Come on Eileen, oh, I swear (well he means)
At this moment, you mean everything…

Me pareció pertinente esperar la llegada de mi nueva anfitriona escuchando aquella canción ochentera; después de todo, se llamaba Eileen. El alegre ritmo sonaba con estruendo en mis oídos, cuando una camioneta azul se estacionó justo enfrente de mí. Una mujer delgada, sonriente y de flequillo me saludó con la mano. No tuve dudas: era ella. Me acerqué y coloqué mecánicamente mis maletas en la parte trasera del vehículo, mientras la miraba de reojo. Lucía demasiado amable y joven para sus 33 años.

Hasta ese momento, Asuka era la última parada programada en mi viaje por Japón. Lo elegí porque estaba cerca de Nara, la ciudad con un Buda gigante que moría por conocer. Cuando indagué sobre el lugar, me dio gusto descubrir que también es un tesoro de la historia japonesa, pues fue capital del país precisamente durante la era Asuka, allá por el año 538.

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12.-la-granja

La casa de campo Tomaryanse estaba cerca de la estación de tren, así que llegamos en cosa de minutos. Con sólo mirar el lugar por fuera mi corazón dio un vuelco: se trataba de una casa tradicional japonesa que bien podría ser el set de grabación de alguna película de samuráis. La entrada empedrada conducía a una puerta corrediza de madera. El techo inclinado y los grandes ventanales de cristal hacían juego con el comedor rústico que hacía las veces de desayunador al aire libre.

Adentro, la experiencia mejoraba. El lugar constaba de dos habitaciones tradicionales japonesas: piso de tatami, puertas corredizas de madera con fondo blanco, mesas bajas, cojines para sentarse en el piso y artículos de decoración originales de los antiguos dueños de la casa.

Eileen me condujo a lo que se convertiría en mi habitación, que se encontraba en la parte posterior del inmueble. Subí las escaleras que estaban junto al baño y al lado derecho encontré un espacioso cuarto con piso de tatami y puertas corredizas de madera con papel arroz, justo como las había visto en películas japonesas y anime. Mi primera asignación del día fue simple: debía limpiar el lugar para instalarme después.

Al parecer, interrumpí la siesta del gato de Eileen que se encontraba acostado sobre lo que, supuse, era mi futón. El gato se levantó de mala gana, se estiró, se lamió un poco, me miró con desdén y salió con la cola erguida. Hecho esto, limpié el lugar en poco tiempo.

Estaba entusiasmada. Por lo que sabía, Eileen era mitad japonesa y mitad estadunidense, además era muy joven y estaba sola, tal vez eso aliviaría la tensión y podría, al fin, tener una cena sin un interrogatorio interminable sobre mi país y nuestras costumbres. No más machismo velado, como en lo vi en otros lugares y, si tenía suerte, hasta podría saber lo que ella sentía y no viviría con la incertidumbre de si sólo estaba siendo amable, porque así deben ser.

9.-sandalias

Cuando bajé a la cocina para ayudar me encontré con una tarea: debía usar una especie de sandalias altas de madera para caminar de la cocina a las habitaciones de los huéspedes y llevarles los alimentos en una charola. Tal vez parece una tarea simple, pero no lo es si no sabes andar con tan incómodos zapatos. Haciendo de tripas corazón, respirando profundamente y caminando muy despacio, pude cumplir con mi misión sin caer de bruces, derramando la sopa miso o el té.

Al volver a la cocina, lo noté por primera vez: aquella joven sonriente que me recibió en la estación había desaparecido. Ahora estaba ante mí una mujer un poco brusca de modos que insistía en “enseñarme” para qué servía cada plato, pues parte de mis tareas era prepararlos para servir desayunos y cenas. No quise interrumpirla ni aclararle que ya sabía, después de todo, ella sólo estaba cumpliendo con su trabajo.

