El látigo de colas se estrelló sobre la espalda de la sumisa con gran estruendo. Ella ni siquiera se inmutó. Marqués Alexander lo había advertido antes de propinar el azote: el flogger de foamy con agujetas sólo es escandaloso pero no duele. Es el instrumento idóneo para shows en vivo en los que se requiere mucha teatralidad.

Decidí ir a la reunión de Calabozo MX, cuyo tema era “manejo de flogger”, por curiosidad. Tras la charla que tuve con Krystal Sade empecé a recibir invitaciones para participar en sus actividades y el tema me pareció sumamente irresistible, así que fui.

En el BDSMBondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo—, el flogger es un instrumento clásico para azotes. Es una especie de mechudo con mango con el que se fustiga a los sumisos. Se trata de darle duro al otro hasta que pida tregua y ya, ¿no? Pues no.

La cita fue en el Centro Cultural de la Diversidad, que se encuentra en la calle de Colima, en la colonia Roma. Se trata de una casona amplia con varias habitaciones. Al entrar a la recepción, pedimos informes. Nos dijeron que fuéramos al fondo y subiéramos todas las escaleras. Recorrimos el camino indicado. Allá, al fondo, casi escondidas, estaban las escaleras. Llegamos a un descanso y nos asomamos.

—¿A dónde quieren ir? —preguntó una señora amablemente.

—A la reunión de Calabozo —respondí inquieta.

Nos mal miró y dijo que ahí no era, así que seguimos subiendo. Hasta arriba, en el último salón, encontramos a Marqués Alexander. Había una mesa de recepción en la que nos preguntaron si era la primera vez que íbamos. Ante la respuesta afirmativa, nos pidieron que escribiéramos nuestro correo en una libreta, tras lo cual dimos nuestra respectiva cooperación de 70 pesos.

Tomamos asiento hasta atrás y en medio para tener una perspectiva general de todo el lugar. Había sillas dispuestas a los lados, formando un triángulo y en medio de la estancia pusieron una mesa con muchos floggers de varios tipos. Éramos unas 30 personas, pero el número se incrementó conforme transcurrió el tiempo y la charla.

mesa con floggers

Lo primero que pidió Marqués fue que nos presentáramos: nombre o apodo, rol y qué es lo que se esperaba de Calabozo. En general, las edades iban desde los francamente jóvenes, con no más de 20 primaveras, hasta los ya entrados en años, canas, kilos y arrugas. Había una cantidad un poco mayor de hombres que de mujeres, pues, si bien, acudieron varias parejas, también se encontraban personas que iban solas. El lado sumiso era prediminantemente femenino.

Tras la presentación, Marqués empezó con un repaso básico sobre las zonas en las que se puede pegar, en las que no es muy recomendable y en las que definitivamente no debería azotarse nunca. Después, presentó los floggers que tenía justo enfrente, yendo del más leve a los más agresivos: de foamy con agujeta, de peluche, de cuerdas, de piel con peluche, gamuza delgada, gamuza gruesa, cuero y materiales sintéticos.

Hasta ahí, podría pasar como una peculiar clase teórica, entonces pidió de favor a una sumisa que le ayudara con la demostración. La mujer era bajita, casi lucía frágil; en cambio, la actuación demostró lo contrario. Obediente, se llevó las manos atrás del cuello y agachó la cabeza para evitar golpes en la cara y ofreció su espalda a Marqués. Él daba instrucciones y recomendaciones para controlar lo que se estaba haciendo; luego, estampó el flogger de foamy con agujeta en su espalda. Ese sería el primero de los muchos azotes de la tarde.

Explicó todas las cosas que hay que considerar al azotar, así como los tipos de azotes: desde el de un golpe hasta el cruzado, pasando por “el abanico”. Dijo que el dominante no debe fustigar con toda la fuerza del brazo porque se cansa rápido y puede lastimar a la sumisa; habló de la importancia de la muñeca, de medir la distancia, de conocer cada flogger, sus características y la sensación que genera. En fin, son tantas las cosas por considerar antes de flagelar a alguien que me sentí afortunada de no ser domina.

Con cada indicación, hacía un azote de demostración. Cada flogger era probado en la espalda de la sumisa, que se mantenía estoica ante los golpes, sin emitir ni el más mínimo quejido. La espalda de la mujer morena empezó a tomar un color rojizo. Marqués decidió darle un descanso y llamó a otra sumisa para que le ayudara en la última parte de la demostración.

Una mujer muy joven, alta, de cabello largo y blanquísima se paró de su silla y, obediente, tomó el lugar de la sumisa anterior. Marqués siguió probando floggers y dando indicaciones. Cuando dejaba de hablar, sólo se escuchaba el sonido del instrumento de tortura al estrellarse en la blanca espalda. Ella tampoco se inmutó. Resistió hasta que Marqués le pidió que se retirara.

