Desde que hablé del viaje a Japón me preguntaron si iría al monte Fuji. Yo negué rotundamente. No es que no tuviera interés, es sólo que tenía miedo. A mis 36 años y con mis achaques, retar al Fuji era un auténtico acto de temeridad necia, y no pensaba arriesgarme. El gigante nipón ni siquiera entró en mi lista de lugares por visitar. Lo más cerca que estaría de él sería Yamanashi. Podría verlo así: bello, hermoso y lejano, como se hace con las cosas que de tan lindas y tan importantes se ponen en un aparador cerrado con llave. Pero la fortuna, esa diabólica ramera, me tenía preparados otros planes.

Conocí a Trang Nhung en un paseo vespertino en la zona de Sumida. La sonrisa de esta chica de Vietnam me hizo sentir a gusto, como si la conociera de toda la vida. Tenía un excelente inglés y un mejor japonés, así que incluso fue mi intérprete en un par de ocasiones. Yo le sacaba fotos, ella me sacaba fotos. Era la sociedad turística perfecta para un par de mujeres solitarias. Cuando estábamos en el barco que nos llevó a recorrer el río Sumida me dijo:

—Dentro de ocho días voy al Fuji-san con mis amigos, ¿quieres ir?

No es que no quisiera, es que temía morir en el intento o tener que ser internada en el hospital o algo parecido. Además, recién la conocía, soy mexicana y muy paranoica, tal vez era miembro de una red de robo de órganos. Mil pensamientos en contra pasaron por mi mente en fracción de segundos y yo sólo pude responder:

—¡Sí, claro que quiero!

Trang me agregó al grupo de Facebook en el que los amigos se estaban poniendo de acuerdo. Cuando me confirmaron mi lugar me dieron ganas de gritar, no sé si del miedo o de la emoción. Yo no tenía planeada esa expedición, pero no era poca cosa, debía tener al menos lo mínimo necesario. Hice la lista de pendientes. Las botas industriales podrían servir para el caso. Me faltaba una lámpara, toallas limpiadoras desechables, guantes, mochila y cayado.

Decidí conseguir todo en la tienda de hyaku en, donde todo está en 100 yenes, que son entre 13 y 15 pesos mexicanos. Es algo así como equiparse en el Waldos para ir al Popocatépetl (con sus respectivas proporciones). La tienda de hyaku en no me falló, conseguí casi todo, excepto la mochila. Claro que el cayado no era cayado, era una especie de estaca para jardín. Además, tenía puntas en ambos extremos, lo que, según yo, me daría mayor apoyo.

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Ya todo estaba listo. Sólo faltaba que llegara el sábado para lanzarme a la aventura, pero el jueves tuve un problema que no logro entender. La pierna me duele siempre y eso no es novedad, lo particular del asunto fue que a los dolores cotidianos se les sumó una inexplicable hinchazón de manos. Eso me sucedió cuando iba caminando de regreso a casa, en un rumbo solitario y nadie sabía que yo estaba ahí. Caminé a la tienda de conveniencia más cercana y pedí un poco de agua. Me sentí mejor, pero ni el dolor de cabeza, ni la hinchazón de manos cedía.

Cuando llegué al dormitorio, las manos ya casi estaban normales y sólo me quedaba el dolor de cabeza y la preocupación. “¿Qué voy a hacer? En dos días me voy al Fuji y mi cuerpo sale con esto”.

Iría y subiría aunque muriera en el intento. Agregué mi póliza de seguro médico al equipaje. Ahora sí, estaba completa.

El ascenso

Concilié el sueño hasta pasadas la una de la mañana. Puse la alarma para que sonara a las cinco. Según yo, estaría llegando a la oficina de correos de Shinjuku hasta las seis y media porque ya sé que la puntualidad es cosa seria para los japoneses. Si bien Google maps decía que estaba a sólo siete minutos caminando, no estaba considerando mi inmensa ignorancia y natural tendencia a perderme.

