Encuentros, despedidas y llamadas

Una de las cosas que empiezas a notar cuando viajas es la fugacidad de las relaciones. Mantenerte en movimiento obligadamente te lleva a una serie de encuentros y despedidas con seres con quienes compartes tiempo, espacio y vida. Sin embargo, a pesar de su transitoriedad estas relaciones con frecuencia resultan más entregadas —y por lo mismo más trascendentes— que aquellas que sostienes cotidianamente en tu país de origen, porque cuando estás de nómada simplemente no hay tiempo que perder. Por lo tanto das todo con espontaneidad e inocencia dejando de lado las barreras que no te dejan tocar ni ser tocado por los otros ahí en lo profundo, donde verdaderamente cuenta. Confieso que esta fue una de mis partes favoritas del viaje y nunca dejó de sorprenderme cómo paso a paso me encontré con gente que me recibió, alimentó, educó y ayudó con el corazón abierto.

Ese día Seon se mudaría a la casa de otro anfitrión, así que pasamos la mañana sin rumbo fijo por Atenas. Todo empezó porque él necesitaba una pieza para su cámara y a mí el ritmo del Mediterráneo me estaba exorcizando la premura del DF, honda y gozosamente. Así que me uní a su búsqueda, que nos llevó hasta Plaza Sintagma, en el centro de Atenas, la cual también es conocida como Plaza de la Revolución y sirve como punto de encuentro para extranjeros y locales ,pues a su alrededor se encuentran hoteles -incluyendo el lujoso Gran Bretagne asociado con varios episodios de la historia griega-, restaurantes, cafés, tiendas y otros sitios de interés, como el edificio que desde 1935 alberga al parlamento griego así como el Monumento al Soldado Desconocido que se encuentra frente a él y es perennemente vigilado por los llamados évzoni o guardias que visten llamativas ropas tradicionales.

estadio panatenaico

Luego nos paseamos por el parque nacional y aprovechamos una banca soleada para tomar un respiro antes de dirigirnos al estadio Panatenaico que con sus más de 85 millones de toneladas métricas de mármol es capaz de albergar hasta 60 mil personas. Después deambulamos entre las angostas calles atenienses: sus desniveles, escalinatas y coloridas fachadas bajo el sol son una invitación a fantasear con juegos de laberintos. Fue entonces que decidí llamar a una amiga a quien denominaré Linda (es pertinente aclarar que desde este momento los nombres que aparecen en esta crónica fueron modificados). Linda es una italiana itinerante a quien conocí unos años antes en la Ciudad de México a través de un amigo mutuo; ahora estaba viviendo en Atenas con su novio.

El barrio al que no te llevan los tours

Linda y yo quedamos de vernos más tarde en la estación de Acropoli. Tras despedirme de Seon, caminamos y platicamos animadamente entre callejuelas hasta llegar a un café donde, además de llenar nuestros estómagos, ella me introdujo al raki, un licor hecho de alcohol de grapa, anís y azúcar, con el cual brindamos por un inesperado reencuentro, que fue medular para intercambiar puntos de vista sobre los procesos sociales en diferentes lugares del mundo, hablar del arte, la poesía y la vida, que bajo el sol de ese verano parecía estar aún más viva que de costumbre.

Una vez terminados los tragos y las viandas continuamos nuestra caminata a través de Atenas hasta un lugar que lo cambiaría todo: Exarquia. Localizado a pocos minutos a pie de la estación Omonia, muy cerca de la Universidad Politécnica de Atenas, Exarquia es un barrio en el que la policía no entra más que para hacer operativos, y aún entonces sabe que encontrará descontento y resistencia de parte sus habitantes. Éste es un territorio autónomo y autogestivo en muchos aspectos; pues frente a la indiferencia de las autoridades sus residentes han decidido tomar el sartén por el mango haciéndose cargo del bienestar de la comunidad. Ellos han echando a golpes a los traficantes de drogas duras —las que provocan dependencia como la morfina, la cocaína, el alcohol, las anfetaminas y la heroína— y construido columpios en el parque para los niños.

La gente en Exarquia está muy politizada. Intelectuales, estudiantes y anarquistas han hecho del barrio su santuario y cotidianamente se les puede ver reuniéndose en los bares, cafés y la plaza principal, cuidando los árboles y plantas de las jardineras, compartiendo guitarras y canciones y hasta construyendo alguna casa para que un perro vagabundo ya no lo sea tanto. Por cierto, este es el único lugar de Atenas donde al pasar puedes llegar a aspirar un despreocupado olor a mariguana, pero nada más, a diferencia de otras colonias de los alrededores donde se pueden ver yonquis y jeringas en los rincones oscuros. Otros frutos de la autogestión son comedores, centros culturales y hasta una clínica.

exarquia3 Grecia

Las calles están llenas de graffitis y en los muros de la esquina de Tzavella todavía se puede ver el quinceañero rostro de Alexis Grigoropoulos, vigilante y alerta desde el sitio mismo donde dos policías terminaron con su vida en 2008. Su muerte fue el catalizador de una serie de descontentos sociales y encendió una mecha que se tradujo en varias semanas de revueltas entre los civiles y la policía. Los disturbios comenzaron en Atenas, continuaron por diversas ciudades griegas para finalmente replicarse en otras ciudades del mundo. Durante días la capital de Grecia fue tomada por los manifestantes y en los encuentros con la policía, huevos, piedras y cocteles molotov surcaron los aires; edificios y autos ardieron en respuesta a la brutalidad policiaca.

