Padre nuestro que estás en los hoteles de paso, en las ojeras, en las sabanas y en los vasos.

Joaquín Sabina

Las paredes de los hoteles de paso de la Ciudad de México esconden todo tipo de historias. Un clásico es la pareja infiel que ahí materializan su amor clandestino, sin saber que en unos días su encuentro carnal estará en las manos de cientos de amantas de la pornografía y voyerismo pues, dice el mito urbano, en el techo o la televisión del cuarto, una pequeña cámara graba el encuentro. Otras aventuras son más escandalosas, como la que vivió el conductor Fabián Lavalle, quien fue golpeado por su pareja en turno. Ese muchacho a quien llevó a un hotel de la colonia Roma no quería caricias, sólo buscaba la cartera del famoso “Fabiruchis”. Y que decir del fatal desenlace de los hermanos luchadores Alberto y Alejandro Jiménez Pérez —La Parkita y El Espectrito— quienes fueron víctimas de dos prostitutas —ya bastante veteranas en el oficio y la vida— a las que se les pasó la mano cuando combinaron las bebidas alcohólicas de los “minis” con gotas oftalmológicas.

También están las anécdotas de las parejas amateur en eso de buscar un buen lugar donde pasar un rato de agradable retozo. A la salida del metro Isabel la Católica existe un pequeño hotel, discreto a pesar de ostentar un gran letrero vertical con su nombre en letras rojas. Hace unos años, si uno pasaba frente a sus puertas entre semana, la tranquilidad reinaba. Apenas si la gente se enteraba que aquello era un hotel. Pero los fines de semana ¡ah, qué cosa! las parejas hacían fila para entrar. Parecía consultorio medico. Uno tenía que preguntar quién era el último para formarse. Las paredes eran blancas, la alfombra verde y detrás de un cristal de doble fondo se encontraba una dama mal encarada, de unos 50 años, fornida o así la hacía ver su sobrepeso, que entregaba las llaves de la habitación. Algunos esperaban en una pequeña banca forrada con cojines azules, otros lo hacían de pie pacientemente. En cuanto una pareja entregaba la llave del cuarto la mujer tomaba un pequeño micrófono y pronunciaba el nombre de un muchacho —Mario o Fernando— quien cargado de sabanas y toallas blancas se dirigía corriendo a la habitación para asearla y dejarla lista para la siguiente pareja.

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Foto: hotelesdepasomx.blogspot.com

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No había duda que la causa de la afluencia en este lugar era el precio: 90 pesos tiempo libre. Pero el nido de amor dejaba de serlo después que uno abría la puerta de la recámara asignada. Olía a desinfectante, tanto que picaba la nariz, la alfombra verde tenía pequeñas manchas oscuras, algunas brillaban de tanta mugre acumulada. Si uno pasaba la mano sobre la colcha café de la cama matrimonial, se sentían lo rasposo de los agujeros creados por las quemaduras de cigarro, además de una capa lisa, como grasa seca. A menos que uno tuviera verdadera urgencia se quedaba en aquel lugar.

A pesar de estos incidentes, poco a poco los hoteles de paso se han transformando. Antes para ir a un hotel que tuviera una habitación que simulara la playa, con arena real y palmera a un lado de la alberca había que trasladarse a la salida a Cuernavaca, ahí por donde está el Monumento al Caminero. Hoy sólo es cuestión de transitar por las principales avenidas de la Ciudad de México para encontrar un lugarcito agradable, limpio, cachondón, que invite a dejar en la calle la inhibición y darle rienda suelta a la imaginación.

Y cómo no hacerlo cuando, luego de una cena de ligue, uno transita tranquilamente por calzada de Tlalpan y se encuentra, como salido de una nube de Los Cariñositos, un hotel con tres corazones rojos en su fachada, juguetones, libertinos, tan grandes que cubren las ventanas de dos pisos. En cuanto uno entra el color rojo, la luz tenue y un estrecho camino van conduciendo a los amantes a su palacio erótico por cinco horas. La primera pregunta llega: ¿habitación con jacuzzi o sencilla?. Y la respuesta no espera en los ojos pícaros de la pareja: con tina para disfrutar de un masaje hidráulico. Cómo no.

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Pero en esa habitación limpísima, donde el techo naranja y los tonos ocre y café del resto del mobiliario crean una atmósfera relajada, no sólo hay una tina para el jacuzzi. A unos metros de la enorme cama king size se encuentra un espejo giratorio. Un lado sirve para colocarlo en un ángulo donde se pueda ver lo mejor de los cuerpos mientras se intenta recrear alguna posición de película porno, y el otro para inspirarse usando las palabras de Luis Eduardo Aute plasmadas con color rojo en su superficie:

“Anda, deja que descubra los montes de tu mapa, la concupiscencia secreta de tu alma…
Y ven a mis brazos, dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado”.

Luego de la lectura uno mira en el reflejo un objeto brillante. Al voltear descubre que a los pies de la cama hay cuatro tubos cromados que forman un enorme cuadro que llega hasta el techo. La imaginación vuela: un baile en el tubo, así como en table dance, pos qué, como si ella fuera vedette. También puede servir como un buen soporte para la inestabilidad que ofrece el colchón cuando uno está de pie sobre él y realiza ciertos movimientos de cadera.

Y mientras uno le da vuelta a la cama para descubrirle otra curiosidad, las piernas chocan con un sillón extraño. Parece un pequeño tobogán, pero con estilo. Y se adapta muy bien al cuerpo: de espalda, boca abajo, en el extremo superior, en el extremo inferior, sentado, con los pies sobre él o en el piso… La variedad uno la pone.

Sin embargo, lo que realmente vale la habitación es el columpio a un lado de la regadera, con asiento de madera que parece tener forma de corazón, eso sí, bien barnizado y con las cadenas de soporte forradas con plástico transparente para que si alguien grita no sea porque se lastimó.

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De prontos los pensamientos eróticos son interrumpidos por un ruido que pierde brillo entre las paredes. Es una voz suave, a veces muy aguda y otras dulce; parece decir un “sí”, prolongado y quejumbroso, luego un grito ahogado a medio camino, ahora viene un sonido seco parecido a un aplauso, se repite tres veces acompañado de un “¡ay!” que está muy lejos de ser una expresión de dolor.

Mejor apagar aquellos ruidos con la programación porno en la pantalla plana, algún canal de música o abriendo la llave del agua para llenar el jacuzzi. Y al lado del par de pastillas, que una vez colocadas en la tina llena se convertirán en espuma, uno descubre el cepillo de dientes desechable y la pasta en una envoltura de celofán; un peine, el rastrillo, el lustra calzado, las pantuflas también desechables, algunos dulces de menta y, por supuesto, tres condones, de los que regala la Secretaría de Salud, para aquel que no venga preparado. ¡Qué detalle!, la verdad.

Claro que luego de una visita así, a uno le dan ganas de recomendar a la gente que visita la Ciudad de México olvidarse de los hoteles convencionales, muchos caros y muy, muy aburridos. Tal vez una noche de hospedaje cueste lo mismo, pero en un hotel de paso definitivamente es más divertido.

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