El expositor preguntó si había alguna duda y nadie dijo “esta boca es mía”. Era el momento de pasar a la práctica: pidió el apoyo de cuatro sumisas y cuatro mujeres se pararon en el acto. Invitó a cuatro dominantes a que pasaran a probar los floggers. Así empezó la azotaina multitudinaria. Primero ellos hicieron uso de los instrumentos, mientras Marqués les daba consejos y les corregía la técnica. Después de un tiempo, justo cuando las espaldas de las sumisas empezaban a enrojecerse, pidió que cambiar de rol. Lo llamó “la venganza de las sumi”.

sesión uso de flogger CalabozoMX

El espectáculo fue sublime. Una simpática trans —tenis rosas, calcetas de niña a juego, faldita negra, colitas y torso desnudo pintado con los colores del arcoíris— era un manojo de nervios. Con voz aguda, le gritaba al sujeto:

—¡No llores, aguántate!

Pero le pegaba con tan poca fuerza y tan desordenadamente que el sujeto de juegos no pudo evitar la risa. Marqués se paró junto a ella y empezó a darle recomendaciones, pero poco ayudaban a mejorar su técnica de azote.

Por el contrario, al lado, una sumi bastante dueña de sí misma —blusa verde que dejaba fácilmente al descubierto la espalda (con tatuajes de mariposas), pelirroja y tan blanca que los golpes se reflejaban al instante en su piel— le daba con total entereza a la pareja de azotes. Se notaba el cuidado en los detalles: la posición del cuerpo, el movimiento de la muñeca, el peinado de flogger, el conocimiento del espacio. Cuando empezó a darle en forma de abanico —girar el flogger, como si fuera rehilete, y pegar con las puntas— y se hincó, no quedó duda de su destreza. Su pareja, en cambio, apretaba los ojos, de por sí cerrados, ante cada golpe y no podía evitar moverse nerviosamente. Al parecer, era su primera vez, tanto en el rol de dominante como de sumiso.

Salvo el joven nervioso de la sumi experimentada, todos los demás ya tenían experiencia en el manejo del instrumento, así que Marqués pidió que pasaran aquellos que nunca habían azotado a alguien. El joven que cerraba los ojos se quedó en su lugar y se sumaron otras tres mujeres a la dinámica. Las sumisas voluntarias volvieron a su posición original. Se cubrieron el cuello con los brazos y tanto la trans como la chica de verde indicaban a los novatos con sus manos dónde debían pegar.

Esta vez el ejercicio fue más desordenado. Tomar un flogger y usarlo por primera vez es todo un reto. Se requiere paciencia y mucho conocimiento, tanto del instrumento como del cuerpo del otro y de uno mismo. Marqués los dejó hacer y se limitó a supervisar y dar sugerencias de vez en cuando.

En otros lados del salón, la actividad seguía su curso. Una pareja se fue a probar los floggers al rincón, mientras que otra ─ella embarazada─ se unió a la conversación que ya se gestaba entre los conocidos.

Cada quien empezó a practicar como mejor le parecía. Un hombre maduro, delgado y primerizo pidió que lo azotaran, una mujer de inmediato cumplió con su pedido. La chica de verde estuvo un rato como sumisa de pruebas y después se fue a jugar con otros. La vi empinada, deteniéndose del respaldo de una silla, esperando que le flagelaran las nalgas. Algunos más pidieron café y se limitaron a ver.

Frente a mí estaba la mesa de floggers y veía como pasaban unos y otros. Quise probarlos para no quedarme con la duda. Obviamente, el sujeto de pruebas fui yo. Manejar un flogger es difícil y darse a uno mismo también. Para mi gusto, el más doloroso fue el que les obsequió un grupo BDSM de Argentina. Entre los demás había de todo, desde los que francamente no se sentían, hasta los que te hacían respingar tras el impacto.

fix flogger1

La reunión llegaba a su fin. Marqués hizo énfasis en las recomendaciones finales: por cada azote, un apapacho; concentrarse, nunca perderse el respeto, entender que te están prestando su cuerpo para jugar —y claro que la otra persona lo disfruta, pero no se debe abusar de ello—, cuidar al otro, preguntar constantemente cómo están, empezar poco a poco y después subir la intensidad, descubrir umbrales y sensaciones. Los sumi, por su parte, tienen que aprender a respirar y a saber manejar el estado de trance en el que se llegan a sumergir. Sobre todo, ambos deben disfrutar, respetarse y hacer de los azotes un buen instrumento del intercambio erótico del poder.

Al final se dieron los avisos “parroquiales” sobre las siguiente actividades. Se participará en la próxima marcha del orgullo LGBTTTI de la Ciudad de México y en el V Bondage Picnic Around de World. Adivinaron, iré a ambos. Después de todo, esto de amarrarse como puerco y darse chingadazos es bastante divertido.

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