La música ha evolucionado enormemente en los últimos 20 años, al menos el formato de grabación y reproducción. Esta transformación se ha dado a la par de los avances tecnológicos así como del gusto de los melómanos para adquirir su música. Durante cerca de 102 años el formato favorito para muchos fue el disco, primero de pasta y luego de vinil. Su supremacía fue total aun sobre los cartuchos de ocho tracks y los casetes, formatos portátiles que fueron los preferidos de muchos jóvenes. Sin embargo, el disco de vinil cayó en decadencia gracias a la aparición del CD, que ofrecía un sonido más nítido y claro. Esto causó que cientos de personas aficionadas a las grabaciones en vinilo comenzaran a cuidar sus colecciones de discos, además de buscar piezas extras para ampliar sus discotecas. Así surgió un pequeño mercado de compra y venta en toda la Ciudad de México, con locales tan longevos como la época dorada del rock en México.

Como buen melómano y coleccionista incurable que soy, me di a la tarea de investigar cuáles son los lugares idóneos para conseguir algunos discos de vinilo. La cosa parecía sencilla, al menos eso pensé, pero me topé con cientos de lugares donde podría conseguir algo para mi colección. De pronto lo que parecía un simple paseo dominical se convirtió en una excursión por varios sitios de la capirucha, tan diferentes unos de otros.

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Decidí entonces buscar un sitio legendario entre los amantes de la música, la tienda de discos más antigua de la ciudad: Discópolis, que se encuentra en la colonia Tabacalera, muy cerca de la Plaza de la República y del Monumento a la Revolución. Además la posición de la tienda me permitía trazar un camino y así revisaría un par de puntos de venta de discos antes de llegar a mi destino.

Empecé el tour a las afueras del metro Balderas, ahí, junto al viejo edificio de la real fábrica de tabacos, hoy conocida como la Ciudadela, llamada así por su aspecto de cuartel militar y por ser usado como tal durante muchos conflictos en la ciudad y que desde 1944 alberga a la Biblioteca México. Más o menos desde finales de los 80 se instalaron varios puestos semifijos en la acera de avenida Balderas, desde Tolsá hasta la esquina con Emilio Dondé. La mayoría de estos puestos están dedicados a la venta de libros y revistas, pero entre ellos hay algunos que comercializan discos, tanto compactos como vinilos.

Muy cerca de la entrada norte de la biblioteca está el primer puesto que ofrece discos. Junto a ellos hay varios cómics y revistas viejas, —de hecho este pequeño sitio hace algunos ayeres, durante el boom de las historietas en México en los 90, ofrecía sólo historietas y, a veces, algunos “Guitarra Fácil”—.

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Luego de un rato curioseando se me acercó el dueño del puesto. Él se dedica a la venta de discos de vinil desde 2008, y aunque vende todo tipo y estilos musicales su principal producto son los discos de cumbia y tropical, sobre todo de clásicos de las décadas de los 50, 60 y 70. En busca de información de mi destino le pregunté si conocía Discópolis. El señor puso cara seria y me contestó con una seca negación. Después de mirar los discos de Queen y Van Halen revisé los tropicales y encontré alguno de  La Luz Roja de Acapulco y Acapulco Tropical. Recordé la polvorienta colección de mi padre. Intenté sacar algunos pesos… mejor no.

Más adelante, justo frente al espacio de la plaza donde se practica el danzón , hallo el segundo puesto y entre CDs y DVDs veo un par de huacales y vinilos colgados. Ahí encuentro el paraíso. De pronto saltan a mis ojos nombres de jazzistas afamados: Dave Brubeck, Duke Ellington, Nina Simone, Billie Holiday, John Coltrane.

