La existencia humana se caracteriza por la escasez de certeza. Sin embargo, una de las poquísimas cosas con las que podemos contar es que algún día habremos de despedirnos del breve sueño de la vida. ¿Qué pasa después de la muerte? El reino del espíritu tiene sus respuestas. Pero mientras la metafísica y el karma obran sobre lo intangible, en el mundo material se llevan a cabo funerales, cremaciones y entierros. Los restos corpóreos de los fallecidos son depositados en tumbas que sus allegados visitan periódicamente hasta el final de sus propias vidas. Aún en una época tan tecnológica como la actual, la muerte conserva sus misterios y durante mi visita al cementerio Pere LaChaise, en París, paseé sobre un territorio en el que la vida y la muerte se encuentra con la misma naturalidad que el mar y la arena.

Crucé las puertas y tras intentar comprender el croquis de la entrada- y renunciar a ello- me dediqué a vagabundear entre los empedrados senderos y escalinatas de la necrópolis. Olía a pasto y tierra mojada, pude escuchar el trino de un pájaro posado en alguno de los árboles que sombreaban las lápidas. A ratos soplaba un suave viento que daba ligereza a mis pensamientos y el cielo parecía indeciso entre llover y azularse. El tráfico, los bares, los museos, el resto de los monumentos y todo París parecía estar tan lejos. Suavemente mi sensación del tiempo se diluyó y con ella todas las prisas que significó pasar por cuatro países en menos de un mes y el conocimiento de que aún faltaban ocho más.

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Puede ser que visitar el cementerio suene tétrico o hasta deprimente, sin embargo, Pere LaChaise me resultó un jardín de paz. Su silencio fue un regalo para la introspección. Mis ojos encontraron todo tipo de motivos y formas en las tumbas. Había estatuas de mujeres encapuchadas cubriéndose el rostro con congoja, bustos de los fallecidos, ángeles varios y mausoleos de piedra reverdecidos por el musgo.

Este renombrado sitio de descanso para los muertos abrió sus puertas en 1804 y fue nombrado en honor a Francois d’Aix de La Chaise, confesor del rey francés Luis XIV. Sus inicios fueron modestos, pues sólo contaba con 13 tumbas que al paso del tiempo se han multiplicado hasta llegar a 70 mil. Es grande, actualmente cuenta con 43 hectáreas y cada año recibe dos millones de visitantes pues entre sus tumbas se encuentran los restos de reconocidos artistas como el poeta Gillaume Apollinaire, el novelista Honoré de Balzac, la bailarina Isadora Duncan, el compositor Frédéric Chopin, el pianista de jazz Michel Petrucciani, el novelista Oscar Wilde, la cantante Edith Piaf y el rockstar Jim Morrison entre otros.

Tumba de Jim Morrison

Tumba de Jim Morrison

Llegué a la tumba de Chopin sin buscarlo y descubrí que la de Michel Petrucciani estaba justo a un lado. Ambas tenían flores frescas que testificaban la visita de sus admiradores. Recuerdo haber reflexionado sobre la fuerza de la música de Chopin por ejemplo, que pese al paso del tiempo aún conmueve a las personas quienes no dudan en dejarle un regalo a su sepulcro, como un sincero tributo, un agradecimiento por lo recibido. Un par de meses después tendría una epifanía sobre la muerte en Varanasi, pero recuerdo que aún a finales de mayo en Pere LaChaise sentí que lo importante en la vida no es lo que obtenemos sino lo que damos, cuánta dicha podemos transmitir e inspirar en las personas y qué tan felices nos dejamos ser.

Algunos de los famosos enterrados en este lugar llevaron vidas azarosas como una chica llamada Edith Giovanna Gassion, quien nació en un barrio miserable de París y murió la edad de 47 años con el nombre de Edith Piaf, como una cantante legendaria . Otros murieron bajo circunstancias extrañas, lejos de los países que los vieron nacer, como James Douglas Morrison, conocido en el mundo del rock como Jim Morrison. Tras auto exiliarse en París el vocalista de los Doors fue encontrado muerto en la tina de su departamento. Su tumba siempre tiene flores, velas y otros regalos que sus admiradores traen con devoción. Para conservarla han instalado una valla. Lo mismo ha sucedido en la tumba de Oscar Wilde, que tiene cristales alrededor , lo cual no ha evitado que los visitantes intervengan sobre la figura alada que la guarda. En vida el escritor irlandés pasó de la admiración al repudio y fue de las cumbres de la fama a los abismos de la cárcel. Hoy, al igual que el “Rey Lagarto”, es adorado por sus seguidores como una suerte de santo laico.

Tumba de Oscar Wilde

Tumba de Oscar Wilde

Pese a la controversia que rodeó la vida de Wilde, cuando miré su tumba tapizada de besos recordé las palabras sobre la muerte que el escritor puso en boca de su fantasma de Canterville: “Sí, la muerte debe ser hermosa. Descansar en la blanda tierra oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silencio. No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo y de la vida; morar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor la acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte”.

Así fue como comprendí que lo que se hace frente a la muerte es amar. Amemos pues.

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