Fue mi primer —y espero único— robo en el país del sol naciente. Estaba sentada en una banca, al costado del Palacio Imperial de Kyoto. Ignorante e ilusa, fui al lugar con el propósito de recorrerlo. La visita fue inútil. Sólo se puede entrar cuando eres parte de un tour guiado. Aunque se trata de un paseo gratuito y disponible para todos los turistas, debes registrarte primero para conseguir lugar. Eso lo supe después del robo. En ese momento sólo estaba un poco desilusionada y hambrienta.

Estaba sentada en una banca, dispuesta a comer mi almuerzo. Saqué la botella de agua y el sándwich de queso con pepino que me había preparado por la mañana. Le di la primera mordida. Me gusta el sabor del pepino con el queso, es fresquito. Le di una segunda mordida y levanté la vista. Los árboles altísimos sobresalían entre los muros imperiales. De pronto, algo pasó cerca de mí tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. Fue como una ráfaga de aire que me arrebataba el sándwich de las manos. Me quedé helada, tratando de entender lo que estaba pasando.

En realidad, la aventura en Kyoto empezó un día antes. Llegué ahí buscando refugio tras un recorrido por medio Japón que me llevó a Miyazaki por error, a Miyajima, a la isla de los conejos y a la de los gatos. Cansada de tanto ir y venir, decidí convertirme en una turista “normal”, ir a donde van todos los extranjeros y hacer más o menos las mismas cosas.

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No tenía reservación en ningún lado, así que con todo y cansancio y mochila tuve que recorrer los alrededores de la estación de Kyoto para encontrar un alojamiento adecuado a mis posibilidades económicas, que no son muchas. Al fin llegué a Tomato Hostel, un lugar sencillo y cómodo donde encontré una habitación para mí solita por poco más de 3 mil yenes (en ese entonces como 450 pesos mexicanos), toda una ganga. Esa tarde la dediqué a lavar la ropa y darme un buen baño.

Al día siguiente, salí directo a la estación Kyoto y compré un pase de un día para viajar en el sistema de autobuses de la ciudad. En este sentido, Kyoto es distinto al resto de lugares que visité. Aquí el rey indiscutible del transporte público es el bus, y me pareció muy conveniente poder ir a tantos templos como podía por tan sólo 500 yenes (como 75 pesos). Así la cosas, tomé el primer bus del día, me senté en los primeros asientos y, tras sentirme como en un chiste (ya saben: había una vez un alemán, un francés, un inglés y una mexicana…), me dediqué a ponerle mucha atención a la ciudad para no perderme, al menos no tan pronto.

La primera parada fue, obviamente, el templo Kinkakuji. Y digo “obviamente” porque se trata del famoso palacio dorado, tan renombrado y fotogénico. Al entrar, el impacto me duró poco. Sí, es un palacio dorado. Sí, es bonito pero le faltaba algo. Tal vez buena compañía. Después decidí ir al bosque de bambúes de Arashiyama, otro lugar famoso y muy fotogénico. Como ya había pagado un pase que me permitía subir y bajar de cuanto bus se me ocurriera (siempre y cuando estuviera dentro del límite de la ciudad, marcado con una línea roja en el mapa que me dieron junto con el boleto), me bajé a ver el templo Ninnaji, que estaba en el camino. Debo decir una cosa: si hay algo que abunda en Kyoto son templos, puedes ver templos por días y no repetirías ni uno solo. El templo Ninnaji está bien pero después de ver tanto templo es como pan con lo mismo.

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Retomé el camino rumbo a Arashiyama y me bajé un poco después. Eso lo supe porque justo en esa parada no había bosque alguno de bambúes. El error: bajé en la estación Arashiyama Tenryuji, que es para el templo; el bosque se encuentra en la anterior, Nonomiya. Ansiaba ver aquél paraje de ensueño. Caminé hasta el bosque sólo para encontrarlo poco ensoñador. Estaba lleno de turistas, que siempre afectan la vista, y el bosque estaba carente de encanto. Es decir, a esas alturas ya había ido a pueblos lejanos y poco conocidos de Japón y me habían dejado sin aliento, como aquella diminuta isla de Aoshima, en Miyazaki, o el pueblo pesquero de Aburatsu. El bosque de bambúes estaba bien. Es fotogénico. Lo que más disfruté fue el sonido del viento meciendo los bambúes.

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A las tres de la tarde ya había cubierto mi itinerario del día, así que me dediqué a caminar a la orilla del río, un paisaje que no es tan conocido pero que disfruté bastante más. Ahí supe de Iwatayama Reserva de Monos en Arashiyama, un lugar lleno de tiernos monos a los que se podía alimentar. Por desgracia, ya estaban por cerrar así que tuve que dilatar esa experiencia.

