Luis se mira en el espejo manchado del baño. Se abrocha el último botón de su camisa, tan blanca que deslumbra si la toca la luz del sol. Se va a encontrar con algunos amigos en la explanada de la delegación Venustiano Carranza. Va a celebrar el Grito de Independencia, la fiesta cívica más importante en México. A diferencia del Zócalo, aquí no hay un reten que le impida pasar una chelita de contrabando, ni soldados o policías que le pasen báscula a los niños, pero debe cuidarse que no le estrellen en la cabeza cascarones de huevo rellenos de harina y terminar empanizado.

No hay que preocuparse por la comida; desde temprano se instalaron los puestos de antojitos mexicanos. Está la señora de las tostadas de tinga de pollo y salpicón de res, que las copetea con harta lechuga y un puñito de queso rayado, de ese que parece de plástico. Al lado se encuentra el don que prepara los crujientes buñuelos que, luego de romperlos en un plato desechable, baña con jarabe de piloncillo y canela. También se encuentran los muchachos con las manos manchadas de rojo por la salsa con la que marinan las alitas de pollo que asan en una parrilla que guarda la forma de tambo.

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El olor a mantequilla hace que uno dirija la mirada hacia el puesto de los hot cakes, preparados al instante y cubiertos de lechera, cajeta o mermelada de fresa. Y como hay que diversificar el negocio, aquí uno puede comer también una salchicha envuelta en una capa de masa de harina y huevo que, después de sumergirla en el aceite hirviente, se convertirá en una banderilla.

Pero hoy la noche es pozolera. Allí está un restaurante improvisado con mesas de metal forradas con un plástico blanco a manera de mantel. Hay que esperar a que se desocupe un lugar para pedir un humeante plato con ese caldo espeso en el que nada el maíz y trocitos de oreja, trompa y maciza de puerco. Claro que hay que aderezarlo con un puñito de orégano seco triturado entre las manos, su limón, un poco de color rojo del chilito de árbol o piquín y rematar con lechuga y rábano. Ahora se toma una tostada, se le unta crema, de la que venden a granel en la Merced, ¡y para adentro! Con mucho gusto, cómo no.

Y mientras uno come, al fondo suena la música de banda de algún conjunto invitado por las autoridades de la delegación. No son conocidos, por eso su actuación pasa sin pena ni gloria, aunque hacen su esfuerzo y gritan un “viva México” que nadie vitorea. Lo que la gente espera es a la Banda Pequeños Musical, a Cuisillos y a Lupillo Rivera, con todo y corrido dedicado a la fuga del Chapo con burla al gobierno federal.

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Lo que una abuelita extraña es a la compañía de danza regional del centro comunitario. “Era bien bonito el bailable, las muchachas con sus mejillas coloreteadas y los hombres con bigote, aunque algunos se lo pintaban”.

Pero lo que al nieto de nueve años y sus hermanos les interesan los juegos mecánicos, esos con formas de ruedas de la fortuna, barcos con cabezas de dragón y canastos que giran y giran de forma vertiginosa.

Para ellos la celebración patria ya no tiene cara ni de héroe de libro de texto. Ahora su rostro es el de una máquina, que no deja de tragar gente entre sus fauces de luces amarillas, rojas y neón. Y luego de masticarlas, marearlas y hacerlas gritar por unos minutos, las arroja otra vez hacia el exterior, aturdidas, maltratadas, pero inexplicablemente felices.

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Y así toda la noche, el remolino, las tazas, el látigo, la corona y demás juegos de feria continúan con esa condena interminable, que parece una analogía del mundo en el que nos toca vivir: comer y vomitar gente.

Fotos: Delegación Venustiano Carranza

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