Cuando Ruth de Lechuga llegó a México proveniente de Austria, en 1939, quedó cautivada por la cultura de este país. Uno de los elementos que más llamó su atención fue el sentido que los mexicanos damos a la muerte. Ella coleccionó máscaras de calavera, pequeñas artesanía de cartón con motivos mortuorios, también de cerámica y otros materiales, hasta tomaba fotos de los cristales de las panaderías en los que los empleados plasmaban esqueletos bailadores disfrutando del pan de muerto.

Uno de los artesanos que vendía su obra a la coleccionista fue Roberto Ruiz, el artista oaxaqueño que un día cayó en la periferia de la Ciudad de México, en el municipio de Nezahualcoyotl, y desde ahí comenzó a tallar esculturas y miniaturas en hueso. Su habilidad era tal que personajes como Carlos Monsiváis, cada vez que pagaba una pieza (y soltaba dinero de manera generosa, dicen los hijos del escultor) mandaba a decirle que siempre le quedaba a deber. Hasta la Reina Isabel de Inglaterra posó para que la tallara en marfil. Hoy los hijos de don Roberto continúan este oficio que les heredó su padre. Aunque es una pena que casi todas sus obras vayan a dar a vitrinas alejadas de México, pues aquí, según cuentan, pocas personas pagan lo que realmente valen.

La tradición del día de muertos también impresionó al artista alemán Felix Pestemer, quien en 2000 llegó al país acompañando a una novia. Ella hacia prácticas y él para no aburrirse aprendió español. Así se empapó de la cultura mexicana. Sus profesores le mostraron los altares a los difuntos, Felix miraba con admiración las ofrendas y unos años después regresó para fotografiar la fiesta y hacer una novela gráfica sobre este día y sus rituales.

Bienvenidos. Esto es de Crónicas de Asfalto radio. Que los muertos estén de gozo y los vivos buscando arte popular.

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