En Japón no sólo hay ciudades ruidosas y templos al por mayor, también tiene otra parte con escenarios bucólicos y tranquilos; con plantaciones de arroz que asemejan una gran alfombra en distintos tonos de verde; con huertos llenos de manzanas dulcísimas, cubiertas con papeles blancos, como si estuvieran vestidas de novia; con viñedos que crecen en estructuras que los mantienen horizontales y alejados del piso, son techos de hojas en los que penden racimos con uvas más grandes que mi pulgar; con ríos por cuyas orillas se da un paseo vespertino relajado, llevando al perro; con máquinas expendedoras de huevo; con vecinos que regalan pepinos y pérsimos recién cosechados… Así que hacia allá dirigí mis pasos. Tomé un autobús en Shinjuku, una de las principales estaciones de Tokyo, y tres horas después estaba en una granja orgánica en Fujikawa, prefectura de Yamanashi.

Una tarde, mientras desyerbaba un campo de arroz, mi anfitriona me presentó a Mariko-san, una amiga suya que nos ayudaría en esa jornada. En la presentación le dijo que yo era mexicana. Mariko-san respondió abriendo sus rasgados ojos tanto como podía y diciendo con una sonrisa: ¡tacos!, ¡salsa!

Después de un tiempo en Japón, te acostumbras a esa reacción cuando se enteran de tu nacionalidad; sin embargo, con ella las cosas fueron un poco más allá. Su evidente entusiasmo se debía a que trabaja en un restaurante llamado Sun Katsina que, entre otras cosas, hace tacos. Mariko-san prepara los ingredientes siguiendo las recetas de un libro de cocina mexicana, así que al tener ahí enfrente a una mexicana de verdad, se le iluminaron los ojos.

Japotacos 4 Nos pusimos a hablar de tacos. Le dije que los extrañaba mucho. Ella me invitó a su restaurante para que probara los que hacía. Acepté encanta. Las cascadas y los parajes hermosos que pensaba ver en mi día de descanso podían esperar. Ella me estaba ofreciendo tacos. Los tacos matan todo.

Según había entendido, le ayudaría en el restaurante. Tendría que atender clientes, apoyarla en la cocina, limpiar, en fin, tareas bastante sencillas. Teníamos un trato. No me importaba trabajar en mi día libre siempre y cuando hubiera tacos.

Quedamos de vernos el siguiente sábado a las ocho de la mañana. Como ya sé que los japoneses dicen una hora y hay que estar antes, me levanté temprano para apurarme y estar lista a tiempo.

Ella llegó poco antes de las ocho, me presentó a dos de sus hijos y nos fuimos. Me dijo que el lugar estaba como a hora y media de camino. No me sorprendió, supuse que el paraíso de tacos no estaba en un pueblo tan pequeño.

La carretera nos condujo a algo así como un campamento. Vi las casas de campaña y los puestos de comida coloridos instalados en medio de la montaña. Sonreí. De golpe, regresé mentalmente 15 años de mi vida para encontrarme en esos campamentos juveniles a los que iba para cambiar el mundo.

Japotacos 1 Pensé que sólo era parte del camino pero se estacionó más adelante. Estaba confundida. Se supone que iríamos al restaurante al que trabajaba. Yo llevaba falda y huaraches, no estaba preparada para un campamento.

Eso no importó. Nos encaminamos hacía algo así como un concierto de tres días en el bosque de Nagano. Ahí estaba instalado el puesto de Sun Katsina, en donde podría comer al fin los ansiados tacos.

Pronto me di cuenta de que sería imposible caminar con chanclas en ese suelo lodoso, así que opté por quitármelas. Sin buscarlo, era de nuevo la jipi de camisa de manta que anda descalza entre las piedras y el lodazal.

Desde la llegada, me advirtió que nos regresaríamos a casa a las cuatro de la tarde y me pidió que preparara guacamole para todo el equipo.

Japotacos 2 Le expliqué que el guacamole se hace en el molcajete, pero para el caso tendría que arreglarme con lo que había. Me dio seis aguacates grandes que, para mí deleite, tenían una etiqueta que decía que venían de México. También me dio cebolla morada, ajo, limón, chile habanero, sal y pimienta.

Como no podía machacar los ingredientes, decidí picarlos muy finamente. Así, empecé con el chile habanero y la cebolla, ingredientes que desflemé con limón. Agregué un poco de ajo. Luego puse todo el aguacate en un bol grande y lo machaqué con una cuchara. Agregué un poco de sal y separé el aguacate para dos versiones: el picante y el no tan picante. Mezcle bien y lo probaron. Parece que les gustó. Al menos Mariko-san y Hana-san, miembro del staff, eso dijeron y se lo empezaron a comer, que es lo más importante.

