La indignación corre por el cuerpo de Gonzalo Yáñez cada vez que lee esa frase grabada en piedra en la Plaza de las Tres Culturas, que recuerda una de las masacres que se tienen registradas en este lugar:

“El 13 de agosto de 1521 heroicamente defendido por Cuauhtémoc cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

Mestizo. Ahí estaba esa palabra otra vez. Lo ha perseguido por más de 65 años, desde que era un chamaco de 14 que quería tener novia y pretendía a la muchacha bonita de su cuadra, en la calle de Allende, en el Centro. Así que la acompañaba a hacer los mandados y, por supuesto, al pan todas las tardes. Gonzalo era apuesto, de cabello negro, rizado, siempre engominado, alto para su edad pues medía 1.75 metros de estatura. A la muchacha le gustaba, quería ser su novia, pero era curiosa, tenía que averiguar primero quién era él, quiénes eran sus papás, cuál era su origen. Y así se lo preguntaba, directo, sin rodeos. Lo mismo hacía Gonzalo, pero con su mamá.

—¿Quiénes somos nosotros, de dónde venimos?

Y ella respondía.

—La mamá de tu papá era mulata, era hija de un blanco que se casó con una negra que nació por ahí adelante de Córdoba, en un pueblo que se llama San Juan, cerca de Veracruz. Por eso tienes el pelo chino. Yo soy blanca, pero mi papá tenía más herencia indígena: era hijo de un hombre blanco muy rico al que le gustó una indita y de ahí nació tu abuelo.

Tres-culturas

Sin embargo, Gonzalo terminó con otra duda: si una de sus abuelas era mulata, la otra indígena; su abuelo un blanco y su mamá una mujer blanca, muy blanca, con sangre autóctona, ¿él qué era? Así que decidió preguntarle a todo el que se le paraba enfrente cómo se le llamaba a una persona cuyo árbol genealógico tenía tantas ramas de diferente forma, color y textura.

Por un momento Gonzalo regresa al presente y pronuncia ese epígrafe que memorizó desde 1967, cuando llegó a vivir a Tlateloco: “No fue triunfo ni derrota fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”. De un pesteñeo vuelve a su adolescencia, al momento en que un conocido dio respuesta a su interrogante.

—Tú eres mestizo.

El muchaho nunca había escuchado esta palabra. ¿Qué significaba? Tomó, entonces, su diccionario y buscó:

Mestizo: Producto degradado.

¿Pero qué estaba leyendo? ¿Producto degradado? Cómo era posible que dijera eso su diccionario. Además era el diccionario escolar. Cerró los ojos unos segundos, pestañeó y volvió a leer:

Mestizo: Producto degradado.

El término no estaba acompañado por ninguna otra definición. Sostuvo el libro con fuerza, sus globos oculares parecían escapar de las cuencas. La indignación se apoderó de él.

—¿Producto degradado? ¡Chinguen a su madre, cómo voy a ser un producto degradado!

Pasillo-tlatelolco

Botó el libró en la mesa. Corrió hacia el baño, se miró en el espejo y descubrió que la herencia genética de su bisabuela indígena era muy fuerte: tenía piel morena. Luego observó su cabello. Era ondulado y recordó que cuando terminaba de bañarse y se secaba, la abundante cabellera se enchinaba: tenía pelo de africano. Después miró sus cejas negras, pobladas, que se juntaban en el entrecejo y parecían un sola linea de pelo. Era su rasgo español. Cuando se casó, su mujer le depilaba el ceño cada vez que se asomaba la más mínima hebra. Lo hizo tantas veces durante mucho tiempo, que al final sus cejas jamás volvieron a encontrarse. Ahora, a los 80 años, el problema es que crecen mucho, compiten con su cabello. Así que una de sus hijas se las recorta con un peine y unas tijeras para que cuando salga de su departamento, en el edificio Durango, y camine por la Plaza de las Tres Culturas, se vea guapo.

Era la primera vez que Gonzalo se miraba de esa forma. Sí, era moreno, tenía cejas de español y pelo de africano, pero eso no lo hacía un producto degradado. Para él, el diccionario tenía una definición, no incompleta, sino despectiva de la palabra “mestizo”. Debía encontrar una respuesta más adecuada, así que comenzó a investigar y a devorar cada libro o revista que, de preferencia, hablara sobre el nacimiento y la historia de México.

Gonzalo, el mestizo

Gonzalo, el mestizo

Lo primero que leyó fue “El origen de las especies”, de Charles Darwin. De alguna forma ese título le mostró que todos los seres humanos somos el producto de la mezcla de razas. A partir de ahí se aficionó a los libros. Ya antes había adquirido el gusto por la lectura gracias a su hermano mayor, León Yáñez. Él compraba la revista Selecciones de Reader’s Digest, le daba una leída y la botaba en cualquier lugar. Entonces Gonzalo la tomaba y leía desde la primera hasta la última página. Luego de 70 años recuerda a la perfección las secciones que contenía. Ahí aprendió palabras nuevas y chistes finos, descubrió a personajes de la historia universal y supo de la Segunda Guerra Mundial y el comunismo. No tenía de otra: la situación económica en casa le permitió sólo estudiar hasta el sexto año de primaria. Después tuvo que trabajar para comer.

Y así, con todos los libros que compraba y artículos de revista que encontraba, se fue educando.

*Fragmento de la crónica Gonzalo, mestizo, publicada en el libro “La crónica como antídoto: Narraciones desde Tlatelolco” (UNAM 2015), coordinado por Eunice Hernández Gómez

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