“Yo por mi morenita lo doy todo”

Con el rostro cansado pero con el corazón lleno de fe, así es como millones de peregrinos arriban al cerro de Tepeyac. Llegar y ver aunque sea de lejos la figura borrosa de “La Morenita” es el pago para el alma.

Pero lograr pisar el atrio Mariano no es una tarea fácil, muchos de ellos –la gran mayoría– vienen desde lejos, de distintas partes de la república, en caravana o procesión. Lo interesante de esta fecha no es sólo ver como cantan “Las mañanitas” a la Virgen, sino lo que tiene que dejar y lo que tiene que hacer cada persona para cumplir “la manda”, la promesa, y llegar sin falta como cada año a verla.

Valle de Chalco, México.

Es un día sin sol, el frío es intenso y vienen llegando los camiones. Parecieran sacados de una película de los 70 porque se ven bastante destartalados. En la parte superior se lee “Veracruz” y del vehículo comienzan a bajar varias personas con la imagen de la virgen colgadas en su espalda.

peregrinos-1A pesar de que muchos peregrinos recorren a pie o en bicicleta cientos de kilómetros desde su casa hasta la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, muchos de ellos –los del interior de la república– llegan a México en camiones, los cuales hacen alto total apenas pasando la caseta de cobro para llegar a la ciudad. Es la zona de Valle de Chalco donde ellos, con toda la fe, bajan de las unidades y comienzan el camino hacia el norte de la Ciudad de México, al cerro del Tepeyac, a poco más 50 kilómetros.

Una señora con sus dos hijos,que se ven menores a cinco años, llaman mi atención: los pequeños ya participan, aunque no entiendan qué es lo que están haciendo. Traen en su ropa la imagen de la Señora de Guadalupe. Tanto su madre como ellos caminan –aunque los pequeños lo hacen con dificultad– y no les importa ni el frío ni lo que se puedan cansar, por nada del mundo dejaría de cumplir la “manda”.

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El peregrinar casi siempre es ordenado. Los fieles comienzan a caminar por la orilla de la carretera. Cada peregrinación es encabezada por la imagen de la comunidad, algunas de ellas son vírgenes de tamaño real hechas de yeso y otras más tan solo son estandartes adornados con flores.

Y así se camina, no importa quién eres ni que haces; al entrar a una peregrinación todos son iguales, la única que importa es “la Virgencita”. Hombres, mujeres, niños, niñas y ancianos, todos deciden tomar esos autobuses y unirse. Conforme se avanza el cansancio aparece y los acompaña en el peregrinar. Al verlos podríamos pensar que sus zapatos o huaraches no van a resistir semejante trayecto, pero a ellos poco parece importarles. Los cantos se escuchan y la piel se enchina.

“Desde el cielo una hermosa mañana,
desde el cielo una hermosa mañana.
La Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac”.

Pero caminar no es la única forma de cumplir una “manda” también lo es salir y dar de comer y beber al peregrino. Al llegar a la calzada Ignacio Zaragoza se pueden ver en distintos puntos familias que salen, colocan sus mesas y arman sus lunchs.–Señora ¿qué le puso al lunch?

–Pues es una torta y un plátano, algo sencillo. Dijo una mujer de unos 60 años muy emocionada.

–¿Por qué lo hace? ¿Por qué salir a apoyar al peregrino?

–Es algo que le prometí a “la Virgencita”, ella me ayudó el año pasado con la enfermedad de uno de mis hijos, salió adelante y dije “voy a darles un taquito por lo menos”. Y aquí me tienes. Además vienen mis vecinos también.

Resulta interesante ver como las colonias o las cuadras se organizan y apoyan sin esperar nada a cambio.

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Al llegar al circuito interior la fe se une al caos y esto es por que siendo esta avenida una de las principales en la capital del país, el tránsito resulta complicado. Por los carriles laterales los feligreses caminan y por los centrales los conductores voltean a verlos sorprendidos de la cantidad de personas que pasan.

Una parada obligada es la zona del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México donde descansan, se quitan los zapatos y se sientan un rato.

–Señor ¿Cómo va? Ya les falta poco.

–Sí señorita, ya falta menos. Pero tenemos que descansar porque los más chiquitos ya vienen acalorados –dice el hombre con una tímida sonrisa.

El olor a humano es tan fuerte, tal vez lleven días sin bañarse, tal vez sea por que no hay un baño al que puedan ir, pero eso es lo de menos, A unos 10 kilómetros de la Basílica lo que realmente importa es llegar a tiempo y que no se les pase la hora de “Las mañanitas”.

Al llegar a calzada de los Misterios el “Operativo Guadalupano” de la Secretaría de Seguridad Pública es hermético, sólo pasan peregrinos. A dos kilómetros del atrio, hombres, mujeres y niños levantan sus pantalones y dejan descubiertas sus piernas a la altura de los muslos; se agachan y avanza así, de rodillas, pagando el favor que pidieron. Es impresionante.

El sol de invierno ya es fuerte y el pavimento está caliente, las rodillas se raspan con cada metro que avanzan…

Una familia entera hacia el ritual. El papá –de no más de 20 años– hincado, y su pequeña de tres, descalza, avanzan poco a poco; sus rodillas ya sangran y las lágrimas corren por sus mejillas. El dolor en su rostro es lo que más llama la atención.

–¿Por qué hoy vienes así?

–Mi hijita, Nicole, se enfermó de pulmonía el año pasado y casi se me muere. Entonces yo le hice una promesa a “la Virgencita”: le dije que si me echaba la mano yo iba a venir de rodillas con mi hija a darle gracias –dice el sujeto con lágrimas en los ojos.

–Pero, ¿no se va a volver a enfermar? ¿Viene descalcita caminando?

–¡No! Mi “Virgencita” entiende por qué lo hacemos y no lo va a permitir.

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Y así llegamos al lugar prometido. Si giras la cabeza para ver lo que has avanzado resulta impresionante observar el mar de personas que circulan por la calzada para arribar al la Basílica. Para ver a la Virgen se tiene que cumplir con un operativo montado en el atrio el cual consiste en llegar a una especie de sótano bajo el altar principal, pasar unos minutos, verla mientras se viaja es una plataforma eléctrica horizontal –como las escaleras eléctricas del metro pero sin escalones–, dejar las flores y regresar a casa.

Sí, para muchos podría resultar ilógico hacer semejante recorrido y tan sólo estar máximo una hora, pero así ha sido desde siempre la visita. Ellos con el corazón lleno de amor esperan a que el agua bendita les caiga, hablan con su “Virgencita”, agradecen el favor y se retiran.

A pesar del tráfico, el tiempo caminado y el dolor de cuerpo, estas personas reflejan la tradición del mexicano. Pueden tener una vida difícil, puede que el trabajo y la situación política del país cada día se complique más, pero su devoción y fe jamás se perderá.

–¿Desde donde vinieron?

–Venimos de Zacatlán de las Manzanas, Puebla.

–¿Cuánto caminaron en total?

–¡Uyyy! Como unas 7 horas, más o menos, pero lo vale, lo vale… Cada año vengo desde que tenía seis; échale cuentas, ahora tengo 54. Y eso es algo que le paso a toda mi familia. Hoy vine hasta con mis nietos.

Y al hombre se va con toda la felicidad en el rostro.

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