El primer libro que leí trataba de una niña llamada Sui Mangá. Aun lo tengo en mi librero y de vez en cuando lo saco para recordar esos momentos cuando me sentaba y, mientras leía, mezclaba mi mundo con el que me presentaba la historia. Me podía quedar horas ensimismada, viendo las ilustraciones y releyendo las aventuras de esa pequeña niña y su fiel amigo, un elefante.

Antes de eso, cuando no sabia leer, tomaba los libros que encontraba en mi casa y me pasaba horas intentando descifrar el nombre de las letras que en ellos aparecían para después tratar de juntarlas. El hecho de traer el libro de arriba para abajo me hacia creer que la próxima vez que lo abriera las palabras fluirían de mi boca y podría leer como tanto deseaba. Incluso seguía el trazo de las tipografías con mi dedo; el tener un contacto con las letras y descifrarlas por mi cuenta influyó para que aprendiera a leer y escribir.

Si alguien me preguntara cómo puedo recordar mi infancia, una de las respuestas definitivas sería : oliendo ese primer libro del la colección A la orilla del viento del Fondo de Cultura Económica; tocando su pasta blanda, apreciando la tipografía que usaron para plasmar la historia en papel. Esa es mi infancia, un compendio de pastas duras (mis favoritas), libros grandes e ilustrados, exquisitos olores de las hojas y horas tumbada en mi cama hasta quedarme dormida con el libro apachurrándome la cara. Toda iba bien, hasta que descubrí los libros electrónicos. La mayoría de mis amigos comenzó a dejar sus libros arrumbados y salían con esa pequeña tableta en sus mochilas.

Ellos se estaban innovando mientras yo me cuestionaba sobre la difícil crisis que enfrentaríamos los lectores si el formato digital aplastaba a mi amado físico. ¿Qué pasaría con las firmas de libros? ¿Los fabricantes de separadores perderían sus trabajos? ¿Los libreros pasarían a la historia? ¿Las bibliotecas desaparecerían?

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Ahora me doy cuenta de que me estaba preocupando por algo que sí, en efecto, estaba innovando pero que jamás igualaría el efecto que las páginas de un libro de papel tienen en un ser humano.

No es mi objetivo demostrar mi rechazo total para el formato digital, aunque sí hay cierta apatía de mi parte. El tema que quiero tratar es si realmente estamos preparados para una lectura digital. México no es un país que se destaque por leer, ni siquiera el nivel recomendado y requerido. En 2015, la Encuesta Nacional de Lectura planteó que sólo el 15% de la población Mexicana se interesaba por leer libros como tal, el otro 85% no estaba interesado en un libro porque creía que con leer las redes sociales o pequeños artículos en internet era suficiente. No es posible concebir una lectura en digital si el país se encuentra en pañales al respecto. Podríamos defender al Ebook y al PDF diciendo que las nuevas generaciones no leen porque los impresos ya no los atraen y que su atención es captada por la tecnología y todo lo que se haga llamar “innovador”. Lo cierto es que para correr se necesita gatear, para obtener información sintetizada necesitas sintetizarla tú mismo y no dejar que otros lo hagan por ti. De aquí quiero partir para demostrar que el libro digital aún no está listo para nosotros ni nosotros para él.

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Noventera destinada a ser archivo digital

Y aquí estamos, en pleno siglo XXI. Casi 50 años después de que a Michael Hart se le ocurriera que sería buena idea almacenar todos los libros en un pequeño aparato. Por suerte este invento no ha consumido nuestras vidas como lo hizo la aparición de las cámaras fotográficas en los celulares o la música que también se puede almacenar en ellos en cantidades descomunales. Olvidamos el revelado fotográfico y todos nuestros momentos congelados ahora están en un disco duro. Y no, no soy esa persona que reniega del mundo actual, aunque así lo parezca. Pero muchas veces me cuesta zafarme de lo que soy, generación 96; y trato de conservar eso que me caracteriza y que me hace sentir a gusto.

