Mi primera impresión al llegar a San José Iturbide, Guanajuato, y encontrarme parado frente a su hermosa parroquia de cantera rosa, es que es una ciudad tranquila donde no me esperan muchas emociones. Había viajado por cuatro horas en auto desde la Ciudad de México y me encontraba muy cerca de la frontera con el estado de Querétaro. No sabía que estaba por descubrir uno de los secretos mejor guardados para los amantes de los deportes extremos y de aventura.

Mi guía y yo viajamos en auto hacia el norte de San José. Luego de 45 minutos llegamos el municipio de Tierra Blanca, Guanajuato, que a pesar de su clima árido, ofrece un espectáculo natural poco común en la reserva ecológica de la comunidad de Arroyo Seco. Se trata de numerosas cactáceas en los más distintos tamaños y formas: son las biznagas gigantes, como les llaman en la zona. Llegan a medir más de dos metros y medio de altura y tienen más de 450 años de antigüedad. Tristemente sólo quedan unas cuantas ya que las sobreexplotación casi las ha llevado a la extinción. En este lugar los fotógrafos se dan vuelo con gran variedad de cactáceas y plantas que contrastan con lo árido del suelo y los intensos cielos azules. Cuando emprendemos el regreso, el guía detiene el auto en la zona del cañón de Tierra Blanca para mostrarme otra de las particularidades de la región. Bajamos del auto y en una pequeña pendiente pone el auto en punto muerto. El vehículo entonces comienza a avanzar por si solo. Después el guía me dice que mire mi teléfono. Está sin servicio y su funcionamiento está alterado. Ante mi asombro me explica que se trata de una zona de un fuerte geomagnetismo.

A 30 minutos en auto se encuentra el Cañón Paso de Vaqueros, en San Luis la Paz, donde me espera otro guía para llevarme a un recorrido de varias horas por las profundidades del desfiladero. Es posible hacer el descenso caminando por pendientes bastante inclinadas, pero resulta más emocionante rapelear por una ladera. Tras seguir todas las indicaciones del instructor comienzo el emocionante descenso. Poco a poco voy dejando la aridez de la cima para encontrarme con un micro clima más fresco y lleno de vida. Aquí las cascadas y corrientes de agua crean un riachuelo en torno al cual se pueden apreciar abundante variedad de plantas y especies animales como libélulas, saltamontes, ranas y aves.

Seguimos nuestro camino al lado del río hasta que llegamos a un punto en el que éste se convierte en una cascada. Para mí es tan alta como una casa de dos pisos. Aquí se me presenta la posibilidad de descender por una ladera o de saltar hacia la poza natural que espera abajo. Me acerco al borde de la cascada para dar un vistazo y pienso “este viaja es para experimentar emociones nuevas”, así que me decido a dar el salto. Pero primero, debo colocarme un chaleco salvavidas y un casco. Ataviado con mi equipo de seguridad, tomo vuelo y me lanzo sin pensarlo hacia al vacío.Una fracción de segundo después me encuentro nadando emocionado en aguas refrescantes.

Mineral de pozos

Mineral de pozos

Después de secarme unos minutos bajo el calor intenso del sol, abordamos el auto y durante el camino los paisajes semidesérticos de la región absorben mi atención. En menos de lo que me percato hemos llegado a un pueblo fantasma, con restos de grandes construcciones de adobe y piedra que a pesar de su deterioro aún reflejan la gran belleza que alguna tuvieron. Se trata de Mineral de Pozos, Guanajuato, cuyos orígenes se pueden rastrear hasta la época de los chichimecas, quienes realizaban extracción de metales a poca profundidad. Más adelante, desde los tiempos del Virreinato, fue un gran centro de actividad minera, hasta que siglos después el sistema de túneles se inundo, hecho que los habitantes atribuyeron a una maldición causada por las matanzas de la guerra Cristera. Por ello quedó deshabitado, hasta que se redescubrió su valor como un patrimonio cultural, y la declaración de Pueblo Mágico por parte de la Secretaría de Turismo, en 2012, vino a darle un nuevo auge como destino turístico.

