo transfirieron varias veces porque allá el sistema federal de justicia es así. Aprovechó su estancia en la cárcel para aprender inglés y sacar su certificado de preparatoria. Cuando salió de la cárcel, lo deportaron. Así, regresó a su pueblo natal, con sus padres. Aunque no vive con ellos, su mamá le hace de comer.

Camino-jitomates

Se acabó la conversación con Vianey cuando terminamos de cosechar ese invernadero: una hectárea en poco más de tres horas, en las que se recogieron casi cien cajas más.
Llegó la hora que yo llamaba “del infierno”: el calor se concentraba implacable en los invernaderos y ya han pasado seis horas desde que se empezaron las labores del día. Al calor y al cansancio acumulado se le suma el dolor corporal que no está acostumbrado al esfuerzo físico de cortar jitomates y cargar botes de 13 kilos.

La tarde moría y en el tercer invernadero me tocó como vecino de surco don Froy. Alfredo es un señor de tez oscura que a sus 45 años sólo ha trabajado en el campo. Él no estudió; para trabajar en el campo, no necesita estudios. Todos los días se despierta a las seis de la mañana y se duerme entre 10 y 11, viendo telenovelas, que es su único entretenimiento. Todos los días toma su bicicleta para ir al rancho a trabajar y, al terminar la jornada, se regresa en el mismo medio, junto a Rodrigo, el niño trabajador de 13 años que es su hijo. Se hace media hora de camino, media hora que debe recorrer aun después de ocho horas de trabajo agotador en el invernadero.

—Vivo allá, en esa ranchería —dijo señalando un caserío que, desde esa distancia, se veía diminuto.

El hombre, aparentemente pequeño —no pasaba del 1.60)— de pronto me pareció un gigante. Al acabar el surco, se fue y lo perdí de vista.

Ese día terminamos tres invernaderos. Según mis cuentas, habíamos hecho casi 400 cajas de jitomate. De acuerdo con Marcos, en un buen día se llega a hacer hasta el doble, pero los trabajadores ganan exactamente lo mismo.

Por desgracia, todavía no daban las cinco así que Marcos nos mandó de regreso al primer invernadero donde debíamos terminar de quitar anillos. Los últimos minutos fueron insoportables pero debía aguantar. La jornada concluyó. Sólo tuve fuerzas suficientes para comer y tomar un baño, antes de dormir.

Me llamó la atención que, de todos los que conocí ese día, nadie cumplía los requisitos para irse a Canadá. Esa noche lo platiqué con Layo:

—¿Cuánto ganas? —le pregunté.

—Uy, güera, poquito, 800 pesos a la semana —dijo taciturno.

—¿Cómo? —respondí extrañada, abriendo mucho los ojos—, ¿ganas menos que los demás?

Movió la cabeza arriba y abajo con resignación. Él era algo así como el “mil usos” del lugar, la hacía de cargador, recadero, encargado de la bomba, vigilante de las borregas por la noche y lo que se acumulara. Yo siempre lo veía trabajando con buen ánimo, no hacía caras, no se quejaba, no buscaba la forma de perder el tiempo. Sin embargo, gana poco más de 3 mil pesos al mes y duerme en cajas de plástico.

—Deberías meter tus papeles para irte a Canadá, allá por lo menos vas a ganar más.

—Sí, ¿verdad? Antes de que se vaya, me dice cómo le haga.

Afirmé con la cabeza y sonreí. Él correspondió la sonrisa.

—Estoy muy cansada, ya me voy a dormir. Buenas noches, Layo.

—Buenas noches, güera.

Viernes

Era mi último día así que me hice el propósito de ir al paso de los demás, al menos las primeras dos horas. Al empezar la jornada, nos separaron por géneros, sólo las mujeres fuimos al invernadero, los hombres desaparecieron de nuestra vista. El hecho de que sólo fuéramos mujeres y de que no estuviera Marcos, hizo más evidente la confrontación que existía entre el grupo de Victorina y el de Josefina. Las de Victorina se fueron a los surcos del lado derecho. Las de Josefina, tomaron el izquierdo. Yo también me fui a la izquierda, después de todo, entraba en el criticado sector de “lentas”.

Victorina y Rosa empezaron a decir en voz alta que las otras no se apuraban, que no era justo porque a todas les pagaban lo mismo, que luego las regañaban a ellas por culpa de las otras. Del lado izquierdo, no decíamos ni pío. No sé las demás pero yo estaba concentrada en ir al ritmo del resto.