Cenamos juntas y en silencio. Ella comía rápido, como si tuviera mucha prisa. Cuando terminó, cerró los ojos, sonrió y suspiró, parecía que por fin se daba tiempo de disfrutar lo que se había llevado a la boca. Yo no iba ni a la mitad. Me miró impaciente y dijo en tono irónico:

—Vaya, te gusta comer despacio.

¿De qué hablaba? Yo estaba comiendo normal, ella era la que había devorado todo, como si se tratara de un concurso. Esperó un tanto molesta a que yo terminara los alimentos. Se despidió y me citó para el día siguiente a las siete de la mañana en la cocina. Debíamos preparar el desayuno de los huéspedes. Lavé los trastes y me subí a descansar. Tal vez Eileen sólo estaba cansada y al otro día volvería a ver a la joven radiante de la estación.

La joven radiante no apareció, en su lugar estaba otra vez la mujer seria, bajando de su habitación unos minutos después de la hora acordada y dando instrucciones tajantes. Me pareció extraño, los japoneses suelen ser la mar de puntuales y, si no amables, al menos sí políticamente correctos. Supuse que era por el ligero retraso, así que me concentré en hacer todo lo que me decía.

Pude servir el desayuno con menos miedo que la víspera anterior, pero todavía me sentía muy insegura. Domar esas zapatillas me tomó un tiempo. Mientras los huéspedes desayunaban, nosotros hacíamos lo propio, comimos sopa miso y arroz, el menú básico que, de vez en vez, se aderezaba con algún resto de la cena del día anterior. Otra vez no sentamos a la mesa sin cruzar palabra, otra vez ella devoró los alimentos con velocidad de colibrí, otra vez cerró los ojos, sonrió y suspiró al final, y, claro, otra vez me miró con fastidio al ver que yo no terminaba mis alimentos. Sólo que entonces no esperó que terminara, los huéspedes estaba por irse y eso le dio el motivo perfecto para dejar la mesa.

4.-Comida

Con los huéspedes era otra persona, la misma que yo había visto por primera vez: risueña, atenta, radiante, como un conjunto de rayos de sol.

Una vez que se fueron, regresó a la cocina. Yo ya estaba lavando los trastes. Me asignó las tareas del día: limpiar ahí, barrer y aspirar las habitaciones de los huéspedes, quitar las fundas a futones y edredones, lavar la ropa de cama, tenderla y barrer la entrada y los pasillos.

—También tienes que regar las flores de allá afuera, pero ya lo hice yo —agregó en tono autosuficiente, como si me lo estuviera echando en cara. “¿Yo qué iba a saber que eso era parte de mi trabajo?”, pensé cabizbaja.

Cuando terminé de limpiar la cocina y empecé con los aposentos. Ella ya había quitado las fundas de futones y edredones y había puesto a lavar la ropa de cama. “¿Entonces para qué diablos me pidió que yo lo hiciera”, me dije un tanto molesta. Traté de mantener la calma mientras ella me explicaba cómo debía barrer el tatami y lo delicado que era, pues se trata de una estera de paja. Como el día anterior, dejé que me enseñara sin oponer resistencia, después de todo, era la primera vez que alguien tenía la atención de decirme a detalle cómo hacerlo.

Barrí y aspiré, siguiendo sus instrucciones, y fui a un espacio oculto que estaba entre la habitación grande y la chica, que hacía las veces de depósito de blancos. Vi varias fundas tiradas en el piso, junto a una canasta; el resto se encontraba doblado y guardado en un contenedor plástico. Como me había dicho que entre mis funciones estaba mantener en orden la ropa de cama, doblé lo que estaba en el piso y lo guardé con el resto. Cuando terminé, llegó ella a preguntarme qué estaba haciendo.

