Una valla humana formada en el Eje Central a la altura de la calle 5 de mayo no me dejaba cruzar al otro lado. A las tres de la tarde miles de personas flanqueaban las aceras de una de las principales vialidades de la Ciudad de México. Algunos llegaron desde las 5 de la mañana para tener un buen lugar. “Hay más gente que con el Papa”, decía un señor mientras subía, de manera torpe, a la base de un poste para que ninguna cabeza estorbara su vista. Quería ver, aunque sea por unos segundos, el cortejo fúnebre que llevaría las cenizas de Alberto Aguilera Valadez, Juan Gabriel, el Divo de Juárez, al Palacio de las Bellas Artes.

—¿Qué va a pasar por aquí? —pregunta un sujeto distraído a una chica.

Ella lo mira con una mezcla de sorpresa y dolor. En verdad está afectada: los ojos rojos, los párpados hinchados, la cara larga. Pareciera que ha muerto un ser querido o alguien muy cercano. Contesta con una voz casi quebrada, al mismo tiempo el canto de JuanGa escapa de una bocina conectada a un celular: “En esta primavera las flores de mayo serán para ti…”.

—Juan Gabriel, por aquí va a pasar Juan Gabriel —y las lagrimas se escapan de sus ojos delineados con rímel negro.

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La policía trata que el Eje esté despejado, pero es imposible. Mil 200 policías parecen pocos para controlar a las 750 mil personas que, según las autoridades, se presentaran al homenaje en dos días. La gente quiere estar cerca, quiere tocar la carroza que lleva las cenizas del Divo, gritarle un adiós agitando una bandera con su rostro impreso, así como sacudían el pañuelo blanco en sus conciertos.

Son las 16:12. Se acerca un convoy. Una fila de granaderos abren paso a las patrullas y motocicletas que escoltan una carroza y un par de camionetas de prensa y otras motocicletas con camarógrafos. Por fin se ve el carro negro. Va despacio, a no más de 30 kilómetros por hora, seguido por decenas de motocicletas de seguridad y prensa. Pasa sólo unos segundos delante de la gente pero es suficiente para que griten “¡Adiós!”,“¡Te queremos!” y salgan las lágrimas.

—Es que era un ejemplo —me dice una señora que ha asistido a los homenajes hechos al Divo en Garibaldi y la marcha al Zócalo— México le debe tanto. Dicen que lo bueno se va pronto.

—JuanGa es una de la mejores cosas que le han pasado al país y por ello es una desgracia su muerte —me dice otro de sus fans que viene de Parácuaro, Michoacán, la tierra que vio nacer al, desde ahora, ídolo. Están formados, en una larga línea de personas que serpentea por la Alameda Central, desde las 10 de la mañana.

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Anathan Briss

¿Qué convierte a una persona en ídolo? ¿Qué tuvo este compositor, calificado por los expertos en “música culta” como limitado, para provocar tumulto después de muerto?

—Él es espejo de México —me comenta entre la gente Anathan Briss, a quien se le relaciona sentimentalmente con Alberto Aguilera antes que se convirtiera en Juan Gabriel, a principio de los 70— porque nos pone el ejemplo, porque a pesar de su pobreza llegó a ser grande. Él es nuestro espejo.

Las pantallas colocadas en la Alameda proyectan lo que sucede en el vestíbulo de Bellas Artes. Son las 16:45 y la urna con las cenizas de Juan Gabriel es depositada en una base por Iván Gabriel, el hijo del cantante. El contenedor tiene una imagen plateada de la Virgen de Guadalupe y las iniciales AAV: Alberto Aguilera Valadez. En seguida comienzan los acordes del Mariachi de mi Tierra, y el tenor Fernando Mora, a un costado del arreglo floral con una banda morada que lleva la leyenda “Presidencia de la República”, comienza a cantar: “Tú eres la tristeza de mis ojos…”. Afuera miles de voces se unen. No cantan tan bonito como el tenor, pero hay harto sentimiento. El llanto es la prueba.

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Cómo siempre lo hizo en sus presentaciones, Juan Gabriel de nuevo provoca que la gente olvide sus problemas, y se concentre sólo en él y sus canciones. Pareciera que sigue fiel al PRI y al presidente, como le confesara al periodista Fabricio León. Y tal como lo hizo en 1988, que ofreció una presentación de ocho horas en televisión cuando se calificaba la elección que ganó de forma dudosa Carlos Salinas de Gortari, ahora su muerte ha servido para distraer las reacciones por el engañoso Cuarto Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto.

De a poco la fila interminable se empieza a mover. En la pantalla se ven los primeros admiradores pasar frente a la caja, tan grande como una lonchera. Secan sus lagrimas, se santiguan, toman una foto con el celular, vuelven a santiguar el rostro, todo en menos de tres segundos. Su ídolo ha dejado la Tierra y ahora parece que se convierte un santo. Habrá que darse una vuelta al mercado de Sonora en las próximas semanas para buscar una veladora con la imagen del Divo de un lado y su oración mal impresa en el vaso de vidrio.

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