Recuerdo que cuando era niña mi papá me cantaba canciones de Serrat para que me durmiera, incluyendo aquella que decía “qué le voy a hacer si yo, nací en el Mediterráneo”. Evidentemente yo no nací en el Mediterráneo, sino en el valle de México pero esas palabras resonaban en mí. Y con singular entusiasmo me encaminé a uno de tantos países cuyas costas delinean este mar entre dos tierras: Grecia.

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Aterricé en el aeropuerto de Eleftherios Venizelos el domingo 11 de mayo de 2014 y me dirigí a la estación de Acropoli, en el corazón de Atenas, donde me reuní con Panos —un boxeador profesional que sería mi anfitrión durante los siguientes días— y su perro pug, cuyo pequeño tamaño contrastaba con su atlético dueño. Tras los saludos de rigor caminamos unas cuadras hacia el barrio de Neos Kosmos donde al caer la noche —y tras un muy necesario baño— me asomé al balcón y pude ver el vecindario que envuelto en luz azul se revelaba bello y misterioso, como los días por venir.

OK-Grecia

Sin embargo, el tiempo no pasa en vano y el hambre apremiaba. Así que para satisfacer a nuestros gruñones estómagos Panos y yo nos subimos a su moto y fuimos a comer souvlakis en un puesto de esos donde sólo comen los locales. Era un lugar que contaba con dos o tres mesas en la calle y un sazón fabuloso. Tras la primera mordida el placer inundó mi boca junto con la maravillosa salsa de esta carne enrollada con algunos vegetales en un pan plano y grueso. Mi comida me amaba y yo a ella. Pero la noche apenas empezaba y tras pedir un par más de estas deliciosas viandas nos encaminamos a un bar cerca de Acropoli, donde más tarde se reunió con nosotros un viajero surcoreano quien se identificaba como Sean —a sabiendas de que su nombre coreano nos resultaba impronunciable—. Él venía de pasar una temporada en las islas griegas, lo cual era confirmado por su bronceado y amplia sonrisa. El propósito de su viaje era recorrer la Unión Europea. A pesar de que su inglés no era precisamente fluido, su humor y buena disposición lo hicieron el compañero perfecto para explorar los puntos obligados de Atenas al día siguiente.

La antigua Grecia y los sueños diurnos

Sé que esto de andar de viaje y darle la vuelta al mundo suena como a unas largas vacaciones, así que vamos a ponerlo en perspectiva. Sí, viajar es divertido, pero a menos que estés paseando de resort en resort, con transporte costoso y alguien que cargue tus maletas, diseñe tu itinerario y sea básicamente tu nana, es un trabajo de tiempo completo.

A la mañana siguiente Sean y yo nos levantamos temprano y nos dispusimos a visitar los más renombrados sitios arqueológicos de la ciudad, comenzando por el más cercano: la Acrópolis.

“Los que sueñan de día son conscientes /de muchas cosas que escapan a /los que sueñan sólo de noche”.                 Edgar Allan Poe.

Tras caminar de vuelta a la estación de Acropoli y esquivar unas cuantas ofertas para desayunar en tal o cual restaurante —con los precios especialmente inflados que distingue a los lugares turísticos— llegamos a la taquilla y pagamos uno de esos boletos que incluyen todos los sitios de interés. Caminamos cuesta arriba para encontrarnos el Teatro de Dionisio y el Odeón de Herodes Ático deteniéndonos, por supuesto, para tomar las fotos de rigor, mientras yo me regocijaba en el clima de la capital griega ¡Al fin! ¡El invierno había quedado atrás!

Continuamos cuesta arriba hasta llegar a la monumental entrada a la Acrópolis conocida como Propileos, donde nos encontramos con las primeras aglomeraciones de turistas. A pesar de eso logramos realizar fluidas visitas al Erecteion, que fue el último templo construido en la Acrópolis y que en realidad son dos templos unidos dedicados, uno a la patrona de la ciudad, la diosa Atenea, y el otro al dios Poseidón; al renombrado Partenón —que quizá sea el punto más famoso de este lugar— y a los diversos santuarios que lo rodean. Incluso tuvimos una privilegiada vista a la ciudad que se puede gozar desde la cima. Fue justamente ahí donde divisamos nuestro siguiente punto a visitar: el Ágora, ese mítico lugar donde se concentraban la vida política, comercial y espiritual de los antiguos griegos.

