Antes que nada permíteme aclararte que es la primera vez que me sucede algo así y espero sea la última. No vayas a creer que soy una malviviente que abusa de la buena voluntad de los bartenders de confianza. Yo no soy abusadora, bien decía La Tesorito.

Era uno de esos días donde el tedio de la tarde invade la oficina. Ya sabes: el sol brillaba de manera espectacular, los pajarillos cantaban en los árboles, y los perros vecinos ladraban de alegría —o eso pensaba mientras miraba sobre la pantalla de la computadora hacia la ventana—. No podía más. No me concentraba. Me levantaba al baño, tomaba agua, molestaba a mis compañeras, miraba el iPhone buscando eco en algún otro ser ocioso. Nada.

Finalmente sonó el celular, era mi amiga La Loba —a quien llamaremos de esa manera para evitarle la pena— que en ocasiones me echa la mano con la fotografía de algunos eventos. Metí todo a la bolsa de un manazo y bajé las escaleras en un tris.

Fuimos a cenar ramen a un restaurante en contra esquina del bar. Desde hace un rato me habían dicho que estaba padre, así que no dude en proponérselo a La Loba. Aún no sé si comimos como desesperadas por el hambre o las ansias de llegar a nuestra siguiente parada.

Estábamos eufóricas al llegar al bar, realmente nos encanta ese lugar. Di mi nombre y medio a la chica que nos recibió, sin embargo, no me hizo mucho caso. Raro en un evento de prensa, pero pasa.

Foto: usuario Flickr Fabien Agon

Foto: usuario Flickr Fabien Agon

Nos acercamos a la barra y pedimos un par de cocteles. Los degustamos lentamente –a diferencia de otros días-, pues eran especiales: el evento era parte de una serie de fiestas que diferentes bares organizaron por un festival de cocteles que llegó a nuestro país, proveniente de Nueva Orleans.

En lo que platicábamos, saludé a otros amigos del medio que también disfrutaban de la fiesta. Cosa normal en eventos de prensa. Intercambiamos dos que tres palabras y seguí platicando con mi amiga.

Nos acercamos nuevamente a la barra y pedimos otro trago. De repente, mi amiga volteó hacia el otro extremo de la barra y al regresar de nuevo la cabeza hacia mí, detecté una mirada de terror que realmente me preocupó.

—Güey, no mames, ¿cuestan los tragos?—, me preguntó con la voz entrecortada.

—¡Ay!, ¿cómo crees? si me llegó la invitación de prensa y te acredité como fotógrafa— le respondí muy confiada.

En eso llegaron nuestros flamantes cocteles. La bartender niuyorquina nos explicaba los tragos animadamente, pero yo no podía más que pensar en que no traía un peso.

Le di el primer sorbo y me supo a hiel, no era el sabor del trago el que tenía esa carga amarga —los cocteles de ese lugar de verdad son espectaculares— sino la mezcla de ácidos estomacales que me provocaba la ansiedad de no saber con certeza si tenía que pagar o no.

Con una sonrisa platicaba de tonterías con el fin de ocultarle a La Loba mi terror, pero al llegar el detestable sonido de las últimas gotas entre los hielos a través del popote no hubo más salida. Decidí mandarle un mensaje a una buena amiga que encontré momentos atrás.

—Mana, una duda enorme. ¿La fiesta es evento de prensa o los tragos cuestan?—, le escribí.

Me sudaban las manos, me latía el corazón como desesperado, el estómago me daba vueltas…

—No, nena. Es una fiesta abierta a todo el público, tienes que pagar tus tragos.

¡Noooooooo! Sentí que se me bajó el azúcar.

—Creí que era de prensa y fui a cenar antes. No traigo más dinero que para la propina—, volví a teclear.

—No te preocupes —respondió—, ¿por qué no hablas con…?

¡Maldita sea! ¡Se apagó! Lo sabía. Debí cargar la batería de mi teléfono, o por lo menos no estar checando tantas veces Facebook.

Foto: usuario Flickr Rob McGlyn

Foto: usuario Flickr Rob McGlyn

Creo que mi amiga se dio cuenta, porque con sólo verme soltó un “No mames”.

Entonces tuve que hacer la pregunta obligada:

—¿Cuánto traes?

—Como 20— me dijo en voz baja.

Cuando saqué mi cartera para ver cuánto traía, con un jalón La Loba la metió de nuevo en mi bolsa y me empujó hacia el baño.

—No seas tonta. Si revisas aquí se van a dar cuenta de que no traemos ni un peso—, me decía mientras caminábamos.

Ahora que lo recuerdo, pienso en la siguiente escena como una trama de acción. El cuadro se divide en dos. En una mitad aparezco viendo el billete de 20pesos en mi cartera. En la otra mitad esta la loba sacando de la suya los últimos 30 pesos en monedas. En eso, ambas vemos hacia la cámara con cara de terror.

El cuadro se abre nuevamente y ambas salimos de nuestros respectivos cuartos de baño. Nos lavamos las manos mientras nos miramos a través del espejo con la certeza de que ya nos llevó la chingada, y no podríamos volver ahí jamás.

Al salir del baño La Loba se acercó a mí y me dijo.

—Si, dude, sólo tengo 30, ¿y tú?

Mis peores pesadillas se hicieron realidad.

—Yo 20–, le respondí.

De pronto, se me prendió el foco.

—¿Y si vamos con la chica que nos recibió y le explicamos la situación? Al fin que me conocen, y ya mañana regreso y pago los tragos—, le dije a mi amiga con esperanzas de que a ella le sonara la idea tan bien como a mí mientras la decía.

Llegamos a la puerta y no había nadie. Me paré junto al pedestal donde descansa la lista de los que esperan lugar, con cara de yo no fui. En eso estaba cuando La Loba me jaló del brazo y caminó como alma que lleva el diablo. La verdad ni lo pensé dos veces. Caminé tan veloz como nunca lo había hecho en mi vida. Pasaron dos, tres, cuatro, diez calles y seguíamos en plena huida. Aún no sé si escapábamos de la cuenta o de la pena de hacer esa bajeza.

Nos subimos al coche y no hablamos más.

Al siguiente día le escribí una sincera disculpa al encargado del bar. Tenía una pena enorme. Durante la noche no pude dormir bien de sólo pensar en la mancha en mi pulcro historial. No recibí respuesta. ¡Maldita sea, me odia!

Para colmo el martes siguiente tenía agendadas unas fotografías con él. No podía ser tan grande mi mala suerte. Con el rabo entre las patas, cara a cara, le ofrecí de nuevo una disculpa. Le conté toda mi travesía y el profundo temor de ser vetada de uno de mis lugares favoritos —con justa razón—. Él soltó la carcajada y no paró de reír. Me dijo que no me preocupara y entramos a realizar la sesión de fotos.

Ahora que lo pienso, hay trabajo de muchas personas involucradas en la elaboración de esos cocteles y no es justo para ellos ni para nadie este tipo de comportamientos. Eso es robar y no tiene nada de gracioso. De hecho pude ser arrestada y encerrada por un crimen real. En fin, ofrezco nuevamente una disculpa pública, porque a pesar de que ha transcurrido el tiempo y confesé mi crimen, aún siento pena de haber salido corriendo.

Foto portada: usuario Flickr alisonberto

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