Llegué a Osaka con dos propósitos muy claros: cambiar mi orden de compra por el Japan Rail Pass (JRP) y preguntar por la extensión de visa. Pensé que podría hacer ambas cosas en una o dos horas y eso me daría la tarde libre para visitar el Castillo de Osaka que, se supone, estaba cerca de la oficina de relaciones exteriores pero, como suele pasarme, pensé mal.

Antes de contarles cómo fue aquella tarde tan agitada, hay un par de observaciones que debo hacer: la primera, el JRP es un boleto de transporte que vende la compañía Japan Railways y que da acceso a sus servicios por siete, catorce o veintiún días, según lo adquieras; sólo se puede comprar fuera de Japón y es para turistas o no residentes. Cuando lo adquieres, te dan una orden de compra que debes cambiar por el boleto; la orden de compra por sí misma no es válida. La maravilla del JRP es que, una vez que lo tienes, puedes pasearte de lo lindo por Japón y terminar en lugares lejanos e inesperados, como me pasó en Miyazaki.

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La segunda, cuando un mexicano entra a Japón sólo debe llevar su pasaporte. Ahí, los de migración dan un permiso como visitante temporal, con una vigencia de 90 días. Pero como México tiene algunos tratados con Japón, es uno de los pocos países que puede solicitar una extensión de visa por otros 90 días —los demás son Alemania, Austria, Irlanda, Liechtenstein, Reino Unido y Suiza—. Así las cosas, pensé que no tenía sentido conformarme con 90 días si podía quedarme más. Pero no es tan fácil, los japoneses son amantes de la burocracia, así que uno debe hacer el trámite correspondiente para quedarse más tiempo en suelo nipón. Sabiendo eso, dirigí mis pasos hacia Osaka, con una mezcla de emoción y miedo al saber que me enfrentaría a una gestión en un país muy ordenado y cuyo idioma no domino.

Una vez que salí del tren, la primera duda me asaltó. ¿Dónde diablos se cambia el Japan Rail Pass? El sencillo esquema de la estación que tenía como referencia no se parecía en nada al lugar en el que me encontraba. Pregunté en una salida y me dijeron que no era ahí, que debía ir a la salida central. Ahí me señalaron el sitio. Era una línea de mostradores con varias filas. Me sentí como en el banco en día de quincena: para donde volteara, había un montón de gente formada.

Tomé la línea que tenía un cartel en el que se veía con letras grandes “JRP”. Estando ahí parada me sentí, por primera vez, realmente sola y ajena a todos. En la línea había varias familias de rubios anglosajones con maletas impecables, un par de parejas que parecían modelos profesionales de ropa de camping, una familia asiática muy seria y varios hombres vestidos con trajes oscuros que llevaban un maletín.

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La espera fue larga y tediosa o, al menos, eso me pareció. Al tocar mi turno, me acerqué al mostrador, y entregué mi pasaporte y mi orden de cambio. La joven sonriente que me atendió tomó los papeles y me pidió que llenara un formulario. Fue y regresó varias veces. Al final, me dio un tríptico con mis datos pegados y una especie de boleto grande. El trámite me llevó una hora, más tiempo del que había estimado; sin embargo, recién eran las doce y media y me sentía suficientemente optimista como para seguir planeando mi tarde en el Castillo de Osaka.

Dejé el lugar de mostradores con filas largas y busqué un centro de información. Di pronto con él. Pedí un mapa de Osaka y pregunté cómo podía llegar a la estación Tammabashi, donde se supone que estaba la oficina de relaciones exteriores. Me dieron un mapa del metro y otro de los alrededores de esa estación porque eran los únicos que tenían. Me explicaron cómo llegar a la estación que debía tomar y me dijeron que pidiera el mapa turístico de la ciudad en el módulo de información del primer piso. Encontrarlo no fue fácil. La estación se mezcla con un montón de tiendas y cuando menos me di cuenta ya estaba en una terminal de autobuses. Desconcertada, reanduve el camino, seguí con cuidado cada señalamiento y pregunté un par de veces hasta llegar al lugar que buscaba.

Una vez en el módulo de información, pedí el mapa turístico, y como estaba francamente perdida volví a preguntar cómo llegar a la estación aquella. Voltearon el mapa que me habían dado en el módulo anterior y me trazaron la ruta de nuevo, esta vez en modo subterráneo. Eso de lo subterráneo en las estaciones de Japón me saca mucho de onda, nunca sé como ubicarme y tanta tienda elegante me desespera. Pero como ya estaba confundida, decidí tomar la ruta que recién me habían explicado.

Antes y más fácil de lo pensado llegué a la estación. Compré mi boletito. Lo metí a la máquina que, a diferencia de los del metro de la Ciudad de México, no se lo queda, sino que le hace un agujero. Entré y ¡oh, triste decepción! Me equivoqué de sentido. Había entrado a la dirección contraria y ahí adentro ya no había forma de cambiar de andén. Apenada, fui con mi boletito agujerado con el uniformado de la puerta. No tuve que hablar mucho, mi cara y el boleto con hoyo eran más que suficientes. Me lo selló y me dijo que se lo enseñara al portero del otro lado para que me dejara pasar. Eso hice.