A pesar de que la tecnología facilite nuestras actividades diarias no debemos dejar que se apodere de ellas. Hay que conservar pequeñas partes de lo que realmente somos. Creo yo, eso es fundamental para no perdernos .
La tecnología por defecto nos vuelve individuos consumistas, lo cual en ámbitos lectores hace que se pierda el deleite de hacer tuyo un libro, traerlo para todos lados, subrayarlo y hacerle anotaciones, disfrutarlo una y otra vez. Ahora lo que nos interesa, acéfalamente, es almacenar libros al por mayor, sin leerlos. Podremos tener almacenados millones de libros en una tableta o un Kindle pero las cifras son reveladoras. Según el Modulo de Lectura (MOLEC) levantado por el Inegi en los primeros 20 días de febrero de 2016, el promedio de libros leídos en México por la población adulta en ese último año fue de 3.8 ejemplares.

Entonces, los mexicanos nos preocupamos más por almacenar y resguardar libros pero no por leerlos. Mario Vargas Llosa en la FIL Guadalajara 2016, dijo algo que encaja perfecto con los resultados del MOLEC: “Pongamos que una persona lee un libro a la semana, que suena bastante agresivo, puede leer 50 libros al año, pongamos que cumpla sus bodas de oro como lector, multipliquemos esos 50 por 50, podría leer máximo 2 mil 500 libros y la propaganda es muy ridícula cuando dice ‘este dispositivo electrónico puede albergar 5 mil títulos’, es ridícula porque nunca se van a poder leer”.

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El digital como el dicho, peladito y a la boca

Las propuestas del libro digital apuestan por una interacción donde el usuario pueda tener experiencias audiovisuales que complementen la lectura o donde le sea fácil redirigirse a una página en internet para encontrar textos similares. Abandonamos la lectura lineal para que la hipermedia entre en nuestras vidas cómo Juan por su casa. Todo eso suena maravilloso, pero entonces, ¿dónde queda esa parte en la que dejamos que el lector se interese y decida buscar por si mismo? ¿Estamos perdiendo la capacidad de cuestionarnos gracias a la tecnología? ¿Por qué confiamos ciegamente en lo que Internet nos dice?

Los libros electrónicos son una gran herramienta. Pero como todo buen instrumento, hay que saber usarlo porque si no lo hacemos corremos el riesgo de que sea un arma de doble filo que termine perjudicándonos por el resto de nuestras vidas .Es cierto que las nuevas generaciones nacieron con la pantalla touch frente a ellas pero ¿qué tan bueno puede ser esto?

Jugando a ser malabaristas.

En su libro ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales, Nicholas Carr dice que con las nuevas propuestas de la tecnología los seres humanos iniciamos a nuestras mentes en el juego de ser malabaristas. Y sí, aquí también se ven involucrados los libros digitales. Partamos de esta premisa: La red atrae nuestra atención para dispersarla. Completamente cierto si hablamos de los libros que están en la red o en un Kindle. Es del conocimiento colectivo que este pequeño aparato nos permite almacenar una cantidad descomunal de libros y que a pesar de ello siempre tendrá el mismo peso y delgadez.

Un kindle te permite hacer muchas más cosa aparte de leer. Mandar correos o tweets, consultar Wikipedia, en fin. Un kindle se parece cada vez más a un teléfono. Es aquí cuando el sentido de la lectura profunda se pierde y donde la multitarea entra en juego. ¿Hasta dónde es bueno que obtengamos información de manera rápida?

Nicholas Carr afirma que la lectura digital hace que veamos todo superficialmente; nos dedicamos a buscar palabras clave y cuando las encontramos creemos que el tema ha sido leído y entendido pero muchas veces no es así. Desde pequeños se nos ha enseñado que para que las cosas nos salgan bien debemos hacer una a la vez pero la tecnología dicta lo contrario. Si te encuentras leyendo y de repente te llega un correo lo más lógico es que lo contestes o al menos lo revises para ver quién lo envío. Ahí es donde comenzamos a banalizar la importancia y dedicación que le debemos a la lectura. La lógica debería ser dejar el correo para revisarlo más tarde o incluso no tener ningún aparato que nos distraiga de la actividad que estamos haciendo, sea cual sea.

