“Déjame guardar mi jersey de Brady”, me dijo con una sonrisa, al verme entrar al establecimiento, en clara alusión al penoso episodio del robo del jersey del quarterback de los Patriotas de Nueva Inglaterra en el pasado Superbowl, hecho en el que estuvo inmiscuido un periodista mexicano.

“Menos mal que es una miscelánea y no una tienda de artículos deportivos”, respondí, dándole un fuerte apretón de manos.

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Su nombre es Rodolfo y es el heredero, junto con sus hermanos Jorge y Esther, de uno de los negocios con toda una tradición en la colonia Merced Gómez, la miscelánea “La Tecampana”, establecida hace 54 años sobre la avenida Centenario .

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Parece extraño pero en esta ciudad, donde la globalización, la tecnificación y la modernización han alcanzado todos los rincones de la urbe, aún existen este tipo de negocios familiares, herencia de padres a hijos, que son símbolos del México de mediados del siglo pasado, cuando todos nos conocíamos y donde los vecinos solían ser no sólo amigos, sino incluso parte de la familia.

“La Tecampana” fue inaugurada en el año de 1962 por Wilfredo Fuentes Luna, fallecido el 29 de junio de 1989. Don Will, un hombre de esos de principios del Siglo XX, criado en el campo, allá por los rumbos de la tierra del chorizo —Toluca para los poco entendidos—, trabajador incansable, testigo de la Guerra Cristera, futbolista, zapatero, electricista, actor, peluquero y finalmente tendero, se avecindó en la Ciudad de México donde formó familia, a la cual mantuvo a partir de los ingresos de su miscelánea.

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“Mi papá puso la tienda en esta misma calle, unas cuadras más abajo, donde estaba la pulquería, ¿te acuerdas? Se llamaba ‘La Colonial’ y ahí estuvo como seis años. Luego vino para acá”, explica Rodolfo al recordar la historia de su negocio.

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“En los primeros años casi no había casas por aquí, el rumbo ha cambiado mucho. Cuando nos cambiamos para acá, a esta ubicación, no estaba el edificio de enfrente, la Unidad Plateros ni siquiera la habían construido, era un llano y yo me asomaba a la barda para ver cómo trabajaban los albañiles”, evoca el hombre con un dejo de nostalgia al platicar sobre aquellos años en los que era apenas un mozalbete.

La historia de las misceláneas o estanquillos, así como de las tiendas de abarrotes, se remonta al siglo XIX, cuando el gobierno mexicano autorizó la libre importación de mercancías, lo cual se combinó con la abolición de la esclavitud, el libre tránsito y la libertad de comercio. Esto propició el surgimiento de pequeños establecimientos en zonas urbanas que vendían, principalmente, alimentos como verduras, frutas frescas, lácteos y huevo. Es imposible saber cuál fue el primer negocio de este tipo, pero está claro que con su surgimiento se dio inicio a toda una tradición que sigue luchando por no morir.

—Tú fuiste de los primeros en llegar a Plateros, ¿verdad? —me pregunta Rodolfo.
—Bueno, yo llegué en el 67. Tenía dos años —respondo— creo que la Unidad fue inaugurada ese mismo año y tu papá ya tenía con la tienda como cinco años. ¿Y qué recuerdos tienes de tu papá?”.
—¡Uyyy! Era un gran tipo, no porque fuera mi papá, pero yo le aprendí mucho. Era muy abierto, se relacionaba con toda la gente, sin importar si era un trajeado o un sombrerudo. Me acuerdo que me llevaba al Centro, porque en ese entonces había que buscar cualquier cosa en el Centro, por aquí no había tiendas departamentales. Así es que me llevaba en camión y cuando menos lo esperaba ya estaba platicando con el señor que iba al lado. Así era mi papá, platicaba con cualquiera.

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Sí, recuerdo bien a Don Will. Me platicaba sus andanzas durante la Guerra Cristera, de cómo se escondía en el monte. También me platicaba de futbol, tenía su matraca, una de esas grandotas, alguna vez me la prestó para ir al estadio Azteca. Tengo muy buenos recuerdos de él. En su tienda lo veía arreglar zapatos. También me fiaba los refrescos.

—Yo no sé cómo le hacía, siempre hallaba cómo darnos a mí y a mis hermanos, para lo que necesitáramos —me cuenta Rodolfo— y todo salía de la tienda. Y mira que la carrera de odontología es muy cara, y todos mis estudios fueron pagados con los ingresos de este negocio.

Y es que Rodolfo y su hermano Jorge se graduaron como dentistas. Tienen su consultorio arriba de la tienda, alternándose en la atención de sus pacientes y el trabajo en la miscelánea.

“La Tecampana”, igual que “Los Cuatro Vientos” o “La Claudia”, son las tres misceláneas que se ubican en la misma cuadra en avenida Centenario, y que tienen décadas instaladas ahí. Pero la tienda de don Will siempre fue especial para mí, porque antes de abrazar el oficio del periodismo solía jugar futbol por las tardes, todos los días, y al terminar iba a tomarme un refresco y a conversar con él.

Fue una época que en verdad disfruté, una época que ya no regresará, pero que sigue viva en mi memoria y en la de los vecinos de la Merced Gómez y de Plateros, gracias a la presencia de gente como Rodolfo y sus hermanos. Y de negocios como “La Tecampana”.

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