Una jovencita de sudadera gris con rosa era mi vecina de surco. Yo trataba con ahínco de alcanzarla, pero siempre me ganaba por unos metros. Entonces pasó algo sumamente extraño: terminaba su surco y se regresaba para ayudarme. Desde el principio me había quedado claro que eran muy estrictos y que nadie podía regresarse para ayudarle a otro. Sólo me había pasado tres veces: el primer día, cuando Rosa me dijo que le ayudara al suyo, porque sólo faltaban 4 minutos para las cinco; el martes, cuando Victorina me enseñó a pizcar por montón; y el jueves, cuando Vianey me estaba esperando para platicar. Pero esas habían sido excepciones, esta mujer lo estaba haciendo una y otra vez.

Le pregunté por qué me ayudaba. Ella respondió que para terminar más rápido y porque no estaba Marcos, que era el que se enojaba y les gritaba si ayudaban a alguien más.

—Además, ya vas más rápido, ya casi nos alcanzas —dijo como para animarme.

Alguien más entre los surcos me gritó:

—Si sigues así, en unas semanas ya vas a ir fácil a nuestro paso.

—Fácil no —repliqué—, con mucho esfuerzo pero sí podría ir a su paso.

La mujer que me estaba ayudando era Nayeli, tiene 23 años y es hija de Victorina. Eso me llamó la atención, ¿por qué si era hija de Victorina estaba de nuestro lado? Después me di cuenta de que Nayeli era la mediadora entre ambos grupos. Tiene una sonrisa apacible que la ayuda a conciliar diferencias.

Nayeli

Nayeli

Nayeli es casada y tiene una hija de seis años. Al ser la segunda hija de Victorina, le tocó cuidar a sus hermanos; justo por eso se resistía a tener más hijos, ya había tenido suficiente de cuidar niños en su infancia. Me contó que cuando su mamá se iba a trabajar, los dejaba encerrados para que no se salieran. No siempre funcionó pues un día se les escapó uno de los más pequeños y una vecina lo encontró y se los devolvió. Sólo había podido terminar la primaria. Su posición como cuidadora de hermanos y las limitaciones económicas de la familia le habían impedido continuar con sus estudios.

Y fue justo ella quien me contó la historia detrás de la confrontación entre Victorina y Josefina. Resulta que al principio se llevaban bien pero un día a Josefina se le salió el tirante del sostén, Victorina le dijo y Josefina respondió molesta que en todo se fijaba. Al parecer, ese incidente había abierto la brecha que cada día se extendía con indirectas.
En algún punto de la semana, Victorina me había pedido que no me sintiera ofendida por los comentarios:

—No lo decimos por ti —aclaro—, sino por las “otras” que no se apuran.

—Y si ellas no se apuran ¿por qué no van ustedes más despacio? —pregunté.

—¡No! Porque Marcos nos regaña a nosotras —dijo Victorina, frunciendo el ceño.

La pueril disputa me dio mucha gracia y ayudó a que la mañana se pasara rápido.

Después del almuerzo, las mujeres se regresaron al invernadero y yo me puse a merodear por el lugar. Carlitos estaba echando forraje a unas cajas con la horquilla, que a mí siempre me ha parecido más un tenedor gigante. Me acerqué a él y lo miré con atención:

—¿Qué haces? —pregunté.

—Estoy preparando la comida de las borregas —dijo, sin parar sus tareas.

—¿Y te falta mucho? —insistí, a pesar de verlo tan atareado. Entonces él paró, apoyó la horquilla, se secó el sudor con el antebrazo, me miró con su sonrisa característica y me explicó sus tareas cotidianas:

—Todos los días tengo que darles de comer a las borregas tres veces: en la mañana, 30 cajas de éstas con forraje —dijo señalando la que tenía enfrente y que estaba llenando —; a medio día, 4 pacas de alfalfa; y en la tarde, 10 bultos de rastrojo. Además, tengo que sacar a pasear a los borregos chicos.

Dicho eso, reanudó sus actividades. Yo lo dejé seguir haciendo y tomé el camino que conduce a los invernaderos. Un tractor pasó enfrente de mí. Transportaba una pequeña montaña de mata de jitomate, que era detenida por cuatro trabajadores y Marcos, el capataz. Los seguí. Llegaron al límite de los invernaderos y, entre los cinco empezaron a empujar la montaña de matas. El tractorista sólo los veía y sonreía, como burlándose. Tras varios intentos y mucho esfuerzo, lograron tirarla. Miguel, el esbelto joven de barba y gorra que solía gritarle a Reyes, hizo un par de bromas. Entre risas, abordaron el tractor y regresaron por el mismo camino. Los volví a seguir a la distancia. El tractor entró al primer invernadero en el que trabajé, aquél donde había conocido a Victorina y en el que tanto padecí quitando anillos.