Y si vemos este ejemplo aplicado en los más pequeños, los niños, podemos llegar a la conclusión de que estamos vetando su camino en obtener un nivel de concentración e imaginación para que puedan tener un buen desempeño en cualquier ámbito a futuro. ¿Qué tanto debemos dejar que la tecnología cambie nuestra forma de vida? ¿Somos capaces de ser individuos multitareas o sólo nos engañamos al respecto?

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El lector como editor y especialista en corrección de estilo

Lo que pasa con las editoriales es ese otra “gran tema”. Es cierto que empresas como Amazon le han dado la oportunidad a muchos escritores de publicar sus obras sin la necesidad de ponerse ese corsé tan incómodo que es una editorial. Los escritores han pasado de desempeñar su profesión a ocupar zapatos que en muchas ocasiones no les calzan bien. Hacen el papel de editores y publicistas cuando no son eruditos en el tema. Y es que la labor de una editorial está, en primer lugar, en filtrar las obras. Los escritores independientes son asiduos a la publicación sin requisitos. De nueva cuenta regreso a la comodidad injustificada de la que hablaba con anterioridad respecto a la tecnología. Esa comodidad que te permite publicar cualquier cosa que escribas, sea lo que sea. No importan las faltas de ortografía, o las ideas sin concluir, tu obra ya está en Amazon, al alcance de todos. Es cierto que muchas obras independientes pueden alcanzar el éxito solo con la ayuda de sus autores pero siendo realistas, esta “oportunidad/facilidad” da pie a que mucho contenido basura circule por la red.

Algo que realmente aterra es que ese contenido basura sea tomado en serio por usuarios que no tienen la capacidad de discernir en ámbitos literarios.

Los escritores independientes aparentan tener la libertad de publicar su contenido pero finalmente sabemos que aquí y al otro lado del mundo la editorial sigue aportando prestigio y su capacidad de distribución es innegable. Un buen escritor puede triunfar sin una editorial pero un buen escritor respaldado por una buena editorial tiene muchas más posibilidades de conseguirlo. La facilidad de subir algo a la red sin revisión se compensa con la minimización de credibilidad que el público te tiene. Una vez más, hacer uso herramientas tecnológicas es aventar la moneda al aire sin saber qué puede pasar; la única ganancia es evitar que expertos en el tema y no el público directamente, te regresen a casa a corregir lo que es corregible antes de ser publicado.

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Navegando con el Señor gris

Es un hombre entrado ya en los 50 años. El peinado a raya en medio y la melena ligeramente despeinada lo hacen lucir triste y cabizbajo aunque siempre abierto a interactuar con cualquiera que se interese por sus librerías. Esos chinos seguramente fueron atractivos cuando el hombre rondaba los 20, ahora solo causan compasión porque muestran algunas canas tal vez pintadas del polvo que se acumula en la librería. Sus pequeños ojos están ocultos bajo unos lentes que le dan un aspecto de hombre tímido y la gama de colores que usa al vestir me hace renómbralo, para mi es “El señor gris”. Las librerías son el patrimonio que su tío le dejó. Pero ahora, en pleno siglo XXI Juan Antonio López Casillas, propietarios de la mayoría de las librarías de la calle de Donceles, vive en una constante amenaza del libro digital y la desesperada necesidad del ser humano de obtener información rápida y concisa. López Casillas parece esperar solo el hundimiento de un barco que en sus mejores épocas fue de los más tripulados. “La gente se interesa cada vez menos. Solo unos pocos son los que vienen a buscar libros por gusto. Si alguien necesita información, lo único que tiene que hace es preguntarle a sus computadoras o teléfonos pero dejan de lado los libros; yo creo que en muchas ocasiones son los únicos que dicen la verdad. La mayoría de gente que viene son jóvenes que quieren algún libro para leerlo por encargo de su maestro, se les ve en sus caras apáticas. Antes la gente venía feliz y gustosa. Al día de hoy ya no hay esa felicidad en las librerías”.

