Yo no sé nada de sumo y esa es la verdad. Lo poco que sé lo adjudico a cultura general—ese mazacote de conocimientos que quién sabe porqué se queda en mi cabeza— y el resto a a la serie de videojuegos de lucha Street Fighter, porque tenía un peleador de sumo el cual, desde luego, yo nunca elegí.

Corrijo. Yo no sabía nada de sumo, hasta que vine a Japón. En mi primer viaje, fui a un paseo en yukata —esa prenda muy parecida al kimono— por el río Sumida, área en la que se encuentra el estadio de sumo de Tokio. Las calles aledañas tienen pequeñas estatuas de esos luchadores que combaten cuerpo a cuerpo. Como parte del paseo, fuimos al estadio. En ese momento había un torneo infantil de este tipo de lucha pero a nosotros sólo nos pasearon de rápido por el lugar. Nos hablaron sobre lo duro del entrenamiento y lo mucho que se tienen que preparar para las peleas. Yo no presté mucha atención. El lugar era bonito y podía sacar lindas fotos, era todo lo que podía decir al respecto. Hasta que volví a Japón.

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SUmo 3

Todas las fotos por la autora

¿A qué vas a Ibaraki? Me preguntaron intrigados el agente de migración, el de aduana y hasta el que me entrevistó para la televisión. Cuando les hablaba del Buda de Ushiku se sorprendían, como si no superan que ahí está la tercera estatua más alta del mundo. Pero ese Buda no es lo único gigante de Ushiku, también tiene a Kisenosato, el yokozuna japonés.

—¿El yokoQUÉ?, —pregunté a Ayako-san, mi anfitriona, cuando me lo dijo.
—Yo/ko/zu/na/Ki/se/no/sa/to.

No tenía idea a qué se refería, yo sólo le había preguntado por el gordis con curita en la ceja que me gustaba tanto.

SUmo 2

Kisenosato, el yokozuna japonés

Le agarré gusto al sumo durante mi estancia en Inashiki. Por las tardes dejaban la televisión de la cocina prendida y ahí salían “las luchas de gordis”. Yo las empecé a ver por aburrimiento pero pronto me atrapó. ¡Era tan emocionante!

Los gordis entraban; se paseaban como cinco minutos, tal vez más; se echaban una especie de polvo en el cuerpo y luego lo aventaban, malmirando al rival; se pegaban en la frondosa barriga, muslos y nalgas —y a mí me sorprendía que a pesar de tanta voluptuosidad el cuerpo no les temblara como gelatina—; se agarraban una prenda parecida a un cinturón con muchos palitos largos y se ponían en cuclillas, a veces hasta tres veces antes de embestirse.

¡Pum! Se escuchaba. Era como ver dos rinocerontes enfrentados. Se daban topes, se pegaban en la cara, se empujaban, se abrazaban y se tiraban. Todo pasaba tan rápido. Vi encuentros de tres o cinco segundos.

A pesar de lo rápido, sucedían muchas cosas y era tan intenso. Así fue como Kisenosato terminó una vez embarrado de sangre y desde entonces empezó a usar una bandita en la ceja. Para mí era el gordis chido de la bandita en la ceja. No sabía más. Ni que tenía el título más alto del sumo, ni que cuando él ascendió fue la primera vez en 19 años que un luchador nacido en Japón obtenía el rango, ni que tiene 30 años, ni que vive en Ushiku, Ibaraki, o que su verdadero nombre es Yutaka Hagiwara. Nada, cero bolita.

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SUmo 4

Por eso cuando Ayako-san me dijo su nombre lo primero que hice fue preguntarle a Google sobre él y el sumo en general. Me perturbó particularmente que hubiera tantos peleadores mongoles fuertes. En mi ignorancia pensaba que se trataba de algo sólo de japoneses. ¡Qué burra! ¿Verdad? El hecho de que Kisenosato fuera de Ushiku, el lugar que me trajo aquí en este viaje, Ibaraki, la prefectura en la que estoy, me pareció un guiño de Fortuna, la diosa, y abracé al buen Kisenosato como mi “superfavorito”.

Todas las tardes, en punto de las cinco, me sentaba junto a Obāchan, la abuelita de la casa, para disfrutar del torneo de primavera de sumo que se llevó a cabo en Osaka. Juntas, nos emocionábamos y gritábamos poquito. Yo más que ella, obvio. Era mi hora favorita del día.

Así, empecé a apreciar la belleza de los encuentros, la rapidez física y mental que exige, lo intenso de los encuentros y cómo cada pelea y cada rival se enfrenta de distinta manera: a veces se abrazan, a veces se empujan y a veces hacen que la gravedad juegue a su favor y dejan que el otro caiga por su propio peso. Literal. Me resultaba poético. Se parece tanto a la vida, al amor, a la muerte.

Estaba muy entusiasmada con el sumo y más con mi “superfavorito”, Kisenosato, por eso un viernes cuando regresé del karaoke, lo primero que hice fue preguntar a Obāchan por él. Cuando me dijo que perdió y que estaba lastimado, me preocupé. ¡Oh, no, mi héroe estaba en apuros! En otra ocasión estuve todo el día en Tokio, así que no pude ver el sumo pero, según leí, Kisenosato estaba lesionado. ¿Qué tanto? No lo sabía.

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SUmo 1

Por fin un día me senté frente al televisor a las cinco de la tarde. Ya sabía que mi gordis pelea casi al final. Lo que no sabía era que aquella lucha era la definitiva. Al fin llegó su momento. Lo vi maltrecho, casi vulnerable. ¿Cómo un hombre de 188 centímetros y 176 kilogramos puede lucir así? A pesar del aspecto tuvo un excelente y dramático encuentro. ¡Felicidad! ¡Viva! ¡Viva! Y entonces peleó otra vez, ¿cómo? ¿Por qué? Yo no entendía qué estaba pasando. Maldije mi ignorancia en el sumo y en el japonés. El segundo encuentro fue cerrado y yo no entendí las señas del juez.

Kisenosato y su oponente salieron. Yo me quedé en las mismas. En las ocasiones anteriores, el que ganaba permanecía en la arena y el réferi le hacía algunos ademanes, “la bendición”, le digo yo. Pero esta vez no hubo bendiciones, ni nada.

Así que ahí estaba yo, con el Jesús en la boca, tratando de adivinar qué pasaba. Entonces Kisenosato salió de nuevo, se paró muy derecho enfrente de la zona de pelea en donde ahora había una copa gigante y empezó a sonar lo que, supuse, era el himno japonés.

No necesito saber el idioma ni del deporte para entender lo que estaba pasando: Kisenosato estaba por recibir el trofeo del torneo de primavera. Él, emocionado, empezó a cantar el himno pero no pudo continuar: la emoción se le vino encima en forma de lágrimas. Un hombresote así llorando de emoción es un espectáculo hermoso. Y yo también lloré con él, porque su triunfo también era un poquito mío, que no soy japonesa, ni de Ibaraki, ni de Ushiku, pero estaba ahí en el momento justo para ver su triunfo y conmoverme hasta las lágrimas también.

Yo no sé nada de sumo, la verdad, pero sé de emociones, de ganar, de perder, de esfuerzo, de dolor, de felicidad. Sé lo suficientemente como para alegrarme con él, por él y también por mí.

Foto portada: Sach.S/Visual Hunt

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