—Guardé ahí las fundas que estaban en el piso, como no sé dónde van… —dije con tono manso, señalando los contendores plásticos. Ella me interrumpió en el acto y estalló en cólera, entornó los ojos, se puso roja y dio una gran bocanada de aire antes de gritar:

—¡Exactamente! ¡Tú no sabes! ¡No hagas nada que yo no te diga! ¡Lo del piso es ropa sucia! ¡Sácala y déjala ahí!

Me quedé de una pieza, era la primera vez que veía a un japonés fuera de sí. Ni siquiera aquél joven que me trató tan mal en el ascenso al Fuji había llegado a esos extremos. Me disculpé tanto como pude, mientras hacía lo que me había pedido. El resto de la mañana, traté de evitarla. No tenía idea de cómo lidiar con un japonés iracundo.

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6.Eileen

Eileen

Sorprendentemente, en la hora del almuerzo todo estuvo mejor, incluso se animó a platicar un poco. Me contó de una voluntaria anterior con la que había tenido muchos problemas. “Con ese genio, no me extraña”, pensé para mis adentros pero, siguiendo la etiqueta japonesa aprendida en esos meses, guardé mis impresiones y sonreí con amabilidad.

A partir de entonces, entendí que Eileen era una japonesa “poco ortodoxa” y vi que sus fluctuaciones de humor eran muy similares a las mías, así que aprendí a aceptarlas y fingir que todo estaba muy bien, como todo me habían enseñado en esos lares.

Mis tareas vespertinas era un tanto simples: debía quitar la pelusa de las fundas con un rodillo y preparar futones, fundas y almohadas para montarlas tan pronto lo pidieran los huéspedes. Después, debía ayudarle en la cocina, principalmente lavando trastes y sirviendo la cena.

Cenamos juntas y ella volvió a platicar un poco más, incluso me preguntó por mi novio, con quien me había escuchado hablar el día anterior. Yo estaba un poco a la defensiva, así que no supe si era una charla amigable o si, implícitamente, me estaba echando en cara mi llamada nocturna a un tono aparentemente alto. Sin importar sus intenciones, respondí entusiasmada, era la primera vez que entablábamos una conversación real.

Nayuko

Nayuko

Al día siguiente llegó una chica japonesa llamada Nayuko para ayudarnos con los deberes. Era una adolescente tímida y simpática que hacía las cosas con una diligencia admirable. Eso me liberó de varias tareas, pero no de las llamadas de atención de Eileen. Estaba quitando la pelusa de las fundas cuando se acercó para decirme:

—Te tardas mucho, no es con tanto detenimiento, nada más tienes que quitar los cabellos y las basuras grandes —dijo, quitándome el rodillo de las manos y mostrando cómo debía ser, dando pasadas rápidas y certezas. Traté de imitarla, mientras ella volvía al banco de madera de la entrada a fumar.

Por la noche, el problema fue que le ponía demasiada atención y cuidado al lavado de ollas.

—No tienen veneno, no cocino con sustancias tóxicas. Sólo lávalas y ya.

A esas alturas de mi estancia, Eileen no era mi persona favorita, pero admití que tenía razón en ambos casos: yo y mil malditas compulsiones.

Los deberes diarios tenían pocas variaciones y me dejaban tiempo suficiente para explorar el pueblo, lleno de rocas ancestrales. La rutina se estableció rápido. Mi día favorito era el domingo, porque iba Nayuko. También me gustaba recibir la visita a Yoko, la dueña del lugar, quien en la primera charla de diez minutos supo más de mí que Eileen en varias semanas.

13.cocina

Mi caprichosa anfitriona me dejaba almorzar sola la mayoría de las veces. Decía:

—Ahí hay verduras, huevo, queso, pan… Puedes prepararte lo que gustes.

A veces hacía pasta para las dos. Yo prefería esos almuerzos, comía con ella y su pasta era bastante buena. Aprendí a comer rápido —aunque nunca tan rápido— y a disfrutar al final, cerrando los ojos, sonriendo y suspirando. También aprendí a hacer las cosas como le gustaban, así me evité algunas reprimendas más. Incluso aprendí a valorar su caprichosa forma de ser; después de todo, era lo que yo había deseado al llegar ahí.

