—Nombre, joven. Sus mueblecitos son bien fáciles de trasladar. La cosa son los libros: hacen que las cajas sean bien pesadas y vamos a un segundo piso.

Dice don José, un hombre de 45 años de edad, con mirada analítica y calculadora que lo hacen ver mayor. Su piel está quemada por el sol, los brazos fortalecidos por las miles de cajas y muebles que ha cargado desde hace 19 años que empezó en el oficio del mudancero. Su panza es sobresaliente, por las cervezas que ha bebido y la mala alimentación que ha llevado desde entonces.

El joven queda un tanto confundido; creía que su mayor problema sería el refrigerador que, a su parecer, es más ancho que el pasillo del edificio al que se va a mudar. Pero resulta que sólo es un mueblecito que no necesita ser “volado” para entrar al inmueble.

—De verdad, no le estoy cobrando caro. Además conmigo tiene la garantía que nada se va a perder, aunque las cajas estén abiertas, como esa donde tiene sus disquitos. Todo llega a su nuevo departamento; si algo me distingue es que soy honrado y los muchachos que me ayudan también.

Foto: Meestagoat http://bit.ly/1Bottt5

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El joven acepta y se pone de acuerdo con don José para que llegue el siguiente lunes y mueva todas sus cosas de la colonia Moderna, ahí por el metro Viaducto, al Centro Histórico, a la altura de la Plaza de Santo Domingo. En ese tiempo él terminaría de empacar. Tenía todo planeado: la ropa, así con todo y ganchos, en una sábana para que se convierta en un gran paquete, al fin no es tanta; los libros, que sí son bastantes como para presumir una modesta biblioteca, apilados en grupos de 10 o 15, amarrados con cáñamo para que sea más fácil su transportación; los discos, que también se cuentan por cientos, en cajas medianas; las máscaras de madera, esas que su utilizan en danzas rituales y que adornan la pared, envueltas en papel de estraza u hojas de periódico para que no se maltraten.

Sin embargo, como dicen las abuelitas: uno pone, Dios dispone, llega el diablo y lo descompone. El lunes a las seis de la mañana la ropa no estaba empacada en la sábana y faltaba guardar esos pequeños objetos que son tan difícil de clasificar: que el portalápices, la extensión eléctrica, las cientos de post its con pendientes, la papelera llena de hojas sueltas con información que supuestamente algún día servirá, las cuentas de luz y teléfono, los folletos del viaje a Italia hace dos años, el pasaporte, la llave electrónica para revisar la cuenta bancaria por Internet, los discos compactos sin caja, las medallas que prueban que alguna vez compitió en carreras de 10 kilómetros y un maratón… La lista es larga, muy larga. Y por más que el muchacho guarda, no termina. Sólo los libros, los discos y cuadernos, así como las máscara de madera están ya en cajas.

A las nueve de la mañana el timbre suena. El rostro del joven palidece: está asustado, aún no acaba y lo más seguro es que a la puerta esté un camión de carga para llevarse sus pertenencias. El sujeto cierra lo ojos y pide al universo que no sea don José. Y es tal la fuerza de su deseo que le es concedido: don José no tocó el timbre; es su socio, don Serafín, con su chalán.

—La mudanza, joven ¿Es usted el que va para Santo Domingo? Jorge me mandó. Él llega en un rato, pero nosotros ya estamos puntuales aquí. ¿Todavía no acaba de empacar? A ver. No se preocupe, joven, usted siga guardando y nosotros mientras subimos los mueblecitos.

Foto: Elena Cabrera http://bit.ly/1Bou1Pm

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Y el joven ya no selecciona su cosas. Simplemente las guarda, así como van, en cajas de frituras y cerveza o bolsas de basura tamaño jumbo. Confía en su memoria para encontrar todos los objetos una vez que esté en su nuevo hogar. Qué iluso, en el fondo sabe que la mnemotecnia no es lo suyo.

—¿Qué pasó joven? —suena la voz de don Jorge que llega luego de una hora.

Serafín sigue llevando cajas a la mudanza y el chalán toma una bolsa y guarda todo lo que ve a su paso: cuadernos, revistas, basura.

—¿Ya ve?, le dije que lo tomara con calma. Pero ya le falta menos. Así son estas cosas.

Don Jorge se recarga en la pared, sonríe, pero no es burla, es algo peor: se trata de la mueca de quien mira con compasión al inocente. ¿En qué momento se le ocurrió al muchacho que una semana era suficiente para empacar cinco años de su vida? Pero dos horas después lo logra. Guardó todo, o casi todo lo que debía ir en la camioneta.

Fue a la calle para dar un vistazo a la carga. Don Jorge, Serafín y el chalán no se veían cansados. Al contrario lucían fuertes, enteros. No usaban fajas, las hernias no les preocupaban. Lo que si los tenía con pendiente eran la propina y la Coca-cola para la sed.

—No, joven —dice don Jorge—, cargar es “papita”, lo duro es descargar y subir dos pisos. Pero no se preocupe. Una vez tardamos dos días en hacer una mudanza. Fue de aquí a Cuernavaca. Era una casota, tenía dos pisos. Ahí lo pesado fueron los muebles: eran de esos de madera, antiguos, pesados, pesados. Por eso sus mueblecitos para nosotros son ligeros. ¿Y qué cree? Aquel señor ni nos dio propina, “quesque” era suficiente con lo del pago. Para mi sí, pero los muchachos con eso completan el sueldo. Y con eso que ahora nos quieren cobrar un impuesto por hacer mudanzas, pues la propina nos cae de perlas.

Foto: Ali http://bit.ly/1zdPweu

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El joven regresa a la que fue su vivienda los últimos años. Mira las paredes de un blanco percudido y reconoce las marcas que dejaron las máscaras que las adornaban. Pronuncia un par de palabras y su voz rebota de un muro a otro hasta regresar hacia él en forma de eco. La presión por empacar desapareció y dio paso a la nostalgia. En ese lugar decidió abandonar su trabajo y dedicarse a su nuevo oficio, escribir; ahí se enamoró, ahí le ofreció matrimonio a su novia y se casó; ahí murió su perra, La Negra, la que un día le tributó un ratón muerto que él pisó sin darse cuenta con los pies desnudos; ahí sus vecinos, los escandalosos del seis, los mismos que aventaban comida a su otro perro, El Güero, para que no sufriera la ausencia de sus dueños cuando se iban a trabajar, se convirtieron en más que amigos, carnales, como él les llama.

Tomó su mochila con su computadora y dio un último vistazo; no olvidaba nada. El corazón latió más rápido y tuvo una sensación que corría del estomago hacia el pecho. No producía dolor, pero lastimaba. Entonces liberó esa emoción con una lágrima y se sintió mejor. Cerró la puerta y ya no miró más atrás. Ahora lo esperaba una nueva vida. Bien lo dice esa frase que algunos le cuelgan a Mario Benedetti: “Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida”.

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