La vida del aventurero culinario no es tan envidiable como creen, en ocasiones los manjares se convierten en monstruosas pesadillas, otras veces comes delicias que jamás podrás pagar, y en otras tantas comes hasta el hartazgo sin poder rechazar bocado. Y es que, cada vez que alguien me pregunta a que me dedico, mi respuesta da paso a exclamaciones que van desde “¡Qué padre, te pagan por comer y beber!”, hasta el “¡Qué envidia, eso no es trabajo!”.

Y sí, me pagan por comer y beber. Y sí, también podría parecer que no es trabajo; pero la realidad es que esta profesión es mucho más que eso. Es todo un estilo de vida, que nosotros, los aventureros culinarios, tenemos desde nuestros primeros años de existencia. Hemos nacido con una curiosidad que nos ha hecho llegar hasta donde pocos estarían dispuestos con tal de experimentar sensaciones nuevas, y claro, muchos de esos aprendizajes no siempre son los más agradables.

De esto se trata está historia. De una aventura culinaria que no sólo retó mi vocación, sino que también se convirtió en una verdadera prueba de amor para mi acompañante.

Hace unos cuantos meses, una querida amiga y su esposo terminaron de construir su linda casa de campo por los terruños de Río Frio, el punto más elevado en el camino que une a la Ciudad de México con Puebla. Aprovechando la ocasión, organizaron una parrillada, en la que amigos de diferentes índoles se unirían a departir alimentos.

No era lejos. Tanto a Julio como a mí nos encanta andar de pata de perro, por lo que a la mayor brevedad posible armamos todo un plan de fin de semana.

Llegamos un día antes del acontecimiento. Nos quedamos en una hacienda que lucía espléndida en las fotografías. En general, creo que si era hermosa, pero el servicio fue tan malo que difuminó su belleza en mis recuerdos, como si tuviera un manto grisáceo.

Ese pésimo servicio inicio toda la aventura, pues no estaba lista nuestra habitación. Tampoco pudimos recorrer la gran hacienda, su castillo y su lago por que había un evento del gobernador, así que decidimos —bueno, bueno, lo obligué— a dar una vuelta por el pueblo contiguo.

Después de caminar unas cuantas calles con piso de tierra, llegamos hasta la carretera internacional —¡ay, papá!—. Mientras avanzamos por la banqueta, recorriendo el sendero de la pequeña vía, pudimos observar que aparecían cazos y cazos de cobre, uno tras otro. Todos apostillados en la calle, llenos de burbujeante manteca, en la que se zambullían grandes y carnosos trozos de cerdo. Desde antes de asomarme o leer el anuncio ya sabía de que trataba —como saben, soy una verdadera fanática de las carnitas—.

Supliqué y supliqué puesto tras puesto que nos detuviéramos a degustarlas, pero una y otra vez Julio se negó a mis ruegos, alegando que no le gusta comer en la calle y menos en un lugar desconocido.

En eso, como una aparición divina, un local hecho y derecho se levanto ante nuestros ojos. Al ver que no tenía más excusas, me acompañó a su interior, ahora sí, sin chistar. Yo pedí uno de oreja y otro de trompa, él dos de maciza con cuerito.

Carnitas con pelos 5 salsa

Con sólo ver las salsas tan inusuales, estaba convencida que sería un formidable hallazgo. No podía esperar a probar los taquitos.

—Oiga, ¿Porqué hay tantos puestos de carnitas, será que tienen una especialidad o algo por el estilo? Le pregunté a la mesera.

—No, pues es el pueblo de las carnitas. Me dijo con una sonrisa y se dio la media vuelta.

Julio moría de risa por la respuesta. Yo sólo pensé “bueno, no tienen que saberlo todo, con que las carnitas estén buenas me basta y me sobra”.

Comí el primer taco. No estaba del todo mal. Hay muchas categorías de carnitas y en esa variedad radica su riqueza. Las hay doraditas y otras más suavecitas, de trozos grandes, las de pedacitos; también las hay color ámbar, unas más rosas y otras tirándole al café; la hay dulzonas y otras saladas; otras tantas pegajosas o aquellas que son tan prolijas que casi pierden el chiste. En fin. Ésta era del tipo ámbar, suavecita, dulzona y un poco pegajosa.

Carnitas con pelos 3

En el último bocado del primer taco, el de trompa, sentí que algo me raspo la lengua. Después, al tragarlo, me raspó la garganta. “Ay, no, si también lo siente Julio se va a enojar”. Lo miré disimuladamente y percibí un gesto de asco absoluto.

—Si ya no quieres no te lo comas, no es a fuerza —le dije.

—¡Ay, que bueno! —me contestó aliviado.

Le pregunté por qué no le había gustado y sólo encogió los hombros.

Entonces abrí mi segundo taco, el de oreja. Al ver la carne me percaté de un macabro hallazgo. Estaba cubierta de pelos, qué digo pelos, eran cerdas. Era como un cepillo, de esos para fregar cosas, claro, de cerdas naturales, con un lindo color crema, pero finalmente cerdas que resplandecían con la luz del día y hacían juego con la carne ambarina.

Solté una carcajada, creo que quería disimular el asco. Le enseñé mi taco a Julio, quien ahora sí se soltó como hilo de medía.

—¡Ay, que asco!, te dije que no comiéramos esto, a mi también me tocaron pelos y sólo no me quejé por que creí que te enojarías, en los tacos de la esquina de mi casa no pasa eso —bla bla bla… continuó quejándose.

Entonces me hice la valiente, le di otra mordida, y ahora con conciencia de lo que comía, pude sentir con claridad los pelos del cerdo rozando mi lengua, raspándome el paladar, haciéndome cosquillas en las encías, y por fin, restregándome la garganta al pasar.

No me terminé el taco. Pedimos la cuenta y huimos lo más rápido posible.

Carnitas con pelos 4

Mientras caminábamos de regreso, entre bromas, platicábamos sobre cómo se llenó el establecimiento mientras comíamos. Conforme pasaba el tiempo, grandes camionetas ocuparon los espacios del estacionamiento a pie de carretera. Bueno, es tanto el furor que la gente del pueblo siente por ese lugar, que hasta a la recepcionista del hotel nos fuimos a encontrar.

Unas horas mas tarde, al pasar por la recepción, me encontré a la misma chica.

—Oye, ¿Sabes por que hay tantos puestos de carnitas en esa calle? ¿Es igual en todo el pueblo o tienen alguna especialidad?

—No, pues es que es la calle de los taquitos.

No dije más y caminé hacia las escaleras. Ahí Julio se descocía de la risa. Yo no quise reírme, me pareció un poco grosero. Ya después en la cena reíamos a carcajadas. No podíamos creer lo raro de toda la situación.

Ven, no siempre son encuentros afortunados, pero alguien tiene que hacer el trabajo, y esta vez nos tocó a nosotros. Desde entonces recordamos esa aventura como los tacos peludos de la calle de los taquitos, en el pueblo de las carnitas. ¡Provecho!

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