[Baile ]
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo.

José Gorostiza, Muerte Sin Fin

Una mujer con el rostro blanco y los contornos de los ojos en negro camina entre cientos de personas. Intento no perderla de vista, la acecho entre las multitud. Está ataviada con un vestido largo, negro con detalles morados. Es la muerte, en su representación más sensual jamás imaginada: una catrina. Es la muerte que me enamora. Imagino alcanzarla, tomarla del detalle, susurrar en su oído alguna insinuación y bailar… ¿danza árabe? Desde uno de los cinco escenarios en la Megaofrenda de la UNAM un extraño espectáculo me roba el momento de arrobo: tres mujeres mueven las caderas al ritmo de danza árabe, disfrazadas de catrina. Esto es sincretismo y no mamadas.

Las ofrendas son para los vivos. Por eso las colas para entrar a la Megaofrenda de la UNAM durante el pasado fin de semana semejaban por momentos las filas para comprar boletos del metro en estaciones terminales. Es una fiesta, una celebración. Por eso no falta a quien estas fechas les produce más emoción que la navidad. Lejos de las críticas nacionalistas para ponderar el día de muertos sobre el halloween, o las reflexiones psicosociales sobre la relación del mexicano con la muerte (con Octavio Paz nos basta y sobra); vale la pena detenerse a observar a los vivos, dando vueltas alrededor de un estadio que asemeja un monumental altar a la muerte.

Megaofrenda-sella-de-ruedas Los 140 altares dispuestos alrededor del Estadio Olímpico parecen disputar entre sí por ser el mejor, como un concurso de carros alegóricos. Este año, sin embargo, la temática dejó poco para la imaginación: los 200 años de la muerte de Morelos. Calaveras con paliacate, escenas de la guerra de independencia representadas con calaveras y constituciones entre tumbas, fueron la constante en la mayoría de los altares. Nada comparable con una de las mejores versiones de este festival, cuando hace una década fue dedicado a Juan Rulfo.

Morir es poco…

Cualquiera puede completar la frase. En un arrebato ‘lopezvelardeano’ los organizadores de la Megaofrenda pretendieron este año combinar las lecciones de historia patria con la tradición del día de muertos. Pero esta fecha, cada día más cercana a una fiesta que a un ritual, difícilmente se ciñe a un orden histórico. La muerte es, en estos días, todo lo que quieran menos solemne cual clase de historia. No tengo nada en contra de Morelos, pero los paliacates y las constituciones no son precisamente un terreno fecundo para la imaginación mortuoria.

Megaofrenda-morelos Uno de los altares más destacados representaba a gran escala a un Morelos emergiendo de su propia tumba. Como si supiera el ‘héroe’ que es momento de volver a esta tierra, porque algo anda mal por aquí, como que hacen falta hombres para morir, como si no fueran suficientes los miles de muertos cada año… Pero no, nada de política. Después de que el año pasado las ofrendas en diferentes lugares del país fueron aprovechadas como espacios para manifestar posturas antigubernamentales, en esta edición parece haberse cuidado evitar este tipo de referencias.

Sin embargo es difícil tapar el sol con un dedo. Las ofrendas públicas han sido desde años atrás, sin lugar a dudas, también una oportunidad para protestar, criticar y burlarse, así de la muerte como del gobierno. La única ofrenda que se acercó acaso a esta tradición fue una que mostraba, entre otras, tumbas con los nombres de Barak Obama y Enrique Peña Nieta. Pero era cuestión de tiempo, de un descuido, de una oportunidad.

Megaofrenda-43 Por la tarde del sábado, cuando muchas ofrendas ya habían sufrido los estragos del tiempo y el olvido, apareció en una ofrenda un papel picado con un mensaje sencillo pero claro: “Yo no me llevé a los 43”.

“¿A dónde van los desaparecidos?” No puedo evitar hacerme la pregunta y recordar la canción de Rube Blades. Ellos, en la indefinición entre la vida y la muerte, sin presencia en un altar de muertos, ni entre los vivos que celebramos la muerte. Si no se los llevo ella, la catrina. ¿Entonces quién?

Llueve sobre Ciudad Universitaria. Y desde el cielo el mensaje es claro: la fragilidad de nuestras celebraciones ante la inclemencia de los fenómenos naturales. Las ofrendas de muertos, obras al fin de vivos, no escapan como tales de la futilidad de la existencia. “No para siempre en la tierra”, parece gritar la lluvia mientras cae y diluye en parte, muchas de las obras de los hombres, para los muertos.

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