Tsutomu-san me dejó justo a tiempo para tomar el tren de las 8:24 rumbo a Toyohashi, una ciudad al este de la prefectura de Aichi, en Japón. Subí y me senté en un asiento de los “baratos”, esos que están en hilera a lo largo del vagón. Se me hizo muy rápido el trayecto de Nodajo, la estación de origen, a Toyohashi, quizá porque me distraje contemplando el bello paisaje, tan lleno de ríos y campos verdes.

Llevaba más de dos meses en rumbos orientales pero aún no perdía el miedo al amenazador y apabullante rey del transporte en Japón: el tren. Me lo encontraba en cada trayecto, ya fuera como tranvía, tren local, exprés y hasta el famoso tren bala o shinkansen. A pesar de ello no me sentía con el conocimiento suficiente como para moverme con libertad de un punto a otro. Pero la necesidad nos hace actuar, así que ahí estaba yo, arribando a la estación de Toyohashi.

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Tsutomu-san me había dado indicaciones muy puntales para no perderme en el trayecto; sin embargo, mi inseguridad me hacía confirmar cada dato ofrecido por mi antiguo anfitrión. En la taquilla, pregunté por el número de andén al que debía ir para trasbordar, me dijeron que al seis y hacia allá me dirigí, con mi enorme mochila gris al hombro, una maleta de mano azul y la mochila pequeña morada, que compré en un mercado de Ueno. Llegué y vi un tren parado, esperando. No le di mucha importancia y busqué una tabla de estaciones para tomarle foto. Así es como me orientaba en el sistema de trenes.

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Y es que esa red de transporte en Japón puede parecer indescifrable. Recuerdo la primera vez que vi el mapa del metro de Tokyo, casi me dio un ataque de pánico porque no entendí nada. Era sólo un montón de líneas de colores que se enredaban como madeja de hilo, con números y letras. Incluso vi varios tutoriales en línea para saber cómo se pagaba y se usaba. Una vez que llegué a la ciudad y aprendí a moverme en él, todo fue mucho más fácil. El sistema de pago es similar al del tren suburbano, que une a la Ciudad de México con la Zona Metropolitana: pasas la tarjeta al subir y al bajar, de tal forma que se descuenta la cantidad correspondiente a la distancia recorrida, con la salvedad de que allá el monto mínimo a pagar es alrededor de 140 yenes, algo así como 25 pesos mexicanos. Para recargar la tarjeta, también hay máquinas parecidas a las nuestras. El menú se lee en japonés y en inglés, y puedes elegir el monto a abonar.

Pagar y entrar es la parte fácil, el reto está en entender las líneas, los horarios y los transbordos, particularmente en las estaciones grandes. La indiscutible puntualidad japonesa ayuda mucho, así, aprendí a leer los horarios y simplemente abordaba el tren que estaba justo a esa hora y ya. Claro que eso no me salvó de errores y desvíos, por eso debía cruzar la información con la lista de estaciones de la línea en particular.

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A esas alturas del viaje, mi estrategia era simple: averiguar el andén y la hora de salida del tren, tomarle foto al cuadro de horarios y a la de las estaciones, y preguntar antes de abordar. En Toyohashi ya había cubierto los primeros dos puntos, fue hasta entonces que vi que el tren que estaba parado en el andén era el exprés a Nagoya. ¡Eran las 9:02 y salía a las 9:04! A pesar de la prisa, quise confirmar así que corrí hacia el maquinista y le pregunté si era el que iba a Nagoya. Asintió con la cabeza. Subí apresurada. Él cerró la puerta y emprendimos el camino rumbo a la cuarta ciudad más grande de Japón y capital de la prefectura de Aichi.

Recorrí todo el tren tratando de encontrar los asientos “baratos”, sin éxito. Para cuando llegué al otro extremo no había duda de que todos eran iguales, “de los caros”, esos que están en filas de dos, como los camiones. “Ni modo”, pensé, “a pagar”. Busqué un asiento solo y cercano a una puerta. Lo encontré tras volver a cruzar tres vagones —allá, se puede recorrer todo el tren, pasando de un vagón a otro, abriendo y cerrando las puertas que los dividen—. Acomodé mis cosas y me senté, dispuesta a disfrutar el recorrido. En la primera parada confirmé con entusiasmo que había tomado el exprés. En menos de una hora ya estaba en Nagoya.

Salí por la ventanilla de pago —aunque también se puede pagar en las máquinas de ajuste para evitar la fila y la “conversación” con el encargado— porque quería preguntar dónde estaba la línea Kintetsu y para aclarar, de ser necesario, que en la primera parte del trayecto me había sentado en los asientos baratos, no en los caros. Al llegar con el encargado, eso no tuvo importancia; el tipo me cobró los mismos 1660 yenes —poco más de 300 pesos mexicanos—, sin considerar mi “proletario sacrificio”. Le pregunté para dónde estaba la línea Kintetsu y respondió con un seco “migi” —derecha—.

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Sola, triste y desamparada, me paré para acomodar mi cartera y revisar de nuevo el recorrido. De la nada, un gringo se paró enfrente de mí —supuse que era gringo porque era básicamente redondo, rojo y canoso, como un Santa Claus desbarbado y chaparrito, y el acento me sonaba bastante gringo— .”How you doin’?”, me preguntó. Traté de ahogar la risa al pensar en Joey, de Friends, y su frase de ligue que, dicho sea de paso, dijo en tono similar. Aunque estaba un poco sorprendida por la pregunta que me distrajo de mis cavilaciones, le expliqué que trataba de ir a la línea Kintetsu. Él me dio instrucciones para llegar, incluyendo el tiempo aproximado del recorrido.

