Hay gente que le gusta el vino porque lo asocia a momentos felices, otros a ricas comidas, algunos a risas y entretenidas conversaciones, y muchos más a la sorpresa en aroma y color que depara cada botella.

Pero al degustar un vino uno no sólo bebe el producto de la uva. En cada trago, que mezcla y separa a la vez sabores a frutas, madera, fermentación y otros elementos, va también la fragancia del sueño de un visionario, la pasión por cuidar un fruto que se convertirá en bebida divina y la historia de un brebaje que se las ha visto negras para destacar en México. Por eso cada vino es diferente.

No es secreto que el vino producido en esta tierra compite en calidad con las grandes firmas europeas y sudamericanas. Pero el reconocimiento del que hoy goza no tuvo un camino fácil. Ha tenido que lidiar con prejuicios, prohibiciones y demás obstáculos de los que ha salido fortalecido. Ya lo dice la frase: lo que no mata, hace más fuerte.

Botella vino liceaga

Vino prohibido.

Si bien los Olmecas ya cultivaban vides silvestres, fueron los conquistadores y misioneros españoles quienes trajeron la vid a México, aunque fue hasta 1522 que se iniciaron los procesos de siembra y producción del vino. Fue natural el cultivo de la vid por los misioneros, pues necesitaban vino para celebrar sus misas. Ellos impulsaron la vitivinicultura en las colonias españolas.

Años más tarde el rey Carlos V ordenó que los navíos que se dirigieran a Nueva España debían llevar viñas y olivos para su cultivo. De esta forma, la producción de vino en el Nuevo Mundo aumentó en cantidad y en calidad, tanto que los colonos españoles ya no quisieron importarlo desde la Madre Patria. Esta reacción disminuyó las ganancias de los monopolistas de Cádiz, quienes acaparaban el comercio de Indias, así que movieron toda su influencia para que la Corte Española prohibiera el cultivo de vides y olivos en América. El decreto incluso ordenaba exterminar todos los viñedos.

OK UVAS

Sin embargo, la orden no tuvo los efectos esperados. Los viñedos del capitán Francisco de Urdiñola, en Parras, Coahuila, quedaron intactos por tratarse de un personaje poderoso, además que un año antes de la prohibición, en 1594, comenzó a elaborar vino. Por otro lado, los misioneros se negaron a acatar la disposición porque el vino era indispensable para sus ceremonias; así que continuaron con la difusión del cultivo de la vid y la elaboración del vino. Aunado a esto, la amplitud del territorio conquistado y los pocos soldados con que se contaban hacía imposible tener un control.

A mediados de 1809, un grupo de soldados fueron enviados a Guanajuato a destruir los viñedos existentes. Las viñas que tenía la parroquia de Dolores y sus alrededores, promovidas por el cura Miguel Hidalgo, fueron arrancadas y quemadas frente a sus pobladores “por desobedecer el mandato real de su majestad el Rey”. Con el inicio de la lucha de Independencia, los viñedos del centro del país fueron destruidos o abandonados, incluidos los de muchas iglesias que tenían producción de vino.

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Casi cien años después, hacia 1900, los viñedos mexicanos vuelven a ser atacados, esta vez por la filoxera, una especie de pulga que se alimenta de la vid. Además, durante el Porfiriato los vinos y las cepas francesas adquirieron gran prestigio entre las altas esferas de la sociedad mexicana, relegando la producción nacional. Por si fuera poco, los problemas políticos que llevaron hacia la Revolución Mexicana provocaron que la vitivinicultura quedara desatendida, aunque algunos revolucionarios, como Francisco Villa, protegieron los viñedos del norte del país, principalmente los de la Comarca Lagunera, después de la ley agraria de 1907 a 1911.

Reordenando el vino mexicano.

A partir de 1920, con el final del movimiento armado, se retomó la producción de vino mexicano, pero su calidad dejaba mucho que desear. A los productores les faltaba más conocimiento de la vinicultura, utilizaban equipo defectuoso y no había una adecuada selección de las variedades de uva. Todo esto se notaba en los vinos blancos, que lucían amarillentos, y los tintos, que estaban oxidados.

Hasta mediados del Siglo XX comienza a registrarse un auge en la producción y calidad de los vinos mexicanos. Al estallar la Segunda Guerra Mundial quedaron interrumpidas las importaciones de vinos europeos, y en 1942 fue expedida una ley que reglamentaba la producción de vinos nacionales. Seis años más tarde fue creada la Asociación Nacional de Vitivinicultores, y poco a poco la cultura y la industria del vino se fueron desarrollando, actualizando y modernizando su tecnología.

Actualmente los vinos producido en México cuentan con calidad reconocida a nivel mundial y las compañías vinícolas han desarrollado intensas campañas para suscitar el interés y el gusto del consumidor por esta bebida. Sin embargo, el vino mexicano tiene que superar el reto del precio. Para Pedro Mendivil, enólogo de Viña de Liceaga, producir vino mexicano es caro, lo que provoca que sea difícil competir con caldos que llegan de otros países y figurar tanto en volúmenes de competencia como en precios.

Foto:  www.flickr.com/photos/24842334@N07/

Foto: www.flickr.com/photos/24842334@N07/

Una verdad que a veces se olvida.

Según el sitio vinisfera.com en los últimos tiempos los adultos menores de 30 años están dando el empuje hacia la cultura del vino en México. Y aunque este sector de la población sigue inclinándose hacia los destilados y la coctelería, los artesanos de la vid ven que el interés por el mundo del vino ha provocado que poco a poco aparezcan más casas vinícolas y más gente comprometida y pasional que quiere invertir en esto. “Es producto del interés de la gente, de los mismos chavos y las personas que quieren hacer cosas buenas. Nosotros les llamamos paladares jóvenes, independientemente de la edad. Puedes tener arriba de 40 años, pero, a lo mejor, nunca has tenido una experiencia con los vinos”, apunta Pedro.

De hecho, durante la fiesta de la vendimia en Viña de Liceaga maridan sus vinos con rock, pues invitan a alguna banda de Tijuana para que toque mientras la gente degusta una copa de tinto. Myrna Liceaga, propietaria del viñedo tiene mucho de razón cuando deja salir de su voz una verdad que a veces se olvida: “Para acercarse a probar vino lo único que se necesita es tener las ganas de saborearlo”.

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