Exarquia me ha dejado encantada y durante los siguientes días vuelvo a sus calles una y otra vez experimentándola como hogar, refugio y templo. Linda me ha instruido bien: los zapatos cerrados evitaran un accidente con las jeringas dejadas por los yonquis en otras colonias aledañas, y nada de mochilas negras en las cercanías de Exarquia porque los agentes policiales de los alrededores las relacionan con los anarquistas y puede registrarte sólo por eso. La policía no permite ningún renacimiento, por eso la han sacado del barrio, pienso al día siguiente mientras tomo un café helado. El sentimiento de comunidad se me revela como el primero y último bastión de la resistencia; la autonomía y la autogestión como una amenaza para los sistemas totalizadores que por ello buscan suprimirla.

exarchia1 Pienso en la charla que tuve con Linda la tarde anterior. Ella confesó ver a los habitantes de este país como niños inocentes a quienes la crudeza de los tiempos actuales lentamente va despertando a la existencia de la crueldad y la miseria. El “primer mundo” requiere realidad y el “tercero” necesita esperanza. A pesar de todo, me parece que la ira es inútil pues el rechazo sólo contribuye a acentuar la separación, a fragmentar y sabotear la cohesión social. Mientras veo a los hombres reunirse en los cafés de Exarquia se me ocurre que no se puede frenar la violencia del mundo si no se sabe como frenar la violencia en uno mismo, que no se puede pedir generosidad si se es mezquino, que no hay forma de conquistar la avaricia y el odio si no se deja de sentirlo.

Esa tarde me reúno con Linda y su novio Andrés. Tras el vagabundeo de rigor por los cafés intercambiando noticias, historias y bromas nos dirigimos al comedor de Tomás, donde uno puede alimentarse estupendamente por un precio más que razonable. El ambiente es relajado y en una pared se puede ver cuidadosamente enmarcado un cartel zapatista. Tomás nos trae comida, llena de vino nuestros vasos y luego se sienta a nuestra mesa, fuma, sonríe con los ojos y la boca y habla en inglés para que yo también pueda entenderlo. Pasó diez años sin poder salir de Grecia y ahora quiere ir a todos lados. “Ya terminé todos mis juicios”, me dice con un resplandor en los ojos mientras nos cuenta cómo las dos veces que ha salido a otros países se ha encontrado con alguna manifestación a la que decide a unirse. Entre una bocanada y otra continúa sonriendo mientras describe cómo terminó siendo golpeado por la policía y llorando por los gases lacrimógenos. “A los 40 ya estoy viejo para este deporte extremo”, apunta y hacemos bromas al respecto. Tomás es de esos anarquistas que no se presentan como tal, pero te inspira respeto. Para él formar parte de lo que los ácratas llaman “el movimiento” es lo que lo ha tenido anclado a Grecia durante la última década. A pesar de lo extremo que puedan parecer sus comentarios es la clase de tipo que infunde confianza y alegría.

Los anarquistas con los que me encuentro son generosos; tienen una calidez casi latina que no se encuentra en otros lugares de Europa; su conciencia es colectiva y por eso han transformado este barrio en un bastión de resistencia social. Esto no sólo tiene que ver con sus enfrentamientos con los policías; tiene que ver con su modo compartido de enfrentar el día a día. Cuando los amigos de Linda y Andrés se enteran de que soy mexicana me sonríen, muestran sus playeras del EZLN y me preguntan por la situación en mi país. Me parece que los anarquistas están en paro entre un trabajo y otro; no sé como viven pero aún así me invitan a comer y beber. Y me hablan, porque en Grecia tomarse un café o raki mientras se reflexiona es considerado “hacer algo”, y a los griegos les encanta reunirse sólo para discutir.

Una noche en una gota de agua

La noche del 14 de mayo llegó la luna llena. En la tradición budista en una noche como esta hace más de dos mil años, por ahí del 589 A.C., Siddhartha Gautama, el Buda de nuestra era, alcanzó la iluminación. Tras un día de trajín fui a darme un baño a casa de Panos y luego me dirigí a la estación de Perissos donde Andrés ya me estaba esperando con su moto afuera de la estación. Pasamos al restaurante de su familia por el auto y junto con Linda partimos rumbo a Sunio para lo que sería una velada inolvidable.

Tras tomar la carretera hicimos una escala en el puerto Lavrio para comprar cervezas y de ahí fuimos a Sunio donde el templo de Poseidón miraba a la costa, bajo la luna llena. El Mediterráneo estaba calmado y las olas rompían contra las rocas delineando la costa con espuma blanca. La luna lo alumbraba todo mágicamente y mientras caminábamos hacia uno de los riscos junto al mar me pareció que estábamos en una gota de agua. Un reino de ensueño junto un cuerpo de agua que en cada movimiento denotaba gracia y fuerza; en este contexto me resultó sencillo comprender cómo este mar podía ser visto como un ser y cómo en ese ser podía descubrirse a un dios. Mientras esto pasaba por mi mente el blanco templo de Poseidón a mis espaldas me decía que no era yo la primera en tener esta revelación.