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A pesar del contratiempo, sólo eran dos estaciones así que yo seguía con mi optimismo a flor de piel. Sin embargo, salir de Tammabashi como lo decía Google Maps fue más complicado de lo que pensé. Estando ahí, las instrucciones ni siquiera tenían sentido, así que sólo caminé hacia donde vi una salida.

Una vez en la calle, traté de ubicarme. Según las instrucciones de Google Maps, la oficina estaba sólo a un par de cuadras. El problema era que no tenía idea de por dónde había salido. Busqué el mapa de ubicación, que de poco me sirvió porque estaba todo en kanjis (escritura japonesa). Respiré profundo para tranquilizarme y busqué el nombre de la calle. Estaba justo sobre ella. Saqué mi brújula y me dirigí en el sentido que decían las instrucciones.

Una vez que llegué a la calle y el número indicado en internet, supe que había un error. Nada por ahí parecía una oficina de relaciones exteriores. Pregunté a un vigilante de un edificio cercano. Él me llevó con la recepcionista, quien me explicó que la oficina había cambiado de ubicación a unas cuadras más adelante. Del escritorio sacó una hoja con las instrucciones para llegar a inmigración, escrita en romaji —alfabeto latino— y kanjis. Cuando me la dio, me explicó cómo llegar, incluso me pintó el recorrido y el edificio con un marcatextos. Salí y seguí las instrucciones del nuevo mapa.

De pronto vi un par de edificios de gobierno, en cuyas fachadas decía algo sobre los extranjeros y los pasaportes. Pensé: “a huevo, aquí es”, así que entré muy decidida y pregunté. Resultó que no era ahí pero me dieron otro mapa con las indicaciones para llegar a inmigración. Di las gracias y traté de seguir las instrucciones de los dos croquis.

Cuando llegué al lugar que indicaban las hojas que me habían dado, vi dos edificios iguales, uno al lado del otro. Se veía que en los dos hacían trámites pero en ninguno había indicaciones en romaji; se me hizo extraño porque se supone que ahí atienden a extranjeros. Como los dos edificios eran iguales, elegí al azar. Obviamente, elegí el equivocado. Fui al otro cuando me dijeron que sí era ahí me sentí dichosa. Al fin. Lo había logrado. Si no tardaba, podría comer algo viendo el Castillo de Osaka. Después de todo, no me había alejado tanto.

Castillo de Osaka

Castillo de Osaka

Me registré y me dieron un gafete con chip y un croquis de las oficinas para indicar dónde debía ir. Subí y pregunté en la única oficina que estaba abierta. El hombre bajito y delgado que me atendió sabía poco inglés pero fue suficiente como para decirme que no era ahí, que era en otra oficina de asuntos extranjeros. Me dio otro croquis con las indicaciones para llegar.

El asunto empeoraba. Después de estar “a dos pelos” del castillo de Osaka donde, según yo, almorzaría, tenía que ir hasta el puerto. Así, lo que se supone sería algo muy sencillo, según internet, se convirtió en la “visita de las siete casas” de asuntos extranjeros. Resignada, guardé el cuarto croquis de la tarde y emprendí el camino rumbo al puerto.

“Al menos veré el mar”, pensé durante el trayecto. Y fue cierto. En la penúltima estación vi el mar, la noria y un puente. “Qué hermoso es”, me dije, “cómo es que nadie lo nota”. Llegué a Cosmosquare y esta vez fue muy distinto. Desde la salida de la estación estaban las indicaciones en romaji para ir al edificio en cuestión.

Una mujer anciana me interceptó. Pensé que me quería vender algo pero no. Me preguntó de dónde era y qué idioma hablaba. Después de responder, buscó en su portafolio. Sacó un papel y me lo entregó. Era un folleto cristiano en español, en cuya portada decía que Dios no quiere que fume. “Qué bueno que no fumo”, me dije, “si no, seguro me va peor y seguiría perdida porque Dios no se enojaría conmigo”.

Ya eran las tres de la tarde cuando llegué a la oficina de asuntos extranjeros. Según me indicaron, atendían hasta las cuatro. Estaba un poco justa de tiempo pero como sólo iba a preguntar por los requisitos para el trámite, no me agobié. Entré, vi la disposición del edificio y me dirigí al módulo de información. Decidí sentarme en lo que esperaba a que se desocupara alguna de las personas que atendían.

osaka edificio visa

El señor que atendía en la puerta se me acercó y me preguntó qué hacía ahí. Le dije que era mexicana y que quería preguntar sobre la extensión de visa. Me dijo, con una simpática mezcla de portugués con español, que estaba de suerte y que podía empezar el trámite en ese momento. Me dio un par de hojas y me dijo que después de llenarlas, pasara a la ventanilla uno.

