Fotos Enrique Rivera

A las ocho de la mañana del 12 de diciembre de 2014, Ana Celia Martínez recibió una llamada telefónica. Por el acento español y entusiasmo de su interlocutor concluyó que deseaban venderle algo o tal vez ofrecerle una tarjeta de crédito. “¿De parte de quién?”, preguntó. La respuesta la puso en estado de shock: “Estamos hablando de Tenerife y te queremos avisar que acabas de ganar el Premio Tenerife”. Ella solo pudo articular un “¿en serio?” y le contestaron: “Si, estamos cerrando la Asamblea y hemos decidido que tu trabajo merece el Premio Tenerife porque cumple con las características que estamos pidiendo: una investigación contextual, histórica y antropológica”.

Izote, Iczotl. Fibra con identidad, tradición y permanencia fue la investigación ganadora del Premio al Fomento y la Investigación de la Artesanía de España y América Latina. Ana Celia Martínez vio el fruto de más de seis años y medio de trabajo con la fibra del izote en Zumpahuacán, un poblado en la montaña al sur del Estado de México, haciendo frontera con el Estado de Morelos.

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Ella se interesó en el izote, una fibra que se extrae de una planta agavácea del mismo nombre endémica del Estado de México, cuando buscaba material para una intervención que le permitiera entrar al estudio de posgrados mesoamericanos. El izote es una yuca que científicamente se llama Yucca aff Jaliscensis Trel y es pariente de la Yucca elephantipescuya, cuya flor es consumida en México, Guatemala y El Salvador en salsas, tamales, ensaladas y sopas, además de ser utilizada en la medicina tradicional.

Al platicar con otros colegas Ana Celia se dio cuenta que pocos conocían esa fibra y que, por lo tanto, era un área de oportunidad. En el 2004 hizo su servicio social en Zumpahuacán y entró en contacto por primera vez con los artesanos que trabajaban el izote. Tres años después decidió regresar a Zumpahuacán y plantear a la comunidad su inquietud por investigar y documentar su trabajo con la fibra.

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Pero hubo un suceso que la llevó a entender que para los artesanos de Zumpahuacán el izote no solo es un material de trabajo, también da forma al modo en que entienden la vida. En una ocasión mientras veía el noticiario, en la pantalla de televisión apareció la imagen de Felipe Calderón, que en ese momento era el presidente de México.

—Ese no es el presidente de México —alzó la voz una de las artesanas.
—Ah, ¿no? —contesto Ana Celia.
—No.
—¿Entonces quién es?
—El Rey Costales. Él es el rey de todo México, no ese que está ahí —señaló con desdén la mujer al hombre de la pantalla.

La chica escuchó atenta la historia de este personaje mítico en la narrativa oral de Zumpahuacán y en sus mitos fundacionales. Gracias al Rey Costales el lago de Texcoco tuvo un barniz de tierra con el que se creó lo que hoy es la Ciudad de México. Su tarea no fue fácil ya que al principio intercambió pápalos por puños de tierra que llevaba al depósito de agua. De hecho, ésta es una de las razones por las que a los zumpahuacanenses les gusta comer esas hierbas. Un día, una de las señoras con las que hacía el truque le dijo que se llevara toda la tierra que necesitara, si no nunca iba a llenar el lago. Esa noche una fuerte ráfaga de viento levantó la tierra, toda, hasta dejar únicamente el tepetate, el suelo endurecido. Con ese polvo se cubrió la superficie donde ahora se encuentra México Lindo y Querido, como le llaman ellos a la capital del país.

Y no sólo eso. El Rey Costales, en tiempo de reyes, hablando en tiempo mítico, fue el único que pudo subir las campanas al campanario de la Catedral Metropolitana. El rey de la Ciudad de México no podía hacerlo, así que prometió dar en recompensa cualquier mujer de su reino, incluida María, su hija, a aquel que lograra tal hazaña. No creía que un ser harapiento, pobre, que vestía con un costal pudiera hacerlo. Pero el Rey Costales era aire y eso le dio ventaja. Para que no se llevara a su hija, el rey de la Ciudad de México la vistió con harapos y la rapó. Cuando el Rey Costales pasó frente a las mujeres escogió precisamente a la pelona. Enojado, el rey de la Ciudad de México mando a sus soldados a que los capturaran. Para que no los alcanzaran, María orinó en el camino y de ese lugar nació un manantial.

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—Son tradiciones de El Rey Costales, de él aprendimos y es lo que sabemos hacer —dijo la mujer cuando Ana Celia preguntó por qué trabajaban con el izote. En ese momento supo que estaba en el camino correcto para iniciar su trabajo de investigación.