Los planes se vinieron pronto abajo. Aunque, no me perdí del todo, tuve que hacer fila para preguntar en la estación y entre los nervios, mi poco japonés y su casi nulo inglés las cosas se complicaron. Al fin le pregunté a un par de jóvenes por el lugar y me respondieron: “onaji” (igual). Llegamos juntos pasadas las siete de la mañana.

No sé de dónde salió una señal de WiFi gratuita y mi celular se conectó automáticamente. Daisuke-san, amigo cercano de Yusuke-san (el joven que estaba organizando al grupo), me había mandado varios mensajes para preguntar por mi paradero. Respondí que estaba ahí, pero no me daba a entender con los trabajadores de la agencia de viajes. Dije mi nombre, el nombre de Yusuke, el de Trang, el de prácticamente todos los del grupo de Facebook y nada. Mi horrenda pronunciación me estaba haciendo pasar el peor momento de confusión. Volví la vista hacia una esquina y vi a Trang, el mundo se reacomodó en un instante. Corrí hacia ella, a su lado.

Subí al camión apenadísima. No sé cuántas veces dije “sumimasen” (lo siento), pero no serían suficientes. Daisuke-san me miró con una mezcla de rabia y desprecio que sólo había encontrado en algunos ancianos a los que les preguntaba por la estación o en ancianas que me veían en las escaleras eléctricas. Por fortuna, Trang iba a mi lado. Su tranquilidad me brindó el sosiego que necesitaba.

Abrí los ojos hasta que llegamos a un paradero. El chofer nos dio 20 minutos para bajar, ir al baño y, si se necesitaba, comprar algo.

El tiempo estaba por terminar, así que teníamos que apurarnos. Sólo habíamos entrado al baño y a una tienda pero Trang y yo nos extraviamos. Empezamos a caminar por el estacionamiento tratando de encontrar el vehículo en cuestión. Un par de chicas que estaban en el mismo autobús también se habían perdido así que ahí estábamos la cuatro tratando de hallar el sitio. Cuando lo encontramos ya pasaba del tiempo señalado por el chofer. La mirada de reprobación de Daisuke-san me hizo sentir tan mal que pensé que me iba a matar en cuanto tuviera una oportunidad.

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El autobús retomó el camino y esta vez paró hasta la quinta estación del monte Fuji. Ahí, miembros del equipo del lugar nos dieron la bienvenida. Todas las instrucciones fueron dadas en japonés, de ese rápido, difícil de entender a la primera por un principiante como yo. Me concentré lo más que pude. Dijeron algo sobre los cuidados para subir y sobre la comida. No hubo ni la más breve indicación en inglés.

Después nos encaminamos a uno de los edificios que se encuentran ahí. Daisuke-san hablaba poco y nos daba las instrucciones con señas y con la mirada. Yusuke-san conversaba con el encargado. Así entendí cómo funcionaba la dupla: Daisuke era el líder natural, encargado de poner orden; Yusuke era el líder carismático que servía de vínculo.

En el lugar estaba el restaurante en donde almorzaríamos. Había máquinas de tickets a la entrada, muy parecidas a las expendedoras: altas y angostas, con ranuras para los billetes, las monedas, el cambio y entrega del boleto. Al lado se encontraban fotografías grandes con los platillos y sus números respectivos, que es la forma en la que los escoges en la máquina.

No es la primera vez que uso esos aparatos, pero estaba bastante desconcertada, entre la actitud de Daisuke y el hecho de que entendiera tan poco. El ánimo no me daba para reaccionar tan rápido como debía. Por fortuna, Trang, una vez más, me salvó. Fue maternalmente a mi lado y me señaló todo lo que debía hacer. Incluso tomó el billete y apretó los botones por mí. Yo dejé que hiciera; en esos momentos me sentía realmente indefensa y su protección era un gran alivio.