Las llené hasta donde pude. Había datos que no tenía y tampoco tenía la foto que solicitaban. Supuse que sería suficiente con intentar para ver cómo era el asunto y regresar después con la fotografía y la información completa. Fui con el señor que hablaba españo-portugués y revisó las formas. Completó algunos datos y me dijo que necesitaba llenar dirección y teléfono en Japón. Le respondí que no tenía.

—No hay problema —dijo sonriente, tratando de animarme—, sólo pon los datos de algún amigo.

Me quedé fría y me retiré al mueble en el que empecé a llenar los formularios. Como mi estupidez es inconmensurable, no se me ocurrió llevar la información personal de alguna de las varias personas que ya conocía en Japón. Claro, tenía los datos de mis anfitriones —para quedarme más tiempo en Japón, me hice miembro de WWOOF Japan, una organización que vincula a propietarios de granjas, hostales, escuelas, con voluntarios a quienes hospedan y alimentan a cambio de que se les apoye en sus actividades cotidianas. A esas alturas, yo ya había estado en cuatro lugares distintos—, como Tsutomu-san. De hecho, había visto las hojas con esa información justo antes de partir, al armar mi mochila de viaje. Decidí dejarlas, junto con el resto de cosas que habían quedado resguardadas por mi más reciente anfitriona, para no “cargar de más”. En ese instante, lamenté profundamente tan mala decisión. ¿Cómo era posible que hubiera viajado con esas hojas por medio Japón pero no las haya llevado justo donde necesitaba la información para extender mi visa?

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Traté de buscar algún respaldo en la notebook que llevaba, sin éxito. Después de minutos eternos, en los cuales mi cara había adquirido un color rojo encendido, característico de mis más vergonzosos y angustiantes momentos, el señor que hablaba españo-portugués se me acercó para ver qué había pasado. Le expliqué que todo lo tenía en mi correo —dato absolutamente cierto—pero ahí no tenía internet, así que tampoco tenía acceso a esa información. Me respondió con su gentil tono que no me preocupara y que dijera en ventanilla que no tenía domicilio fijo y que me quedaba en distintos hoteles.

Seguí su consejo al pasar al mostrador con la empleada de la oficina pero no funcionó. Ella me respondió que esa información era obligatoria para el trámite. Intenté explicar mi situación, sin mucho éxito. Tratando de conciliar las cosas, la mujer que me atendía preguntó si tenía boleto de regreso. Respondí afirmativamente, moviendo la cabeza y mostrando el boleto, que siempre traía conmigo, junto con el pasaporte. Después me preguntó si tenía fecha tentativa de regreso a mi país. Le dije que antes de Navidad o, de lo contrario, podría tener problemas con mi madre, con quien suelo pasar esas fechas. Me miró compasiva, como maestra amorosa que ve a su alumno menos avispado responder mal todas las preguntas del examen, a pesar de haberse esforzado mucho durante las clases.

—Vamos a revisar su información. Por favor, esperará por allá —me dijo, señalando el conjunto de sillas que estaban justo enfrente de ella.

“Ya valí madres”, pensé. Después de un tiempo, me llamaron y me pidieron que explicara todo otra vez, pero ahora por escrito. Bendita cosa, debía explicarlo por escrito y en inglés, como si la situación no fuera suficientemente humillante. Me armé de valor y sabiendo que no había nada más qué perder, describí la situación lo mejor que pude y lo entregué. La mujer que lo recibió me pidió que volviera a esperar y que mientras comprara un sello de cuatro mil yenes, que era el costo del trámite.

Caminé rumbo a la salida para ver dónde diablos compraba eso y el señor de la entrada me preguntó en su españo-portugués qué había pasado. Le conté todo, extrañamente tranquila. Al escucharme, me llevó al lugar donde debía comprar el sello, incluso le di el dinero para que él pagara y, mientras, platicamos un poco. Me preguntó si tenía tanto dinero para quedarme otros 90 días. Le respondí que no, que tenía amigos. Me dijo que comprar el sello era buena señal y que casi seguro me daban la extensión de visa. Yo no sabía qué creer.

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Esperé de nuevo. Me llamaron. Me dieron mi pasaporte. Me pidieron el sello. Lo pegaron a una hoja que firme y la mujer me dijo que era la última extensión de visa que me daban. Sonreí y agradecí entusiasmada. Oficialmente tenía 90 días más en Japón, a pesar de que yo ni siquiera iba preparada o con los datos completos. Me despedí del señor que hablaba españo-portugués y le regalé un chocolate mexicano como muestra de agradecimiento. Él se despidió de mí, deseándome un buen viaje.

Salí de las oficinas después de las cinco. Tenía mucha hambre, pero eso podía esperar. Ya que había ido hasta el puerto, decidí pasar la tarde a la orilla del mar, viendo a los pescadores. Ahí, fui testigo de cómo se oscurecía el cielo en el puerto de Osaka. Tal vez no había comido contemplando el castillo, tal vez ese día había tenido un récord histórico de errores, tal vez le faltaba olor al mar, pero estaba ahí, tenía 90 días más para disfrutar Japón y eso para mí era suficiente.

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