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Hacía frío y mientras las olas rompían delineando el cabo con espuma blanca nos contamos historias de barcos, viajes, el temperamento griego y los naufragios. Entonces la luna era un reflector, el peñasco un escenario y nosotros hilábamos el conocimiento de la experiencia propia y ajena entre narrativas, como antes hicieron los miembros de las antiguas civilizaciones del mundo. Trenzamos palabras, imágenes e ideas con intensidad pero sin nostalgia y hechizada por la noche tuve la sensación de que esta era mi Ítaca a la que desde otras vidas ansiaba regresar.

Me di cuenta que aún faltaban muchos lugares por recorrer. Mis andanzas alrededor del globo me llevarían incluso a Bodh Gaya —en la India— donde se dice que el Buda venció la batalla espiritual contra Mara para finalmente alcanzar la iluminación en beneficio de todos los seres del mundo. Sentí esa noche como un obsequio generoso de esa renuncia. Fue un incentivo para ir siempre más allá en dirección a esos sueños que día a día se nos revelan como visiones, intuiciones y sentimientos y con ello dejarnos ser plenamente, ni mejores ni peores, sino tal y como somos.

A las dos de la mañana dejamos Sunio y emprendimos el regreso a Atenas. Recordamos canciones en el coche y hablamos de la posibilidad de establecer una línea de contrabando de hamacas mexicanas para, con los fondos, ayudar a los anarquistas. En la cálida oscuridad todo era posible y alrededor de las tres lo celebramos comiendo helados y pasteles cerca de Neos Kosmos. Nos sentamos a comer en la calle como si fueran las doce del día y a mí no sólo me dieron más ganas de viajar sino también de volver a esta tierra para recorrer sus islas, aprender sus canciones y dejar que el Mediterráneo se inyecte tan profundamente en mis venas que nunca más pueda salir.

Un triángulo y una isla

La mañana siguiente me sorprendí abordando el elevador con Panos para luego dirigirme al puerto del Pireo -el más grande de Atenas- con el propósito de tomar un barco hacia Egina, una isla localizada a unos 20 kilómetros en dirección sudoeste. En esta isla se encuentra el templo de Alfaya que junto con el templo de Poseidón y el Partenón forma un triángulo. Así que tras comprar mi boleto, aborde un gran y cómodo barco y me preparé para cerrar el triángulo sagrado antes de partir de Grecia rumbo a mi siguiente destino.

La isla es pequeña pero por andar remojando los pies en la playa embrujada por los azules del paisaje marítimo perdí el penúltimo autobús rumbo al templo. Mi última esperanza era el autobús siguiente y para hacer tiempo me paseé por la costa. Vi más de una iglesia, el museo de la isla y comí un montón de los pistaches que ahí se producen. Finalmente logré abordar el transporte y llegar al templo Alfaya, el cual está muy bien conservado y me sorprendió con sus maravillosas columnas dóricas que, doradas por la luz del astro rey, contrastaban con el mar y el cielo. Mi misión estaba completa y tras despedirme de la isla regresé a Atenas para reunirme con mis amigos en lo que sería mi última noche en la capital helénica.

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Una sola canción

La última noche que pasé en Atenas me despedí de Panos y fui a cenar con Linda, Andrés y su familia quienes me consintieron con ouzo —otro licor—, raki y una serie de viandas que aparecían una tras otra en la mesa deleitando nuestros paladares y poniendo en aprietos a nuestros estómagos. Con el propósito de digerir la comida salimos a una caminata nocturna que nos llevó a un bar donde unos jóvenes músicos interpretaban canciones tradicionales griegas que a mis oídos les sonaban entre occidente y medio oriente. Bebimos raki caliente con limón y canela, brindamos por un buen viaje y nos integramos a la audiencia que portaba las chamarras negras que frecuentemente usan los ácratas. La noche avanzaba y los músicos acompañados de las voces de los presentes entonaron apasionadamente y con los ojos entrecerrados el himno de “la resistencia”. Fue entonces que Andrés se acercó a mí y me dijo: “Éste es uno de los pocos lugares fuera de Exarquia donde uno puede salir a divertirse. A veces pienso que Exarquia es nuestra prisión… no podemos salir de ahí”.

Yo vibré con la música y me sentí profundamente agradecida. Mientras escuchaba todas esas voces unidas en un solo himno tuve la visión de un mundo que lograba trascenderse sintonizado en una sola canción, logrando despertar de un sueño de inconsciencia para transitar a otro, lúcido y creativo, que pese a todo nunca dejará de sorprender a quienes lo sueñan. Aún ahora siento las reverberaciones de ese aire y esos sonidos y quiero ver y sentir todos estos otros mundos que me rodean; estos otros sueños colectivos que pocas veces saben que se sueñan, ¡qué están soñando!

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