Entregué el boleto al encargado que, al verme, repitió mi número en inglés y me dijo que me fuera a sentar. Yo obedecí callada. Busqué a Trang y la vi en una mesa. Quise sentarme junto a ella, pero Daisuke me dijo con orden marcial:

No. Here.

Resignada, fui al lugar que él indicó, justo a su lado. Creo que nunca nadie me había hecho sentir tan mal en tan poco tiempo de una forma tan políticamente correcta. Era como si él representara todo el rechazo que había sentido en Japón desde mi llegada.

El hombre que voceaba las comandas dijo mi número. Me paré y fui por la charola que tenía un platón grande con arroz hervido, col y trozos de cerdo empanizado; un plato pequeño y colorido con verduras encurtidas y un plato hondo oscuro con una sopa que nunca supe de qué fue. También había un pequeño plato extendido con una gota de algo amarillo que ni siquiera toqué.

Comí sin levantar mucho la vista y en silencio, tratando de ignorar que al lado tenía a un sujeto que podía matarme con la mirada. Cuando terminé, llegó un séptimo miembro al grupo. Me presenté, recurriendo a una de las pocas líneas que en ese entonces me sabía de memoria. Él respondió el gesto, pero yo no le entendí. El chico de mi lado izquierdo me tuvo que explicar sonriendo que me estaba diciendo su nombre: Satoshi-san. Lo recordé como Sato porque es un nombre que usan mucho en la escuela donde estudio japonés cada vez que nos ponen un ejercicio.

La sonrisa y actitud amable del joven me ayudaron a relajarme. Era un chico de lentes y chamarra colorida que me recordó a ciertas pinturas abstractas. Empezamos a conversar.

—¿Crees que soy japonés?

Sí, bueno, estaba en Japón y lo había escuchado hablar un perfecto japonés. Aunque se me hacía extraño que él no fuera tan serio ni me malmirara en lo absoluto. Pero, Xu no es japonés, es chino y cuando me lo dijo yo quería que el mundo me tragara. Él vio mi colosal error con bastante gracia y hasta me disculpó diciendo que sabía que para los occidentales es difícil, pero que para él hay muchas diferencias. En realidad las hay. La piel de Xu es ligeramente más oscura, como que más acanelada incluso, el rostro es menos ovalado y la nariz más pronunciada, pero eso sólo lo noté después. Xu y yo platicábamos mientras Trang batallaba un poco con su udon (es como fideo, pero muy grueso) y Nika, la chica a su lado, chaparrita, delgada y sonriente, también estaba terminando su almuerzo. Tiene el cabello largo, lacio y oscuro, aunque lleva un mechón de color rojo. Hablaba muy bien inglés y japonés, pero no le encontraba rasgos asiáticos pronunciados. Después me enteré por ella misma que es rusa. Creo que esa fue la mayor sorpresa del día.

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La quinta estación de la ruta por Kawaguchiko (hay varias rutas y varias quintas estaciones según la que se elija, la que nosotros usamos tiene la posibilidad de ver la salida del sol, por eso es también la más transitada) era un hervidero de gente, así que en cuanto vi a Trang le pedí que me escribiera o me dijera dónde era el punto de reunión y la hora, en caso de separarnos o de que me perdiera.

—No, no es necesario, vamos todos juntos —me dijo con su voz tranquila.

A la una de la tarde tomamos rumbo. Al principio el camino es casi llano y en realidad no se siente pesado. Es como salir a caminar a un jardín. Después de unos diez minutos llegamos a lo que sería el primer tramo del ascenso. La imagen me hizo pensar en la Pirámide del Sol, pero en una montaña. Era una pendiente pronunciada con escalones tan altos que podrían lastimarte las rodillas. Volví la mirada hacia abajo, después de todo ya estábamos a 2 mil 390 metros y las nubes se confundían con muchísimos árboles. Ni siquiera se alcanzaba a ver la base del gigante.