Mientras caminamos entre las calles bordeadas por las ruinas de las grandes casonas de adobe de la época de esplendor del pueblo, dejo volar la imaginación y comienzo a percibir la presencia de los antiguos pobladores. Me detengo abruptamente y miro a mi guía con extrañez, pues tengo la sensación de que hemos viajado en el tiempo hasta la época precolombina, ya que comenzamos a escuchar una melodía ejecutada con tambores, cascabeles y caracoles. Nos acercamos a la casa de la cual proviene la música para descubrir que aquí se ha establecido el grupo Corazón Endiosado, unos músicos poco convencionales con reconocimiento a nivel mundial, ya que se han dedicado a estudiar y recrear instrumentos musicales de la época prehispánica y a partir de ellos han creado otros nuevos, con los que interpretan originales melodías de su propia inspiración.

CorazonEndiosado

Debido a la gran fama a nivel mundial que ha alcanzado Mineral de Pozos, ahora es sede de diferentes eventos internacionales, como festivales de cine y musicales.

Al atardecer nos dirigimos de nuevo a San José Iturbide para disfrutar la tranquilidad del pueblo y pasar una reparadora noche de descanso en nuestro hotel.

A la mañana siguiente, muy temprano nos dirigimos al municipio de Victoria, para una de las aventuras que he estado esperando con ansia. Llegamos al fin al centro vacacional El Salto, cuya ubicación en lo alto de una colina es privilegiada por la gran vista que ofrece del valle, además que sus magníficas corrientes de aire lo hacen ideal para los dos excitantes deportes que ahí se practican: el vuelo en ala delta y el vuelo en parapente. Este centro es cede de eventos de importancia internacional, al que acuden pilotos de todo el mundo y aunque no se llevan a cabo competencias oficiales, los saltos realizados aquí suman puntos en el Ranking mundial.

Por fortuna esta actividad no es sólo para profesionales, pues la gente sin experiencia como yo, también tiene la oportunidad de practicar cualquiera de las dos, volando en tándem con un piloto profesional. Así que me decido por el vuelo en parapente. Los instructores del centro me asisten para colocarme el arnés de seguridad y me lo ajustan perfectamente. Me coloco el casco y tiran del arnés para asegurarse que todo está esta colocado a la perfección. Se acerca el piloto con el que volaré y un poco nervioso le doy la mano:

—¿Cuántas veces has volado? —le pregunto.

—Es la primera vez —y los dos soltamos una carcajada que hace que mis nervios desaparezcan casi por completo.

El Salto

Por ultimo sujetan mi arnés al del piloto que me da las instrucciones que seguiré al pie de la letra. Observo cómo extienden el parapente detrás de nosotros mientras la cúpula se llena de aire y se levanta. Siento como las cuerdas de suspensión tiran de mis hombros al tiempo que el piloto me dice que corra lo más rápido que pueda. Cuando menos me doy cuenta mis pies han dejado de tocar el piso. Es en ese momento que percibo esa sensación que tanto disfruto y me es tan familiar, la he sentido cuando el avión entra en una bolsa de aire: mi estómago viaja hacia mi boca y de regreso a su lugar. De inmediato me invade una gran emoción, me siento libre y ligero. Entonces me doy cuenta: ¡Estoy volando!

Con gran maestría el piloto maniobra los comandos en cada una de sus manos, aprovecha las corrientes de aire y me doy cuenta que estoy en manos de un experto. Me relejo y me entrego totalmente a la experiencia. Disfro como nunca, al tiempo que sobrevolamos el valle con un paisaje rocoso y algo árido, pero que se adivina lleno de vida. De pronto el piloto decide hacer un par de piruetas que me emocionan aún más y le pido que haga algunas otras, a lo cual accede sin chistar.

Pronto comenzamos a descender suavemente hacia el fondo del valle. El vuelo dura varios minutos. Para mí no son suficientes.

Fotos del autor
Foto portada: usuario de Flickr Matthew

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