Efectivamente, todo sucedió según sus observaciones. Llegué a unas ventanillas con una larga fila. Traté de entender los cuadros que daban las indicaciones de horarios y estaciones pero me tardé un poco porque estaba acostumbrada a las de Japan Railways (JR), compañía que cubre la mayor parte del territorio nipón y la principal que yo había usado hasta ese momento.

Por fortuna, tenía el itinerario impreso a la mano y se lo mostré al encargado, para evitar confusiones y malos entendidos. Él tardó en responder. Entendí el por qué hasta que me di cuenta que el itinerario que le di estaba en romaji —alfabeto latino—. Para agilizar la compra, le señalé la estación y dije “Asuka”, mi destino final. Entonces él me dio dos boletos y me cobró casi 4 mil yenes —740 pesos mexicanos, aproximadamente—. Todo un escándalo.

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Me retiré confundida, con mis dos boletos carísimos en mano. La actitud seria y cortante del vendedor se había impuesto y yo, resignada, preferí preguntarle al encargado de la ventanilla de ajuste, que se veía con mejor semblante. Él me confirmó la hora de salida: 12:50, y el andén: 5. Así, caí en la cuenta que no había importado que llegara tan temprano, el tren rumbo a mi destino salía casi a la una.

Esperar dos horas y media no fue tan malo, tuve tiempo para hacer cuentas y almorzar con calma. Sentada en una banca del andén 5, noté que los trenes parecían más lujosos y que ponían una musiquita como de caja de muñecas para anunciar la llegada a la estación, “tal vez por eso es más cara”, pensé.

El trasbordo me hizo sudar. Llegar a terminal es fácil, sé que debo bajarme hasta la última estación y eso es todo, pero cambiar de tren requiere mucha más atención y conocimiento del sistema de transporte y del idioma. Salí de Kintetsu Nagoya y llegué a Isenakagawa en menos de una hora. Lo que más me preocupaba era que el tren llegaba a la estación a las 13:49 y tenía que cambiar al de Yamatoyagi en menos de 10 minutos porque ése salía a las 13:56. Lo que quería decir que a esa hora el motor empezaba a andar y las puertas se cerraban. Los japoneses son implacables en cuanto a puntualidad se refiere.

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Llegué a Isenakagawa y no sabía para donde debía ir. Le pregunté a un joven japonés, con facha de hippie, pero él en lugar de responder cosas sencillas como “sí, no, es allá, debes cambiar de andén” o algo similar, me empezó a decir un montón de cosas que yo no entendí. Era la primera vez que me pasaba algo así en mucho tiempo y con el reloj en contra. Decidí despedirme amablemente y le pedí información a una señora que estaba parada metros más atrás. Ella me confirmó que era ahí y señaló la pantalla de corridas. La hora y los kanjis —sinogramas utilizados en la escritura del japonés— de mi boleto coincidían con los mostrados ahí. Al poco tiempo, llegó el tren y me subí, esperando no equivocarme.

Vi el boleto y confirmé que estuviera en el lugar correcto, ya que eran numerados, pero mi asiento estaba ocupado por un gentil caballero. Me senté cerca, había muchos lugares libres y decidí no reclamar por nimiedades. Me acomodé en el confortable sillón y pensé: “bueno, si me equivoco, al menos veré Osaka”.

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El boletero llegó antes de que me pusiera los audífonos. Pocas veces me dio tanto gusto ver a uno. Me pidió el boleto y se lo mostré, conteniendo la respiración. Él lo miró y consultó sus papeles mientras yo decía para mis adentros: “¡ya me equivoqué!”. Muy serio me dijo que ese no era mi asiento. Le señalé el mío, ocupado por el gentil caballero. El boletero se acercó y le indicó su error. A mí me dio un poco de pena por él, después de todo, me daba igual quedarme ahí.

Miré al encargado, le señalé el boleto y pregunté en ese tono que aprendí con mi maestra de japonés:

—Ok, ok?
—Ok, ok —respondió con una sonrisa.

Suspiré aliviada y me cambié de lugar. Ya llevaba más de la mitad del camino y estaba bien y a tiempo. Lo único malo es que ese tren no tenía pantallas que anunciaban las siguientes estaciones, así que debía estar muy atenta a los avisos por el altavoz.

Arribé a Asuka antes de lo programado. ¿La razón? Me apuré tanto en los dos transbordos finales que me equivoqué de tren. Cuando llegué al andén del primer cambio, ya estaba un tren esperando. Pregunté si iba a la estación que requería y me dijeron que sí. Subí de prisa. En la marcha me di cuenta del error: se trataba de un tren local, no del exprés carísimo que me habían cobrado. Hizo dos paradas antes de mi destino final pero no me molestó, al contrario, tendría más tiempo para el transbordo final.

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Llegué a la estación del último cambio y ya estaba un tren local esperando. Le pregunté al chofer si pasaba por Asuka. Me respondió que sí, que estaba a dos estaciones. Esta vez sabía que no era el tren correcto, pero ya me encontraba ahí y, de cualquier forma, iba al mismo lugar. Me subí. Dos estaciones después llegué a Asuka, justo a la hora a la que debería estar abordando el tren en la estación anterior.

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Fue entonces cuando me felicité a mí misma, por fin, había domado al terrible monstruo japonés llamado tren. Ese viaje me dio ánimo y coraje para después recorrer medio Japón y llegar hasta Miyazaki o a la isla de los gatos. En ese momento me bastó con llegar a Asuka. Mi primera impresión del lugar fue que era un pueblo pintoresco, algo así como Nikko pero alegre. Tal vez aún no tenía la confianza necesaria para moverme con libertad, pero de que llegaba a mi destino, llegaba.

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