Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, pero la siguiente crónica habla de mí y de cómo conseguí convertirme en padre por primera vez a mis casi 50 años. No se trata de un tema de salud, de un asunto de inseminación artificial o de adopción, ni nada de eso. Se trata del encuentro de dos culturas, de la eterna burocracia que en México, como en cualquier otra parte del mundo, es un asunto cotidiano y del esfuerzo para conseguir que un pequeño nacido en el extranjero pudiera por fin llegar a este país. La odisea —no encuentro otro término para ello— me llevó un año cuatro meses, más los nueve reglamentarios de embarazo.

Mi primogénito, Sameer, fue engendrado y nació en Cuba, en La Habana, para ser más precisos, hijo de madre cubana y de su servidor, un periodista chilango que se enamoró de la Isla desde la primera vez que la visité en 1992, cuando cubrí la Copa Mundial de Atletismo.

Samer 1

A partir de entonces comencé a viajar entre dos y hasta cinco veces al año. Tuve un par de novias, me casé con una cienfueguera (Cuenfuegos se encuentra en el centro de la isla, a unas cuatro horas de La Habana). Mi primer matrimonio terminó sin hijos, por decisión de ella, tras una relación de siete años.

Luego de este preámbulo, ustedes pensarán que debo ser muy terco para volver a enamorarme de otra cubana. Y no los culpo si consideran que “amor de lejos es de pen…sarse”. Quizás tengan razón, pero la verdad es que no puedo quejarme y no me arrepiento de nada, especialmente porque hoy, gracias a ello soy papá por primera vez en mi vida.

Eso del “amor de lejos” deben haberlo pensado también tanto las autoridades cubanas como las mexicanas. Es difícil para un extranjero (a menos que tenga una cuenta bancaria con muchos ceros) vivir en un país donde no hay posibilidades de trabajos bien remunerados, donde hay muchas restricciones, escasez de productos y un sin fin de limitaciones a las que los mexicanos no estamos acostumbrados.

Sin embargo,decidimos que ella permaneciera en Cuba, pues es bien conocido el nivel de la medicina en ese país, por ello consideramos que era mejor que la atención preparto y el alumbramiento se llevaran a cabo allá.

El primer trámite se llevó a cabo una vez nacido el niño, el 4 de mayo del 2014, en el Hospital de Obstetricia y Ginecología Ramón González Coro, en El Vedado. Mi esposa y yo no estábamos casados al momento de su nacimiento, ya que aún estaba enfrascado en un juicio de homologación del divorcio de mi primer matrimonio, proceso que se alargó por casi dos años. El tema es que Sameer Michel tuvo que ser registrado en primera instancia bajo los apellidos de la madre, pues como no estábamos casados, y como no estuve presente el día del parto, aunado al hecho de ser extranjero, por ley, tocaba registrarlo como hijo natural. Ante tal situación tuve que contratar un bufete de abogados para que me representara, pues en mi calidad de visitante extranjero, y debido a que siempre he ingresado a Cuba como turista o como periodista, no podía realizar, como acostumbro, mis trámites legales en persona.

Maternidad 2

Así pues, hice una “Reclamación de Paternidad” ante Inmigración, en Cuba. El sentido del procedimiento es cotejar las entradas y salidas al país por parte del extranjero, con la fecha de concepción del bebé. Como se imaginarán, y llevando una relación, en ese momento, de seis años con la mamá de mi pequeño, mis visitas a Cuba coincidieron con el embarazo. Sin embargo, el trámite tardó tres meses, más otro mes que me tardé en hacer el viaje para recoger el documento. Con ese papel, y ante notario, pude hacer la reclamación de paternidad e inscribir a Sameer ante el Registro Civil cubano como hijo mío. La primera parte ya estaba concluida.

El siguiente paso era reclamar los derechos del niño en México. Por ley, el hijo de mexicano nacido en el extranjero es mexicano, pero también hay que llevar a cabo un trámite.

El divorcio de mi primer matrimonio ocurrió siete meses después del nacimiento del niño.Así que en cuanto obtuve el acta de separación legal, me casé con la madre de mi hijo. No es requisito indispensable que los padres estén casados para que las autoridades mexicanas lleven a cabo la inscripción del niño en la Embajada, sin embargo, es un punto que sí facilita el trámite.

Creyendo que inscribir a un hijo en la Embajada es como acudir a cualquier oficina del Registro Civil en México, me lancé con todo y niño y esposa a la representación de la Cancillería mexicana en La Habana, sólo para obtener como respuesta que para llevar a cabo el trámite es necesario hacer una cita por internet y llenar una serie de requisitos, incluidos la comparecencia de dos testigos, la obtención de un pasaporte cubano para el niño y la obligada presencia del padre en el Consulado.

Samer 2

No me quedó de otra. Tuve que apechugar ante tanto trámite y seguir adelante. Para mi buena fortuna, por cuestiones de trabajo, coincidí con el embajador de México en La Habana, Juan José Bremer, a quien le expuse mi caso. De inmediato me puso en contacto con el lefe de cancillería, Ernesto Sosa, quien a su vez me presentó con el Tercer Secretario del Consulado Mexicano en La Habana, Luis González Delgado, que personalmente atendió mi caso y me dio fecha para llevar a cabo el registro.

De otra forma quizás hubiera tenido que hacer más de un viaje o quedarme varios días para resolver este asunto. De hecho, mi esposa acudió un día al Consulado en mi representación para entregar la documentación requerida. Luego entré en contacto con el funcionario encargado, vía correo electrónico, y fijamos la fecha de la entrevista. Me presenté en la Embajada de México en La Habana, el día y hora acordados.

No hubo necesidad de esperar mucho tiempo, Luis González nos recibió, procedió con el registro de Sameer Michel García Betancourt, quien a sus casi 16 meses de edad, finalmente fue inscrito en los libros del Registro Civil mexicano. Al otro día nos entregó su primera acta de nacimiento, la cual, por cierto, fue gratis —las otras dos copias que pedí ya tuvieron costo pero en realidad lo que importaba era la inscripción—. Una horas después, ya con el documento, se le tramitó el pasaporte y cinco días después, es decir, el 31 de agosto de 2015, mi hijo estaba arribando, en los brazos de su mamá, a la ciudad de México, en el vuelo 130 de Cubana, procedente de la capital de la Isla Grande de las Antillas: La Habana.

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