En el comedor, los chicos habían visto mi extraño equipo, particularmente el cayado, y sonrieron ante la ocurrencia de comprar un palo de jardín en una tienda de 100 yenes. Incluso cuando empecé a prepararme para el ascenso Daisuke me miró como pensando: esta mujer nos va a arruinar el viaje. Por eso le sorprendió cuando notó que de hecho tenía noción de cómo subir y por dónde. Como no podía darme el lujo de desgastar la rodilla desde el principio, en lugar de subir por las escaleras, buscaba la zona con el terreno parejo y ascendente o, en su defecto, la parte más baja del escalón. En algún punto Daisuke y yo nos cruzamos, porque aplicamos el mismo recurso. Entonces él me miró distinto por primera vez en todo el día.

—Chica lista —me dijo.

Cada tanto nos deteníamos a descansar. Empezaron a circular los dulces. Algunos los ofreció Ari, una joven de Hong Kong muy simpática que se unió al final y que fue mi salvación. No sé por qué le costaba tanto trabajo subir, pero gracias a ella teníamos que parar cada tanto y así mi orgullo azteca se mantuvo incólume hasta el final.

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Llegamos a una especie de descanso en el que había un gran letrero que decía que ese era el punto de no retorno. Si a partir de ahí decidías ascender, tendrías que hacerlo. Si, por el contrario, con la subidita habías visto que eso del montañismo no era lo tuyo, podías regresar. Nosotros seguimos, ya no había vuelta atrás, teníamos que llegar hasta arriba. Pero a partir de ahí, ¡ay!, a partir de ahí los caminos se redujeron drásticamente de tamaño. El terreno se hizo más escarpado. Había pequeños tramos con escaleras angostas de piedra, pero la mayoría se empezó a convertir en un montón de rocas apiñadas que tenías que subir con mucho cuidado si no querías sufrir una muy severa caída.

Los tramos se hicieron más cortos y complicados y eran coronados por cabañas angostas de madera incrustadas en el monte, en las que había puestos de comida, de descanso, baños públicos y, claro, venta de recuerdos.

Nosotros sólo nos sentábamos a descansar en alguna de las bancas dispuestas para el caso o en las bardas que estuvieran libres. Yo compartí mis dulces mexicanos, aunque no eran tan prácticos para la excursión; es difícil comer una Nucita cuando tratas de no caer entre las piedras.

El cielo empezaba a oscurecer y eso me ponía de nervios. Los tramos, aunque cortos, eran muy demandantes y sabía que no podía subir algo así con una lámpara entre las manos o con problemas para ver dónde pisaba. En ciertos puntos, sólo había rocas lisas y grandes. Yo me aferraba como podía a los recovecos que encontraba y, si era necesario, lo hacía prácticamente a gatas, aunque con semejante pendiente era más bien una especie de escalada tipo araña. Sólo rogaba en mis adentros que la pierna aguantara el esfuerzo.

Nos dieron las seis y seguíamos en el ascenso, pronto llegaron las siete y Daisuke en cada cabaña de descanso nos decía que ya faltaba menos. El sol se fue perdiendo de manera casi imperceptible, como un suspiro; yo, aferrada a mi cayado de 100 yenes, sudaba y cantaba las canciones que escuchaba en mi iPod, tratando de distraerme. Las chicas empezaron a sacar prendas de ropa para cubrirse. A esa altura, ya se sentía el frío que a mí me recordó mucho a Toluca.

Los últimos tramos fueron difíciles, pero salvables, incluso en algún momento me di el lujo de adelantar un poco a los demás. Daisuke iba a la cabeza, dirigiendo al grupo. Yusuke, Xu y Satoshi ayudaban a Ari que estaba hasta atrás. Nika parecía una amazona inquebrantable, subía sin apuro y sin complicación. A Trang la vi poco, pero tampoco lucía afectada.

—Creo que es la que sigue —dijo Daisuke con una sonrisa.

