Fotos: Irving Cabello

Luisa Estrada camina con dificultad por el patio de su casa. Trata de avanzar pero a cada paso sale uno de sus niños, como llama a sus perros. Ella se detiene inclina un poco su menuda y delgada figura y les habla. No, bien mirado los mima. Más de 20 hocicos están abiertos como si fueran sonrisas y las colas danzan de un lado a otro, con tal ímpetu que uno recibe golpes cuando esos látigos chocan con las piernas.

“Yo he tenido perros violados por sus dueños, he tenido perros que los han golpeado con tablas y les han sacado un ojo, he tenido perros que los usaban para tiro al blanco”, me platica Luisa que por un momento oculta la sonrisa y el buen humor. Reflexiona, su tono de voz denota decepción. “Son historias que te hacen preguntar hasta dónde puede llegar la humanidad”.

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Su apariencia es frágil. De metro cincuenta de estatura, delgada, cabello lacio, con algunas piezas faltantes en su dentadura. La playera gris que viste rebasa por mucho su talla. Si quisiera podría usarla de vestido. Sus brazos amoratados y llenos de cicatrices que han dejado las mordidas de los canes en proceso de sanación, no dejan de tocar a los perros que la rodean. “El primer requisito para rehabilitar a un perro es el amor. El segunda es darle confianza”, me dice.

Hace seis años, luego que su hijo rescató a una perrita embarazada y pasar una temporada como voluntaria en un albergue de Tula, Hidalgo, Luisa decidió convertir su casa en un asilo que acoge a perros que han recibido todo tipo de maltratos. Ahí los rehabilita para que sean adoptados. Una vez que salen del número 153 de la calle Papantla, en el pueblo de San Andrés Azcapotzalco, da seguimiento a cada perro. Nunca los deja solos

ElAlbergue Luisa, vivienda de tres familias y refugio para 70 perros al mismo tiempo, no es más extenso que una cancha de volibol. Los canes van y vienen con libertad por el patio, por las escaleras que conducen al departamento de Luisa y las que llevan al de su hermana, por la azotea convertida en un patio superior después de bardearla. Hasta en la cornisa de la entrada hay perros echados tomando el sol. Parecen palomas que descansan en los remates de las iglesias. Por momentos la imagen recuerda aquella escena de “Los Pájaros” en la que los cuervos observan en tensa calma la marcha de los protagonistas.

El patio siempre está húmedo, lo lavan dos veces al día para evitar la acumulación de excremento y la orina de los caninos. Algunas habitaciones sirven para aislar a especímenes enfermos o muy agresivos mientras reciben tratamiento. Si uno lo piensa bien las 13 personas que habitan en este domicilio viven con los perros y no al revés.

Luisa aprendió cómo reintegrar a estos animales a la convivencia con otros humanos en libros y siguiendo el método que utiliza Cesar Millán, el famoso entrenador de perros. “¿Sabes que mi maestro es Cesar Millán? Me paso viendo toda la semana en las noches su programa. He aprendido mucho con él”. Su mirada cambia cuando le digo que imagine que el hombre la visitara algún día. Se ilumina, dibuja una sonrisa. Por un momento sus 43 años desaparecen de su rostro. “¡Mi sueño es conocerlo!”, suelta ilusionada.

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En México no hay una ley federal de protección animal, sin embargo existen diversos estatutos que amparan a los animales contra el maltrato, como la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, la Ley Federal de Sanidad Animal, la Ley General de Vida Silvestre, así como artículos en los Códigos Penales y Civiles de cada entidad. Además todos los estados cuentan con unaley local de protección animal. En la Ciudad de México así como Aguascalientes, Baja California, Baja California Sur, Chihuahua, Coahuila, Colima, Estado de México, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, Veracruz y Yucatán el maltrato a estos seres vivos está tipificado como delito, aunque no es grave.