Para pasar el resto de la tarde, crucé la ciudad y fui a Gion para buscar maikos. La imagen que tenemos en occidente de la geisha en realidad es de las maikos, que son aprendices. Entre las principales diferencias están el kimono, el obi, el peinado, los adornos para el cabello, el calzado y el maquillaje. La versión resumida es que las maikos son más vistosas que la geishas. Ir a Kyoto y no ver maikos es como no ir. Sin embargo, corrí sin suerte.

Lo primero que hice en mi siguiente día de turista “normal” fue ir a ver monos, donde pasé toda la mañana, tratando de tomar una buena foto, sin lograrlo. Casi a la salida, un par de monos me cerraron el camino y me malmiraron. Yo recordé los documentales que había visto en canales de naturaleza y me mantuve calmada, sin enseñarles los dientes porque, al parecer, lo toman como gesto agresivo. Salí ilesa y fui a buscar un par de templos de los que había leído buenas reseñas. No me fue muy bien. El Kokedera estaba cerrado por reparaciones y en el Suzumushidera había una fila tan larga que no me apeteció esperar.

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Andando entre las calles llegué a un lugar que llamó mi atención por lo verde y misterioso. Un jardín con bambúes destacaba desde afuera. Se trataba del templo Jizo-in, que no es famoso ni aparece en los mapas pero me obsequió un medio día encantador. El jardín de bambúes no es tan grande como el bosque del día anterior, pero se podía apreciar mucho mejor. Hasta el fondo hay un espacio en el que está prohibido el uso de teléfonos celulares y cámaras. Para entrar, hay que quitarse los zapatos. Se trata de una estancia amplia con piso de tatami y alfombra roja en el que da el sol. Es un lugar de meditación; te puedes sentar o acostar sobre la alfombra para sentir los rayos del sol y escuchar el murmullo del aire entre las hojas. La música de la naturaleza es tan relajante que casi me quedé dormida. Por fortuna, no fue así y pude incorporarme ante la llegada de otros visitantes.

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Renovada y relajada decidí, ahora sí, ir al Palacio Imperial, otro imperdible de Kyoto que se debe visitar sí o sí. Llegué ahí pasadas las dos de la tarde. Después de dar un recorrido por todos los edificios y enterarme de que debía registrar la solicitud para ser parte de un tour guiado, fui a sentarme a una banca, dispuesta a disfrutar de mi sándwich de pepino con queso.

El bocadillo fue arrebatado de mis manos con la velocidad de un relámpago, yo no sabía qué pensar. Todo había pasado demasiado rápido y necesitaba tiempo para asimilarlo. Miré hacia los altos árboles que tenía enfrente de mí y encontré de inmediato al perverso criminal que me había robado el almuerzo: un halcón grande que hurgaba los restos que quedaron en la bolsa de plástico que se llevó.

Me preocupé bastante, no por el sándwich, sino por la bolsa que tenía el halcón entre las garras. Recordé todas las terribles imágenes de animalitos que morían ahogados por algún producto del hombre y pensé seriamente en ir a dar aviso a la guardia imperial para que evitaran tan fatal desenlace. No hizo falta. El ladrón dejó caer la bolsa vacía y se lanzó sobre el piso en el que yacían fragmentos de pan. Otro halcón se unió a la cosecha y juntos, uno tras otro, volaron en círculos tratando de agarrar el resto del sándwich, sin lograrlo. Yo los miraba divertida mientras comía una manzana. Tras varios intentos fatuos, se dieron por vencidos y se retiraron.

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Un grupo de cuervos que estaba bastante cerca atestiguó toda la escena y miró con interés el resto del pan. Yo sentí un poco de pena por los halcones, arrebatarme a mí el sándwich había sido fácil, lástima que no se pudiera decir lo mismo sobre el piso.

Junté el resto de pan del suelo y lo puse sobre la banca de al lado. Tal vez así les sería más fácil conseguir el preciado botín. Por mí presencia, ni cuervos ni halcones se animaron a intentarlo.
Una vez que me levanté, ambos grupos se lanzaron feroces sobre el pan de la banca. Los cuervos estaban más cerca y les ganaban a los halcones en cantidad, sólo tuvieron que dar unos brinquitos para llegar al botín en disputa. La increíble velocidad del vuelo en picada de los halcones no fue suficiente para compensar la desventaja. Los cuervos se pasearon orondos con el pan, mientras los halcones los perseguían, volando en círculos. No importó la táctica de intimidación de los halcones, los cuervos jamás soltaron el botín. El halcón se dio por vencido y dio horrendos graznidos antes de retirarse a los árboles que lo guarnecían. Yo miré divertida y reí ante el fatal desenlace.

Eso fue, con mucho, lo más memorable de mi estancia en Kyoto. Supongo que la siguiente vez será mejor ir acompañada.

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