Asistir al Corona Capital no es sólo ir a ver muchas agrupaciones musicales, es también darse una vuelta por los food trucks y comer algo rico, disfrutar de las atracciones y, sobre todo, pasarla muy bien con quien vayas acompañado, sin olvidarse de gozar de ese buen de artista, consagrado o en ascenso que está en el escenario. Al menos así era en las primeras ediciones, pero cada vez es más notorio que el objetivo de muchos asistentes es decir “Yo fui al Corona Capital”. No importa quien se presente, la cosa es obtener (o creer que se obtiene) algo de popularidad.

Ya hace seis años que se efectúa el festival, y casi religiosamente voy a disfrutar de la música en directo (excepto el 2012 que no hubo varo). Recuerdo las primeras celebraciones. Era genial estar junto a personas de varias generaciones oyendo actos que, pensaba, no llegarían a México, como Portishead, OMD, Artic Monkyes, Pixies entre otros. Además la satisfacción de oír propuestas nuevas complementaba la experiencia y la hacía muy agradable. En las más recientes ediciones la idea era llegar a la hora de la comida, darse una vuelta por la zona de alimentos, babear como perro de Pávlov y disfrutar una cerveza mientras iniciaba el acto de alguna banda.

Pero con el aumento de la popularidad del festival llegó más gente. Lo chido era platicar con visitantes de países como Canadá, España, Alemania, Inglaterra, incluso rusos y, por supuesto, estadounidenses. Los carteles se había hecho más variados y atractivos, muchos comparaban ya al Corona Capital con Glastonbury en Inglaterra o Coachella en Estados Unidos. Y tal vez esta comparación y promoción ha atraído a una nueva legión de público: los fanáticos de moda o pose.

Corona Capital Markoz

Foto del autor

Digo, siempre ha habido un grupo pequeño que sólo va a echar desmadre, ponerse borrachos y olvidarse de lo que pasa a su alrededor, pero este año fue más notorio el aumento de este tipo de seguidores .

Mi paseo por el Capital fue el sábado 21 de noviembre. Mi hermana gemela y yo decidimos que sería una buena forma de iniciar el festejo de nuestro cumpleaños. Llegamos un poco tarde, pero a pesar de ello nos dimos la ronda obligada por el área del festival. En cuanto puse un pie ahí noté la baja afluencia de gente. Parecía que el cartel no era lo suficiente atractivo para los melómanos de siempre. Era comprensible, muchas de las bandas que se presentaron en esta ocasión eran agrupaciones nuevas y de corte más juvenil.

Nuestra travesía musical empezó con The Psychedelic Furs, banda icónica del movimiento post punk, pero a pesar de ello el área donde tocaban estaba muy hueca, pocos eran los que estaban oyendo a la agrupación y no faltaba quien preguntara quiénes eran esos que estaban tocando. Nos instalamos a escucharlos y de momento nos vimos rodeados por montones de chavos que platicaban entre si, reían y discutían tontería y media. No oían a la banda. Por ahí se veían grupos o parejas que disfrutaban de la presentación, pero las risas de los otros asistentes molestaban.

Foto: Ivan Stephens /CUARTOSCURO

Foto: Ivan Stephens /CUARTOSCURO

Decidimos encaminarnos a otro escenario, escuchar una propuesta nueva. Nos topamos con Kygo, un DJ noruego de moda. El escenario lucio repleto, el acto prometía, pero después de un rato nos sentimos como si estuviéramos en un antro; gente platicando aquí y allá, cheleando, medio bailando. Los sonidos que soltaba el DJ parecían salidos de la programación de los 40 Principales. De alguna forma desapareció la propuesta alternativa, más “indi”, por llamarla de una manera. No parecía ir bien con el perfil del festival.

Al encaminarnos hacia otro de los escenarios descubrimos un ambiente similar. No me mal entiendan, yo también disfruto de la fiesta, de oír música mientras platico con los cuates, pero luego de pagar 90 pesos por una chela, 60 por un mezcalito, 80 por un whisky; comida que iba desde 30 pesos una orden de tres tacos hasta 120 por un bocadillo “gourmet”, sin mencionar la entrada de mil 200 pesos; uno pensaría que es más sensato ir a un bar a platicar y escuchar alguna rola de fondo.

En los escenarios grandes nos tocó ver a Father John Misty, un músico que ha colaborado con Jodorowsky, Vonnegut y Woddy Allen, pero eso no pareció impresionar a muchos. Los alrededores del escenario lucían medio vacíos, y algunos asistentes no tenían ni idea de quién era el que estaba arriba del escenario. Luego Richard Ashcroft, el antiguo vocalista de The Verve, se atrevió a salir solo con un par de guitarras acústicas y brindarnos un espectáculo genial. Pero de nuevo poca gente parecía disfrutar el show. Siguiente parada: la presentación de Ryan Adams, cantante de folk y blues alternativo; el panorama fue el mismo, muchos platicaba entre sí y otros no sabían ni por qué estaban ahí. Tengo la impresión que el festival estuvo lleno de gente que no aprecia la música, que sólo busca tener un trending topic (si se me permiten la expresión) de los conocidos o unos likes en su perfil de Facebook.

El ambiente parecía cambiar conforme avanzaba la noche, la hora de ver a los grupos principales se acercaba. La emoción por escuchar en vivo a los Libertines me invadió. Aún había fans de pose, pero eran los menos. Tal vez los acordes medio punks de la banda inglesa los alejó. Lo mismo pasó con Dead for Above 1979. Estoy seguro que su sonido rudo alejó a algunos.

Foto: usuario Flickr David Cabrera

Foto: usuario Flickr David Cabrera

Beirut salió a tocar, pero su sonido folk no impresionó a nadie. Las notas salidos de la sierra de Oaxaca tampoco atrajeron a nuevos oyentes, ¿Qué pensaran los integrantes de la banda —quienes se esforzaron por hacer un sentido homenaje a los sonidos de nuestro país— de la apatía de algunos espectadores?

Tal vez el error lo tuvo la organización, pues Beirut tocó cerca del escenario donde lo haría Muse. Fue notorio que el grueso de la gente estaba ahí para ver a Matthew Bellamy, Christopher Wolstenholme y Dominic Howard. Su número fue espectacular, lleno de luces, sonido estridente y energía, pero aún así muchos no veían el acto, no cantaban, no bailaban; cotorreaban con sus acompañantes. Tal vez en Facebook y Twitter escribían: “yo estoy viendo a Muse y tú no”. Lo curioso es que ellos ni siquiera volteaban al escenario.

La noche terminó. Para mí fue otro festival con grandes músicos en los escenarios, expresando de la mejor forma lo que saben hacer. Lo malo fue la mercadotecnia exagerada, que ha hecho que los verdaderos fanáticos de la música queden relegados. Las nuevas propuestas fueron las más en el cartel, pero muchas de ellas son de esas que suenan tanto en la radio comercial que terminan atrayendo a gente que sólo parece ir de antro al festival.

Sí, lo sé, me oigo como viejito cascarrabias.

Foto portada: Perla Calvillo / Notimex

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