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El dueño estaba sentado con un par de personas en una de las bancas de piedra. Sostenían una discusión sobre la música de The Beatles y Creedence. Él es fanático del blues y el jazz, por lo que en su puesto siempre hay material de los consagrados y las leyendas, así como algunas rarezas. De hecho, los puestos de la Ciudadela se especializan, por decirlo de alguna forma, en algún género musical. Yo traía un disco de Miles Davis en las manos. Al verlo se rompió el hielo y me dijo que era un gran material. Pronto nos vimos entablando una amena plática sobre la síncopa y sus autores. Me retire con la promesa de volver por algo de jazz, no sin antes preguntar por el mítico Discópolis. El vendedor soltó una risa diciéndome que ni me molestara en llegar hasta allá porque hacía tiempo que el local estaba cerrado. Eso iba en contra de toda mi información, nada me indicaba que la dichosa tienda ya no existía. Sin embargo, decidí continuar hasta la Tabacalera.

Antes de irme del parque,  justo en la esquina de Tolsá, encontré un par de sitios más con vinilos. Uno de ellos lleva más de 25 años. El dueño, de al menos 70, estaba ahí justo cuando se terminó la remodelación de la plaza. El puesto de este personaje está lleno de rock clásico, mucho Beatles, Rolling Stones, así como de pioneros mexicanos, como los Ten Tops, Enrique Guzmán y Cesar Costa. En el otro lugar hay más discos, sobre todo de música regional tanto nacional como de otros países de Latinoamérica. El vendedor menciona que estos llegan seguido, entre los lotes o cosas que le lleva la gente., Porque aquí uno puede venir a vender sus discos en cualquiera de los puestos. Claro, nadie se hará rico con la colección de sus papás o abuelos, ya que la mayoría de las piezas son pagadas entre 10 y 20 pesos. Para aspirar a más dinero el material que uno ofrezca debe ser de veras muy raro.

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Al cruzar Tolsá, justo en la esquina del mercado de artesanías, encontré el local de Enrique. Lo que llama la atención de éste son las tornamesas que están fuera. Me aproximo preguntándole si él las repara y responde que sí, pero que no sabe mucho.

Su incursión en la electrónica se dio por ahorrarse unos pesos: una de sus tornamesas perdió una luz, la llevo a diagnosticar y le cotizaron la reparación en mil pesos. Después de mandarlos lejos —por verduras, claro— decidió abrir la tornamesa, encontró la luz fundida y luego de invertir apenas 100 pesos el tocadiscos empezó a funcionar de nuevo.

Enrique vende discos ahí desde el 2009, pero siempre ha sido coleccionista y vendedor. Su local tiene de todo, pero se aprecia su gusto por el high energy.

—El rock progresivo es lo más buscado, —comenta— y también es lo más difícil de encontrar; ahora que está volviendo el gusto por los vinilos la gente ya no quiere vender sus discos.

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La mayoría de sus vinilos, cerca de 50 mil según sus cálculos, provienen de la compra de lotes y objetos que le llevan, pero muchos son discos comunes, por lo cual no es raro encontrar varias copias de clásicos en español de los 80, como Flans, Daniela Romo, Mijares y Luis Miguel. Dejo el puesto de Enrique no sin antes preguntarle por Discópolis:

—Nooo, carnal, para allá ni vayas, el dueño es un viejito bien mala onda.

Y de ahí sale una historia de cuando Enrique empezó con el comercio de discos.Me habló de un disco especial, el morado de The Beatles, entre varios más. Se acercó al local de la avenida Insurgentes esperando hacer un buen negocio, pero fue recibido de mala manera por el dueño; se negó rotundamente. Para intentar convencerlo, comentó sobre el disco morado. El propietario pareció interesado pero incrédulo. El señor preguntaba si de verdad tenía el disco, mostrando sus dudas, lo que molestó a Enrique.

—Pues déjeme pasar y se lo enseño.

Justo cuando pensó que se iba a hacer el negocio, el anciano de nuevo le preguntó, mientras extendía la mano para saludar, a Enrique:

—¿Pero sí lo traes, verdad?

Esa fue la gota que colmó el vaso.

