Enclavado en el sureste mexicano, Juchitán de Zaragoza es una comunidad que mezcla las tradiciones ancestrales de la cultura Zapoteca con la modernidad y urbanización. Ubicado en el estado de Oaxaca, para llegar a este lugar uno necesita aventurarse y tomar carretera durante varias horas. De 8 a 10 dependiendo el tráfico.

Tras haber hecho el largo viaje en el que se puede disfrutar todo tipo de paisajes —desde ver a los volcanes en Puebla, pasando por la zona tropical de Veracruz— se llega a La Ventosa, llamada así por el fuerte aire que circula en la zona y hoy es aprovechado por grande campos eólicos; eso nos indica que estamos cerca de llegar a Juchitán.

Juchitán Bienvenidos OK

Este lugar es famoso en todo el mundo por tener una estructura de poder llamada matriarcado —donde las mujeres son las jefas y cabezas de familia— una situación que lejos de causar conflicto es aplaudida y respetada. Las tecas como son llamadas , son mujeres que desde temprana edad comienzan a trabajar y apoyar en la casa. Para conocer mejor este matriarcado basta con darse una vuelta por el mercado principal y darnos cuenta que el poder lo tienen ellas.

Caminando por la avenida 16 de Septiembre a lo lejos comienzas a ver el movimiento —el mercado Juchiteco es el más importante de la zona de Istmo de Tehuantepec puesto que es aquí donde vienen todos los agricultores y ganaderos a ofertar sus productos— y mientras más te acercas los colores y olores te atrapan. Das un paso y huele a chocolate recién molido, otro paso y el olor a flores recién cortadas te atrapa. El calor en Juchitán es impresionante, mientras que en diciembre la temperatura agradable es de 30 grados, en el mes de mayo se llega a alcanzar los 40 a la sombra. Por supuesto, la primer parada obligada es en el puesto de “horchatas y aguas frescas”. Además de degustar la mejor bebida, llama la atención que quien te atiende es toda una generación de mujeres, la abuela es la que cobra, la mamá es la que sirve las aguas, y la hija apoya pasando las bolsas o vasos.

mercado

Al dar la vuelta y adentrarte al mercado una decena de mujeres hablando en zapoteco te dicen:

“¿Va a querer totopo güerita?. Tamal de iguana, queso, camarón”…

…a lo cual, por supuesto, el visitante no se puede resistir.

Aquí el punto importante no es lo buenas comerciantes que son —porque en verdad ellas logran vender todo lo que llevan al día— sino que no hay hombres que las apoyen en esto.

—¿Y los hombres? ¿Por qué no las ayudan?

—¡Ay, señorita!, pues eso aquí no se acostumbra. Ellos están trabajando en el campo o en las tiendas —ferreterías, Aurrera, Soriana y demás negocios que han invadido la zona—; aquí nosotras somos las que llevamos el verdadero dinero a la casa, sabemos vender y nos gusta mucho —dice Rosa con el semblante contento.

Y mientras seguimos caminando el olor a comida invade mis sentidos, giro la cabeza y bajo los portales de la presidencia municipal se encuentran las cocineras.

“¿Va a querer garnacha?. Una tlayuda, pollo garnachero. ¡Pásele pásele!”.

Mientras las mujeres gritan para invitarte a su local, se observa que a pesar de llevar horas cocinando te reciben con una buena actitud, lo cual es grato para el comensal. Mientras nos preparan unas garnachas —tortillas pequeñas doradas y acompañadas por carne, col, salsa roja y queso— y una deliciosa Tlayudas —tortillas grandes acompañadas de esa manteca no refinada llamada asiento, tasajo, frijol y queso— te cuentan su vida.

—¿Lleva muchos años vendiendo en el mercado?

—!Sí claro! —contesta con una gran sonrisa—.Tenía unos 13 años cuando empecé a trabajar con mi mamá, hoy tengo 59 y gracias a esto saqué adelante a mis hijos. Ellos estudiaron en México y son unos profesionistas.