Grecia panoramicadesdeacropolis

Cuando descendíamos de la Acrópolis para tomar la Vía Panatenaica, que nos llevaría a nuestro siguiente destino, me sorprendí caminando a ese proverbial paso que te permite “oler las flores” o fotografiarlas; un gozo sencillo y casi olvidado en una era dominada por la premura tecnológica y la necesidad de siempre estar haciendo algo (o fingir hacerlo) para justificar nuestra existencia.

Mientras el polvo me llenaba las sandalias en este camino rodeado de florecitas blancas y rojas, me sentí renacer de otro polvo menos vivo y más cotidiano, y sin darme cuenta me transporté a otra vida, en otros tiempos en los que, más acostumbrada a andar por caminos terrosos, más alta y más dura, anduve una vez por este mismo sendero con experiencia y aplomo.

Grecia floreshaciaelagora

En el trayecto, nos detuvimos para explorar la única iglesia existente en la zona del Ágora: la iglesia bizantina de los Santos Apóstoles que alrededor del Siglo X fue erigida sobre ruinas romanas. Este cambio de escenario acentuó el aire onírico del día que nos llevó desde el mundo contemporáneo hasta el mundo de los griegos y romanos, todo perfectamente hilado con una que otra reflexión o revelación existencial. De tal forma que para cuando llegamos al templo de Hefesto, en la cima de la colina que domina esta área, yo ya estaba viajando en mundos paralelos.

Grecia -templodehefesto2

Finalmente, tras pasar por los museos, ver incontables vasijas, utensilios y bustos y darme cuenta que por más que intentara desarrollar memoria fotográfica no me iba a acordar de todo, me conformé con llevarme una pincelada de lo más hermoso: la renovada capacidad de sentirme sorprendida, interesada e incluso involucrada versus la indiferencia y el aburrimiento. Sacudirse el “mundo real” y entrar al ensueño tiene maravillosas ventajas.

Al salir, Seon y yo seguimos nuestro camino hacia la zona de la plaza Monastiraki, curioseamos entre los puestos de su mercado de pulgas —los vinilos, antigüedades, instrumentos musicales— y enfrentamos las recurrentes ganas de llevarnos todo a casa. Luego nos dirigimos a la biblioteca que el emperador Adriano mandó a construir para albergar su colección de libros, la cual debió ser vasta pues también se le conoció como “la biblioteca de las cien columnas”, aunque ahora sólo quedan sus ruinas.

Grecia plaza monastiraki

Tras una pausa para llenar nuestros estómagos con algunas viandas, caminamos por la ciudad y vimos cómo en Atenas la gente aún se reúne para verse, para platicar en vivo y a todo color, en contraste con lo que viví en Londres ¡No todos estaban enfrascados en su celular! También me di cuenta de la presencia de cuerpos policiacos con facha de “Robocop” y las conversaciones de los locales, que desde hace unos años habían ido despertando, lentamente, a la realidad de la precariedad mundial. Al momento de mi viaje, Grecia ya se encontraba en franca recesión, con números altos de desempleo, una gran deuda y tantas otras cosas que la gente de la preparatoria “bien” a la que fui jamás mencionaba cuando hablaba de ir o mudarse a Europa, como si eso fuera a darles pedigrí.

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La tarde avanzaba y tras vagabundear por la ciudad y cruzar el Arco de Adriano llegamos al Olimpeon o Templo de Zeus Olímpico, antes de que cerraran el acceso. El atardecer nos descubrió entre sus altas columnas y una vez más empecé a soñar despierta con titanes erigiendo y habitando estos colosales recintos. Mi infancia estuvo acompañada de mitos griegos y mi breve paso por la escuela de antropología estuvo plagado de referencias a la llamada cuna de la civilización; finalmente estaba ahí y era tan vibrante y distinto. Estaba más allá de la leyenda o el romanticismo pero no carecía de maravillosos detalles y efectos que para mí rayaban en una hiperrealidad que sólo podía competir con mis más elaborados sueños.

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Foto: Gaspar Serrano http://bit.ly/1zaYf1Y

Foto: Gaspar Serrano http://bit.ly/1zaYf1Y

Cansados de tanto andar y mientras una cortina de luz azul envolvía la ciudad de Atenas, nos dirigimos a Neos Kosmos donde rápidamente caí en los brazos de Morfeo, lo cual fue sumamente apropiado pues los días por venir abrirían para mí dimensiones nuevas, un lado poco turístico pero muy interesante de la ciudad, un inesperado y mágico viaje nocturno que coincidiría con la fecha del parinirvana de Buda y un recorrido a una de las islas de esta tierra mediterránea. Pero todo esto ofrecería pocas horas de sueño.

Fotos de la autora.

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