La recién creada Constitución de la Ciudad de México reconoce en su Artículo 18 a los animales como seres sintientes que merecen trato digno y por tanto establece el deber ético y obligación jurídica de toda persona de respetar su vida e integridad. Incluso el Código Penal capitalino contempla en sus Artículos 350 Bis y 350 Ter penas de seis meses a dos años de prisión y de cuatro mil a ocho mil pesos de multa a quien maltrate, cometa actos de crueldad y provoque la muerte a cualquier animal.

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Perros Luisa

Más allá de las leyes y su ejecución habría que cuestionarse qué ronda en la cabeza de una persona que utiliza a un perro como juguete sexual, que se entretiene mutilando a un animal, que lo lanza desde un edificio porque ya no le interesa, que lo prepara para pelear hasta la muerte por mera diversión.

O tal vez preguntar qué tiene en la cabeza esta mujer que trabaja aseando los pisos del rastro de Ferrería; que involucra a su familia —de origen humilde— en su proyecto de vida; que vende la ropa usada que le donan para comprar casi dos mil pesos diarios en comida para perro; que acondicionó su casa para que ahí los canes maltratados vuelvan a confiar en los humanos; que va todos los fines de semana al Jardín Hidalgo, en el centro de Azcapotzalco, a buscar adoptantes para los perros rehabilitados, donadores de alimento y voluntarios para que ayuden en el albergue; que, cada vez que sus vecinos la denuncian, ha recibido felicitaciones de la policía y servicios de salud por la condiciones en que mantiene ese espacio en que conviven tres familias y una jauría que llegó a tener 150 perros.

Quizá la respuesta no esté en la cabeza de Luisa sino en su corazón. De ahí sale su voluntad para sanar las heridas de los perros: las del cuerpo y, sobre todo, las de su alma. “Ve a un perro a los ojos y te dice todo. Yo amo a mis perros con todo mi corazón”.

Los canes se acercan apresurados. Ninguno quiere dejar de recibir un cariño o una caricia de Luisa. Para gran parte de los perros que ahora habitan en su albergue, ella fue el primer ser humano que los trató con dignidad.

Pituka y petaca Pituca y Petaca

Una mañana el encargado de recolectar la basura en la colonia tocó a la puerta de Luisa. La mujer vio que el hombre tenía sujetas con una cuerda a este par perritas. “Señora, le voy a ser honesto. A mí me dieron esta cantidad para meterlas al camión, bajar la máquina y revolverlas con la basura. Pero como yo la conozco mejor se las traje. Prefiero dárselas”. Luisa tomó la cuerda con las dos criaturas temblorosas. Noto el miedo de los animales porque cada vez que su mano intentaba acariciarlas el esfínter las traicionaba y orinaban de forma involuntaria. El muchacho también le dio el dinero que le pagaron para triturar a los dos perro con los desperdicios: 300 pesos. Pituca y Petaca hoy corretean sin temor por el patio de Luisa en espera de ser adoptadas.

Jack Jack

Mientras Luisa ofrecía en adopción a algunos perros rehabilitados en el Jardín Hidalgo, llegó un sujeto con este ejemplar que lleva en la sangre los genes de un Fila Brasileño. Después de 10 años tenía que deshacerse de Jack. “Mordió a mi hija y, la verdad, no quiero arriesgarla”. Luisa dudó de la historia del hombre, pero aceptó al perro. Cuando llegaron al albergue, la rescatista se agacho y pasó uno de sus brazo alrededor del cuello de su nuevo inquilino. Durante el día el perro mostró un carácter amable, pero reaccionó al abrazo de manera inesperada: chilló y arrojó una mordida al rostro de la mujer.

Luego de una llamada, Luisa supo que la hija de aquel hombre sujetaba las orejas de Jack y se colgaba de ellas. Lo hizo tanto tiempo que le rompió el cartílago. Una semana después la esposa de aquel tipo llevó una manta para Jack. Luisa no la recibió: “Mejor quédatela para que tú y tu marido tengan una cobija cuando su hija los corra, porque en lugar de enseñar a la niña a respetar a los animales preferiste correr al perro”. La mujer se retiró enojada y desde entonces no ha vuelto al Jardín Hidalgo. Jack sigue en rehabilitación.