Fue falsa alarma y también las dos siguientes. En algunos tramos, cuando el ascenso se antojaba de verdad complicado, los hombres me estiraban la mano gentilmente. Sólo la acepté la primera vez, el resto decidí hacerlo por mi cuenta. Algunos subían por caminos en los que parecía más fácil hacerlo, pero no lo era, al menos no para mí que tengo 36 años, sobre peso y una lesión. Yo prefería subir con maña por otros lados. Y no es que el camino fuera tan amplio como para permitirlo, sino que la disposición de las piedras era tal que tenías la opción de preferir apoyarte en unas y no en otras. Y eso hice.

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Eran cerca de las ocho, el cielo ya estaba oscuro. Había tenido que arreglármelas para subir y alumbrar al mismo tiempo. Al fin Daisuke dijo las palabras mágicas:

—Ya llegamos. Es aquí.

Yo lo escuché unos metros abajo y sentí un alivio esperanzador. Ya había tenido que tomar un par de pastillas para el dolor y no creía resistir mucho más. Daisuke me extendió la mano para librar con su apoyo los últimos escalones:

—Buen trabajo —me dijo en tono de entrenador orgulloso. Yo sentí ese gesto como una especie de tregua después del árido principio.

Estaba nada más y nada menos que a 3 mil 250 metros y más que feliz. En el refugio nos repartieron unas bolsas para poner nuestros zapatos y nos sentamos alrededor de una mesa tan chaparrita que el piso hizo la función de asiento. La cena consistía en gohan y curry, un platillo muy tradicional.

Nos dieron para dormir algo así como una litera muy larga. A nosotros nos tocó en la parte de arriba. Ahí te proporcionaban una bolsa para dormir y una almohada pequeña cubierta de plástico. Yo estaba entre Ari y Xu; los tenía como a diez centímetros de distancia a ambos lados. Era complicado dormir así. Por más que lo intenté y que cerraba los ojos, el sueño nada más no llegaba a mí.

El tiempo de descanso estaba por terminar y yo seguía sin pegar el ojo. Me levanté para acicalarme. El cuerpo ya me pesaba. Estaba resintiendo el esfuerzo. Lo peor, me dolía el estómago por el curry y tenía náuseas. Por primera vez sentí que realmente no podría llegar hasta arriba. Me dieron ganas de llorar.

El sol naciente

¡Ganbatte! —me dijo Trang sonriendo y dándome una palmadita en la espalda.

Había escuchado la palabra muchas veces en el ascenso. Por el contexto, supuse que era algo así como “échale ganas” en japonés. Satoshi se acercó a saludarme, le dije que me sentía mal y que no quería atrasar al grupo. Él me dijo que también se sentía un poco mal y tampoco pudo dormir, así que ya éramos dos. Eso me reconfortó de alguna forma. Saqué la lámpara, la encendí y emprendí el camino hasta la cima del Fuji. Pronto me di cuenta que mi drama no era necesario. La senda estaba tan congestionada que apenas si se podía avanzar.

Para animarme, pensé que sólo eran poco más de 500 metros, cualquier cosa. Cuando corría en la Alameda Central de mi querida Ciudad de México me gustaba ver cuando rebasaba la marca de los mil 200 metros para volver a empezar el conteo. “Es la mitad de la Alameda, claro que puedes”, me decía. Pero mi cuerpo no me creía mucho.

Pero el Fuji no tiene nada que ver con la Alameda Central. Quizá ya no tenía que subir piedras a gatas y aferrada con las manos, pero la tierra suelta era una condenada traicionera y hacía muy difícil el ascenso. De alguna manera, tener a tanto excursionista atravesado era una bendición. Así la marcha era obligadamente lenta. Estaba concentrada en el camino, en pisar adecuadamente, en clavar mi cayado de 100 yenes en el lugar correcto, en buscar el camino menos cansado, en fin, realmente me concentré… y perdí a mi grupo.