—¿Fue difícil?

—Claro que lo fue, porque aunque los extrañaba mucho, ellos tenían que superarse. Eso es lo que hacemos las tecas, luchamos por nuestros hijos.

Juchitan Muxe shaulschwarz Flickr

Foto shaul schwarz

El recorrido continúa y llego al puesto de las flores, aquí atiende una chica muy particular. Aida nació siendo un niño pero con el paso de los años decidió que se sentía más cómoda vistiéndose como su mamá y sus hermanas.

—¿Qué vas a querer, mana? Yo te recomiendo unas flores con mucho color, todas son del día,—dice con una voz delgada y con mucha seguridad.

Es tanto el poder de la mujer que incluso en algunas familias tener a un hijo muxhe (un hombre homosexual) es bien visto. Los muxhes apoyan a sus mamás al igual que las hijas mujeres, visten su traje regional, portan joyas y acompañan a sus madres a vender los productos.

—¿Aquí ustedes tiene su Vela muxhe verdad?

—Ay, sí. Todos en Juchitán tienen distintas Velas y pues nosotras también. Se llaman “Las Intrépidas”. Estuvimos separadas pero ya nos volvimos a juntar, todo bien bonito.

Las Velas son festividades a los distintos santos y consisten en una misa, un desfile alegórico y por la noche un baile de gala.
Con esa experiencia en la que no hay discriminación seguimos caminando por el mercado y llegamos a la parte de los trajes regionales —porque de aquí son las auténticas tehuanas— y el oro.

Juchitan bordados Karen Elwell Flickr

Foto: Karen Elwell Flickr

Con bordados multicolores sobre telas de terciopelo, raso y satín, el traje istmeño ha logrado convertirse en uno de los estandartes de México a nivel internacional y sí, como lo hemos visto en los demás puesto del mercado, también lo hacen las manos de mujeres juchitecas.

—¿Cuánto cuesta un traje así?

—El más sencillo lo encuentra en dos mil pesos y el más caro pues hasta de 20 mil pesos o más, depende del hilo.
Y es que al ver los trajes por un instante te sientes abrumado y a la vez fascinado por lo minucioso de la labor, puesto que el trabajo es tan detallado —el bordado de las flores se mezcla con varios colores lo cual nos da un resultado de degradado— que parece sorprendente tanto para visitantes nacionales como extranjeros.

Pero portar el traje tehuano no es lo único que se hace, acompañando al huipil y la enagua se tiene que complementar con unos aretes, collares y pulseras de oro. El máximo símbolo de prosperidad Juchiteca.

Juchitán OK

Y mientras un grupo de personas se queda viendo los trajes, giro mi cabeza y veo las vitrinas llenas de joyas en color oro. Llama la atención que al ir contemplando puesto por puesto —por que aquí no hay joyerías como en la capital del país; el oro se vende en el mercado— las paisanas tienen su pesa para calcular los quilates y también las terminales bancarias para evitar formarte en el cajero. En los cristales se ven desde monedas, pasando por esclavas hasta llegar a collares que cuelgan centenarios.

—¿Por qué los collares son tan grandes?

—Aquí a las señoras nos gusta portar el oro, entonces entre más
grande más bonito. Todas tenemos oro, pero con la inseguridad mejor se mezcla lo real con la chapita de oro.

Después de un par de horas de caminar por los pasillos y los portales del mercado es momento de salir, no sin antes probar los deliciosos dulces hechos a base de maíz y azúcar. El tiempo se pasa volando y de pronto te das cuenta que es momento de regresar, pero a pesar de que Juchitán hoy luce muy distinto al tiempo en el que Porfirio Díaz libraba batallas contra los franceses —porque está zona fue miembro activo de la lucha en la época de la Intervención Francesa— las tradiciones y costumbres continúan. Aquí no sorprende que las mujeres tomen el mando, aquí la sociedad no las juzga, por el contrario ser una teca es cuestión de orgullo.

Foto portada: Nicola Okin Frioli www.oneequalworld.com

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