Cuando superé la aversión, empecé a ver las cosas buenas. Recuerdo con cariño el día que me puso a germinar semillas:

—Mira, casi lo llenas, luego colocas dos semillas un tanto separadas, cierras los ojos, pones tu mano y les pides con mucho cariño que por favor crezcan fuertes y sanas porque las necesitamos, luego las cubres con un poco más de tierra y ya está.

Cuando terminé la tarea, ella regresó y también pidió a las semillas que crecieran sanas y fuertes.Ya había estado en granjas y sabía hacer las tareas comunes, pero sólo Eileen me enseñó a comunicarme con las plantas y a tratarlas como auténticos seres vivos.

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10.-Eileen-1

Sabía de su vida por retazos que me soltaba aquí y allá: que su padre era estadunidense, que tenía una hermana gemela viviendo en Hawái, que había vivido en Inglaterra y en Italia, que no le gustaba Estados Unidos y que su casa estaba en Kyoto. Lo demás, lo sabía por mera observación: fumaba al menos cuatro cigarros al día, su mañana no podía empezar sin tomar café, no comía dulces —razón por la cual me daba todos los que le regalaban—, le gustaba ver el atardecer sentada en el banco de la entrada bebiendo cerveza y adoraba a Peko, su gato. Lo demás era un misterio.

Un par de días antes de la despedida, decidí interrogarla cuando estábamos sentadas en la banca de la entrada, mirando el atardecer y bebiendo cervezas. Así supe que fue criada en Japón por su madre, quien murió cuando ella era una adolescente. Su padre regresó a Estados Unidos pero ella no quiso irse con él, en su lugar, se fue un año de intercambio a Inglaterra y regresó sólo para matricularse en una escuela de artes en Italia, donde pasó tres años. Intentó vivir con su papá en el continente americano, pero no le gustó, así que regresó a su amado Japón a tratar de encontrar su camino. De alguna forma u otra, en sus estancias fuera del país siempre terminaba trabajando en algo relacionado con hospitalidad y atención al turismo, así que instalada en Kyoto y con conocimientos en otros idiomas, le fue fácil colocarse en una empresa hotelera.

Sin embargo, Eileen es demasiado ella así que una noche se cuestionó seriamente lo que quería hacer y si estaba en el camino para lograrlo. La respuesta era no. Tenía otras aspiraciones: impulsar el ecoturismo, llevar a los turistas a pasear en bicicleta, organizar días de campo a orillas de la tierra trabajada, sembrar y cosechar alimentos orgánicos que fueran buenos con la naturaleza y con quienes los consumen; en suma, quería hacer algo positivo para ella misma y el mundo, pero sólo estaba detrás de un escritorio haciendo reservaciones. Sin perder más tiempo, hizo una lista de las actividades y un plan de trabajo para darle un giro a su vida.

Por si fuera poco, en esa noche de introspección, se dio cuenta de que estaba enamorada de su mejor amigo y el tema del amor es muy complejo en esos rumbos; sólo con darse cuenta, su mundo se tambaleó y se puso a llorar hasta quedarse dormida sobre la mesa.

Al día siguiente, le mostró a su jefe el plan de trabajo que había elaborado, pero lo rechazaron y ella presentó su renuncia. También le confesó su amor al amigo, quien la desalentó sutilmente. Empezaron así los días aciagos. La falta de ingresos se convirtió en problema porque no estaba sola, también se hacía cargo de su hermano discapacitado. Consiguió otro trabajo en un lugar pequeño, con un dueño que laboraba día y noche, quien la acogió.