En algún momento los dejé atrás; de hecho pensé que me habían pasado y me estaban esperando en la siguiente estación, pero cuando llegué me extrañó no verlos ahí. Después de diez minutos llegué a la conclusión de que, en efecto, me habían rebasado, así que lo mejor era continuar y encontrarnos en la cima. Proseguí el camino, esta vez sola. Vi a lo lejos un torii —esas típicas puertas que están en las entradas sagradas— y se convirtió en mi meta principal. Recordé a los Alcohólicos Anónimos y su “un día a la vez”. Yo iría un paso a la vez y no me importaba si llegaba a ver la salida del sol o no, sólo me importaba llegar a ese torii.

A esas alturas, yo ya había guardado la lámpara; toda la gente alumbraba bastante y preferí tener las manos libres en caso de necesitarlas. En un tramo, la tierra suelta y la pendiente hicieron de las suyas y caí de bruces. El cayado de 100 yenes me salvó de romperme la jeta. Se enchuecó un poco, pero cumplió su cometido.

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A mis espaldas, los primeros rayos del sol se asomaron tímidamente en el horizonte. El cielo adquirió una paleta particularmente hermosa: en lo alto de la bóveda celeste, el negro profundo se mezclaba con azul marino y la luna en cuarto menguante yacía majestuosa, pero a lo lejos el horizonte se empezaba a colorear de naranja y amarillo. Las pocas nubes en la parte nocturna avanzaban lentas y oscuras. Abajo, a nuestros pies, un campo de nubes afelpadas se teñía de gris, parecía que era un piso de algodones.

Decidí detenerme. A esas alturas ya no me importaba ver la salida del sol en la cima, estaba suficientemente arriba como para poder disfrutarlo. Miré el torii de referencia, estaba muy cerca así que decidí avanzar hasta él. Lo pasé rápido y mantuve el ritmo. Al parecer, era el último tramo y eso me daba fuerza, eso y sentirme bien, entera, viva. Saber que esa mujer achacosa y enferma que vivía en México estaba muy lejos de aquí.

El cielo empezaba a clarear, nosotros seguíamos avanzando como una lombriz gigantesca. Miré hacia arriba: por fin, la inmensa montaña parecía tener final. El negro de la noche empezaba a desaparecer, era un amante que se despedía sacudiendo su pañuelo blanco en el muelle. Vi a un señor de rojo que iba con su hijo de unos 10 años de edad. El esfuerzo y el cansancio del niño eran evidentes, pero también la determinación y el orgullo. Escuché a una mujer hablando, en japonés y, a veces, también en inglés, por un altavoz. Pedía que siguiéramos y que no nos detuviéramos. Sin embargo, a un costado varias personas se sentaron a ver el amanecer. Había un joven particularmente absorto con el espectáculo. Su concentración en el horizonte se antojaba tanto que decidí apartarme del camino para buscar un sitio cercano y hacer lo mismo que él. Después de todo, ya no había prisa, ya había perdido a mi grupo y el sol estaba por salir.

Encontré un lugar en el que no estorbaba y me senté. Puse mi mochila en las piernas y empecé a tomar fotos. Entonces miré a la muchedumbre que subía y ahí, entre todos ellos, vi la cara familiar de Daisuke:

—Tanto tiempo sin verte —me dijo con una sonrisa.

Yo me levanté rápidamente para unirme al grupo. Volvimos a la senda y seguimos avanzando. Esta vez yo iba mucho más calmada, decidí llevar mi paso. Si ya los había encontrado después de separarnos por tanto tiempo, esta vez no habría dificultad. Preguntaron la hora de la salida del sol: unos minutos después de la cinco. Faltaba poco, a lo mucho diez o quince. Seguí subiendo. Ya no sentía molestia alguna. El estómago hacía tiempo que no me dolía aunque la rodilla molestaba, pero nada grave. En realidad el solo hecho de estar ahí me hacía sentir renovada.

