Esa tarde conocí a Lalo. Esperaba el metrobús en Insurgentes Sur, su destino era Chilpancingo; cargaba, no sé cómo, tres litros de agua y una bolsa negra llena de víveres. Sus arrugas indicaban una vida llena de experiencia y sabiduría. Portaba un casco de construcción con una linterna amarrada en el mismo. Lo volteé a ver: en sus ojos pude mirar el brillo de la esperanza. Su presencia omnipotente me dio tranquilidad en la tempestad. Sabía que era él.

Lo escuché nombrar en las palabras de mi abuelo. Lo recordaba como se recuerda a la juventud, al mismo tiempo que sus ojos se tornaban cristalinos: con el deseo y la esperanza que algún día volviera. Era difícil creer la existencia de aquella criatura digna de los mejores libros de mitos y leyendas.

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Sus aventuras me las platicaron algunos maestros en el colegio. Al recordar a Lalo, sus caras dibujaban una sonrisa de grandeza. De una sensación única por lo ya vivido. También por lo ya dejado, lo que nos detiene y nos hace siempre querer volver a otras épocas, a otros tiempos, donde otros estaban. Donde nos sentimos mejor. Donde se respiraba diferente. Pero se fue de viaje y su avión nunca regresó. Otros cuentan que fue exiliado por los de arriba ante el peligro que representaba su presencia. “Ojalá algún día vuelva…”. Y la desesperanza reinaba en las expresiones de aquellos hombres. Que retomaban la absurda cotidianidad enfrente de aquellos cuerpos casi grises y podridos en las que depositaban su confianza para un futuro incierto.

Más tarde escuché su nombre en boca de mi padre. “Verlo me marcó para siempre”, decía. Y yo realmente no creía en esas historias. Esas son payasadas, un simple discurso triste y melancólico. A mí me tocó vivir en otros tiempos. Me tocó vivir en tiempos de Joaquín Guzmán y los Beltrán Leyva. Tiempos donde idealizamos en la televisión el modo de vida del narcotráfico, donde nos normalizamos al leer los encabezados amarillistas. Y la sangre no nos provocaba nada más que un cierto placer.

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Me tocó vivir en tiempos de una revolución política que en seis años nunca llegó. Y también fui parte del ciclo de la vida. Del olvido que hizo que la historia se repitiera: casas blancas, fondos desviados, corrupción, campañas sucias, promoción de la ignorancia, esclavitud, poder, control y brechas estúpidamente amplias entre clases. Nuestro pan de cada día. Y nuestros ídolos deportivos y musicales eran parte del sistema, el cual tarde o temprano todos terminaríamos aceptando.

Tiempos de ladys y lords; de youtubers, de instagramers, de viners. De pose y pretensión. De bullying cibernético. De memes. Cajas chinas. Series que no llevan a nada. De medios poco confiables y de informaciones banales.

Un país quebrado y desunido entre religiones, clases sociales, clases políticas y hasta entre sexos. Machismo, feminismo, comunidades LGBTTTIQ. Debates por la exclusividad de la palabra ‘matrimonio’. Debates por la toma de decisiones del otro. Debates por las oportunidades de una vida mejor. Absurdos y que solo nos dividieron más.

Viví a las sombras de comparaciones, burlas y de un mundo que nos dijo generación perdida, buenos para nada, generación pasiva, egocéntricos, desinteresados, procrastinadores y una serie de etiquetas que nos empezamos a creer. Y fui parte del ‘ya merito’ pero nunca suficiente; del ‘si se puede’ que terminaba en ‘al menos lo intentamos.’ Del ‘Ya basta’ que nunca bastó.

Por eso yo no creía que existiera Lalo y prefería mejor pensar que era un nombre más en la mitología mexicana: Quetzalcóatl, Huitzilopochtli, Tláloc, Xólotl. O un invento más de la Historia de Bronce que nos enseñaron en primaria.

Pero ha vuelto. Regresó de su exilio y repartió los víveres entre las almas desoladas en la noche del 19 de septiembre. Se unió a la cadena humana y descargó y cargó camiones, limpió las calles, pasó cuerpos vivos y muertos. Creó centros de acopio, informó de ellos. Buscó rutas alternas para que lo que se juntara no cayera en manos equivocadas. Se entendió con su mejor amigo y juntos rescataron más de 500 vidas. Estuvo en el Rébsamen, en Álvaro Obregón 286 y 284, en Brujas, en Saratoga 714; en Balsas 218, Sonora 149, Ámsterdam 25, en Miramontes, en Zapata. Viajó a Morelos, a Puebla, a Chiapas y a Oaxaca.

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Se vistió de payaso, hizo reír a los niños. Donó sus juguetes. Sus vestimentas. Su corazón. Donó tiendas enteras de herramientas. Preparó ollas enteras de comida. Le sonrió al policía, al carpintero, al mesero. Trabajó en la lluvia. En el sol. En el frío. Durmió poco. El Himno Nacional le enchinó la piel, el Cielito lindo lo hizo llorar. Acampó en la calle. Sintió impotencia. Rezó en familia.

Y Lalo me dio fuerza. Me humanizó. Me hizo creer que se puede. Me hizo replantearme muchas cosas y valorar de nuevo a mi familia, a mis amigos, a mi hogar, a mi gente, a mi pueblo.

Seguramente tú también conociste a Lalo. Se llamaba Frida, se llamaba doña Julia, se llamaba don Helario, Luis, José, María, Sofía, Santiago, Rigoberto, Pedro, Fernanda, Roberto, Diego, don Chere, Justino, Miguel, Ana. Se llamaba México. Y como yo, te emocionaste al verlo de pie. Te enorgulleciste de conocerlo. Te identificaste. Y algo en nosotros cambió para siempre.

No volverá al extranjero ni se refugiará en su casa. Tampoco aceptará la lobotomía. Ni mucho menos vivir con miedo. Lalo ya no dejará las calles. Por fin conoció sus poderes, su fuerza, su espíritu. Llegó para quedarse. Y es parte, como tú y yo.

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