Llegué a Barcelona el 27 de mayo a las 5:25 p.m. y no es que me acuerde, pero tengo el pase de abordar de mi vuelo que lo comprueba. De hecho llegué tan cansada del trajín, las emociones y el poco sueño de las últimas semanas en Europa que mis primeros días en esta ciudad española son un borrón de sueños.

Podría decirse que Barcelona fue una de las dos paradas de “descanso” (¿o debería decir recuperación?) en mi viaje. A pesar de todo estaba muy emocionada, pues mi amigo R — así lo llamaré desde ahora— tiene más de diez años viviendo en esta ciudad y esta sería la primera visita que le hacía.

R me recogió a un costado de la Plaza de Cataluña, donde me dejó el autobús que tomé desde el aeropuerto, y tras muchas sonrisas y abrazos nos encaminamos a su casa a unos minutos de dicho lugar. En su departamento finalmente pude tomar un muy necesario baño y lavar mi ropa, pues como mi anfitrión señaló, esa mochila que yo traía cargando despedía el olor de mis andares por el mundo. Después fuimos a cenar y de lo demás no recuerdo nada. Sólo que me fui a dormir y al día siguiente cuando mi amigo regresó de trabajar, seguía dormida. Definitivamente mi cuerpo necesitaba recuperar energía. Además tenía varios días para recorrer Barcelona antes de dejar el continente europeo y dirigirme a Egipto.

casa Batllo

casa Batllo

Durante los siguientes días caminé mucho por la ciudad. Creo que no hay mejor forma de conocer una metrópolis y conectarse con su personalidad particular. Mi amigo me dio un recorrido inicial que resultó crucial para ubicarme en los diferentes barrios, playas y monumentos que la adornan. Si algo recuerdo de Barcelona es su arquitectura; si le pones atención, los edificios pueden revelarte más de una historia.

Por ejemplo, una reminiscencia de la época medieval es el barrio gótico donde se pueden encontrar múltiples construcciones en ese estilo. Mi amigo me guió por sus callejuelas hasta llegar a la iglesia de Sant Felip Neri cuya fachada está marcada por las municiones disparadas durante la Guerra Civil. Actualmente en sus muros se puede leer una placa que cuenta a los visitantes cómo el 30 de enero de 1938 murieron ahí 42 personas —en su mayoría niños— a causa de un bombardeo franquista. Me resultó impresionante imaginar este rincón de paz como el escenario de semejante masacre.

Mis pies me llevaron más de una vez a recorrer la afamada calle de las Ramblas situada entre el Barrio Gótico y el Barrio del Raval. Su extremo norte desemboca en la Plaza Cataluña y no muy lejos de ahí se encuentra el mercado de la Boquería, siempre lleno de visitantes en busca de viandas para satisfacer sus antojos. Después mis pasos me llevaron hasta el puerto, el cual presenta tanto actividades mercantiles como lugares de ocio para la relajación de los visitantes.

mercado en cants de bellcaire

mercado en cants de bellcaire

Hablando de relajarse, una de tantas tardes de sol R y yo decidimos cruzar el Arco del Triunfo, que a diferencia de otros similares no tiene un sentido militar. Fue creado para la exposición universal que se llevó a cabo en esta ciudad en 1888 y es un símbolo civil en pro del arte, la ciencia y el progreso. Luego continuamos caminando hasta el parque de la ciudadela donde ese día se estaba llevando a cabo un festival que reunía tanto grupos musicales como grupos de visitantes que tranquilamente reposaban en las áreas verdes. Después continuamos nuestra caminata hasta la playa Nueva Icaria, que es una de las nueve playas a las que se puede ir desde Barcelona, la cual resultó ideal para asolearse, pero mala para nadar porque el agua estaba muy fría.

Otra de las corrientes arquitectónicas que caracterizan la ciudad es el modernismo y una muestra de ello es el trabajo de Antoni Gaudí. Entre sus obras se encuentra la casa Batlló localizada en el barrio Eixample. Los colores de su fachada hacen referencia a los de un coral y toda la construcción está inspirada en motivos marinos. Pasé muchas veces a saludarla en mi camino de vuelta a casa de R.

Sin embargo, puede que la más conocida obra de dicho genio modernista sea el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Una basílica cuya construcción comenzó en 1882 pero que a la fecha no se ha terminado. Gaudí estaba muy consciente de que el recinto tendría que ser concluido por otras personas y dejó plasmadas sus ideas en planos y maquetas muy detalladas. Pude ver con asombro varias de ellas en un museo adjunto a la basílica. A pesar de que su exterior es imponente y lleno de símbolos, nada me preparó para lo que encontraría en su interior. De hecho sentí que al cruzar la puerta me había internado en uno de los reinos mágicos que sólo suelo vislumbrar en sueños. Había torres que parecían árboles fantásticos tejiendo una intrincada selva, destellos multicolor de sus vitrales, cúpulas y bóvedas eran como rayos de sol pasando entre las hojas de un bosque y motivos varios que me hacían pensar en este lugar como un recordatorio de la belleza e intrincada armonía del mundo natural. Los cuales se mezclaban en un popurrí alucinante de referencias majestuosas a la fe.

Sagrada Familia

Sagrada Familia

Otro lugar que me resultó estimulante fue el mercado de pulgas Encants de Bellcaire, donde se pueden encontrar todo tipo de objetos, ofertas y el regateo es el pan de todos los días. Mi objetivo era encontrar dos que tres cosas con las cuales taparme en Egipto —una sociedad muy restrictiva en cuanto a cómo deben vestirse las mujeres— y que no me matara de calor. Lo logré con éxito y el negociar el precio con el mercader árabe que lo administraba fue una buena práctica y hasta un presagio de los días por venir.

Por otro lado Barcelona no sólo es su arquitectura; como cualquier otra ciudad se llena de vida gracias a las personas que lo habitan, quienes no necesariamente viven en un mundo de ensueño. Esto me quedó claro una tarde en la cual desde la terraza de uno de los amigos de R pudimos contemplar columnas de humo y helicópteros. La explicación me llegaría más tarde. Unos días antes la policía había desalojado un centro cultural conocido autogestivo como Can Vies. Tras lo cual los habitantes del barrio quienes marcharon bajo la frase “Can Vies no es toca” —que significa Can Vies no se toca en catalán— para protestar. Al final de la marcha hubo enfrentamientos entre la policía y algunos manifestantes.

playaicaria

En otra ocasión caminando por el barrio de Gracia—el cual fue un pueblo independiente hasta finales del siglo XIX— pude contemplar en uno de sus balcones una bandera de Cataluña con la leyenda “Menos policía, más educación”. Al parecer Barcelona no está libre de los males que aquejan al mundo contemporáneo. Lo cual dicho sea de paso, fue una constante durante mi viaje alrededor del mundo, por un lado pude contemplar la grandeza de los monumentos, la creatividad humana y su calidez y por el otro la injusticia, la intolerancia y la violencia. Esto se volvería aún más claro para mí unos días después, cuando dejé esta ciudad mediterránea para dirigirme a Egipto, el cual resultó ser uno de los sitios más memorables y también más complicados de mi viaje. Pero mientras caminaba por Barcelona, mirando sus balcones y regodeándome bajo el sol del verano, ignoraba los retos por venir y me sentí feliz de poder contemplar el mundo con mis ojos, aunque a veces pareciera un sueño.

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