Miguel

Miguel

El tractor recorría los surcos mientras Miguel, Marcos, Alejandro y otro señor, también de nombre Marcos, recogían mata de jitomate con la horquilla y la aventaban sobre la plataforma del vehículo. Arriba, tratando de organizar la pequeña montaña, Sergio, un hombre mayor y sordo, hacía malabares para acomodarla.

Me acerqué a Miguel, que en ese momento era el más separado del grupo; fue la única vez que platiqué con él. Supe que tiene 19 años, es soltero y empezó a trabajar en el campo al terminar la secundaria. En ese rancho lleva cinco años. Los demás le empezaron a gritar para apurarlo en sus tareas, justo como él solía hacer en el invernadero. Antes de irse, me mostró las manos que en ese momento sangraban un poco porque se había lastimado en la faena.

Dejé que Miguel se fuera, y caminé rumbo a la salida del invernadero. Vianey recogía el acolchado, a pesar de que ya se le había hinchado la mano fracturada. Al fondo, Reyes y Fernando recogían la manguera para riego.

Me acerqué a Fernando. De entre todos los jóvenes, él me parecía el más simpático, tenía pinta como de rey de graduación. Al igual que Miguel, tiene 19 años, es soltero, terminó la secundaria y fue entonces cuando empezó a trabajar en el campo. Era como si la misma historia se repitiera en todos los jóvenes del rumbo. Supe también que prefiere que le digan Nando. La referencia al personaje de aquella telenovela mexicana noventera me dio mucha gracia, no pude evitar despedirme de él gritando como la villana:

—¡Qué haces besando a la lisiada!

Nando

Nando

Terminé de recorrer los 13 invernaderos. En el penúltimo encontré a don Froy fumigando sin equipo. Ya Layo me había advertido al respecto: nadie usa equipo. Y no sólo porque no se los dan, sino porque a ellos no les gusta usarlo. Parece que es algo así como una prueba de valor —que bien les podría costar la vida—. Me acerqué a don Froy y le pregunté por qué no usaba equipo. Como respuesta sólo se encogió de hombros y siguió con su labor.
Cuando regresé al invernadero donde estaban las mujeres, vi que ya casi terminaban de cosechar. Layo formaba y cargaba las cajas. Intenté tomar un surco pero Rosa me llamó. La impresión de aquella mujer fuerte y bromista del lunes se difuminó pronto. Se puso seria, quería saber cómo salir de ahí, cómo conseguir trabajo en otro lado y tener una vida mejor. Supuso que, de alguna forma, yo podía orientarla. Así me contó que había estudiado enfermería y que estaba por titularse, que había entrado a trabajar ahí por una apuesta:

—Me dijeron que no duraría ni un día y ¡mírame! —dijo, oronda—, ya llevo dos meses aquí.

Pero ganar esa apuesta no le daba para mantener a sus cinco hijos, así que tenía que completar el gasto vendiendo dulces típicos. Hacía poco que había muerto la mujer que los cuidaba y eso la había puesto en aprietos.

Ella no era candidata para irse a Canadá, tenía estudios superiores y estaba divorciada; sin embargo, le hablé del programa y sus bondades. También le dije que su profesión era solicitada en el extranjero, que podía migrar a Australia, por decir algo. El gran problema es que no habla inglés y, a sus 30 años, no tenía mucha cabeza para aprender. Le dije que no desistiera, que aprendiera inglés, que fuera a la oficina de Servicio Nacional de Empleo en Toluca, tal vez podrían conseguirle algo. Las enfermeras suelen ser solicitadas.

Estábamos en eso cuando Nayeli me gritó desde cinco surcos adelante:

—Llévame contigo, aunque sea de cocinera, güera. Ándale.

Nayeli sí cumplía con los requisitos para irse a Canadá, así que volví a hablar del programa y sus bondades, parecía vocera de la Secretaría del Trabajo.

Mientras platicábamos, las demás terminaban de cosechar, y Nando, Vianey y Reyes entraron al invernadero y le ayudaron a Layo a cargar las cajas de jitomates al camión de redilas que también hace las veces de transporte de los jornaleros.