Yo también lo probé. Me quedó picoso y me gustó. Era curioso ser la mexicana que hacía guacamole en un puesto japonés de tacos.

japotacos 5 Me fui a recorrer el campamento y a sacar fotos. Mariko-san me ofreció tacos pero no tenía hambre así que lo dejé para más tarde.

Sus amigos me invitaron un shot de tequila . No soy fan del tequila pero, al parecer, en el extranjero esperan que los mexicanos lo tomemos. Acepté y me lo bebí de un trago. Luego me dieron un vaso con cerveza.

A lo lejos, una chica muy delgada vestida de verde y un joven con un sombrero amarillo animaban a los presentes, tocando y cantando en el escenario algo así como reggae japonés. Me uní al público y me puse a bailar. Para cerrar su participación, invitaron a un par de integrantes del grupo anterior. Los acordes de “One Love”, una de mis canciones favoritas de Bob Marley, sonaron en el bosque de Nagano. Empezamos a cantar al unísono: “One love, one heart, let´s get together and feel all right”. Bailé sonriente en el lodo, junto a todos los demás. ¿Se puede ser más feliz en el mundo? Se puede.

Vino el descanso del grupo y Mariko-san me ofreció tacos otra vez. Acepté. Ella empezó a preparar los ingredientes, pero llegó una mujer que pidió tacos chips (así le llaman a un plato con totopos y salsa) y ella la atendió. Entonces, Hosaka-san, un hombre de cabello largo y canoso que está a cargo del lugar, siguió con la preparación del taco: calentó carne molida sazonada y una especie de “tortilla” de las que hace Mariko-san, más cercana al pan árabe que a la tortilla mexicana. Puso lechuga picada en la tortilla, luego la carne, luego salsa “de la que pica” (que no pica), luego guacamole y al final queso rallado. Le costó un poco de trabajo enrollar la tortilla pero lo logró. Por fin tenía un taco en mis manos.

Japotacos 6 Lo comí con ganas. Tenía hambre. No era un taco en sentido estricto. Era una interpretación. Era japotaco. Y era bueno. Me gustó la aproximación. Fue un buen detalle. Agradecí tanto como pude y me fui a comprar una cerveza mexicana, esa que hace su festival de música en la capital. Pagué 500 yenes por ella (aproximadamente 70 pesos mexicanos), la primera vez que pago tanto por una cerveza que ni siquiera es de mis favoritas pero, por esa ocasión, valió la pena.

Más tarde, el esposo de Hana-san hizo de Dj en el campamento. Me pareció prudente apoyar al equipo de Sun Katsina bailando un poco, a pesar de la ligera llovizna. Supongo que yo no sé bailar sólo “un poco”. Me dejé llevar por el sonido de la música electrónica. A mi lado, un par de jóvenes bailaban tímidamente. Después se acercó un hombre que pasaba el uno ochenta de estatura, de cabello cano y ensortijado, amarrado en una coleta, blanquísimo, vestido de azul. Nuestras miradas se cruzaron, sonreímos y seguimos bailando. A todas luces, éramos los únicos extranjeros en el lugar.

Estuve bailando casi tanto tiempo como el esposo de Hana-san puso música. Me gustaba sentir la suavidad del lodo entre los dedos de los pies. Atrás de mí, una enorme fogata, rodeada de troncos, calentaba el lugar. Un hombre jugaba con su hijo, un pequeñito que recién dominaba el duro acto de ponerse de pie y caminar. Más gente se unió al baile. Las tres carpas cuadradas de metro y medio guarecieron a varios danzantes. El cielo encapotado del bosque de Nagano seguía amenazando con soltar un aguacero, aun así bailamos como si no hubiera mañana.

Japotacos 8 Eran poco más de las tres y media de la tarde. Mariko-san y yo nos iríamos pronto. Me acerqué de nuevo al local de Sun Katsina para pedir un último taco antes de irme. Intenté pagar los 500 yenes que cuestan pero no me aceptaron el dinero. Entonces abrí mi colorida bolsa tejida por indígenas chiapanecos y saqué una máscara de luchador con algunos presentes en su interior.

Lucha libre“, dijo Gou-san, un amigo del staff, “¡Octagón!”. Me sorprendió y me dio mucho gusto que incluso supiera el nombre del luchador que portaba esa máscara. Hosaka-san se la puso y todos le empezaron a gritar: “psycho”. Por las risas de todos, supuse que era algo bueno en ese contexto. Le di un llavero de las pirámides a Hana-san y una pulsera tricolor a Mariko-san. El pequeño sombrero tejano y dos sarapitos se unieron a la decoración del lugar, que incluía una botella vacía de Corona, a manera de florero, unos ajos, unos chiles habaneros, una salsa Tabasco y un par de frascos de salsa casera con tapa blanca.

Regresé a la granja de Fujikawa con las manos enchiladas y una gran sonrisa. Japón, cerveza, música, tacos y gente amable, ¿qué más puedo pedir?

Esta crónica fue publicada el 9 octubre de 2015

 

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