Esta vez la miré con otros ojos, los de aquel que va en misión de trabajo: los del periodista. La Habana, mi Habana, La Habana del turismo y de la comida criolla, la de La Bodeguita del Medio, la de los autos anteriores a 1959, mejor conocidos como “almendrones”; la de las jineteras, la que ésta vez se convirtió en el centro de las miradas del mundo entero, pues por primera vez desde el triunfo de la Revolución de Fidel, el presidente en funciones de los Estados Unidos iba a visitarla.

Sin embargo, fiel a su costumbre y conocedora de su belleza, no hizo mucho por embellecerse. La Habana, como buena mulata, sabe que su contoneo, su sabor, su perfume natural son suficientes para “captar” a cualquier visitante extranjero, para seducirlo y hacerlo suyo.

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Esta vez me adelanté a tan distinguido visitante. Arribé a la capital cubana cuatro días antes que Barack Obama. No vi nada nuevo o extraordinario. Las mismas calles, los mismos edificios a medio derruir, el Malecón igual que la última vez. Incluso la vida nocturna era la misma.

Esa noche me di una vuelta por el Malecón habanero, primero para comprobar que la seguridad entorno a la Embajada de los Estados Unidos era la de siempre. Nada nuevo. Luego regresé a la zona de Centro Habana. Caminé un rato y me detuve a descansar un momento. Era miércoles pero había mucho movimiento. Primero me abordó una morena, luego una rubia, finalmente una mulata. Es cierto, no había cambiado nada.

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Esa noche llegó el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Pasó desapercibido, aunque al otro día le otorgaron una condecoración. Después, me pareció que le aplicaron la “Foxiña”, la del episodio del presidente Vicente Fox con Fidel Castro en 2002, esa de “comes y te vas , porque ya viene Bush (en este caso Obama) y no quiero que te vea.

Sin embargo, lo cierto es que nada indicaba que La Habana fuera a ser visitada por el hombre más poderoso del mundo, y por ello decidí hacer un sondeo.

Me detuve en la esquina de la calle 23 y Malecón. Ahí hay una gasolinera. Me acerqué al dependiente.

—¿Podría hacerle un par de preguntas?

—Sí dígame.

—Es sobre la visita de Obama.

—No, yo de política no hablo.

Luego me acerque a una chica, quien hizo el gesto de mutis cuando le hice la pregunta. Igual me pasó con su compañero.

Finalmente, luego de cinco intentos conseguí una respuesta.

—Es un visitante más, como cualquier otro —me aseguró un hombre de color y cerca del 1.90 de estatura.

—Pero hace 88 años que no viene a Cuba un presidente de los Estados Unidos —le dije, tratando de obtener una respuesta más amplia.

—Pues sí, pero es como cualquier otro mandatario, como el Papa, como el presidente de Venezuela o el de la Unión Soviética. Es tan importante como cualquier otro.

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Intenté con otras dos personas y tampoco quisieron hablar. ¡¿Qué extraño?!, me dije, esos no son los cubanos que conozco.

Al día siguiente empezaron las obras de remozamiento. Dos días fueron suficientes para pintar las líneas sobre el asfalto, para poner plantas de ornato en los escasos jardines del Malecón, para poner adoquines y más plantas en los parques dedicados a Maceo y a Calixto García. Los edificios derruidos y las obras de reconstrucción sobre el Malecón las dejaron tal cual.

Llegó el día esperado, y con Obama la lluvia y el mal tiempo. Su primera actividad fue una visita al obispo de La Habana, Jaime Ortega, artífice junto con el Papa Francisco, de la reanudación de relaciones entre Washington y La Habana.

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La seguridad en torno a La Catedral de San Cristóbal, en La Habana Vieja, corrió a cargo de la policía cubana. La mayoría de sus elementos iban vestidos de civil, y muchos de ellos en calidad de infiltrados, confundidos con la gente normal. Me tocó empaparme, salí hecho una sopa, era inevitable. Como el encuentro fue privado no hubo oportunidad de nada más.

Al regresar me encontré con un personaje ataviado con un pullover —camiseta— negro con la reproducción del lábaro cubano, y a lo largo de sus manos la bandera de las barras y las estrellas, quien se quejó de que no lo habían dejado acercarse, “porque la estrategia de las autoridades cubanas era que Obama creyera que no había interés por su visita”.

Portada

De regreso al Centro de Prensa Internacional recorrí el Malecón. Quizás fueron la lluvia y el viento los culpables, pero estaba vacío, ni un alma, ni un papel, ni un coche, nada. Eso sí, un policía en cada esquina —no exagero—, pero nadie más.

La visita de Obama transcurrió sin contratiempos. Conferencia de prensa conjunta junto con su homólogo cubano Raúl Castro, donde el más cuestionado fue este último; reunión con empresarios norteamericanos y cuentapropistas cubanos, visita a una cervecera, encuentro con el cómico cubano Pánfilo, comida en una paladar; mensaje al pueblo cubano desde el Teatro Alicia Alonso ; reunión con disidentes; y asistencia al estadio Latinoamericano para el juego amistoso entre las Rayas de Tampa y la Selección Cuba de beisbol.

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Fue una visita breve que llenó de esperanza a los cubanos de a pié, y que nos permitió mirar con otros ojos a la capital de la Isla Mayor de las Antillas, aunque sin dejar nunca de hacerle guiños a esa otra capital, la del turista, la del extranjero, la de las mujeres exuberantes, la de la cerveza Cristal, la que me llevó a casarme dos veces — con dos cubanas distintas, claro—, la de la Patria de mi único hijo, la de la Cuba de mis amores.

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