Marcos mandó comprar refrescos para todos y, cuando terminamos las labores encomendadas, nos sentamos a descansar, tomar refresco y conversar. El descanso me sirvió para conocer al resto de trabajadoras:

Luz Clara tiene 18 años, es casada, tiene un hijo de dos años, terminó la primaria completa y tenía un mes trabajando en el rancho.

Brenda tiene 16 años y unos ojos claros que atraen miradas, a pesar de eso es soltera y estudió hasta segundo de secundaria, dejó la escuela porque “no le gustaba”. Es jornalera desde hace un año y medio.

Ya Nayeli me había hablado de Yazmin, hija de Victorina y su hermana menor. La mujer delgada y de baja estatura tiene 20 años y una hija de siete meses, aunque en la familia “a todos les sorprendió porque es muy seria”. Y vaya que lo es, tanto que a mí me daba miedo, sentía que si la veía fijo, podría tirarme un golpe o algo así. Sin embargo, el hecho de haber terminado la secundaria le daba la ventaja de manejar redes sociales, algo que Nayeli no podía hacer.

Alejandro (gorra), Zenaida (azul), Rosa (gorro rosa), Brenda (atrás gorra rosa), Miguel de espaldas

Alejandro (gorra), Zenaida (azul), Rosa (gorro rosa), Brenda (atrás gorra rosa), Miguel de espaldas

A propósito dejé hasta el final a Zenaida, a quien yo identificaba como “la guapa del grupo”, pues se trata de una mujer alta, de curvas generosas y mirada altiva. La llamativa jovencita de 16 años de edad, es soltera y sólo terminó la primaria porque “ya no había recurso para seguirle”. A pesar de que sólo lleva un año trabajando ahí, dice Nayeli —y le creo porque yo lo vi— que es la más rápida cortando jitomate. Cuando estuvimos a solas le pregunté si era novia de Nando. Me respondió que no, riendo nerviosa, “sólo somos amigos”. Una pena, me parece que hacen bonita pareja.

Como ya habíamos terminado las asignaciones de Marcos, le escribieron al señorito patrón para preguntar qué otra cosa hacían hasta que se terminara el turno. Él asignó algunas tareas adicionales, que se realizaron sin demora.

Nando me pidió que le dejara mis guantes en herencia. Yo se los di sin chistar. Las demás respingaron:

—A mí dame el pantalón.

—A mí el celular.

Dijeron en torno de burla. Sólo sonreí y seguí trabajando. Cuando dieron las cinco, yo estaba absorta quitando yerbas de las matas. Vianey tuvo que ir hasta donde estaba para avisarme que era hora de la salida.

Tenía poco tiempo para alcanzar el camión con destino a Toluca. Fui corriendo por mis cosas. Marcos me encontró en la puerta de la habitación en la que me quedaba y se despidió. Corrí al camión de redilas para darle a Rosa un papel con la información de la oficina del Servicio Nacional de Empleo. Nando registró mi número telefónico. Abracé contra su voluntad a Carlitos. Layo me dijo:

—Ya, güera, vámonos.

Subí obediente a la camioneta y vi cómo el camión de redilas se alejaba con quienes habían sido mis compañeros.

Layo habló poco en el trayecto. No sé si estaba preocupado porque tenía el fertilizante en la lumbre o estaba triste; después de todo, su mirada lacónica casi siempre tenía ese toque de nostalgia. Me dejó en la terminal y se despidió con prisa. Antes de irse, le di un abrazo. Su cuerpo se debatía entre estrecharme y correr. Al final, decidió soltarse.

—No se te vaya a olvidar ir a Toluca a ver lo de Canadá —le grité, mientras agitaba la mano y veía cómo se subía a la camioneta. Él correspondió el gesto y me dijo que sí con la cabeza.

—Adiós, Layo.

—Adiós, güera.

Abordé el camión sin ganas. Estaba cansada pero al menos ese día podría tomar una ducha caliente y dormiría en una cama. Estaba en eso cuando recibí la llamada de Layo para decirme con preocupación que había perdido la información para lo de Canadá. Tras asegurarle que se la mandaría en breve, nos despedimos.

—Buenas noches, Layo.

—Buenas noches, güera.

Cerré los ojos y dejé que el aire de ciudad, poco a poco, se llevara el recuerdo de su voz.

Comments

comments