Esa mañana, al subirme a la ambulancia mi único pensamiento era tener una buena historia y constatar con mis propios ojos que la Cruz Roja y sus paramédicos brindan su ayuda humanitaria a todo necesitado, a cualquier hora y en cualquier lugar.

Nunca me había subido a una ambulancia, sólo las había visto transitar entre el tráfico de la ciudad, meterse por el carril confinado del Metrobús y buscando alternativas viales. No imaginaba que la distribución del espacio estuviera estratégicamente diseñado para que en cualquier situación dos paramédicos pudieran realizar las maniobras en movimiento y tengan el equipo y maletas de primeros auxilios a la mano, además que en los sillones laterales pueda ir el familiar sentado sin estorbar. En ese lugar iba yo.

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Sólo bastaron diez minutos arriba para escuchar la alerta de auxilio en la radio. Teníamos que llegar en siete minutos a un choque en Lomas de Chapultepec desde la calle Luis Vives en Polanco, ambas zonas al poniente de la Ciudad de México. Al llegar al lugar no había nada que lamentar. El saldo eran tan sólo raspones, crisis nerviosas y vidrios rotos.

Más tarde, el siguiente llamado fue una consulta a domicilio a una mujer de edad avanzada. La glucosa le jugó una mala pasada y los familiares llamaron a la ambulancia ante su palidez.

Recuerdo que comentábamos en el trayecto de Reforma, a la altura del Ángel de la Independencia, hacia Polanco que, gracias a Dios, en el turno no hubo ni muertos ni atropellados.

Ya casi daban las dos de la tarde y estaba a punto de terminar el turno cuando el paramédico Armando Téllez, responsable de la ambulancia, me preguntó si me gustaría concluir mi jornada con ellos, pues había salido de última hora un servicio. No pude negarme y emprendimos el viaje hacia la colonia San Rafael.

No recuerdo la calle, pero sí una farmacia en la esquina. Ahí estaba un hombre haciendo señas para abrirnos paso. Era la hora de la salida de una primaria. Había mucha gente, niños con sus mochilas, hombres y mujeres mirando a aquel hombre desvanecido en medio de la calle, con el pecho descubierto, recibiendo reanimación cardiopulmonar por las enfermeras de la escuela.

En cuanto llegamos, los paramédicos entraron en acción. La obesidad de aquel hombre hacía más complicadas las maniobras. Continuaron con la reanimación: 100 compresiones en el pecho por minuto con los brazos para restablecer las palpitaciones del corazón de manera natural. Luego administraron una inyección de adrenalina y no hubo respuesta. Pasaron cinco minutos y la escena seguía siendo la misma, el cuerpo no respondía.

Los intentos continuaban, los paramédicos trataban de reanimar al hombre sin éxito. Vino la segunda dosis de adrenalina y nada. Armando Téllez determinó que era momento de aplicar descargas eléctricas con la máquina de electroshock porque el paciente se estaba yendo.

En esos momentos, de ser una espectadora más, me convertí en partícipe. Apoyé en las tareas de llevar las maletas, los medicamentos y todo lo que me iban pidiendo los paramédicos, además de hacer espacio entre la multitud y aquel hombre.

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Cruz Roja 1

Sentía como si estuviera viendo una escena de esas series televisivas de médicos salvando vidas, pero en esta ocasión estaba en la realidad, estaba participando en la historia y estaba viendo a un hombre en una situación en la que yo, por algún motivo, lo acompañaba e indirectamente le ayudaba a luchar por su vida.

Por unos instantes, mientras le acercaba al paramédico la maleta con las jeringas y la adrenalina, sentí por primera vez la fragilidad a la que estamos expuestos los seres humanos: en cualquier momento podría sucederme algo así y mi familia tal vez no se enteraría de mi paradero.

Fueron tres descargas y no hubo resultado. Ya no quedaba más tiempo, se tenía que realizar una intervención mucho mayor, pero esto debía hacerse en el hospital central de la Cruz Roja de Polanco. Entre ocho hombres subieron a la ambulancia a aquel sujeto. Los minutos que tardó la unidad en transportarlo parecieron horas.

Dentro de la unidad el escenario fue el mismo: descargas eléctricas y otra inyección de adrenalina, y parecía que todo intento no provocaría ninguna reacción.

A la altura de la avenida Ejército Nacional el panorama cambió. De la colonia San Rafael, muy cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México, a ese punto, hicimos siete minutos. El movimiento de la ambulancia, la sirena y el ruido del tránsito eran ajenos a nosotros; los nervios, la adrenalina por llegar a tiempo al hospital eran más fuertes que eso. Tras varios intentos, la reanimación cardiopulmonar dio resultados: el corazón de ese hombre comenzó a reaccionar. Ya tenía pulso.

Hubieran visto la cara de todos dentro de la ambulancia. Armando Téllez, su ayudante paramédico, el conductor, una enfermera y yo brincamos de gusto, creo que sólo nos faltó abrazarnos de la emoción. Aquel corazón latía y era todo un acontecimiento, un motivo para festejar, como cuando tu equipo de fútbol anota gol. Así nos sentíamos todos, contentos de haber sido un instrumento para auxiliar a un humano que estaba en ese hilo delgado entre la vida y la muerte, y que por lo visto la había librado.

Todo estaba bajo control, aquel hombre ya respiraba. Yo sólo pensaba en su familia que al verlo en el hospital dirían ¡que susto nos metiste! Y también en lo que pasaría después: la recuperación en el sanatorio, los cuidados intensivos, la dieta rigurosa, ejercicio para bajar más de 80 kilos, todo por esa llamada de atención del corazón para no ponerlo a trabajar a marchas forzadas.

Faltaban cuatro minutos para llegar a la sala de urgencias de la Cruz Roja de Polanco. El siguiente paso era dejar al paciente con los médicos y ellos ya se encargarían de lo demás. Al cerrar las puertas todo terminaba para nosotros con una gran sonrisa: ayudamos a un hombre.

Sólo se quedó Armando para dar el reporte del hecho por escrito en el hospital y de paso ver en qué terminaba la historia. Ese siempre es un procedimiento de rutina que realiza esta institución.

Minutos después salió el paramédico, Armando Téllez, con el rostro desencajado. Aquel hombre al que festejamos antes porque se lo arrebatamos a la muerte, aquel corazón que tuvo la suficiente fuerza para regresar después de quedar inerte unos momentos, había dejado de latir para siempre.

Foto portada: Wikipedia
*Esta crónica fu publicada originalmente el 20 de mayo de 2015

 

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