Para los expertos en mercadotecnia la psicología del color es una herramienta que han explotado para asociar sentimientos con los productos que quieren promocionar. Al amarillo, por ejemplo, se le asocia con la luz del sol y por eso, dicen, transmite alegría, optimismo, energía y juventud. De hecho es conocido como el color más feliz. Pero no siempre su presencia hace que uno brinque de contento. A veces sirve para recordar a los muertos y exigir justicia.

Por lo menos así fue el domingo 7 de agosto, cuando un grupo de colombianas, convocadas por el colectivo Me muevo por Colombia, tomaron la esquina de Insurgentes y Porfirio Díaz, en el Parque Hundido, al sur de la Ciudad de México, con flores amarillas y unas cuantas banderas del país sudamericano, para rendir homenaje a las cinco chicas que desde 2012 han muerto de manera violenta en México y exigir a la procuraduría que se esclarezcan sus muertes y se deje de estigmatizar a estas mujeres.

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“Por el sólo hecho de ser colombiana piensan que uno es prostituta, que vienes a robar o a traer drogas. Pero principalmente por ser mujer colombiana piensan que eres prostituta”, me cuenta Adriana, quien llegó a México hace cinco años y trabaja como edecán. “A veces en los eventos, la gente que va pasando, de los mismos clientes del lugar, me hacen propuestas, por un ratito me proponen “es tanto”. No estoy en contra de eso, la que lo quiera hacer que lo haga, pero la estigmatización, ser colombina, trabajar como edecán ya es sinónimo de prostituta y no es así la cosa”

Casi 60 mujeres colombianas llevaron flores amarillas, el color de su bandera, y las colocaron en el piso sobre los retratos en fotocopia de sus compatriotas muertas, al lado de consignas que pedían justicia.

“Estamos indignadas, nos duele mucho”, comenta a los medios Yarima Merchand, editora que lleva 19 años en México, mientras sostiene en la mano una hoja que muestra el rostro borroso, un tanto pixelado, de Stephanie Magón, la modelo que fue encontrada muerta en la colonia Nápoles apenas el 30 de julio pasado. “Nos parece que se manejan irresponsablemente las investigaciones. Que haya una contradicción de 180 grados en dos días, es una falta de respeto contra una víctima, contra su dolor, contra su familia. Sobre todo diciéndole al estado colombiano que nos están matando, que nos están desapareciendo en México, que necesita estar pendiente de los colombianos acá porque tenemos derechos”.

En la fuente que se ubica en la esquina de Insurgentes y Porfirio Díaz, las mujeres colocaron flores y los rostros en blanco y negro, como un dibujo, de sus muertos y desaparecidos. Ahí se veía la cara en hoja carta de Astrid Rojas Muñoz, de 32 años, que, según la policía, fue asesinada por un “ajuste de cuentas”, al igual que la de Mile Virginia Martín, de 31 años, cuyo caso tomó relevancia pues con ella también fueron ultimados el fotoperiodista Rubén Espinosa, la activista Nadia Vera, la maquillista Yesenia Quiroz y la trabajadora doméstica Alejandra Negrete.

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No faltaban la de Alejandra Pulido —quien en 2012 trastabillo y cayó de un séptimo piso. Murió al instante. Sólo usaba una tanga. La Fiscalía de Homicidios de la Procuraduría del DF concluyó que estaba ebria y que el hombre al que supuestamente le bailaba salió del lugar asustado. No sabía que hacer—; la de Stephanie Magón Ramírez —quien fue encontrado muerta, completamente desnuda en las calles de la colonia Nápoles. Édgar Elías Azar, director del Tribunal Superior de Justicia de la capital mexicana, dijo que a la joven “intencionadamente la mataron a golpes”. Horas después el propio Tribunal cambió la versión diciendo que los golpes se dieron por que cayó del cuarto piso del edifico donde vivía—; y la de Sara Ramírez Bonilla, que también se cayó de un sexto piso del lujoso hotel Villas del Palmar, de Cancún, en Quintana Roo.

Después de estas muertes sin una explicación contundente por parte de las autoridades mexicanas, uno queda con la idea que los edificios mexicanos tienen cierto encanto para las colombianas, que irremediablemente provoca que se avienten desde algunos de sus piso, borrachas y en poca ropa.