Para Ana Celia lo más importante era conocer la técnica del izote con la elaboración de un morral y experimentar más con el hilo y el tejido. No se trataba de llegar a imponer un diseño, si no generar que ellos —los artesanos— hicieran los propios.

Comenzó por dar cursos en el 2010 con los maestros artesanos. El grupo estaba compuesto por 15 personas, ninguno de ellos era menor de 50 años. Además notó que este trabajo era realizado por muy pocas familias, alrededor de cinco o seis.

Conforme avanzó su investigación, Ana descubrió que el manejo humano de esta fibra lleva más de 500 años. Incluso aparece consignada en la llamada “Matrícula de tributos”, el registro pictográfico de los tributos que debían entregar en forma periódica los pueblos dominados a los mexicas; y en el Códice Florentino, donde Fray Bernardino de Sahagún señala que ayates y mantas eran fabricados con esta fibra.

“Los jóvenes de Zumpahuacán no veían en el izote una forma de trabajo sustentable”, me cuenta Ana Celia, “por lo que, para conseguir dinero de manera rápida, trabajaban en las zonas florícolas de Villa Guerrero, en Tenancingo, o emigraban a Estados Unidos”.

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En los cursos no solo se mostraba cómo elaborar artesanías con la fibra, también les exponía cómo hacer un plan de negocio así como la importancia y responsabilidad de transmitir este conocimiento a las nuevas generaciones para que no se pierda la tradición.

La artesanía hecha con izote ha ganado concursos, pero las piezas eran presentadas, en su mayoría, por revendedores y los reconocimientos nunca llegaban a manos de los artesanos. Actualmente el barrio de la Asunción en Zumpahuacán es el lugar en el que se concentra la mayoría de artesanos que trabajan el izote y la cantidad de jóvenes que ya sabe manipular la fibra se ha incrementado. Además los mismos artesanos han otorgado un valor a su trabajo y ahora son ellos quienes ganan los premios.

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Hay personas que consideran alto el precio de un morral de izote, cuyo valor va entre los 150 a 300 pesos, y tal vez por eso algunos llegan a regatear. Desconocen el complejo trabajo que hay detrás de su elaboración. Ana Celia Martínez me platicó que el proceso inicia desde la cosecha de la hoja durante los días de luna llena, por la influencia del ciclo lunar en los líquidos. Primero la “enhuesan”, es decir, abren la hoja con un punzón de hueso de burro. Una vez rota se pone a secar unos cuatro o cinco días. Después meten las hojas al río para que se pudra la pulpa y se libere la fibra, a esto le llaman “enriado”. Sólo esta parte del proceso lleva otros siete o nueve días, dependiendo del clima —en días de frío llevará más tiempo y en el calor este periodo se acorta—. Al concluir esta etapa, con un mazo de madera sacan toda la pulpa para obtener solo la fibra, que se lava y se tiende a secar al sol.

Para formar el hilo del izote se tuerce la fibra con ceniza y se tiende en un totomaloco (dos palos que se colocan a 20 metros de distancia uno de otro). Así es como los pobladores de Zumpahuacán arman las madejas de hilo que tiene tres medidas: 10, 15 y 20 vueltas. Una vez que se obtiene el hilo pueden elaborarse morrales. Los jóvenes comienzan a experimentar con el ganchillo, con tintes naturales y con mezcla de otros materiales como el macramé.

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Entre la plática Ana me muestra un morral que ella comenzó con la fibra de izote y que un amigo suyo, un artesano de Tabasco, combinó con piel. La forma en que las mujeres de Zumpahuacán llegan a explotar su creatividad se ve reflejada en los trabajos con el izote. Muchas realizan el empuntado de los famosos rebozos de algodón que se venden en Tenancingo, poblado apenas a 18 kilómetros de Zumpahuacán. Este tipo de tejido ya lo trabajan con el izote. Incluso en la Bienal Internacional de Arte Textil Contemporáneo que se realizó en Xalapa, Veracruz, en el 2011, una de las piezas elaborada por una artesana de Zumpahuacán fue vendida como obra de arte.

El premio Tenerife era un objetivo que Ana Celia veía a largo plazo. En la casa de uno de sus maestros vio por primera vez este galardón que llamó su atención. Parte de este reconocimiento consiste en un diploma pintado en acuarela. Cuando lo vio el título pensó: “yo quiero uno así”. Pasarían 12 años para que ese momento llegara, el 26 de febrero de 2015, cuando recibió del Presidente del Cabildo, Carlos Alonso, la presea.

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