Mientras caminamos por los pasillos de una de las librerías, Antonio me cuenta que es muy triste ver que la gente ya no se interesa por eso que un día fue considerado objeto de deseo y conocimiento. También dice que en su época los libros eran tan solicitados que la calle de Donceles se atestó de librerías rápidamente, “y ahora, así rápidamente, van a desaparecer”.

Caminar por “la calle de las librerías” después de la plática con Antonio, me hizo imaginarme ese lugar sin los locales que lo caracterizan. Si esas librerías dejan de existir, una parte del Centro se va a perder. Perderíamos parte de lo que nos crea una historia, podríamos decir que hasta perderíamos algo que nos hace ser mexicanos. No es hora de que las librerías desaparezcan y mucho menos esos libros tan viejos que muchas veces encuentras solo ahí.
Sin embargo los no lectores en el país son los que están orillando a que este tipo de cosas pasen. Están optando por lo que creen es el camino fácil.

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¡Llega el salvavidas!

Aun no podemos considerar todo perdido. Es cierto que los lectores son escasos pero eso no es impedimento para que se sigan intentando nuevos proyectos dedicados a promover la lectura en el país.

Con Alejandro Zenker al teléfono, quien es Director general de Solar Servicios editoriales y Ediciones del Ermitaño, puedo informarme respecto a un nuevo método nombrado impresión por demanda.

“Es fácil, nosotros almacenamos digitalmente los libros. De esta forma logramos tener muchos más títulos sin la necesidad de hacer una impresión precipitada de uno solo. De esta forma ahorramos papel porque únicamente imprimimos el libro cuando un cliente lo solicita”.

De esta forma la Librería del ermitaño, una “librería de barrio” que se encuentra en San Pedro de los Pinos, apostó por este proyecto. Sus creadores se percataron de que las librerías convencionales no se daban abasto ya que los libros que se almacenaban ocupaban un espacio exorbitante y no necesariamente se vendían todos. Además no había posibilidad de almacenar tantos títulos como el formato digital lo permite.

La Librería del ermitaño está comenzando desde lo más simple: nutrir a los habitantes de la colonia San Pedro de los Pinos, quienes muchas veces se encontraban limitados en la lectura por la distancia de sus hogares a las librerías. Además en este espacio se pueden encontrar libros que ya no existen en ningún lugar y puedes tener la certeza de que siempre habrá un ejemplar para ti ya que está almacenado digitalmente.

Zenker también comentó que este es un proyecto hecho con mucho cuidado desde su inicio.
“En este proyecto participan todos los actores de la cadena del libro, es decir, el editor, que proporciona los archivos de los libros, el impresor, que produce el libro en el lugar de destino, y el librero, quien ofrece el catálogo, además de lograr que la decisión del cliente de imprimir o no el libro se lleve a cabo. De tal suerte, rompemos el destino fatal del librero de tener que ofrecer, en papel, un catálogo tan grande o pequeño como su espacio lo permite”.

Sin duda la tecnología no es mala, nosotros somos los que la transformamos para que nos afecte. Afortunadamente aún estamos a tiempo de cambiar la relación que hay entre los integrantes de nuestro país y los libros; queda claro que no es una opción dejar de usar los medios electrónicos pero sí lo es el moderar su uso y la credibilidad que tenemos en ellos. Ser conscientes de que no toda la información puede nutrirnos satisfactoriamente.

El ebook es una opción, pero no para dársela a manos llenas a los habitantes de un país que en primer lugar no tiene los recursos para administrar un kindle o tableta a cada uno de sus integrantes y en segundo, un país que no cuenta con las capacidades de inducir la lectura en su forma más simple: un libro.

Varias han sido las ocasiones en las cuales diputados y gobernantes regalan computadoras a los estudiantes. Aprovecho aquí para hacer un llamado a esas personas que creen que por obsequiar una lap top garantizan el futuro de un niño, quiero decirles que afortunada o desafortunadamente en la actualidad, valen más los libros que impulsan las habilidades y aptitudes de un infante que una computadora que en la mayoría de los casos interrumpe ese proceso gracias a la mala implementación del aparato.

Somos un país en vías de desarrollo, es nuestra labor dejar de serlo.

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