—¿Sabe qué?, mejor no— Enrique retiró su mano y se fue molesto.

Los comentarios del vendedor no me desanimaron, la idea de visitar la tienda de discos más antigua de la ciudad me emocionaba. Seguí mi ruta por avenida Balderas. En la esquina de Morelos, ahí donde estaba Editorial Novedades, hay un par de puestos más de discos, ambos ofrecen rarezas, desde música rock hasta clásica. Uno de los propietarios comenta que su mejor cliente compra material de la editora Deutsche Grammophon, que produce discos de música clásica, pero, según palabras del comprador, no lo hace por las grabaciones, sino por los gráficos de las fundas; los discos, los desecha. Más adelante, también sobre Balderas, esta el local de Betyad Discos. Aunque llevan dos años en esta ubicación, sus dueños se han dedicado a la venta de vinilos desde hace 20, primero en un local en Tepito y ahora con uno en la colonia Providencia, haya por la Gustavo A. Madero, donde el stock de discos es más grande y variado.

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Enfilo rumbo al Monumento de la Revolución para llegar por fin a Discópolis. Tras atravesar la Plaza de la República y el campamento de los maestros llego a Insurgentes. Doy vuelta a la izquierda y junto a una tienda de “finísimas guayaberas” veo por fin el anuncio de Discópolis. Pero la tienda está cerrada, lo que me sorprende por ser temprano, como las 4 de la tarde, y en sábado. Dos días después regreso por la zona, me enfilo para el sitio de nuevo y nada. Son las 6 de la tarde del lunes y de nuevo el local esta cerrado. Frustrado y un poco molesto le pregunto a las chicas de un puesto de revistas cercano si aún abre la tienda: “Si joven, pero abre y cierra cuando se le da la gana”.

La lógica me dicta que todo mundo tiene abierto un local a las 12 del día, así que regreso al día siguiente. Por fin hallo Discópolis abierto. Las vitrinas están llenas de discos viejos y hay de todo: música tropical, rock clásico, jazz, mambo, música mexicana; todo lo que observo tiene al menos 30 o 40 años como mínimo, no es para menos si la tienda está abierta desde 1955. El olor es como el de una biblioteca que guarda volúmenes antiguos. ¡Muero de ganas por entrar! Pero hay un problema, el acceso está bloqueado por un par de escobas. Antes de atreverme a saltarlas noto movimiento dentro del local, así que espero que alguien salga a atenderme. A los pocos minutos un señor asoma su cabeza.

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—¿Se le ofrece algo, joven?

Recordé las advertencias de los vendedores de la Ciudadela, así que fui prudente.

—Sí, vengo buscando algunos discos de jazz.

—¿Con qué intención? —me contesta de manera un poco golpeada el viejito, como de 80 años. Percibo su tono a la defensiva, medio agresivo y preveo que esto no terminará como quiero.

—Pues para comprar alguno.

El hombre se acerca y me dice que le permita un momento. Entonces ataco.

—También quisiera hacerle unas preguntas sobre su local. Sabe, estoy escribiendo un reportaje sobre lugares donde la gente puede adquirir discos…”.

Y estalla el don.

—No, joven, se equivoca de lugar, aquí no adquirimos.

—No, me refería a que demás gente pueda comprarle discos.

—Pues no. Aquí sólo negociamos con coleccionistas.

El señor retrocede y caigo en cuenta que mi visita a Discopolis está por terminar.

—Y entonces ¿no me deja entrar?

—No, joven.

—¿Y tomar unas fotos?, ¿puedo?, ¿no sería molestia?

—Sí, sería molesto. Buena tarde.

Se fue y yo quedé ahí viendo las vitrinas, desilusionado porque mi búsqueda de la legendaria tienda terminó así, sin la oportunidad de ver y saber más del longevo local. Pero no me preocupa, aún hay otros sitios en la ciudad donde buscar vinilos. Así que sigo caminando.

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