Vi el torii de llegada y la estatua que anunciaba la entrada a la meta. Supe que podría lograrlo. Entonces apreté el paso y llegué a la cumbre. Los muchachos me hicieron señas para unirme al grupo. Me acerqué pero me quedé a una distancia prudente. Quería disfrutar ese instante a solas, era mi victoria personal.

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El techo crepuscular tomó un tono azul pálido. Las nubes por encima, otrora oscuras, lucían de un blanco aterciopelado combinado con grises y amarillos. La franja, que al principio era de un brillante naranja amarillento, se convirtió en una línea en tonos cálidos apenas dibujada que servía como guía para señalarnos el horizonte. El resto, al frente, era el vasto campo esponjoso de nubes aborregadas que cubrían lo que muchos conocen como cielo y que para nosotros era una alfombra exquisita. Lejos, muy lejos, quedaba la tierra, quedaban el verde bosque que nos rodeaba y también quedaban las personas que seguían subiendo y los miedos y dolores que me atormentaron por tanto tiempo.

Miré cómo poco a poco las entrañas de la tierra pujaban a este ser gloriosamente luminoso que llamamos sol. La emoción que sentí es inefable. El cielo todo pasó de azul claro a naranja radiante. Abajo, cerca del disco solar que luchaba por coronar el firmamento, hondeaba una bandera española. “Hubiera sido mejor de México”, pensé para mis adentros, pero en ese momento España me pareció suficiente.

Conforme ascendía el disco dorado, el agua de mis ojos descendía por las mejillas. Allá abajo se había quedado la mujer pusilánime y enferma… o quizá más lejos, en otro continente. Esta mujer, la que también nacía con el sol del monte Fuji, era distinta, era valiente, era fuerte, era decidida y era feliz. Nunca un amanecer me había significado tanto.

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Después de la emoción llegaron las fotos y los abrazos y la alegría. Una vez que el sol se instaló en el cielo, incursionamos en lo que es propiamente la cumbre de Fuji-san. Después de semejante espectáculo, el sitio me pareció más bien anodino. Era muy parecido a las cabañas que habíamos visto abajo, pero más grandes. Igualmente ofrecían comida y recuerdos. El templo ni siquiera merece particular mención, vi muchos más hermosos en las calles de Tokyo. Eso sí, agradecí a los kami por tan singular experiencia.

La bajada es más rápida pero no es menos complicada. La pendiente está muy pronunciada y las rodillas deben hacer un esfuerzo realmente grande para que el peso no te venza y caigas de bruces. Además, la tierra está muy floja y tienes que lidiar con dos cosas muy molestas: el polvo que levantan las personas que están enfrente de ti y que te cubre la nariz y los ojos, y las piedras que se meten en los zapatos.

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Si a eso le sumamos el cansancio, la falta de sueño, el hambre, el sol y la falta de motivación por algo maravilloso que nos encuentre en la meta, el descenso se convierte en un verdadero martirio. Ahí es donde se pone a prueba la tenacidad. Muchos exploradores yacían al lado del camino, dormidos. Los entendí, de buena gana, me hubiera sumado a ellos. Lo bueno es que tienes una vista estupenda. Puedes mirar el verde de los árboles, a los demás caminantes haciéndose pequeños como insectos, el cielo, las nubes, las maravillas propias de estar en el lugar más emblemático de Japón. Sin embargo, el único pensamiento claro es: ya quiero descansar.

Llegamos a la quinta estación alrededor de las once y nos fuimos a almorzar. Tuvimos tiempo libre de nuevo, hasta que llegara el camión. Volví a darme una vuelta. Pasé donde los kami y miré al Fuji-san de nuevo. Lo vi inmenso y majestuoso. Tan sólo un día antes no era más que un volcán y ahora se había convertido en el lugar donde mi espíritu logró renacer. Nunca me había sentido tan bien, tan alegre, tan viva.

Suspiré satisfecha.

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