Pero Fortuna tenía otros planes para ella. Un día, un amigo le consiguió una entrevista en un hotel de un pueblo cercano llamado Asuka. Fue, sin mucho entusiasmo. La entrevista pasó sin pena ni gloria. Antes de regresar a Kyoto, fue a comprar un café en un local cercano y el dueño le preguntó qué hacía ahí. Eileen respondió y justo en ese momento llegó al lugar el esposo de Yoko, quien buscaba a alguien que le ayudara a administrar la casa de campo Tomaryanse. Charlaron un poco y pronto se dieron cuenta de que estaban en la misma frecuencia: era un lugar que quería fomentar el ecoturismo, dar paseos en bicicleta, días de campo y, además, tenía varias tierras en las que sembraban arroz y otros vegetales, todo orgánico.

2.Yoko

Yoko, la dueña de la granja

Sobra decir que no se quedó con el puesto de la entrevista aquella, pero consiguió uno mejor en un lugar en el que ella podía realizar sus sueños.

En ese momento entendí todo: su actitud, sus cambios de humor, su sinceridad a ultranza. Era una mujer fuerte y decidida, dispuesta a dejar todo para seguir sus sueños, algo muy difícil de lograr en una sociedad que es muy estricta, que antepone el bien común a los deseos personales y que, además, es un tanto machista. La miré fijamente, sonreí, agradecí que me compartiera su vida y, en mi fuero interno, hice las paces con ella, pues lo que más me inspiraba entonces era admiración.

Al otro día me llevó a las tierras de cultivo de Yoko y su esposo y a contemplar una de las mejores vistas de terrazas de arroz en todo Japón, orgullo de Asuka. El sol iluminaba su larga cabellera y el atuendo de gorro con vestido a flores le hacía lucir como una chica mori, con esa mezcla bucólica, delicada y profundamente femenina del estilo japonés.

A la mañana siguiente, me despedí de Eileen y Yoko para ir a recorrerel sur de Japón. Un par de semanas después, recibí un correo de Yoko en el que me pedía volver para ayudarles con la cosecha de arroz. Sin dudarlo, respondí que sí y regresé al Asuka de mis amores, a mi habitación con tatami y puerta corrediza de madera con papel arroz, a compartir el futón con Peko y a beber cerveza con Eileen, mientras se ponía el sol.

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8.Arrón

La vida transcurría fácil. Eileen se convirtió en algo así como mi hermana mayor. Ya no hubo más gritos ni reprimendas, aprendimos a cenar al mismo ritmo, a charlar y a quedarnos en silencio con familiaridad, como si lleváramos mucho tiempo juntas. Yo cantaba y ella reía, luego llegaba Peko y nos chillaba a las dos. Todas las mañanas, sonreía mientras tomaba su café y decía “hoy es un día bonito” y lo era. Yoko se daba sus vueltas de vez en cuando y me enseñó a cosechar arroz.

La despedida final llegó sin sentirla. Esa mañana Eileen me dijo que quería prepararme el almuerzo para llevar y acompañarme a la estación. La dejé hacer. Recogí mis cosas y fuimos al mismo lugar del primer encuentro. Ella esperó hasta que pasó mi tren; antes de abordar, nos despedimos agitando la mano.

Cuando llegué a mi nuevo destino, un pueblo a las afueras de Osaka, saqué mi almuerzo y me dispuse a comer, mientras llegaban mis nuevos anfitriones. Entonces vi una nota de Eileen:

“Gracias, Katya. Eres una gran trabajadora y buena amiga. Tuvimos agradables conversaciones. Escribe cuando quieras y cree en tu camino. Sé que puedes hacerlo porque ya estás ahí. Extrañaré escucharte cantar y tu forma de decir ‘oh, Dios mío’. Con amor…”.

Fortuna quiso que en ese momento sonara en mi reproductor de música una canción conocida:

Come on Eileen, oh, I swear (well he means)
At this moment, you mean everything to me…

Lloré sin poder contenerme ni un poco. Hasta la fecha, todavía se me hace un nudo en la garganta cuando aparece por ahí. Extrañar es un verbo complicado.

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