Corbatín Corbatín

Corbatín recibió un fuerte golpe en las patas traseras. Un auto lo atropelló y no fue atendido por un veterinario para revisar sus lesiones y darle tratamiento. Mejor lo echaron a la calle. Pero la naturaleza y el ímpetu de este perro hicieron sanar sus heridas. Hoy Corbatín va de un lado para otro, sube escaleras, trepa en los sillones. A veces las patas no responden, se le entumen. Debe sentarse para recuperar la fuerza. De cualquier forma él es feliz. Se le nota de espaldas: en lugar de correr brinca de contento. Está listo para ser adoptado.

zacate Zacate

Tan mal llegó Zacate al albergue que pasó una semana hospitalizado en la Clínica Veterinaria Delegacional Azcapotzalco, la que se conocía antes como antirrábico. Sus dueños lo dejaron sin comer durante mucho tiempo, además de golpearlo. De esa forma lo preparaban para usarlo en el entrenamiento de perros de pelea. Por fortuna jamás llegó a ser sparring. Después de un año está apunto de completar su rehabilitación.

Gaby Gaby

Las cicatrices en la cara y sobre todo su agresividad hacia otros perros revelan que esta American Staffordshire de un año fue entrenada para pelear. “A ella se ve que la entrenaron desde más chiquitita”, me comenta un tanto agitada Luisa. Acaba de dominar a la perra que momentos antes, cuando la sacaban de su jaula de plástico, necesaria para su rehabilitación, se escabulló de los brazos de una de las voluntarias del albergue y atacó a una perra labrador, que fue más hábil y mordió la cara de su agresora. Fue necesaria la intervención de cuatro personas para separarlas.

Los métodos para preparar perros de pelea van desde suspenderlos de sus mandíbulas mientras cuelgan de una cadena cebada con carne, obligarlos a correr con cargas tres o cuatro veces arriba de su peso, golpearlos y pincharlos, limitarles el agua y la alimentación. Regularmente el “adiestramiento” comienza a los tres meses de vida del animal. “Yo siento que no aguantó. Nos la trajeron muy mal”, me platica más tranquilo Pablo, el esposo de Luisa. Aunque físicamente ya está recuperada aún falta mucho por trabajar con ella. “Una rehabilitación tarda de uno a dos años”, me aclara Luisa.

Cofy Cofy

Hace casi tres años una mujer llevó a este Schnauzer mediano macho al refugio. El perro tenía el ano inflamado, evacuaba sangre cuando vaciaba el intestino y si lo querían tocar se arrinconaba y lloraba. Por varios años Cofy fue violado. Para eso lo tenían en una casa de Cuautitlán Izcalli, en el Estado de México. Era un juguete sexual. El veterinario recetó fomentos en la parte afectada y que tomara desinflamantes y antibióticos.

Su rehabilitación ha sido larga pues no solo hay que sanar las heridas físicas; también las psicológicas. Aún flexiona las patas traseras, baja el rabo para esconderlo, por supuesto no deja que le palpen la última parte del lomo y está atento a cualquier movimiento que hagan las personas que no conoce. No consiente que algún hombre lo toque, el único que tiene tal licencia es Pablo. Sin embargo, se ha convertido en protector de la hija de Luisa. Por esta razón difícilmente Cofy será dado en adopción.

Pelusa Pelusa

“Yo le llamo Pelos-Gato porque no falleció”, me dice Luisa mientras besa a esta Maltes gris. A los cinco meses de nacida Pelusa fue arrojada desde la ventana de un quinto piso de un edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México. La cachorra no murió como pretendía su dueño, pero terminó con la pata derecha fracturada y las demás atrofiadas. Luego de cinco meses y una terapia en agua para que moviera las patas, Pelusa volvió a caminar. Hoy, cuatro años después, está rehabilitada.