“Yo creo que los seres humanos tenemos derecho a ser lo que queramos ser. Y eso tiene que respetarse y no por eso tienen que matarlo a uno”, me comenta Diana, estudiante colombiana de psicología, que llegó a México hace dos años porque se enamoró de José, su esposo mexicano. “No se justifica que una a mujer, sea del país que sea, la maten por ser prostituta. Eso me parece inadmisible. La vida en general se debe de respetar. Todos somos iguales y tenemos derecho a vivir. Tenemos que empezar por eso, por respetar el primer y más importante del derecho que tenemos y es a la vida”.

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Y es que las autoridades mexicanas han creado un perfil para las mujeres colombianas: son guapas, trabajan como modelos, edecanes o prostitutas y están relacionadas con el crimen organizado.

“He venido cinco veces a México y he tenido problemas en Inmigración”, me comparte Sandra, una estudiante de doctorado en el Cinvestav del Politécnico, y que tiene un mes residiendo en México. “Cuando he presentado mi permiso de residencia alemán no me ponen problema. En marzo pasado cuando viajé Colombia-México me detuvieron en Inmigración del aeropuerto por dos horas. Me trataron muy mal, sin excusa alguna, sólo porque era colombiana. Me dijeron que todas la colombianas veníamos a casarnos ilegalmente, veníamos sin dinero para apropiarnos de trabajo ilegal y me acusaron de tener un matrimonio ilegal, cuando tengo un matrimonio legal con un mexicano”.

En medio de la sensación de luto, luego de colocar una especie de altar con la bandera de Colombia, flores amarillas y consignas, cuatro chicas dedicaron música a sus compatriotas muertas. Entre el tambor, la maraca y la palmas, las mujeres también exigieron justicia por los homicidios de Carlos Mejía Contreras, Carlos Arturo Marulanda Orozco, Jorge Armando Muñoz Hincapié, Francisco Javier Agudelo Gómez y Yolme Badi Osorio Cano, los cinco jóvenes asesinados en Veracruz el año pasado, así como una investigación seria en los casos de desaparición forzada de Helio Toro Valenzuela, Jakeline López Patiño y Alia Vanesa Uribe.

“El estigma es igual para la gente de Tepito que para la gente de Colombia, no solamente a las mujeres, sino también los hombres”, me asegura el activista José Luis Rubio, padre de Yakiri, la chica que fue encarcelada por matar en defensa propia al sujeto que la violó. “Cuando mucha gente entiende Tepito se imaginan delincuentes, se imaginan narcos, se imaginan lacras. Y cuando uno dice Colombia, desafortunadamente mucha gente lo toma como un referente. Yo creo que es algo con lo que tenemos que terminar: los prejuicios. Evidentemente no nos ayudan las series de “El señor de los cielos” ni todo este negocio tan lucrativo de presentar a los narcos como superhéroes y estigmatizar naciones, no solamente géneros”.

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Y es cuando surge la pregunta ¿qué hacer para acabar con la estigmatización? “Yo creo que es un trabajo arduo”, me contesta en una plática Mayerly, gestora cultural que vive en México desde hace 18 años. “También en Colombia, no te creas, traemos el estigma sobre nosotros mismos. Cuando salen estos casos hay muchos colombianos que te dicen: “pues seguro estaba en algo”. Y eso es terrible. Partimos del prejuicio todo el tiempo. Es bien difícil quitar las ideas que nos han hecho los medios de comunicación, las telenovelas, las series, el cine sobre nosotros mismos. Eso es una mentira. En la medida que entienda quién soy yo puedo también entender al prójimo, ser tolerante con el otro, ser generoso con el prójimo y no permitir que la vida se acabe por nuestra falta de tolerancia”.

Maye tiene razón. Hace falta trabajo, pero no sólo de la sociedad civil, también de autoridades. Por alguna razón ni Patricia Cárdenas Santamaria, la embajadora de Colombia en México, ni Jaqueline Espitia Arias, cónsul colombiana en el país, se dieron cita a la manifestación.

“Hoy aquí esperaba ver a la embajadora o a la cónsul, la que sea, porque ellas nos representan en este país. Y me parece que aquí nosotros estamos solos”, me dice decepcionada Diana. “Ellos deberían estar aquí, de primera, poniendo la cara, defendiéndonos, limpiando nuestros nombres. ¿Y qué están haciendo ellos? Almorzando en familia. Y las personas que están esperando a sus familiares porque están desaparecidos ¿qué? Y las familias que perdieron a sus hijas, a sus mamás, a sus esposas, ¿dónde? Aquí nosotros no tenemos respaldo. Estamos solos”.

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