Ruquia Ruquia

La sobrina de Luisa comía cerca de su casa cuando vio que una persona dejaba a una cachorra en la calle. La chica se acercó y le dio de comer, así que la perra la siguió. Un día en un paseo con la manada pasaron por el lugar. Observaron que el animal se aproximaba a una puerta a olfatear. Resultó que en esa casa cruzaron a un Pastor Alemán con un criollo y la única cría que no salió con las características del perro de raza fue Ruquia. Eso le valió ser lanzada a la calle. “Cada vez que pasamos por ahí se acerca a una puerta. Parece como si fuera a saludar a sus hermanos y a su mamá”, me comenta con sorpresa Esther, la hermana de Luisa, al tiempo que abraza al can.

Roque Roque

Un día, al regresar del Jardín Hidalgo, Luisa y su familia se percataron que este pequeño perro los seguía. No les resultó extraño porque en ocasiones otros perros se acercan a su manada para socializar. Sin embargo, nadie llamó al animal o se acercó por él. No parecía callejero porque traía collar. Llegaron al albergue y el cuadrúpedo entró. Luisa notó que no traía placa. Cuando lo despojó del aro de tela para revisarlo, el perro lanzó un chillido y no paró de llorar hasta que le volvieron a colocar el cinturón al cuello. Al siguiente día la mujer fue a buscar al dueño en los barrios cercanos al centro de Azcapotzalco. Preguntó por aquí y por allá hasta que alguien aclaró sus dudas. A Roque su dueño lo quería mucho, aunque lo acostumbró a estar en la calle. Cuando sentía cansancio regresaba a casa. Así vivió varios años hasta el día que su amo murió. Nadie le abrió la puerta y comenzó a deambular por las calles. Pasó varias semanas de un lado a otro hasta que llegó al Jardín Hidalgo. Es el único de los perros que sale del albergue para correr por la calle solo. Incluso acompaña a Pablo al trabajo.

“Yo creo que el día que a ese perrito le quiten el collar se muere”, me dice Luisa reflexiva, “porque para él es un tesoro que lleva como recuerdo de su dueño”.

Chagui Chagui

Uno de sus primeros perros rescatados. Cuenta Luisa que Chagui odiaba al mundo. No toleraba a los niños, no le gustaba la gente, no podía estar con otros perros. Durante mucho tiempo fue utilizado como objetivo para tiro al blanco. En cuanto lo veían caminar por la calle le disparaban pequeñas lanzas. Había que atinarle a la cara, en específico a los ojos, esos daban mayor puntuación. Nadie alcanzó el puntaje mas alto: el perro aún conserva sus dos globos oculares. Era tal su agresividad que la gente recomendó a Luisa que lo sacrificara. Pero ella apostó por la rehabilitación y después de muchas mordidas y trabajo hoy Chagui es un perro Alfa que disfruta el contacto humano. Sin embargo, jamás abandonará el albergue. En cuanto pone una pata afuera la agresividad vuelve. Tal vez llega la sensación de miedo de esos días en que le disparaban para sacarle los ojos.

Quica Kica

A las afueras del reclusorio femenil de Santa Martha Acatitla, en la orilla oriente de la Ciudad de México, se encontraba un perro que a pesar de las patadas que la gente le propinaba, no pretendía alejarse del lugar. Kica llevaba tres días esperando a su dueña, una mujer que actualmente cumple una pena de 10 años por asesinato. Toda una vida para un perro. Y tal vez el can hubiera muerto de no ser porque una persona llamo a Luisa y la animalista decidió darle un hogar en su albergue. De alguna forma se entendieron y al animal no le importó caminar varios kilómetros hasta que por fin un taxi las llevó hasta Azcapotzalco.

Este texto fue publicado originalmente en Vice.

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